Ábalos y el “asesinado” Besteiro

Comenzamos la entrada de hoy con una falsedad en el titular, pero esas fueron las palabras que el secretario de Organización del PSOE, José Luis Ábalos, pronunció anteayer en el homenaje de su partido al político socialista Julián Besteiro, de cuyo nacimiento se cumplía siglo y medio.

El también ministro de Transportes, Movilidad y Agenda Urbana presentó a Besteiro (hacia el minuto 10:40 del vídeo) como “un hombre fundamentalmente de paz, un hombre pacífico, que luchó por la paz y que enfrentó el odio, y que sin embargo eso no le valió para ser asesinado [sic] también por la dictadura” (en la web del PSOE le añaden el verbo que Ábalos olvidó al transmitir su idea: “que no le valió para evitar ser asesinado por la dictadura”).

En primer lugar, vamos a añadir unos apuntes sobre el homenajeado para poner contexto, y después señalaremos la falsedad en la que Ábalos ha incurrido. Julián Besteiro (1870-1940) fue uno de los principales políticos socialistas durante la Segunda República y también en los años previos. Presidente del PSOE -también de la UGT- entre 1925 y 1931, presidió después las Cortes republicanas entre 1931 y 1933. Tras el estallido en 1936 de la Guerra Civil permaneció alejado de la primera línea política, pero destacó por su oposición al conflicto y por su búsqueda de una solución pacífica a la contienda. El filósofo Julián Marías destaca en su ensayo La guerra civil ¿cómo pudo ocurrir? que el ejemplo de Besteiro fue “el más eminente” entre quienes intentaron que los españoles dejaran de matarse unos a otros.

A comienzos de marzo de 1939, cuando la República vivía una situación desesperada por las conquistas territoriales del ejército sublevado de Franco, Besteiro secundó el golpe con el que el coronel Casado derrocó al gobierno republicano de Juan Negrín, socialista como Besteiro. La intención de los golpistas era establecer negociaciones con los franquistas en busca de una rendición con condiciones del Ejército Popular de la República. Para ello, crearon el Consejo Nacional de Defensa, en el que se integró Besteiro. Sin embargo, Franco sólo aceptó la rendición incondicional, con lo que el golpe contra Negrín resultó estéril, pues causó enfrentamientos armados entre los propios republicanos y sólo sirvió para que los franquistas aceleraran sus conquistas.

Aunque Casado y otros responsables del golpe huyeron de España, Besteiro, anciano y enfermo, permaneció en Madrid, donde fue apresado y encarcelado por los vencedores de la guerra fratricida. Tras ingresar en distintas prisiones, falleció en la cárcel de Carmona (Sevilla) el 27 de septiembre de 1940 como consecuencia de una septicemia derivada de las pésimas condiciones sanitarias que padeció durante su reclusión.

¿Dice lo cierto Ábalos al afirmar que Besteiro fue “asesinado” por el franquismo? No. A los hechos hay que llamarlos por su nombre, y es falso que su muerte fuera por asesinato. Sí se puede y debe subrayar que el político socialista perdió la vida tras un encarcelamiento arbitrario y por las condiciones insalubres en las que lo mantuvieron sus carceleros, pero eso no le da al actual secretario de Organización del PSOE carta blanca para hablar de asesinato. La historia debe contarse como fue y no como conviene al que la cuenta.

¿Federico García Lorca murió en la guerra o fue asesinado en la guerra? Claramente lo segundo. Entonces, el mismo rigor hay que exigirle a Ábalos sobre la muerte de Besteiro, quien falleció en prisión pero no fue asesinado.

Teniendo en cuenta que el Gobierno del que es miembro está preparando una Ley de Memoria Democrática cuyo fin ha de ser proclamar la verdad sobre el conflicto y sus consecuencias, Ábalos debería saber bien de qué habla. Y no olvidar que esa ley sólo supondrá un éxito si se logra un consenso entre izquierda y derecha para su aprobación parlamentaria.

Meter la pata en el primer párrafo por no saber de Historia

El diario El Mundo publica cada domingo una carta del director a sus lectores, en la que trata en profundidad alguno de los asuntos más candentes de la actualidad política. Lo hacía su fundador, Pedro J. Ramírez, y lo continúa haciendo el por ahora último de sus sucesores, Francisco Rosell. El estilo de la misiva no es estrictamente periodístico, sino que añade buenas dosis de literatura para hacer más amena e interesante la lectura. El autor suele enriquecer su texto evocando hechos históricos que reflejan su saber. Sin embargo, en el caso del actual responsable del periódico, lo publicado ayer revela lo pequeño de su talla intelectual en comparación con Ramírez y con cualquier otro de sus predecesores en el cargo.

Bajo el título El bombardeo de la ‘Memoria política’, Rosell criticó a la vicepresidenta del Gobierno y ministra de Memoria Democrática, Carmen Calvo, de quien afirma que “subvierte el carácter académico de la Historia”. Subvertir, según la RAE, significa “trastornar o alterar algo, especialmente el orden establecido”. En esta página no vamos a analizar las acusaciones del periodista a Calvo, sino la subversión de la Historia que ha cometido él mismo en el primer párrafo de su relato.

Como se observa en la imagen que precede a este párrafo, Rosell menciona a personajes históricos procedentes de Cabra, Córdoba, localidad en la que también nació Carmen Calvo. Entre ellos cita al político José Sánchez Guerra (1859-1935), pero lo hace con más pena que gloria, aunque pretendiera sólo lo segundo. La metedura de pata del director de El Mundo está en la presentación del político cordobés: “jefe de Gobierno de una Restauración en declive que dio paso a una fugaz república cantonal en la que su primer presidente, Estanislao Figueras, se despediría casi recién llegado ‘a la francesa’ -escapó a París- tras despacharse a gusto con sus ministros: Señores. Voy a serles franco. Estoy hasta los cojones de todos nosotros”.

Sánchez Guerra fue uno de los jefes de Gobierno en la época de la Restauración borbónica, cierto. Pero hay un error de bulto justo a continuación. La Restauración no dio paso a ninguna “fugaz república cantonal”, sino que fue esa república (1873-1874) la que dio paso a la restauración de los Borbones en el trono en la persona de Alfonso XII, lo que ocurrió en 1875. Por lo tanto, Francisco Rosell cuenta la historia al revés, como si hubiera dicho que el franquismo (1939-1975) dio paso a la Segunda República (1931-1939).

Sólo el director del rotativo madrileño sabrá si su intención era dar lustre a su texto metiendo con calzador las contundentes palabras de Estanislao Figueras. Lo que sí ha quedado manifiesto es su desconocimiento del siglo XIX español y que el tiro le ha salido por la culata. O el calzador por la suela.

Srebrenica, 25 años de una masacre que paraliza Bosnia

“Nos acostumbrábamos con más facilidad a la muerte que a aquello que la traía. La muerte era aceptable, pero no así el miedo a ella”. Este testimonio está extraído de Postales desde la tumba, libro desgarrador del hoy periodista bosnio Emir Suljagic, quien narra los tres años en los que él y otros miles de civiles sufrieron el asedio del enclave de Srebrenica a manos de las fuerzas serbobosnias durante la guerra que destrozó su país entre 1992 y 1995.

Hoy se cumplen 25 años del inicio de la masacre en la que soldados y paramilitares de la República Srpska asesinaron mediante fusilamientos masivos a más de 8.000 varones musulmanes -entre los que había niños y ancianos-, crimen calificado como genocidio por el Tribunal Penal Internacional y por el que su máximo responsable político -el entonces presidente de la entidad serbia de Bosnia, Radovan Karadzic– y el jefe militar que dirigió las ejecuciones -el general Ratko Mladic– han sido condenados a cadena perpetua.

Emir Suljagic, nacido en 1975, tenía sólo 17 años al comenzar el cerco de Srebrenica y 20 cuando concluyó. Su conocimiento del inglés le había facilitado un trabajo de traductor para los cascos azules de Naciones Unidas que protegían -con perdón por este verbo– el enclave y ello fue lo que le permitió escapar de la matanza.

Hace cinco años, justo dos décadas después de aquellos días aciagos, fue una palabra maldita, genocidio, la que causó que el rostro del presidente ruso, Vladimir Putin, empapelara las calles de Potocari, la localidad vecina de Srebrenica en cuyos alrededores se levantó el memorial donde yacen los restos de las víctimas que han podido ser identificadas, unas 7.000. Los periodistas que allí acudimos entonces observamos con nuestros ojos aquellos carteles del líder ruso mientras nos encaminábamos al cementerio.

Aquel 11 de julio de 2015 había que retroceder sólo unas pocas jornadas en el calendario para encontrar una explicación a ese agradecimiento a Putin. Esa misma semana, Rusia, aliada de Serbia, vetaba en la ONU una resolución que llamaba “genocidio” a lo ocurrido cuando el ejército serbobosnio irrumpio en Srebrenica en 1995.

Desde aquel año, el de los Acuerdos de Dayton, que pusieron fin a la Guerra de Bosnia, el escarpado país balcánico está dividido en dos entidades: la Federación de Bosnia y Herzegovina, poblada mayoritariamente por musulmanes y en menor medida por croatas, y la República Srpska, en la que los serbios son mayoría. Srebrenica y su entorno quedaron en el territorio de esta última, y la limpieza étnica aplicada por los serbios -los más de 8.000 fusilados tras la toma del enclave son su sangrienta prueba- convirtió a esta nacionalidad en la más numerosa en la zona.

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El cementerio de Potocari, junto a Srebrenica, en 2015, 20 años después de la masacre (fotos: Manuel Vega).

Cada año, el 11 de julio es la fecha de los actos oficiales en honor a las víctimas de la masacre, y también el día fijado para dar sepultura en el cementerio de Potocari a los restos de víctimas que siguen identificándose a día de hoy, un cuarto de siglo después de que los aledaños de Srebrenica fueran transformados en un gigantesco paredón donde los pelotones de ejecución disparaban sin cesar.

En 2015, llamó mi atención una pancarta desplegada sobre una de las lomas que rodean el camposanto. Me aproximé a un joven y le pregunté por su significado. “Por cada serbio muerto, cien musulmanes muertos”, me respondió, y me aclaró quién era el autor de tan despiadadas palabras: Aleksandar Vucic, actual presidente de Serbia, que hace un lustro era primer ministro de ese país y durante la guerra de los años 90 ya estaba metido en política a pesar de su juventud.

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“Por cada serbio muerto, cien musulmanes muertos”, frase atribuida durante la guerra al hoy presidente serbio.

En un día como hoy, suelen concentrarse en Srebrenica miles de personas venidas de distintos puntos de Bosnia para rendir homenaje a las víctimas. Sin embargo, este año la pandemia de coronavirus que afecta a todo el planeta ha causado importantes restricciones de acceso para garantizar la distancia de seguridad y evitar contagios.

Veinticinco años después de la guerra, Bosnia sigue en conflicto. No hay batallas ni matanzas, pero la sociedad permanece dividida y el frágil Estado continúa mal gobernado por una presidencia rotatoria entre musulmanes, serbios y croatas que favorecen sus propios intereses cuando detentan el poder y persisten en resaltar las diferencias entre comunidades, en una constante mirada a los odios del pasado que deja paralizado el país.

Para tener más presente lo ocurrido hace 25 años, conozcamos el testimonio de un superviviente de la matanza. Emir Suljagic lo recoge en Postales desde la tumba y es estremecedor: “El más joven de los supervivientes de las ejecuciones ocurridas entre el 14 y el 16 de julio tenía sólo 17 años. Cuando lo bajaron del camión con un grupo de varones, los ojos vendados y las manos atadas, no pedía más que un poco de agua. ‘No quería morir sediento’, dijo al testificar ante el Tribunal de La Haya, años más tarde. Los soldados serbios abrieron fuego”.

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Oración por una de las víctimas de la masacre en el funeral celebrado en 2018.

De aristócratas y terroristas

Domingo Moriones usaba el título de marqués de Oroquieta y fue un militar que luchó en la Guerra Civil. Los que aplican la etiqueta rápida y dictan sentencia sin tener la menor idea de los asuntos sobre los que sientan cátedra lo tendrán muy claro: sangre azul + uniforme = un fascista en toda regla. Sin embargo, resulta que, a pesar de su título nobiliario, fue uno de los jefes del Ejército Popular de la República, en el que alcanzó el grado de coronel. Llegó a mandar el Ejército de Andalucía y, finalizado el conflicto, los vencedores franquistas lo condenaron a muerte, pena que finalmente le fue conmutada por treinta años de prisión, de los que cumplió diez

El vicepresidente segundo del Gobierno y líder de Podemos, Pablo Iglesias, menciona con frecuencia el conflicto fratricida de nuestro siglo XX y su afinidad con el bando derrotado. Lo que no se sabe es si tiene noticia del coronel republicano Moriones y del marquesado que ostentaba, algo que, vista su alergia a la aristocracia -o, al menos, a la aristócrata Cayetana Álvarez de Toledo, marquesa de Casa Fuerte y portavoz del PP en el Congreso-, sería interesante que aclarara.

Pertenecer a la nobleza no tiene por qué significar algo negativo, aunque Iglesias dé a entender que sí. No todos los de alta alcurnia han de estar cortados por el patrón del señorito andaluz o el pijo del Barrio de Salamanca. Ahí tiene el ejemplo de ese militar que, cuando otros compañeros de armas se rebelaron contra la legalidad republicana, se mantuvo fiel al Gobierno de Madrid y combatió a los sublevados, quienes sí manifestaron una conducta reprobable alzándose contra el Estado constitucional al que habían jurado obediencia.

Pero este miércoles, la diputada Álvarez de Toledo replicó de forma injustificable -e impresentable- a una mofa que el vicepresidente segundo hizo de su título nobiliario. Con su exabrupto“usted es el hijo de un terrorista. A esa aristocracia pertenece usted, a la del crimen político”-, reaccionó como si sintiera que ser de la nobleza es algo malo. Si no, ¿a qué viene responder a una burla contra la aristocracia echando en cara al otro una actividad criminal como el terrorismo? 

Ofende el que puede, no el que quiere. La portavoz parlamentaria del Grupo Popular pudo haber despachado a Iglesias elegantemente, incluso ridiculizándolo por esa aversión de él a quienes lucen apellidos lustrosos en el DNI. Pero ella no fue capaz de responder cabalmente y prefirió injuriar al enemigo -ojalá se trataran como adversarios– de forma repugnante, atacando a un familiar.

Justifica la parlamentaria popular su embestida contra el vicepresidente segundo -o contra el padre del vicepresidente segundo para dañar a éste- en que Javier Iglesias fue militante del Frente Revolucionario Antifascista y Patriótico (FRAP) y que eso es argumento suficiente para llamarlo “terrorista”. Como muestra, un tuit en el que reafirma sus palabras:

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Ya que pregunta “¿cómo se llama al que milita en una organización terrorista?”, que tenga en cuenta que el padre de Iglesias “militó”, no “milita”. Ahí ha arrimado demasiado el ascua a su sardina la diputada para intentar que se acepte lo inaceptable.

A estas alturas de la Historia, no se puede ocultar que el FRAP ejecutaba acciones terroristas -miembros de la banda asesinaron a agentes de Policía y Guardia Civil-. Ahora bien, a Javier Iglesias lo condenó la dictadura franquista por repartir propaganda de ese grupo, no por delitos de sangre, y no está de más subrayar que el columnista y hoy eurodiputado de Vox Hermann Tertsch fue condenado en 2019 a indemnizar a Iglesias padre con 15.000 euros por haberlo relacionado con el asesinato de un policía en 1973, cuando en realidad en ese tiempo Javier Iglesias se encontraba en prisión.

No hay que olvidar que el FRAP atentó contra una dictadura, no contra una democracia. No puede afirmarse lo mismo de los GRAPO (Grupos de Resistencia Antifascista Primero de Octubre), que continuaron su actividad homicida hasta varios años después de las elecciones democráticas de 1977. En esa banda terrorista, por cierto, militó durante el franquismo el escritor Pío Moa, entonces marxista y hoy en las antípodas ideológicas. Tendría su aquel saber si Cayetana Álvarez de Toledo se referiría a Moa como “terrorista”.

Lo mismo que de los GRAPO, pero multiplicada su furia asesina varias veces, cabe decir de ETA, que no cesó de derramar sangre ajena hasta bien entrado el siglo XXI. A la señora Álvarez de Toledo habría que recordarle que hubo etarras que abandonaron las armas tras la muerte de Franco. Uno de ellos fue Mario Onaindia, que pasó de ser terrorista a ser objetivo de los terroristas por su rechazo a la lucha armada y su entrada en la política de la mano de Euskadiko Ezkerra y después en el Partido Socialista de Euskadi. De ETA al constitucionalismo, esa palabra de la que tanto gusta apropiarse la marquesa de Casa Fuerte. El político vasco falleció de cáncer en 2003, y también se impone esta pregunta: ¿le espetaría la portavoz popular a los hijos de Onaindia que su padre era un terrorista?

Miremos más allá de nuestras fronteras y viajemos por el pasado de otros países, algo que Cayetana Álvarez de Toledo debe de conocer, siendo como señala en su currículum doctora en Historia por la Universidad de Oxford. Sabrá entonces que Irlanda obtuvo su independencia de Gran Bretaña bajo el liderazgo de Michael Collins, cuyos hombres ejecutaban actos terroristas contra policías y soldados británicos. Así los calificaban los ingleses, aunque obviamente los irlandeses los llamen luchadores por la independencia de su patria.

Aunque hay un caso aún más llamativo del terrorismo empleado para lograr objetivos políticos. Protagonizado, por cierto, por gente que acabó en un partido muy próximo ideológicamente a la portavoz del PP en el Parlamento. Ocurrió en el Mandato Británico de Palestina en la década de 1940, cuando grupos terroristas judíos atentaban contra la potencia que administraba el territorio. La meta de los que atacaban a los británicos no era otra que la implantación de un Estado judío en ese suelo, lo que finalmente lograron. Y haciendo pagar a inocentes un alto precio en sangre.

Una de esas organizaciones terroristas, Irgún, perpetró en 1946 un salvaje atentado con bomba en Jerusalén contra el Hotel Rey David, cuartel general del Ejército británico. El ataque se saldó con 91 muertos, entre los que había personal militar y civil británico, aparte de judíos y árabes que se encontraban en el lugar en el momento de la explosión. El líder de Irgún entonces era Menajem Beguin, quien ejercería el cargo de primer ministro de Israel entre 1977 y 1983 como miembro del partido derechista Likud.

Sucedió a Beguin en la jefatura del Gobierno israelí Isaac Shamir, del mismo partido y con igual pasado terrorista. En su caso perteneció al Lehi, una escisión de Irgún cuyo sangriento historial incluye el asesinato en 1948 del conde Folke Bernadotte, un aristócrata y diplomático sueco enviado por Naciones Unidas a Palestina para mediar entre los bandos contendientes en la primera guerra árabe-israelí.

Si la marquesa de Casa Fuerte acudiera a alguna recepción en la Embajada de Israel en España, ¿le recordaría a la embajadora que su país tuvo un par de primeros ministros terroristas? Y uno de ellos integrante de un grupo que asesinó a sangre fría al portador de un título nobiliario, detalle que no se puede pasar por alto, ya que ha sido una controversia sobre el abolengo de esta política lo que ha derivado en un nuevo circo en el hemiciclo.

La victoria aliada y la realidad

“¡El 8 de mayo de 1945, América [Estados Unidos] y Gran Bretaña lograron la victoria sobre los nazis! El espíritu americano siempre vencerá. Al final es lo que ocurre”.

Así de ancho se quedó el encargado de redes sociales de la Casa Blanca que escribió tal despropósito de tuit. Desconozco desde cuándo algunos, o muchos, estadounidenses y británicos empezaron a creerse que la victoria de los Aliados en la Segunda Guerra Mundial fue cosa sólo de ellos, hasta el punto de llegar al ridículo de intentar negarle a los soviéticos todo protagonismo en el desenlace de la contienda que marcó un antes y un después en la Historia de la humanidad. A buen seguro no fue en 1945, cuando el Ejército Rojo -así se llamaba entonces a las Fuerzas Armadas de la URSS- ocupaba toda Europa oriental y buena parte de la central.

Ayer se cumplieron tres cuartos de siglo del final del conflicto en suelo europeo -el frente del Pacífico se mantuvo activo hasta septiembre del 45-. Una fecha que los vencedores deberían conmemorar unidos, pero las diferencias ideológicas/geopolíticas entre los que contribuyeron a la victoria -que, por lo visto, 75 años después se están queriendo mantener muy vivas- lo están impidiendo.

La afirmación del tuit de la Casa Blanca es fácil de desarmar. Algunos anglosajones que no se dejan llevar por la euforia nacionalista respondieron con argumentos que reproducimos a continuación: “Absolutamente falso: fue la Unión Soviética la que derrotó a la Alemania nazi, no Estados Unidos ni Reino Unido. A lo largo de la mayor parte de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos y Reino Unido se enfrentaron entre ambos a diez divisiones alemanas. Los soviéticos lucharon solos contra más de 200 divisiones alemanas“, respondió el periodista Ben Norton.

Berlín

Acompañaba su réplica con una de las imágenes que mejor resumen lo que fue aquella lucha: la bandera soviética ondeando sobre el Reichstag de Berlín.

Desde aquí no vamos a recurrir a algo tan infantil como jugar a quién la tiene más grande, sino a contar la verdad.  Y lo cierto en la guerra de 1939-1945 es que la tenaza formada de un lado por los soviéticos y del otro por los norteamericanos -con apoyo de los británicos- fue lo que consiguió decapitar a la bestia nazi.

Por ello, no vamos a negar la existencia de un bando que concede a los soviéticos todo el mérito de la victoria aliada, algo que es tan falso como el tuit de la Casa Blanca que ha abierto esta entrada. No fueron los soviéticos los que desembarcaron en Marruecos y Argelia para atacar en Túnez al Afrika Korps de Rommel, sino los norteamericanos y británicos -la llamada Operación Torch, decisiva para expulsar a los alemanes del norte de África-. Y tampoco fueron los rusos los que derrotaron a Japón en el frente del Pacífico, sino los estadounidenses -ahí los ingleses fueron meros comparsas-.

Lo que sí cabe destacar de la URSS frente a Estados Unidos es que sufrió la guerra en su territorio y que fueron su población civil y sus tropas las que más padecieron los horrores del conflicto, con 27 millones de muertos. Las bajas norteamericanas fueron muy escasas en comparación, con algo más de 400.000 víctimas. Razón de más para que se la envainen quienes desean dar a EEUU un protagonismo que no merece y silencian el esfuerzo soviético por ganar la guerra al bando del Eje.

El siglo de Manolo Vega

Tal día como hoy, hace cien años, nacía Manolo Vega Díaz, mi padre. Tercero de los hijos de Manuel Vega Lordén y Soledad Díaz León, vino a este mundo en la casa de la calle Gil y Carrasco de Ponferrada donde residían entonces. Para los que conozcan su localidad natal, también la mía, el hogar donde mi abuela lo dio a luz estaba frente al Castillo de los Templarios, el símbolo por excelencia de la ciudad. Estaba. El edificio, donde entonces vivían mis abuelos de forma temporal, fue demolido -no hace demasiados años, creo recordar- y ahora lo ocupa otro inmueble que no guarda el menor parecido con el que mi padre me mostraba cuando paseábamos por allí, recordando que había sido su cuna.

A muchos de mis familiares les sorprenderá que lo cite como el tercer retoño de mis abuelos, pero es la realidad. La primogénita fue mi tía Gin (1917-2010), pero entre ella y Manolo estuvo la pequeña Margarita, muerta a muy corta edad -antes de que él naciera- víctima de la pandemia de gripe que entonces asolaba el planeta. En los tiempos que corren ahora, no podía omitir este hecho.

Mi padre nació el mismo año que Karol Wojtila, quien pasaría a la historia como Juan Pablo II, a quien admiraba. También era quinto de Miguel Delibes, coincidencia que, al igual que la del Papa, solía recordar. Con él tuvo en común la literatura, pues mi padre, aunque el de escribir no era el oficio que le daba de comer, publicó dos novelas. La última, El viento sopla donde quiere, en 2003, pero casi cuatro décadas antes, en 1964, había tenido su bautismo de fuego con Cuna negra, en la que el narrador, Cristóbal Gándara -claro alter ego suyo, aunque mi padre nunca me lo reconociera abiertamente- relata parte de sus vivencias en la División Azul. A este respecto, acabo de tener noticia de que un ensayo histórico sobre esa unidad de españoles enviados a combatir a la URSS en la Segunda Guerra Mundial menciona la novela y el autor. Daré más detalles en breve.

El año de 1920 fue también el del nacimiento de Federico Fellini. Desconozco si mi padre sabía de esta coincidencia, pero viene a cuento citarla porque fue él quien me supo transmitir la pasión por el cine y también quien me habló de La strada, uno de los símbolos de la filmografía del realizador italiano, protagonizada por su esposa, Giulietta Massina, que a mi padre le parecía una gran actriz.

Manolo Vega nació en tiempos de Alfonso XIII. Era un niño cuando la dictadura de Primo de Rivera y en los albores de la Segunda República Española, y un adolescente al estallar la Guerra Civil, la mayor desgracia que puede sufrir un país. Cumplió la mayoría de edad en 1938 y fue movilizado por el bando franquista, en cuyas filas vivió el final de la batalla del Ebro. Tras el conflicto, como tantos miles de jóvenes, permaneció movilizado. “Tuve cinco años de mili”, me contaba. Era una forma modesta de expresarlo. Lo que tuvo en realidad fueron dos guerras con una larga temporada entre medias en cuarteles.

Ya he contado que con 18 años combatió, como tantos jóvenes de la época, en la guerra fratricida, y que al terminar el conflicto no fue licenciado, sino que tuvo que seguir de uniforme. Lo mandaron a un cuartel en Pontevedra, donde al menos pudo aprovechar el tiempo estudiando Magisterio. Cuando parecía que la vida militar había terminado para él, una nueva movilización, en 1942, justificada por las autoridades franquistas en el desembarco de norteamericanos y británicos en Marruecos y Argelia en el transcurso de la guerra mundial, lo mandó a otro cuartel, esta vez en Zamora. Allí, el hartazgo por la vida cuartelera y la incertidumbre lo llevó a cometer “una locura”, como él mismo decía: presentarse como voluntario para todos los destinos disponibles. Sáhara, Guinea, Ifni, la División Azul… Le tocó el peor de todos: el último de ellos.

En Rusia sobrevivió al horror de aquella guerra y pudo volver para contarlo. Y es aquí donde regresamos a su novela Cuna negra. En su libro La División Azul: la historia completa de los voluntarios españoles de Hitler, el historiador Carlos Caballero Jurado escribió: “Un leonés del Bierzo cuyo nombre completo era Manuel Pedro Armengol Vega Díaz publicó (…) la novela Cuna negra. Subrayaba con especial énfasis las más que cordiales relaciones con la población civil (…)”. Cierto. Mi padre hablaba con respeto, incluso cariño, de los lugareños, y en su libro lo refleja.

De vuelta en casa, y con el título de maestro bajo el brazo, se dedicó a la enseñanza en el pueblo de Compludo, en una zona de montaña próxima a Ponferrada. Pero su experiencia profesional dio un giro de 180 grados poco después, cuando en 1946 abandonó la docencia para trabajar en Endesa, cuya primera central, la de Compostilla, se había empezado a construir un año antes en nuestra tierra. Allí pasó el resto de su vida laboral, hasta su jubilación en 1987.

Antes se había casado, en 1976, con Pepi Fierro. “Lo mejor que me ha pasado en la vida es haberme casado con tu madre”, me dijo más de una vez. Tengo muy claro que es verdad. Si no hubiera sido por ella, no habría llegado tan lejos como llegó. Falleció el 16 de febrero de 2016, con 95 años y casi 40 de matrimonio. Ella siempre estuvo a su lado. Lamentablemente, el día de su adiós, yo estaba lejos. En Melilla, donde trabajaba desde unos pocos meses antes. Me fui a África con el presagio de que no estaría cerca de él cuando se despidiera y, por desgracia, acerté. Al menos, pude darle un beso de despedida en su frente helada antes de dirigirnos al cementerio, donde vivimos algo que no fue casualidad. O quiero creer que no lo fue.

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La práctica del esquí fue una de las pasiones de mi padre (archivo Manolo Vega Díaz).

Ya conté en otra ocasión que mi padre amaba el esquí. Quien quiera saber hasta qué punto, puede leerlo aquí. Fue emocionante entonces que, mientras los enterradores introducían su ataúd en la tumba, la Naturaleza lo homenajeara con una nevada. Los que queríamos a mi padre somos libres de creer que los copos de nieve justo en aquel momento no fueron fruto del azar.

Aunque venga poco a cuento después de haber hablado de su enterramiento, no quiero olvidar otra de las predilecciones de Manolo Vega, la natación, deporte en el que llegó a competir a nivel amateur. En realidad, lo menciono ahora porque quiero cerrar este recuerdo a mi padre con otra pasión suya, la que heredé de él por el cine.

Desde hace casi un año, en mi cuenta de Twitter publico a diario una frase o diálogo de una película diferente. La de hoy, Quo vadis, la he elegido en su honor, por ser una de sus preferidas. También he dado voz a Petronio, el personaje que más admiración le despertaba. Con sus últimas palabras concluyo mi homenaje al siglo de Manolo Vega:

Puedo perdonarte por haber asesinado a tu esposa y a tu madre, por haber incendiado nuestra amada Roma, por haber esparcido en toda la nación el hedor de tus crímenes. Pero hay una cosa que no puedo perdonar: el aburrimiento de haber escuchado tus versos, tus canciones de segunda categoría y tus mediocres representaciones junto con tus especiales dones, Nerón, de criminal, incendiario, matricida y traidor. Mutila a tus súbditos, si te place, pero con mi último aliento te pido que dejes de mutilar las artes. Me despido, pero no compongas más música. Embrutece al pueblo, pero no lo aburras igual que aburriste hasta la muerte a tu amigo el extinto Cayo Petronio”.

El centenario de Galdós y la señora del Instituto Cervantes

-No sabe cuánto se lo agradezco.

No me respondió con palabras. Bastó un gesto amable de quien sabe que ha hecho algo bueno por otra persona y que ésta lo ha apreciado enormemente.

Sería cerca de la una de este mediodía y acababa de entrar en un edificio de la calle de Alcalá. Ayer había oído que en la sede de la Consejería de Cultura de la Comunidad de Madrid y en la del Instituto Cervantes se repartirían gratuitamente mil ejemplares -en cada una de ellas- de El 19 de marzo y el 2 de mayo, tercera novela de los Episodios nacionales de Benito Pérez Galdós.

Y allí estaba, en el Cervantes, casi dos horas después de la fijada para que los interesados empezaran a recoger una de las obras más importantes del novelista español por excelencia del siglo XIX y uno de los mayores símbolos de nuestra literatura. Tal día como hoy, hace cien años, Galdós fallecía en la capital, y qué mejor efeméride para acercarnos a su figura que esta fecha.

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‘El 19 de marzo y el 2 de mayo’, uno de los ‘Episodios nacionales’ de Benito Pérez Galdós (fotos: Manuel Vega).

A las once había empezado a acudir la gente y bien pasado el mediodía ya se habían agotado las existencias del tercer episodio nacional en el Cervantes. Buena y mala noticia al mismo tiempo. Lo primero, porque un reclamo cultural había funcionado estupendamente; y lo segundo, algo estrictamente personal: me había quedado sin un ejemplar.

Una funcionaria del Cervantes me animó entonces a presentarme en la Consejería de Cultura, donde quizá les quedasen algunos libros. Pero no fue necesario gracias a una señora que oyó la conversación.

No recuerdo cuáles fueron sus palabras exactas, pero sí que me hizo saber que ella y el señor que la acompañaba tenían en sus manos dos libros, y que estaban dispuestos a cederme uno. Yo estaba decidido a probar suerte en la Consejería de Cultura y le agradecí su gesto, pero no podía aceptar su ofrecimiento. Si ellos tenían dos libros, por alguna razón sería, y no quería privarles de ello. Pero la señora insistió y le respondí con la frase que ha abierto este relato.

Una de mis novelas preferidas es La guerra del general Escobar, de José Luis Olaizola. Narra una época que Galdós no vivió, aunque sí conoció otras parecidas. Hablo de la Guerra Civil. La del siglo XX, porque en el XIX se libraron las carlistas, otro conflicto entre hermanos.

Escobar fue uno de los jefes del Ejército Popular de la República durante la contienda. La novela está escrita en primera persona y Escobar, desde la prisión de Montjuïch, donde espera la sentencia de muerte que los vencedores han dictado, narra su lucha contra los franquistas desde el 19 de julio de 1936 en Barcelona hasta marzo del 39, cuando estaba al mando del ejército republicano de Extremadura.

En los últimos coletazos de la guerra, tuvo que ordenar la detención de militares de sus tropas que habían desobedecido órdenes suyas. Algunos de ellos eran militantes del PCE. Escobar envió a uno de sus oficiales a practicar los arrestos. Este hombre cumplió la orden, no sin antes informar a su superior de su filiación comunista. La misma de los insubordinados que detuvo.

“Me corre rápido la pluma al escribir de tan noble gente”, evoca el narrador de la novela sobre el militar que cumplió la orden recibida.

Mis circunstancias son muy diferentes a aquellas, pero también he tecleado rápido recordando la nobleza de esa mujer a la que la fortuna puso en mi camino este mediodía en el Instituto Cervantes.

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La entrada de la sede en Madrid del Instituto Cervantes, en la calle de Alcalá. 

Los héroes del 7 de julio

Hablábamos de aniversarios en la última entrada del año pasado y comenzaremos de la misma forma el nuevo año. Porque en este primer día de 2020 se cumplen dos siglos del levantamiento de Rafael del Riego en la localidad sevillana de Las Cabezas de San Juan, donde se alzó al mando de sus tropas para poner fin al régimen absolutista de Fernando VII y forzar al monarca a aceptar un Estado liberal basado en la Constitución  de 1812. Aquel 1 de enero de 1820 fue el origen de un periodo que pasó a la Historia de España bajo el nombre de Trienio Liberal.

Los soldados que mandaba Riego iban a embarcarse rumbo al otro lado del Atlántico para combatir el proceso de emancipación de América. Sin embargo, en la metrópoli había demasiados problemas que resolver, derivados del terror que el Rey Felón había impuesto desde su regreso a España en 1814, que conllevó la abolición de la Constitución de Cádiz y la persecución a los liberales.

La chispa encendida por Riego prendió en otras partes del territorio nacional y, ya en marzo de 1820, al monarca no le quedó más remedio que jurar la Carta Magna que él mismo había derogado seis años antes: “Marchemos francamente, y yo el primero, por la senda constitucional”, proclamó sin franqueza Fernando VII, que no cesó de conspirar contra el nuevo orden liberal hasta que tres años más tarde los Cien Mil Hijos de San Luis le restituyeron su poder absoluto en el trono y sumieron a la nación en la Década Ominosa.

En el bicentenario que hoy se cumple está también la explicación al título de esta entrada. Se trata de un hecho histórico ocurrido en 1822, en pleno Trienio Liberal. Un episodio que da nombre a una calle de Madrid por la que se accede a la Plaza Mayor, que fue el escenario de los acontecimientos evocados.

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Placa en la calle del 7 de Julio, una de las vías de acceso a la Plaza Mayor de Madrid (fotos: Manuel Vega).

En aquella fecha, la Guardia Real se sublevó contra el poder constitucional con la intención de restaurar a Fernando VII como monarca absoluto. Los guardias se dirigieron hacia la Plaza Mayor, pero en su camino fueron derrotados por aquellos héroes del 7 de julio: los hombres de la Milicia Nacional, fieles al gobierno liberal.

Estos sucesos no están entre los más conocidos de la Historia de España, pero no por ello son menos importantes. Benito Pérez Galdós dedica uno de sus Episodios nacionales a lo acaecido aquella jornada de 1822. Quien quiera profundizar en los hechos, puede hacerlo de una forma más rápida que leyendo las novelas, que es escuchar las dramatizaciones radiofónicas de esta obra, disponibles en la web de RTVE.

La calle del 7 de Julio lleva su nombre desde 1840. Antes era conocida como la de la Amargura. Según la tradición, porque era el camino que seguían los reos antes de ser ajusticiados en la Plaza Mayor.

Los dos siglos del arranque del Trienio Liberal nos han llevado a otro aniversario a conmemorar este 2020. Galdós, narrador de la Historia de España y testigo de buena parte de ella, se despedía de la vida el 4 de enero de 1920. Que la página de hoy sirva también de homenaje a don Benito. Feliz 2020.

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La calle del 7 de Julio comunica la Calle Mayor con la Plaza Mayor.

Los aniversarios de 2019

Se agota 2019, año en el que se han cumplido importantísimos aniversarios. Algunos han tenido notable eco en los medios. Los 80 años del final de la Guerra Civil española, los otros tantos del estallido de la Segunda Guerra Mundial o los 75 del Desembarco de Normandía. Las seis décadas de la Revolución Cubana o las cuatro de la islámica en Irán. Y, por supuesto, un centenario: el del Tratado de Versalles, que rubricó el fin de lo que fue la Primera Guerra Mundial -aunque más bien la cerró en falso.

El año que hoy termina ha sido también el del medio siglo de aquel pequeño paso para una persona, pero un gran salto para la humanidad, que supuso la llegada del hombre a la Luna. Justo cuarenta años antes, un dibujante belga, Hergé, creaba un héroe que conquistaría el satélite en la ficción antes de que lo hicieran Armstrong y Aldrin. Fue Tintín, cuyas aventuras llevan 90 años haciéndonos viajar por este mundo y fuera de él. Y ya que hemos dado el salto al cómic, no podemos olvidar a Astérix, cuyos seis decenios de existencia han sido igualmente uno de los aniversarios fundamentales de 2019.

Otros hechos históricos ocurridos en el siglo XX tuvieron gran repercusión, que se prolongó durante años e incluso décadas. La crisis económica de 1929, de la que se han cumplido 90 años, fue un claro ejemplo. También la creación de la OTAN en 1949.

El año 1989 fue uno de los primordiales de la pasada centuria. La caída del Muro de Berlín puso fin a la era de la Guerra Fría, aunque este conflicto dio más coletazos, los últimos, justo cuando aquel año tocaba a su fin, con la revolución rumana que derrocó a Ceausescu, el último dictador al otro lado del Telón de Acero. En fechas paralelas, soldados norteamericanos invadían Panamá y deponían al general Noriega, al que años antes habían llevado al poder. Sin salir del nuevo continente, en el 89 tuvo lugar otro hecho violento de gran repercusión: el asesinato del padre Ellacuría y otros cinco jesuitas españoles en la Universidad Católica de El Salvador a manos de un comando militar.

También se han cumplido 30 años de un acontecimiento alejado de la violencia y de la política. El Tour de Francia del monumental despiste de Perico Delgado -quedó tercero en una carrera que llevaba su nombre-, noticia que quedó en segundo plano cuando Greg Lemond le arrebató a Laurent Fignon el maillot amarillo en los Campos Elíseos en una contrarreloj que le dio la victoria en la Grande Boucle por sólo ocho segundos de diferencia.

Tras el paréntesis deportivo, regresamos a la tragedia. El año que expira es el del cuarto de siglo del genocidio de Ruanda y el de los 20 años de la guerra de Kosovo y los bombardeos de la OTAN en Yugoslavia, un conflicto que, pese a haber cesado el ruido de las armas, continúa latente en la provincia serbia autoproclamada independiente en 2008.

Hasta aquí, unos cuantos aniversarios de sucesos que marcaron el siglo XX. Pero 2019 ha sido además un número redondo para conmemorar hechos históricos mucho más antiguos. Los 150 años del Canal de Suez, los 200 de la apertura del Museo del Prado, los 250 del nacimiento de Napoleón, los 500 de la elección como emperador de Carlos V y, sobre todo, los 500 del inicio de la conquista de México por Hernán Cortés y los otros cinco siglos de la partida de la expedición de Magallanes, que Juan Sebastián Elcano completaría tres años más tarde con la que fue la primera vuelta al mundo. Para el que escribe estas líneas, el último de los narrados ha sido el acontecimiento más importante de los conmemorados en este año al que le quedan unas pocas horas de existencia.

El escuálido favor de Elvira Roca Barea a la Historia de España

“Los franceses van por la quinta república, señal de que les han fracasado cuatro y con las correspondientes reposiciones monárquicas”. Quien esto afirma es la escritora Elvira Roca Barea, y lo hizo en una entrevista con El Español en agosto del año pasado. La autora del ensayo Imperiofobia y leyenda negra. Roma, Rusia, Estados Unidos y el Imperio español, un superventas que lleva más de una veintena de ediciones desde su primera publicación en 2016, comete en ese entrecomillado un error que ningún ensayista de asuntos relacionados con la Historia se puede permitir.

Es cierto que en Francia llevan cinco repúblicas y, obviamente, que las cuatro primeras fracasaron. Pero con la aseveración que pasamos a diseccionar, Roca Barea demuestra desconocer qué régimen sucedió a la III República Francesa, así como a la IV. Y también que usa un término inadecuado -“reposición”- para describir lo ocurrido después de la I y de la II. Comencemos por la primera que hemos citado, la del medio.

La III República Francesa, la que más tiempo ha durado, se proclamó en 1870 y se disolvió en 1940. Este régimen sucedió al II Imperio Francés, desaparecido tras la derrota gala en la batalla de Sedán y el apresamiento del emperador Napoleón III por la potencia vencedora, Prusia. La Guerra franco-prusiana continuaría hasta bien entrado 1871, y no haría más que confirmarse la debacle de Francia, que había iniciado el conflicto bajo una monarquía, pero lo había concluido como una república.

En 1940, la ocupación del país por las tropas de la Alemania nazi significó el fin de la III República francesa. En su lugar quedó un régimen dictatorial y títere de la fuerza ocupante, con el mariscal Pétain al mando. Por lo tanto, no hubo “reposición monárquica” alguna.

La Segunda Guerra Mundial siguió su curso y Francia no fue liberada por los Aliados hasta 1944. Un gobierno provisional -republicano- rigió los destinos del país hasta que en 1946 se constituyó la IV República Francesa, que se mantuvo hasta 1958. Y tampoco fue sucedida por una monarquía, sino por otra forma republicana de gobierno, la V República Francesa hoy vigente. La inestabilidad derivada de la Guerra de Argelia fue lo que causó que cayera una república para sustituirla por otra que diera más poder al presidente. En definitiva, no hubo un rey, ni nada que se le pareciese, entre la versión cuarta y la quinta de la República Francesa.

Vayamos ahora a los albores republicanos del Hexágono. A la I República Francesa, proclamada en 1792, la siguió un Estado monárquico, el I Imperio Francés, pero no está de más aclarar que el primer cónsul de aquella república, Napoleón Bonaparte, se autocoronó emperador en 1804, con lo que no es razonable hablar de reposición monárquica, al no haberse restaurado a los reyes anteriores a la Revolución Francesa. Lo ocurrido fue la transformación de un régimen republicano en uno monárquico encarnado por la misma persona.

Exactamente lo mismo ocurrió con el paso de la II República al II Imperio. Esta vez fue el ya mencionado Napoleón III, sobrino de Bonaparte, el que cambió su título de presidente de la República por el de emperador de los franceses.

En la citada entrevista, Roca Barea había señalado antes de su equivocada afirmación sobre los cambios de forma de gobierno en Francia, que los republicanos de la Guerra Civil española “no fueron vencidos”. En las siguientes preguntas, sin embargo, no dio la menor explicación a tan excéntrica tesis y, entre otras cosas, recurrió al caso francés, con sus monarquías y repúblicas, como ejemplo de país convulso, lo contrario a lo que, a su juicio, es España: “…al no ser un país cainita, las victorias simplemente se limitan a neutralizar al enemigo, dejarlo quieto y hasta intentar reconciliarte con él. Eso es una tradición en España”.

Es muy osado hablar tan a la ligera de reconciliación tras un conflicto civil en España. El más reciente, la guerra de 1936-1939, tuvo una posguerra con 50.000 fusilados por los vencedores, según historiadores como Julián Casanova. Esa es una neutralización demasiado sangrienta del enemigo.

También sorprenden, por infundados, otros asertos de Roca Barea, como que a los afrancesados, tras perder la Guerra de Independencia, “no les pasó absolutamente nada”. De tanto llenarse la boca con esa falta de cainismo en España, olvida que el reinado de Fernando VII, que asumió el poder tras la victoria contra los invasores franceses, fue un régimen de terror, caracterizado por la persecución a los liberales… y a los afrancesados, que también tenían ideas liberales, aunque militaban en el bando colaboracionista y perdedor de la guerra de 1808-1814.

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Vista de la plaza de la Armería del Palacio Real de Madrid (fotos: Manuel Vega).

Quien escribe ensayos históricos debe mostrar seriedad en todo momento y no hacer afirmaciones a la ligera cuando concede una entrevista. Sólo así gozará de credibilidad. Y en todos los casos señalados en este artículo, Elvira Roca Barea muestra un desconocimiento claro de importantes etapas de la Historia.

En un nuevo encuentro con El Español, de hace dos días, la autora de Imperiofobia y leyenda negra vuelve a replicar con evasivas a lo de que los republicanos no fueron los vencidos en la Guerra Civil. La contestación a la pregunta 24 no responde a lo que se le ha preguntado, con lo que vuelve a quedar en entredicho su credibilidad.

En esta entrevista responde a Arturo Pérez-Reverte, quien en una reciente columna en XL Semanal la acusa de haber publicado una obra donde “mezcla hechos irrefutables con turbios escamoteos y desvergonzados autoelogios”. Roca Barea responde al escritor acusándole de escribir novelas en las que “falsea la Historia de España para empeorarla”. Cita las de la saga de Alatriste, protagonizadas por un soldado de los Tercios en la España del siglo XVII, y Hombres buenos, ambientada en la época de la Ilustración.

Quien haya leído las novelas de Alatriste, sabrá que cuenta nuestra Historia con sus luces -muchas- y sombras -también las hubo-. Eso no es empeorarla, sino relatarla.

Antes que Pérez-Reverte, un artículo de El País indicó una serie de citas “imprecisas, tergiversadas y apócrifas” de Roca Barea en su Imperiofobia y leyenda negra. El escrutinio de este periódico es muy exhaustivo y no vamos a analizar cada caso, pero sí uno en el que la ensayista queda retratada en su conocimiento parcial de la Historia. Tratando el “antiamericanismo en España”, la autora escribe en su libro: “Recuérdese que desde la invasión de la Santa Alianza en 1823, Estados Unidos es el único país con el que España ha estado en guerra, excepto alguna escaramuza colonial en Marruecos”.

El texto de El País la corrige recordando que “España se enfrentó en la guerra Hispano-Sudamericana, entre 1865 y 1866, contra una alianza formada por Chile, Perú, Bolivia y Ecuador”.

Aparte, es de utilidad precisar que lo que Roca Barea define como “alguna escaramuza colonial con Marruecos” fue mucho más que eso, y por partida doble. En primer lugar, en la Guerra de África de 1859-60, en la que las tropas españolas vencieron a las marroquíes -los leones del Congreso de los Diputados se esculpieron con el bronce fundido de los cañones arrebatados al enemigo-. En segundo, la Guerra de Ifni de 1957-58, otro conflicto en toda regla.

Casos como los narrados en esta entrada no dejan en buen lugar a Elvira Roca Barea como defensora de la Historia de España. Sus libros pueden contener aciertos, pero con sus sonados errores hace un escuálido favor -flaco se queda corto- al relato histórico de nuestro país.

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Los leones del Congreso se esculpieron con el bronce fundido de cañones tomados a los marroquíes en 1860.