Seguridad para los ciclistas: el carril bici de Santa Engracia

Madrid está aún lejos de ser una ciudad segura para desplazarse en bicicleta. El número de carriles bici en el centro urbano continúa siendo escaso y desde hace varios años se ha intentado paliar de manera más bien torpe. Por ejemplo, en las calles de dos o más carriles en un mismo sentido, pintando sobre el asfalto una señal de bicicleta y otra marcando 30 kilómetros por hora de velocidad máxima. Pero, en la práctica, esos carriles suelen quedar flanqueados por el de taxi y bus a su derecha -difícil ver un taxi circulando despacio- y otro a su izquierda en el que la velocidad máxima permitida es de 50 kilómetros por hora, aunque otra cosa es que ese límite se respete, algo que no hace un alto número de conductores.

En ciertas zonas céntricas se han ubicado carriles bici en aceras, pero en algunos casos son de chiste. Como el de la calle Serrano, que tiene una anchura mínima -es de sentido único, pero aún así es minúsculo- y ninguna separación física de los peatones: simplemente una línea blanca que marca los límites de la vía para ciclistas, pero que en numerosas ocasiones se ve invadida por las sillas de las terrazas de esa avenida. Para eso, casi mejor circular por la calzada, pues hay menos obstáculos.

Algo parecido ocurre con el carril bici de la calle O’Donnell, aunque éste si tiene una anchura digna. Sin embargo, al no existir la menor barrera entre el espacio para ciclistas y la acera de peatones, no es raro tener que andar sorteando a estos cada poco. Esta ruta tiene su continuación al otro lado de la M-30, en la avenida Marqués de Corbera, donde directamente se le podría denominar carril bici-peatones.

Pese a los proyectos defectuosos, sí hay que reconocer que se ha avanzado en cuestiones de seguridad vial para los que nos desplazamos sobre dos ruedas sin motor. Especialmente en zonas alejadas del centro, pero también en otras próximas al corazón de la villa, como Madrid Río -pese a que esta es una vía compartida con peatones, quienes obviamente tienen prioridad, su anchura y su situación a ambos lados del Manzanares facilita la circulación-.

La separación física de los vehículos -y de los paseantes- es lo que da la seguridad a una vía para ciclistas. Y ayer pedaleé por una calle que cumplía todos los requisitos: el carril bici de Santa Engracia.

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Detenido en un semáforo del carril bici de la calle Santa Engracia de Madrid (foto: Manuel Vega).

Desde su inicio, a pocas decenas de metros de la glorieta de Cuatro Caminos, hasta el final, en la plaza de Alonso Martínez, este paseo en bicicleta de algo más de dos kilómetros fue un auténtico placer, disfrute garantizado por la tranquilidad de no temer que un coche te lleve por delante: físicamente no es factible que un automóvil invada el carril, al estar separado en buena parte de su trayecto por isletas elevadas y otras barreras.

Esta medida permite a los usuarios de la bicicleta circular en calma por una calle céntrica y concurrida, algo impensable en Madrid no hace mucho tiempo. Aunque Santa Engracia atraviesa calles y avenidas perpendiculares anchas y con notable tráfico –Ríos Rosas, José Abascal, Eloy Gonzalo y Luchana, especialmente-, la seguridad está garantizada en todos los cruces, dado que en cada semáforo está bien delimitada la vía para ciclistas.

El modelo de Santa Engracia es el realmente eficaz.

 

‘Negromorolandia’

Anteayer alcanzó una gran difusión en Twitter el hashtag #OpenArmsMafia, propagado por personas que, por razones que sólo ellas sabrán, detestan que gente originaria de África o de Oriente Próximo intente llegar a Europa y emprender en este continente una nueva vida. Al tener noticia de ello, una periodista con la que he trabajado y a la que tengo un enorme aprecio profesional y personal publicó un tuit lamentando que ese hashtag fuera tendencia en la red social y emplazando a sus impulsores a informarse de los «motivos que empujan a miles de personas a emigrar». Sabias palabras las del entrecomillado.

Le intentaron rebatir dos perfiles. Los llamo perfiles porque no tienen nombre y apellido ni foto auténtica, es decir, no dan la cara. El primero/a de ellos respondió: «Iluminanos, porque yo es la mayoría de esos hombres que quieren entrar en Europa ilegalmente veo objetivo de conquista de nuestra sociedad y terror hacia las mujeres occidentales» (la redacción y la ortografía de esas líneas merecen un [sic] a la totalidad).

Y aquí va el otro: «Mira acabo de regresar de estar unos días en Turquía.A las mujeres que iban en nuestro grupo ni las miraban,ni las cogían el dinero a la hora de pagar,ni les daban las vueltas,las hablaban mal…Creo que tú siendo mujer deberías pensarte si quieres que esta gente entre en europa» (este, dicho sea de paso, tiene un problema de laísmo y de contradecirse en una sola línea: «ni las cogían el dinero a la hora de pagar,ni les daban las vueltas»).

Es curioso el vínculo que establece ese tuitero entre los turcos que tan maleducados dice que fueron con las mujeres de su grupo y los inmigrantes rescatados en el Mediterráneo por el barco Open Arms: en realidad, ni uno de los salvados por la ONG española es de esa nacionalidad. Según este artículo de El Diario, la mayoría de ellos proceden de Eritrea, y también los hay de Chad, Etiopía, Nigeria, Somalia, Sudán, Ghana, Costa de Marfil, Gambia, Mali, Guinea, Libia y Egipto.

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Mujeres subsaharianas rescatadas de una patera y trasladadas al puerto de Melilla (foto: Manuel Vega). 

Entré al trapo y le hice ver que no había relación alguna entre esos turcos con los que tuvo tan mala experiencia y los auxiliados por el Open Arms. Esos hombres, los que se encontró en Turquía «estaban donde usted los vio», le dije, y no en la cubierta del buque. Pero no hay más ciego que el que no quiere ver. A su réplica, que reproduzco completa, me remito: «Era Turquía,país musulmán que quiere entrar en la UE y con gente como ZP que lo apoyó. De las violaciones que sufren las mujeres en los barcos de inmigrantes ni hablamos no? Los «rescatados harán exactamente lo mismo en europa,pero vamos,es mejor que lo veais con vuestros ojos» (aquí no me resisto al [sic] para ese «veáis» que no tilda y al «europa» por reiteración).

Ahora nos hemos topado con otra peculiar conexión. Para reafirmar su opinión -que no argumento-, vuelve a la carga con Turquía y encima le da vela en este entierro a ZP, abreviatura de José Luis Rodríguez Zapatero, expresidente del Gobierno español. Quizá fue Zapatero disfrazado de Richard Gere el que se subió al barco, que todo es posible en mentes como la de ese perfil tuitero.

No merece la pena seguir comentando las predicciones apocalípticas vertidas por ese usuario, pero sí lo que mueve a gente como él a obrar de esa forma. Tras ello hay una mezcla de prejuicios e ignorancia, aderezados con buenas dosis de odio.

Para comentaristas como los dos perfiles mencionados, todas las personas que intentan acceder a Europa de forma irregular proceden de un lugar que aborrecen y al que podríamos denominar Negromorolandia. Ese espacio abarca África entera y Oriente Próximo y todos sus habitantes son negros o moros, o las dos cosas. Si no, que explique el belicoso tuitero a cuento de qué relacionar a «Turquía, país musulmán» con las personas de raza negra salvadas por la tripulación del Open Arms de ser engullidas por las aguas del Mediterráneo.

No le vendría mal a los intolerantes saber que entre los subsaharianos que llegan a Europa en busca de un futuro también hay cristianos. Hace algo más de un año, entrevisté a uno de ellos, venido de Nigeria. Me lo encontré en un campo de refugiados improvisado en Velika Kladusa, en Bosnia-Herzegovina. Se llamaba Michael y me contó que había cruzado clandestinamente la cercana frontera de Croacia -Estado miembro de la Unión Europea- y había llegado a pie hasta Eslovenia, pero fue detenido por la policía de ese país y devuelto a territorio croata. Allí, los agentes se emplearon con saña y lo expulsaron a golpes de vuelta a Bosnia, no sin antes arrebatarle sus pertenencias.

Publiqué la historia de Michael, y otras, en un reportaje para Update México y no se me olvidan dos frases que me dijo. Se las espetó a los policías croatas cuando lo estaban moliendo a palos: «Soy cristiano, como vosotros. Los musulmanes [en referencia a los bosnios] me tratan mejor que los cristianos».

Vaya por delante que esta entrada del blog no pretende diferenciar entre migrantes musulmanes y cristianos: todos ellos tienen derecho a intentar encontrar un futuro mejor en países desarrollados. Con esto, enlazamos con la idea transmitida al comienzo de este artículo por boca de mi amiga y compañera periodista, «los motivos que empujan a miles de personas a emigrar»: aquí queda un artículo de La Vanguardia que muestra los conflictos armados que siguen activos en el año en curso. Observen el mapa y comprueben que entre quienes huyen de esa Negromorolandia imaginaria no sólo hay inmigrantes económicos. No es un mal guión para empezar a hablar sabiendo de qué se habla.

«Riesgo de incendio extremo»

El pasado fin de semana, mientras conducía desde Málaga en dirección a Madrid, observé en distintos tramos de la autovía, a lo largo de todo el viaje, paneles que advertían de «riesgo de incendio extremo». Cada pocos segundos, el mensaje se traducía al inglés con estas palabras: «extreme fire hazard”.

Está claro que «riesgo de incendio extremo» es una expresión que todo conductor puede entender sin desviar su atención de la carretera. Sin embargo, está mal ordenada. Lo correcto sería riesgo extremo de incendio.

Para verlo más claro, utilicemos un sinónimo para «extremo», por ejemplo, «alto». ¿Qué tal sonaría riesgo de incendio alto? Mucho peor que riesgo alto de incendio.

Si se dice «riesgo de incendio extremo», lo que se transmite es que habrá un peligro de «incendio extremo», cuando lo que en realidad significa el mensaje es que hay un gran peligro de que se produzca un incendio. Cualquier incendio, no un «incendio extremo».

Una cosa es el lenguaje en una conversación, en la que alguien puede decir perfectamente «el riesgo de incendio es extremo”, con el verbo «ser» dando apoyo a la frase. Pero en un mensaje escrito y escueto, mejor ser estrictos y dejar todo en orden: riesgo extremo de incendio.

El ISIS destruye un puente medieval en Bélgica

No contentos con haber destruido Palmira y Nínive, los salvajes del ISIS decidieron ampliar su negocio aniquilador. Pero el siguiente objetivo fue más ambicioso. Ahora tocaba golpear en pleno corazón de Europa, cuna de la civilización occidental que tanto detestan. Un puente medieval en la ciudad belga de Tournai fue esta vez el blanco de la maquinaria demoledora…

Ah, que esta historia no es del todo cierta. Sí fue demolido a comienzos de este mes un puente de los siglos XIII-XIV en Tournai. Pero no lo han hecho los del ISIS, sino otros salvajes: los que gobiernan el Ayuntamiento de esa localidad.

Aduce este municipio belga que el derribo de su símbolo permitirá que barcos de mayor tonelaje naveguen por las aguas del río Escalda. De esta forma, ante la planeada construcción de un canal que conectará este río con el Sena, se facilitará a esos buques su llegada al mar, en concreto al Canal de la Mancha, donde desemboca el Sena.

Los que mandan en Tournai han decidido destruir sus raíces en nombre del progreso. Pero, en realidad, lo que conseguirán es dar marcha atrás, porque quien no protege su patrimonio cultural no hace más que golpearse a sí mismo.

Algunos descerebrados defienden la bestialidad ordenada por el Ayuntamiento de Tournai alegando que el Puente de los Agujeros fue destruido en la Segunda Guerra Mundial y que lo que vemos hoy -veíamos hace unas semanas, ya no, lamentablemente- es una reconstrucción. Como tantos edificios históricos, ese puente medieval fue dañado en aquel atroz conflicto, pero no destrozado por completo. Y, puestos a ver algunos casos de destrucción del patrimonio artístico en la guerra, no tiene desperdicio este hilo en Twitter, en el que se da un buen repaso a los mentecatos que se han atrevido a usar el eufemismo «deconstrucción», en lugar de hablar claramente de lo que ha ocurrido en Bélgica: un atentado brutal contra la riqueza arquitectónica.

Sí. Lo ocurrido en Tournai es perfectamente equiparable a la estulticia sin límites que llevó al ISIS a destruir Palmira y Nínive. O a los talibán a dinamitar los Budas de Bamiyán. O a un militar croata perturbado a ordenar el bombardeo del Stari Most de Mostar, un puente con cero importancia estratégica, pero con un inconmensurable valor histórico y artístico.

Los defensores del progreso a costa de arrasar el patrimonio pueden engañarse a sí mismos, pero que no intenten engañarnos a los demás.

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El puente de Mostar (Bosnia-Herzegovina), destruido en 1993 y reconstruido en 2004 (foto: Manuel Vega). 

 

Madrid: esta no es la primera vez que el más votado no gobierna

El Canal 24 horas de TVE ha difundido esta mañana varias veces una información errónea sobre el nuevo Gobierno de la Comunidad de Madrid. Sobre las 9:00 horas, uno de sus presentadores afirmó que «es la primera vez que el partido más votado en las urnas no va a liderar el Gobierno autonómico» de esa región, dato que repitió media hora más tarde. Alrededor de las diez, fue una presentadora la que reincidió en la equivocación, y en el momento de redactarse estas líneas -10:43 horas- ha vuelto a hacerlo.

Los comicios regionales del pasado 26 de mayo dejaron al PSOE como ganador en Madrid, con 37 diputados. Sin embargo, la suma de parlamentarios de PP (30), Ciudadanos (26) y Vox (12), ha permitido que la popular Isabel Díaz Ayuso fuera elegida presidenta, al reunir la derecha más escaños (68) que la suma de las fuerzas de izquierda -los 20 de Más Madrid y los siete de Podemos-IU, unidos a los 37 de los socialistas, hacen 64 de los 132 asientos de los que consta actualmente la Asamblea madrileña-.

Pero esta no es la primera vez que el partido más votado no lidera el Ejecutivo madrileño. En 2019, el PSOE no ha podido gobernar pese a haber ganado las elecciones. Pero en 1991 sí gobernó, aunque aquellos comicios tuvieron al PP como la formación con más respaldo en las urnas.

Aquel año, el socialista Joaquín Leguina, que ejercía como presidente de la comunidad desde 1983, fue el segundo más votado, por detrás del candidato del PP, Alberto Ruiz-Gallardón. El candidato del PSOE obtuvo 41 escaños, seis menos que el popular. No obstante, el apoyo de los 13 diputados de IU a Leguina garantizó la mayoría absoluta y su investidura, al totalizar 54 de los 101 parlamentarios que formaban entonces el parlamento de Madrid.

En el Canal 24 horas se repiten constantemente las noticias, con lo que aún continúa el riesgo de que se siga difundiendo una información errónea que se debe rectificar ya.

Paisajes ciclistas (III): camino hacia el monasterio de Montes

Con esta entrada continúo otra que dejé a medias hace cuatro meses. Quedó sin terminar porque mi ruta ciclista quedó de la misma forma. No tenía tiempo ni fuerzas para completar el recorrido que me había propuesto. Hoy, he salido más pronto de casa -y más entrenado- y sí he podido llegar donde quería: el monasterio de San Pedro de Montes, en las proximidades de Ponferrada.

Aunque su primera construcción data del siglo VII, en plena época visigoda, lo que está a la vista hoy es un compendio de distintas épocas entre el siglo IX y el XVIII. En el XIX, con la desamortización, fue abandonado y quedó en estado ruinoso, pero recientemente ha sido objeto de obras de restauración que hacen que merezca mucho la pena la escalada en bici -o mejor subir en coche por la carretera vieja hacia Peñalba de Santiago, cuyo firme ha sido arreglado y se encuentra en buen estado, a pesar de lo estrecho de algunos tramos, por los que sólo cabe un coche-.

Por 2,5 euros pueden recorrerse sus recovecos, y hay visitas guiadas disponibles. Aquí quedan algunas imágenes tomadas este mediodía:

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Panorámica de los Montes Aquilanos, captada en las proximidades del monasterio (fotos: Manuel Vega). 
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Vista exterior del monasterio. 
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Fachada de la iglesia del monasterio. 
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Una de las galerías del edificio, de camino hacia el claustro. 
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Detalle de uno de los arcos, con el monte al fondo. 
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Parte de los arcos del claustro. 

 

Arrepentidos del Brexit: demasiado tarde para llorar

Buscaba trabajo en Inglaterra. En uno de mis intentos, entré en un hotel de la localidad de Watford -muy próxima a Londres-, donde viví aquel año 2004 . En recepción, pedí a un joven empleado -representaba poco más de 20 años- que me facilitara lo que allí llaman application form, es decir, un formulario de solicitud de empleo que debía rellenar con mis datos.

Terminé de cubrirlo y se lo entregué. Pero el chaval me dijo que me faltaban algunos datos, y me señaló una casilla que decía algo parecido a «non-EU citizens». Le mostré mi pasaporte y le respondí que soy ciudadano de la Unión Europea, por lo que no tenía que rellenar nada de esa parte del formulario. No contento con mi explicación, levantó el auricular y telefoneó a alguien que le aclarara las cosas.

«He comes from Spain», escuché que le decía a su interlocutor, quien lo despachó rápidamente. Tras colgar, el recepcionista admitió que yo estaba en lo cierto y que no era necesario que escribiera dato alguno en aquella casilla reservada a los solicitantes de empleo que no eran originarios de países de la UE.

Recuerdo esto porque, de cuando en cuando, en la prensa y en las redes sociales se difunden testimonios de británicos que el 23 de junio de 2016 votaron a favor del Brexit, la irresponsable salida del Reino Unido de la Unión Europea, y ahora se arrepienten del sentido de su voto.

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Una jornada con el cielo encapotado sobre el Palacio de Buckingham de Londres (foto: Manuel Vega).

Ayer fue el Financial Times el que publicó la carta de un británico asustado por el rumbo que está tomando su país con Boris Johnson, partidario de un Brexit sin acuerdo con Bruselas, de inquilino del número 10 de Downing Street.

«Voté salida», explica este ciudadano, «porque veía un problema en la gobernación de la UE como institución, y su movimiento general hacia una unificación política. Pero no voté para romper las relaciones razonables con Europa». E insiste en que confiaba en que esa salida «no tendría un efecto adverso en nuestras relaciones comerciales» con el continente.

Ahora, horrorizado por la conducta de los defensores del abandono de la UE por las bravas –«si no apoyas un Brexit duro, te etiquetarán como traidor», reconoce-, piensa en la angustia de quienes votaron por la permanencia al ver que «no sólo estamos abandonando Europa, sino encaminándonos a ser un enemigo de Europa, incumpliendo nuestras obligaciones».

Concluye este lector del Financial Times proclamando: «Si el Brexit es este extremismo, ¿me pueden devolver mi voto? La creación de la UE fue un proyecto fabuloso y merecedor de nuestro apoyo, incluso si no queremos estar políticamente encerrados en ella».

Muchos verán en este alegato a un votante arrepentido por haber comprado las mentiras de los promotores de la campaña pro Brexit, con Nigel Farage y el propio Johnson como estrafalarios e irresponsables abanderados. En cambio, yo veo lo mismo que observé en aquel joven recepcionista: un sorprendente desconocimiento y pasotismo hacia la UE, algo impensable en otros países con varias décadas de pertenencia a las instituciones comunitarias.

Tuve noticia de esta carta gracias a la periodista de TVE Anna Bosch, buena conocedora del Reino Unido -fue corresponsal en Londres-, a quien sigo en Twitter. En esta red social aportó algunos testimonios que ha recabado de británicos que conoce. Alguno le confesó: «Es que nadie nos dijo que hacía falta un acuerdo de salida, creía que nos íbamos de la UE y ya está». La reportera añadió que las personas que hicieron declaraciones similares son «gente sosegada y que lee».

Está claro que entre los votantes a favor del Brexit había gente moderada que consideraba de corazón que a su país le iría mejor fuera de las instituciones europeas. El problema quizá no sean -o no se deba sólo a- las mentiras de los impulsores de la salida, sino a la creencia ciega por parte de muchos británicos, desde hace siglos, en una realidad que no es cierta, o lo es sólo en parte. Y una verdad a medias suele ser una mentira.

Hay varios ejemplos en la Historia de Europa en los que los británicos se han creído -y siguen creyéndose- los artífices de las más grandes hazañas, cuando sólo contribuyeron en parte a ellas, correspondiendo el mayor peso a otros. Ocurrió en Waterloo, cuando la victoria sobre Napoleón no habría sido posible si Wellington no hubiera recibido la ayuda de los prusianos del mariscal Von Blücher. También en la Primera Guerra Mundial, pues sin la entrada de Estados Unidos en el conflicto los ingleses -y los franceses- difícilmente habrían hecho retroceder a los alemanes. Y no digamos en la Segunda Guerra Mundial, dado que fueron también los norteamericanos quienes llevaron la iniciativa en el Desembarco de Normandía. Y, para el que lo desconozca -posiblemente millones de oriundos de la isla de Gran Bretaña-, en 1942, los británicos intentaron desembarcar en la Francia ocupada por la Alemania nazi. Su tentativa se saldó con un rotundo fracaso en la costa de Dieppe.

Pese a todo, la creencia en las glorias pasadas del Imperio británico sigue arraigada en buena parte de la sociedad inglesa -hay que destacar que en Escocia y en Irlanda del Norte ganó con claridad el voto por la permanencia en la UE-. Mitología que tiene su reflejo en el fútbol.

La selección inglesa sólo ha ganado un Mundial, y con un gol que no entró en la portería rival. Sin embargo, muchos ingleses responderán ciegamente «it was in!» («fue dentro») cuando se les mencione la polémica que rodea al que es su único título: no olvidemos que nunca han sido campeones de Europa. España ha ganado la Eurocopa tres veces, aparte de un Mundial, por citar un ejemplo que ilustra el escaso éxito de Inglaterra en un deporte que inventó. Para no retratar más a los pross, mejor no citaremos el palmarés de Brasil, Italia, Alemania, Argentina, Uruguay y Francia, los otros campeones del Mundo.

Después del referéndum del Brexit, se estrenaron dos películas británicas de mucho éxito. Una fue El instante más oscuro (2017), centrada en el papel de Winston Churchill en la lucha contra Hitler. La otra, del mismo año, y ambientada en la misma época, fue Dunkerque, un filme que confirma la distorsión con la que muchos británicos ven la realidad: escapar del enemigo nazi y abandonar a tu aliado francés es una derrota, no una victoria.

Para concluir, recordemos la campaña del Brexit de Boris Johnson, quien tuvo la desvergüenza de comparar a la UE con Hitler. Ahora es demasiado tarde para llorar por el voto entregado a los insensatos que impulsaron la ruptura con Europa.

El Tour en las portadas

Aunque me encanta el ciclismo, reconozco que no he conocido a Egan Bernal hasta hace unos pocos días, viendo las etapas alpinas del Tour de Francia. Ayer, este ciclista colombiano ganó La Grande Boucle, con lo que ha pasado a la historia como el primero de su país -y de América Latina- en coronarse en los Campos Elíseos y, a sus 22 años, como el corredor más joven en en proclamarse vencedor de la ronda gala en el periodo posterior a la Primera Guerra Mundial.

La victoria de Bernal ha tenido una repercusión muy diferente en las portadas de los periódicos según de qué país hablemos. En España, los diarios de ámbito nacional le han dado una difusión discreta. Sólo El Mundo y El Periódico le dedican una foto en sus respectivas portadas -no la principal-, mientras que La Vanguardia y El País le reservan unos sumarios en sus primeras páginas -bastante pequeño en el caso del periódico de Prisa-.

En cambio, sí ha tenido una presencia importante en prensa regional, como es el caso de El Diario Vasco o El Norte de Castilla, cuyas imágenes principales de primera página son las del ciclista colombiano.

El escaso peso en los periódicos españoles de tirada nacional de la gesta de Bernal contrasta con el protagonismo que le ha dado la prensa británica, con foto de portada en The Times, The Guardian y The Independent.

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Si cruzamos el Atlántico, aparte de la lógica trascendencia de la victoria del colombiano en los medios de su país de origen, sorprende no ver una sola mención en varias de las portadas de las principales cabeceras latinoamericanas, como es el caso del argentino Clarín, el peruano El Comercio o el mexicano El Universal.

Cada cual tiene sus prioridades a la hora de informar, pero el hecho de que la más grande prueba ciclista del mundo tenga como flamante vencedor a un hombre de sólo 22 años y procedente de un país que no contaba hasta ayer con ningún ganador de la carrera es una noticia lo suficientemente relevante para que se le haga un hueco considerable en portada. En Francia lo han tenido muy claro.

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Investidura: aplaudir a la nada

La jornada empezó con decenas de parlamentarios aplaudiendo como autómatas. Lo hacían cada dos o tres frases -a veces sólo cada una- mientras su líder ocupaba la tribuna de oradores del Congreso de los Diputados. Fuera Pedro Sánchez, Pablo Casado, Albert Rivera, Pablo Iglesias, Santiago Abascal e incluso Gabriel Rufián. En definitiva, cualquier grupo parlamentario que tuviera el número suficiente de miembros para que se oyeran los aplausos.

Los políticos citados no son ningún prodigio como oradores, luego ellos mismos y sus compañeros de partido deberían hacerse mirar eso de aplaudir al jefe porque sí. Para recibir un aplauso, hay que ganarse el merecimiento. Pero en la política española, por lo visto, no hace falta. Basta con ser el jefe para que los tuyos te ovacionen, sin importar lo que digas.

El debate de la fallida investidura de Sánchez como presidente del Gobierno dejó lo que se esperaba que dejase. Sánchez, culpando de la falta de acuerdo a Iglesias; Iglesias, culpando de lo mismo a Sánchez; Casado, diciendo que es quien no es -el que ofrece pactos de Estado, cuando en realidad es quien llama de todo al presidente en funciones-; Rivera, instalado en su nuevo estilo macarra -«la que nos han liao usté y su banda», le espetó a Sánchez-; Abascal, haciendo el ridículo intentando apropiarse del «venceréis, pero no convenceréis» de Unamuno, cuando don Miguel dirigió esa frase a gente como Abascal, o a gente que Abascal y los suyos consideran españoles ejemplares -el portavoz del PNV, Aitor Esteban lo puso en su sitio con una mezcla de lenguaje hablado y gestual-; y Rufián, llamando «irresponsables» a los dirigentes de PSOE y Podemos, quienes deberían pararse a pensar que tienen un problema grave si el excéntrico diputado de ERC les afea algo y tiene razón cuando lo hace.

Tras el espectáculo de hoy, España continúa en funciones. Cada cuál culpará de la abstención de Podemos -que dejó a Sánchez con 124 votos a favor de su investidura, 155 en contra y 67 abstenciones- a quien le convenga. Los que quieran achacársela al PSOE, tienen lecturas como la de este enlace. Los que crean que la responsabilidad de que Podemos no haya apoyado un Gobierno de Sánchez es sólo atribuible a Podemos, tienen mensajes como este:

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El PSOE obtuvo 123 escaños en el Congreso en las pasadas elecciones generales del 28 de abril. Unidas Podemos, 42. La formación liderada por Pablo Iglesias siempre ha tenido la intención de formar parte del Gobierno de Sánchez, algo razonable porque el dirigente socialista necesita su apoyo parlamentario -y aún así, faltarían once diputados para llegar a los 176 de la mayoría absoluta-. Sin embargo, tanto o más razonable que eso es que Sánchez quiera tener el control de su gabinete, y las exigencias de ciertos ministerios por parte de Podemos –Hacienda y Trabajo, entre otros- no le garantizan esa lealtad por parte de Iglesias, que tiene su agenda propia.

Los dos partidos son responsables del fiasco de la investidura. Pero uno es más culpable: el que ha exigido más cuando tiene menos fuerza para exigir. Que Iglesias lo tenga en cuenta cuando se repitan unas elecciones en las que sólo sacará tajada la derecha.

Vuelta de los Balcanes

Qué duro es retomar las rutas en bici cuando llevas dos semanas sin subirte a una. Justo el tiempo que has estado atiborrándote de carnes, pescados, dulces e incluso ensaladas, todo ello regado con cervezas, vinos y licores locales, por el antiguo Imperio bizantino.

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Ruta en bici ayer por la Casa de Campo de Madrid (fotos: Manuel Vega).

En realidad, esto no es cierto. O no es la única verdad. Viajamos por lo que después fue el Imperio otomano. Y mucho antes había sido el romano. Y en el siglo XIX, siguiendo con los saltos en el tiempo, una olla a presión que acabó estallando a comienzos del XX, tras el magnicidio de Sarajevo de 1914. Y que volvería a estar en llamas dos décadas y media después. Finalizado ese incendio, empezaba otro conflicto, frío esta vez. Y cuando el segundo milenio se aproximaba a su fin, los cañones volvieron a rugir.

Esta es una presentación muy adornada en lo histórico de la última ruta balcánica en la que he participado. Comenzó a orillas del Danubio en Belgrado. Continuó cruzando la frontera entre Serbia y Bulgaria y llegando a Sofía, su capital, y de ahí a Plovdiv, una de sus ciudades milenarias. Desde allí, a la vecina Macedonia del Norte, aunque ese apellido pactado con -más bien exigido por- Grecia no esté muy a la vista en las calles de Skopje, quizá porque sus mastodónticas esculturas evitan que te fijes en otros detalles que no sean la obsesión de este país por ser la cuna de Alejandro Magno. Y después, a la carretera otra vez, pero camino de vuelta a Madrid, no sin antes parar en el sur de Francia y contemplar cómo una embarcación remonta las esclusas del Canal du Midi.

Han pasado muchas cosas en el viaje para resumirlas en una sola entrada. No sólo en lugares que visitamos, sino también en el largo camino hacia ellos. Por el momento, aquí quedan algunas imágenes. Más adelante llegarán los relatos.

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Parlamento de Serbia, en Belgrado.
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Catedral de Alexander Nevski, en Sofía, la capital búlgara.
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Teatro romano de Plovdiv (Bulgaria).
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Esculturas modernas de hoplitas griegos en el centro de Skopje, Macedonia (del Norte).