Nadal, Indurain y el «inmenso vacío»

«El inmenso vacío en el tenis español que deja Nadal: tras la marcha del ídolo, sólo destaca Carlos Alcaraz». Este titular, que aparece hoy en la portada del diario El Mundo, es una de las numerosas alabanzas que dedica la prensa española a Rafael Nadal, quien el pasado martes, a los 38 años, puso fin a su carrera como tenista tras la derrota del equipo español de Copa Davis frente al de los Países Bajos.

Los éxitos de Nadal –14 títulos de Roland Garros, cuatro del Abierto de Estados Unidos, dos de Wimbledon, dos del Abierto de Australia, cinco Copas Davis y dos oros olímpicos, entre muchas otras victorias-, lo sitúan en la cumbre del deporte español. Para muchos, como el mejor de nuestra historia. Para otros, en pie de igualdad con Miguel Indurain, el ciclista que nos enganchó al televisor conquistando cinco Tours de Francia y dos Giros de Italia.

Este artículo no pretende valorar quién merece los laureles de mejor deportista español de todos los tiempos, sino poner contexto a la retirada de Nadal en 2024 y compararla con la de Indurain a comienzos de 1997. Retomando el titular de El Mundo, la idea es comprobar si es adecuado hablar de «vacío» post-Nadal.

Carlos Alcaraz tiene actualmente 21 años (nació en mayo de 2003). Su juventud no ha sido impedimento para que ya haya hecho historia en el tenis. A tan pronta edad, ya es campeón de cuatro Grand Slam: Wimbledon (2023 y 2024), Roland Garros (2024) y Abierto de Estados Unidos (2022). Si comparamos los logros de Nadal a la misma edad, quizá muchos se lleven una sorpresa: a los 21, Rafa -nacido en junio de 1986- tenía peor currículum que Carlitos.

Los hechos muestran que a esa edad el balear había ganado tres veces Roland Garros (2005, 2006 y 2007), pero ningún otro major. Su primer Wimbledon llegaría en 2008, con 22 años; en Australia, no triunfaría hasta 2009, y en EEUU, hasta 2010.

Nadie duda que la carrera de Nadal ha sido estratosférica. Nadie afirma que Alcaraz vaya a igualarla. Pero sí está fuera de lugar hablar de «inmenso vacío en el tenis español» tras la jubilación del manacorí, y justificar ese entrecomillado con un desafortunado adverbio -«sólo»-. Como si Alcaraz fuese una simple excepción en lugar de uno de los tres mejores tenistas del mundo.

Miguel Indurain anunció su retirada del ciclismo en enero de 1997, apenas transcurrido medio año de haber fracasado en la conquista de su sexto Tour de Francia. En 1995 había logrado lo que ninguna otra leyenda de la bicicleta: su quinta victoria consecutiva en los Campos Elíseos de París. Un año más tarde, lo veríamos -literalmente- bajarse de la bicicleta en la Vuelta a España, dos meses después de su destronamiento en La Grande Boucle.

No recuerdo ningún periódico español hablando de «inmenso vacío» tras la retirada de Indurain. Por supuesto, el navarro recibió todos los panegíricos, pero quienes ya tengan una edad recordarán a buena parte de la prensa patria muy esperanzada con Abraham Olano, un corredor que había dado la campanada ganando el Mundial de 1995 -el pentacampeón del Tour fue plata- y al que atribuían cualidades similares a las de Miguelón: estupendo contrarrelojista, buen rodador y no muy buen escalador (inciso: esto último resultó ser falso; no lo afirmado sobre Olano, sino sobre Indurain, quien siempre demostró manejarse muy bien en la montaña). El sucesor no resultó tal, aunque sí demostró ser un notable ciclista, con una Vuelta a España (1998) y un cuarto puesto en el Tour 1997 en su haber.

No sería hasta más de una década después de la retirada de don Miguel cuando surgió un corredor que, sin llegar a emularlo -cinco Tours valen su peso en oro-, sí puede considerarse otro rey del ciclismo y del deporte español. Con dos Tours de Francia, dos Giros de Italia y tres Vueltas a España, Alberto Contador es sin duda uno de los mejores ciclistas de la historia.

Entre Nadal y Carlitos no ha habido un largo interregno, sino que ambos han convivido e incluso competido juntos -la dupla Nadalcaraz en los aún recientes Juegos Olímpicos de París-. Alcaraz, como mínimo, ya es un Alberto Contador del tenis. El tiempo dirá si llega a Indurain.

Fútbol total en México 70 (una historia del Partido del Siglo)

(Texto publicado por Manuel Vega en El Revulsivo el 17 de junio de 2020, bajo el título Fútbol total en el Partido del Siglo).

Se jugaba un partido mítico de los años 70. La selección que se enfrentaba a Alemania Federal sacó de centro. Pases, regates y más pases, sin que uno solo de los futbolistas germanos pudiera tocar la pelota antes de que el equipo que encaraba el área contraria batiera al guardameta Maier. El conjunto que marcó ese gol acabó subcampeón de aquel Mundial.

Para el común de los amantes del fútbol, este es el relato de la primera jugada de la final de Alemania 1974, aquella con la que el fútbol total creado en los Países Bajos empezara a desplegarse en el Olímpico de Múnich: pases, regates, más pases y una carrera endiablada de Johan Cruyff, frenada dentro del área por el teutón Hoeness. Suena el silbato y otro Johan, Neeskens, transforma el penalti cuando apenas han transcurrido dos minutos de juego.

Sin embargo, el arranque de esta narración no corresponde al duelo entre la Naranja Mecánica y la Mannschaft. Cuatro años antes, en una de las semifinales de México 1970, otra jugada tuvo un guión similar, aunque no haya perdurado en la memoria con tanta fuerza.

Corría el minuto 110 y Torpedo Müller acababa de hacer el tercer tanto alemán, igualando el marcador en una prórroga que ya venía siendo mítica. Pero el espectáculo debía y podía continuar.

Italia se había visto ganadora de aquel choque desde el minuto 8, cuando Boninsegna adelantó a la Azzurra con un zurdazo desde fuera del área, hasta el 90′, recién cumplido el tiempo reglamentario. Pero Schnellinger aprovechó ese último cartucho llamado tiempo de descuento fusilando a Albertosi.

Rivera, compañero en el AC Milan del goleador in extremis teutón, no se tomó con mucha deportividad que el rubio aguara la fiesta de la Nazionale: «Cuando vuelvas a Milán, te volamos el coche», le espetó el Bambino d’Oro al responsable de que se jugase la prórroga más legendaria de todos los tiempos.

México 70 fue el primer Mundial donde se permitieron las sustituciones. Por eso Rivera había podido saltar al terreno de juego al arrancar el segundo tiempo. Lo hizo sustituyendo a otro fantasista, Sandro Mazzola, con quien se iba turnando en cada partido porque, por lo visto, la prensa de su país no veía con buenos ojos que los dos jugaran juntos y el seleccionador italiano, Ferruccio Valcareggi, optó por una diplomacia extrema: medio encuentro uno, medio encuentro el otro.

Fue la primera Copa del Mundo con la participación de suplentes, pero a Alemania Federal se le habían agotado los cambios cuando su líder se fracturó la clavícula tras una entrada de Fachetti. No importaba; Beckenbauer demostró por qué era el Káiser y disputó la media hora de prolongación con su brazo derecho en cabestrillo. Si la jornada se presentaba épica, también tenía que parecerlo.

Cuarto minuto del tiempo extra. Müller se revuelve entre una desordenada zaga azzurra y cuela uno de sus torpedos. Pasan otros cuatro minutos y los germanos devuelven el regalo defensivo con un flojo despeje de Held, que pone el balón a los pies de Tarsicio Burgnich y este no perdona ante Maier.

Falta un minuto para que se cumplan los quince primeros del tiempo de prolongación y los contendientes cambien de campo, pero Gigi Riva tiene prisa por que los transalpinos retomen la delantera. Lo hacen con un disparo cruzado suyo bien ajustado al palo. Ya en la reanudación (minuto 110), Müller vuelve a poner las tablas en el Estadio Azteca de México DF.

Y es ahora cuando regresamos al círculo central y a la jugada que da pie a esta historia. Tras el 3-3, Rivera ha recibido la reprimenda de Albertosi, que lo acusa de flojear en defensa y facilitar así el cabezazo del ariete teutón. El Bambino d’Oro le promete a su portero que paliará su error perforando la meta rival.

De Sisti saca de centro. Rivera recibe y tiene el impulso de regatear a varios rivales, pero se la devuelve a su compañero. Este se la pasa a Fachetti, que tira un pase largo a Boninsegna, quien a la carrera entra en el área por su flanco izquierdo y centra. Rivera recibe la asistencia y remata el 4-3 definitivo. Ningún alemán ha podido tocar la pelota desde que los italianos la pusieron en movimiento desde el círculo central. No, los holandeses y su fútbol total no fueron los primeros en tocar y tocar hasta batir a Maier. Rivera se adelantó cuatro años a Cruyff y Neeskens.

Hoy, 17 de junio de 2020, se cumple medio siglo del Partido del Siglo.

(Homenaje a Franz Beckenbauer, cuyo fallecimiento se anunció el 8 de enero de 2024).

A los quinientos años de la primera vuelta al mundo

Saberá tu Alta Magestad lo que en más avemos de estimar y tener es que hemos descubierto e redondeado toda la redondeza del mundo.

Corría el año de 1522 y el calendario, como hoy, marcaba el 6 de septiembre. Al puerto de Sanlúcar de Barrameda arribaba una nave de la que no se tenían noticias desde tres años atrás. Sólo dieciocho hombres la tripulaban. Agotados, famélicos, pero también orgullosos tras haber protagonizado la travesía más célebre en la historia de la navegación. Aquel barco era la Victoria, y al mando de Juan Sebastián Elcano acababa de completar la primera vuelta al mundo. Y con las palabras que abren este texto, el capitán informaba por carta al emperador Carlos V de la hazaña lograda.

A algunos, o -espero- a muchos, nos duele el escaso conocimiento de este momento histórico por parte de la mayoría de la sociedad española, un episodio que reúne todas las condiciones para una superproducción cinematográfica. Y no precisamente por sangrientas batallas, sino por las aventuras -y desventuras- que a lo largo y ancho del mundo vivieron sus protagonistas.

Hace cinco siglos se sabía que la Tierra era redonda, pero nadie la había recorrido para confirmarlo. En 1519, Fernando de Magallanes se hizo a la mar al frente de cinco naves -llamadas Trinidad, San Antonio, Concepción, Santiago y la ya presentada Victoria, que haría honor a su nombre- con la misión de encontrar en el sur de América un paso que comunicara el Atlántico con el mar del Sur, ese océano desconocido, al otro lado del nuevo mundo, a cuya orilla había llegado Vasco Núñez de Balboa en 1513. De encontrar ese canal, el siguiente paso consistiría en navegar hacia las islas Molucas -en la actual Indonesia-, ricas en especias, a cuyo comercio deseaba acceder la Corona española. Así lo había acordado el navegante portugués con Carlos I de España, aquel joven monarca que aún no había alcanzado el título de emperador.

«Nadie les había pedido que dieran la vuelta al mundo», afirma el investigador Tomás Mazón en su libro Elcano, viaje a la historia. La decisión de regresar a España navegando siempre hacia el oeste y, así, completar la circunnavegación del globo terráqueo, correspondió a los sucesores de Magallanes, que había encontrado la muerte en las islas Filipinas, muy cerca de aquellas islas de la Especiería objetivo de su empresa. Un proyecto que, por cierto, había rechazado el rey de su Portugal natal, por lo que decidió pasar a Castilla, donde afortunadamente sí fue escuchado.

La expedición de Magallanes acabaría siendo la de Magallanes-Elcano. El primero, por llevar a cabo su idea de encontrar un paso hacia el Pacífico -océano que él mismo bautizó al adentrarse en sus aguas- y por llevar a sus barcos a las Molucas por el oeste. Y el segundo, por llegar a la meta de la Especiería y, desde allí, emprender el viaje de vuelta por el Índico y el Atlántico casi sin tocar tierra hasta llegar a España.

La propia singladura de la expedición es un guión perfecto para esa superproducción cinematográfica de la que hablábamos, película de la que quien escribe estas líneas no tiene noticia. En su lugar, este año del quinto centenario se ha estrenado una serie de televisión, Sin límites, bastante floja por su sobredosis de ficción aplicada a una historia cuya realidad es infinitamente más interesante y atractiva.

Vamos con esa película basada fielmente en hechos reales. Una travesía del Atlántico entre tormentas y conspiradores que empiezan a asomar -el capitán de la San Antonio, Juan de Cartagena, fue apresado por Magallanes tras negarse a acatar sus órdenes-. La llegada a Suramérica y el descenso hasta latitudes que ningún barco europeo había alcanzado -la tierra más meridional de la que se tenía noticia era la desembocadura del Río de la Plata, a la que Juan Díaz de Solís había llegado en 1516-. La invernada en tierra inhóspita y el motín contra Magallanes -en abril de 1520, los capitanes Quesada y Mendoza liberaron a Cartagena y trataron de arrebatar el mando a Magallanes, en una rebelión en la que participaron el propio Elcano y unos cuarenta de los 240 expedicionarios. Afortunadamente, no lo lograron: Mendoza fue abatido durante la breve lucha, Quesada fue ejecutado y descuartizado y Cartagena, abandonado en aquella tierra hostil.

Un barco perdido tras ser enviado de avanzadilla y encallar mientras exploraba la costa -la Santiago, cuya tripulación se salvaría y recibiría auxilio gracias a dos de sus tripulantes, que caminaron varios días hasta llegar exhaustos al puerto donde fondeaban sus compañeros-. Y, tras varias decepciones, el hallazgo del estrecho, al que la historia renombraría en honor a Magallanes.

La travesía del estrecho aporta más tramas a esta historia real de película. Una geografía escarpada, repleta de canales, que obligaba a las cuatro naves supervivientes a separarse para dar con el camino correcto. Las llamas que por las noches divisaban desde los expedicionarios en las orillas -avivadas por los indígenas, lo que inspiró el nombre de Tierra del Fuego-. La deserción de la San Antonio, cuyo piloto se sublevó contra el capitán, afín a Magallanes, y emprendería el viaje de vuelta a Sevilla. Y al fin, la salida del estrecho al mar del Sur, al que el capitán general dio el nombre de Pacífico.

Navegar por la inmensidad de este océano nunca antes surcado por un barco europeo se prolongó durante más de tres meses, tiempo en el que enfermedades como el escorbuto y el hambre -los nuestros se veían obligados a comer serrín y las ratas eran vistas como manjares- causaron estragos entre las tripulaciones de la Trinidad, la Concepción y la Victoria, los tres buques supervivientes. Pero el sufrimiento tuvo premio para los supervivientes: una isla habitada. Era la de Guam, donde los nativos los recibieron encaramándose a las naos y robando lo que podían, lo que causó el castigo ordenado por Magallanes, cuyos hombres arrasaron un poblado indígena no sin antes proveerse de los tan necesitados víveres.

Y después, la llegada a un archipiélago que décadas más tarde se llamaría Filipinas, en honor a Felipe II, hijo del rey al que la armada de la Especiería servía. Allí, Magallanes encontró pueblos que lo recibieron amistosamente y practicaron intercambios comerciales. Sin embargo, también encontraría la muerte en un combate contra una tribu reacia a aceptar la autoridad de esos blancos venidos del mar. Poco después, dos decenas de expedicionarios compartirían la desdicha de su líder al ser traicionados por un rey otrora amigo, que les tendió una emboscada tras invitarlos a un banquete.

Descabezada la expedición, y con un barco, la Concepción, que se vieron obligados a abandonar e incendiar, la Trinidad y la Victoria pusieron rumbo sur hacia las Molucas, que acabarían encontrando gracias a pilotos locales que los guiaron, no sin antes parar en Borneo y otros ricos lugares. El objetivo de Magallanes estaba cumplido. Ahora, restaba el más difícil todavía: volver a casa desde el otro lado del mundo.

Con Elcano al mando de la Victoria y Gonzalo Gómez de Espinosa al frente de la Trinidad, y con las bodegas llenas de clavo y otras especias de valor incalculable en el mercado europeo, la expedición se dividió. Tras las oportunas reparaciones, la Trinidad se adentró en el Pacífico con el deseo de alcanzar posesiones españolas en la costa de Centroamérica. Para entonces, la Victoria ya se había hecho a la mar en sentido contrario, por el Índico, un océano que pertenecía a los portugueses, al igual que la costa atlántica de África, según lo estipulado en 1494 en el Tratado de Tordesillas. Por ello, para evitar el peligro de ser apresados por los lusos Elcano y los 47 hombres con los que salió de Tidore (en las Molucas) navegaron sin tocar tierra hasta que el hambre y el agotamiento los obligaron a jugarse el éxito de la expedición recalando en el archipiélago africano de Cabo Verde, tierra portuguesa.

En un principio, los de la Victoria lograron engañar a los portugueses haciéndoles creer que una tormenta los había desviado de la ruta entre América y España. Pero más tarde algún marinero se fue de la lengua y los trece tripulantes que se encontraban en tierra fueron apresados. Desde el barco, Elcano y los demás comprendieron que había que emprender la huida. Así esquivaron lo que sus compañeros de la Trinidad no pudieron evitar tras su fallida travesía del Pacífico. Los de Gómez de Espinosa, obligados por las fuertes tempestades a regresar a las Molucas, fueron allí interceptados por los portugueses.

Mientras, un osado Elcano desechaba encaminarse hacia las Canarias -lo que esperaban que hiciera los portugueses- y se internaba en el centro del Atlántico para pasar entre otras islas portuguesas, las Azores, pero esta vez, evidentemente, sin arriesgarse a ninguna escala. Así encontró vientos propicios que empujaron a la Victoria y sus dieciocho supervivientes hacia Sanlúcar, en cuyos muelles amarraron hace hoy quinientos años.

Primus circumdedisti me -el primero que me diste la vuelta- fue el lema del escudo de armas que un agradecido emperador Carlos le entregó a Elcano tras conocer su gesta. No sólo había regresado a España con cientos de quintales de ricas especias en las bodegas. Había hecho algo aún más importante: capitanear la primera nave que circunnavegó el mundo.

¿De verdad esta historia no merece una superproducción? Mientras quienes la deseamos no perdemos la esperanza, aquí quedan algunas recreaciones, tanto en radio como en televisión. Aunque no está centrada en la primera vuelta al mundo, la serie de Movistar Conquistadores Adventum (2017) le dedica algunos de sus capítulos. El programa de divulgación histórica Documentos RNE, de Radio Nacional de España, hizo una magnífica narración de este episodio cumbre de la navegación, y en la propia radio pública se representó en 2020 en el Festival de Teatro Clásico de Almagro la dramatización Magallanes, el viaje infinito. Entretanto, los fans de El Ministerio del Tiempo ansiamos el regreso de la serie y que le dedique un capítulo a la primera vuelta al mundo, pero todas estas opciones son recomendables.

Apropiación de símbolos: la historia a gusto del consumidor

Twitter no es un espacio para sacar conclusiones sobre tal o cual país o sociedad, pero sí permite observar conductas que retratan a sus usuarios. Especialmente a los que tienen prisa por publicar algo y/o a los que la realidad les estropea un buen titular.

El día de Navidad tiene entre sus efemérides el fallecimiento de Francesc Macià, primer presidente de la Generalitat de Cataluña durante la Segunda República Española. El Ayuntamiento de Barcelona conmemoró ayer la fecha con una ofrenda floral en su tumba, pero también con un tuit que sus responsables de redes sociales tuvieron que borrar ante el bochorno causado por su monumental error.

«Hoy hace 88 años que el presidente de la Generalitat Francesc Macià fue fusilado». Hoy hace 88 años estábamos en 1933, pero a quien perpetró ese tuit debió de parecerle que restar 88 a 2021 da como resultado 1936, o 1939, fechas en las que sí se fusilaba a mansalva en este país llamado España, Cataluña incluida. O que un símbolo del nacionalismo catalán, como era el caso de Macià, sólo puede perder la vida a manos del Estado español y no por enfermedad, como fue el caso de Macià (murió por una obstrucción intestinal tras una intervención quirúrgica).

Probablemente el desafortunado tuitero del consistorio barcelonés pensaba en Lluís Companys cuando le daba a la tecla -Companys, presidente de la Generalitat durante la Guerra Civil española, fue fusilado por los franquistas tras la contienda, en 1940-. Pero hay más probabilidades. Por ejemplo, que no tuviera ni la menor idea de que Macià murió en la cama. O que no sepa entre qué años se desarrolló la Guerra Civil. O que, a la hora de apropiarse de un emblema del nacionalismo catalán, le decorase el currículum con una leyenda a medida, una historia a gusto del consumidor que vende mucho mejor entre los que ignoran la Historia con mayúsculas.

Por fortuna, ha habido rectificación, pero meteduras de pata de tal calibre –conscientes o inconscientes- empiezan a ser más regla que excepción en un mundo cada vez más dominado a golpe de clic.

Portugal, Italia, España y el final diferente de sus dictaduras

El pasado 25 de abril se conmemoraba el levantamiento que hace 47 años, en 1974, trajo la democracia a Portugal tras derribar la dictadura que dominó el país vecino durante casi medio siglo. Un régimen de ultraderecha, el Estado Novo, iniciado oficialmente en 1933 bajo el gobierno del político António de Oliveira Salazar, pero que ya venía de una junta militar formada en 1926. De esta manera, esos 48 años (1926-1974) convierten aquella etapa en la dictadura más larga que existió en Europa occidental durante el siglo XX.

Italia también marca el 25 de abril entre sus fechas más señaladas, pero lo que se festeja en esa jornada es un acontecimiento anterior: la liberación del país de la ocupación nazi y de la dictadura fascista de Benito Mussolini en 1945.

En España, en cambio, no hay ningún día de la liberación que celebrar, puesto que el general Francisco Franco murió en la cama tras casi cuatro décadas de poder absoluto. Lo que muchos sí celebramos es que, una vez desaparecido el dictador en noviembre de 1975, su régimen se hiciera el harakiri y los españoles pudieran votar en unas elecciones libres tan solo año y medio después del óbito del Caudillo.

Sin embargo, no son pocos los españoles que consideran insuficiente la democracia que sucedió al franquismo, a la que incluso llegan a tildar de edulcoración de aquella dictadura. Basan tal afirmación en que no hubo una ruptura con el anterior régimen, sino una transformación del mismo. Eso es cierto en parte, pues el franquismo se ha ido eliminando gradualmente, no se cortó de raíz, como sí ocurrió con las dictaduras de Portugal e Italia. Ahora bien, esos que infravaloran la democracia española ¿se han parado a pensar cómo fue posible que portugueses e italianos se libraran de sus tiranos?

Vamos primero con el caso transalpino, muy encumbrado tanto allí como aquí. No hace mucho, un italiano me dijo: «Nosotros colgamos a Mussolini, pero Franco murió en la cama». Lo que se olvidó de contar es que el Duce permaneció cómodamente en el poder entre 1922 y 1943. Curiosamente, dejó de estarlo cuando, en el transcurso de la Segunda Guerra Mundial, los Aliados invadieron Italia, que, recordemos, estaba en el bando de los malos, el de la Alemania nazi. Los italianos no se despertaron un día convencidos de que había que derrocar a Mussolini, sino que fue otro hecho lo que empujó al rey Víctor Manuel III a destituir al líder fascista y cambiarse de bando: el avance por Sicilia de cientos de miles de soldados estadounidenses, británicos y de otras nacionalidades -a muchos les sorprenderá la cantidad de países que participaron en la campaña de Italia-.

El cambio de chaqueta, como era de esperar, desató la ira de Hitler, que ordenó a sus ejércitos invadir Italia desde el norte, ocupando territorios incluso al sur de Roma. Los alemanes liberaron a Mussolini, que permanecía encarcelado desde su destitución, y lo colocaron al frente de un gobierno títere en la zona que ocupaban, que paulatinamente fue liberada por los Aliados que avanzaban desde el sur. Finalmente, en la primavera de 1945, los alemanes se rendían.

Muchos italianos, pero también no pocos españoles, tienen la visión romántica de que fueron los partisanos quienes liberaron a su país del yugo fascista y nazi, algo totalmente fuera de la realidad, ya que sin el desembarco de cientos de miles de soldados aliados los italianos hoy no podrían presumir de haber colgado a Mussolini. ¿Se imaginan que esos cientos de miles de soldados hubiesen desembarcado también en España? Entonces, a buen seguro que Franco no habría disfrutado de una larga vida.

Portugal, al contrario que Italia, sí puede proclamar que fue su pueblo el que venció a la tiranía. Pero no es el objeto de este artículo señalar las diferencias entre las caídas de las dictaduras lusa y transalpina, sino resaltar por qué los portugueses pudieron derribar el régimen opresor, justo lo que los españoles no fueron capaces de conseguir. Para ello, hay que resaltar la diferencia fundamental entre los regímenes de Lisboa y Madrid: el Ejército.

La dictadura franquista tenía a los militares como su pilar principal. Si bien es cierto que había otros, incluidas las fuerzas de seguridad, era el Ejército el que apuntalaba el régimen, su apoyo más fiel. No ocurría lo mismo en Portugal, cuyo dictador era civil: primero, el citado Oliveira Salazar, que permaneció en el cargo de primer ministro portugués entre 1932 y 1968; desde entonces, fue otro civil, Marcelo Caetano, quien ejerció el poder… hasta que en 1974 un grupo de jóvenes militares dijo basta.

La Revolución de los Claveles, nombrada así por las flores con las que los soldados que empezaron a traer la democracia a Portugal cubrían los cañones de sus fusiles, fue la respuesta de un pueblo harto de las políticas con las que la dictadura arruinaba al país, especialmente las guerras para mantener sus colonias en África -Mozambique, Angola y la actual Guinea-Bisáu-, conflicto estéril en el que participaron -o se vieron forzados a participar- muchos de los revolucionarios del 25 de abril de 1974. Los desastres derivados de aquellas contiendas fueron un importante caldo de cultivo para que buena parte de las Fuerzas Armadas comprendiera que era necesario un cambio y que sólo la democracia podría solucionar la crisis que atravesaba el país.

Comparemos ahora esa situación con la que España vivía en 1974. Sin guerras coloniales -incluso se había concedido la independencia a Guinea Ecuatorial en 1968 y se había dado por concluido el Protectorado en Marruecos en 1956- y con un Ejército sin fisuras -la Unión Militar Democrática, constituida en septiembre de 1974, tuvo un breve recorrido, al ser pronto arrestados sus principales líderes-, el contexto a este lado de la frontera era muy diferente y quienes deseaban la democracia debieron resignarse a esperar la muerte de Franco para ver cumplidos sus sueños de libertad.

Para comprender hechos históricos es necesario situarlos en su contexto. Y eso es exactamente lo que no hacen quienes por norma desprecian la democracia nacida en España de las elecciones del 15 de junio de 1977 y de la Constitución de 1978.

P. D.: Como homenaje a la Revolución de los Claveles, aquí quedan estas imágenes de la película Capitanes de abril, dirigida en 2000 por la cineasta portuguesa Maria de Medeiros.

El duque de Edimburgo y las traducciones literales en exceso

El pasado viernes 9 fallecía Felipe de Edimburgo, marido de la reina de Gran Bretaña, y rápidamente los distintos medios publicaron perfiles biográficos del finado. Al enterarme de la noticia vía Twitter, despertó mi curiosidad que un periodista de El País recomendase encarecidamente leer el artículo que el corresponsal de su periódico en Londres acababa de enviar.

Comencé a leerlo y me llamó la atención, pero no por su contenido, sino por una traducción excesivamente literal del mensaje en inglés con el que la familia real británica difundió la noticia. «Es con gran pesar que su majestad la reina anuncia la muerte de su amado marido, su Alteza Real el príncipe Felipe, duque de Edimburgo», señaló el palacio de Buckingham en un comunicado, escribió el corresponsal de El País en el primer párrafo de su texto. Pocas líneas más abajo, continuó traduciendo el mensaje de The Royal Family en Twitter: «Su Alteza Real murió pacíficamente esta mañana en el castillo de Windsor».

La influencia de la lengua inglesa en la española, y en otras, es tal que aquí no dejamos de comprar anglicismos, bien en forma de palabras en ese idioma añadidas a nuestro vocabulario –parking, mail, marketing…-, bien con términos traducidos al español, como resiliencia -aunque su raíz es latina, no nos engañemos, aquí lo hemos copiado del inglés resilience, y así lo admite la propia RAE.

Por si eso no fuera suficiente, el poder de la lengua de Shakespeare ya es tal que incluso hay quienes emplean en español giros y expresiones calcados del inglés, en lugar de utilizar con propiedad el castellano. Las dos citas entrecomilladas en el segundo párrafo son claros ejemplos. «Es con gran pesar que su majestad la reina anuncia la muerte de su amado marido» no es una expresión correcta. Lo adecuado es decir: «Con gran pesar, su majestad la reina anuncia la muerte de su amado marido». Lo mismo ocurre con «murió pacíficamente». Nosotros decimos «murió en paz», que suena mucho mejor que ese adverbio inglés (peacefully) mal traducido.

Los calcos del inglés en el aludido artículo de El País continuaron con otra deficiente traducción, esta vez de un comunicado del primer ministro británico, Boris Johnson: «Contribuyó a dirigir a la Familia Real y a la monarquía para que permanecieran como instituciones indisputablemente claves para el equilibrio y la felicidad de nuestra vida nacional». ¿»Indisputablemente»? Indisputably probablemente quede muy bien en inglés, pero aquí decimos «indiscutiblemente», e incluso así lo traduce la página en español de la BBC.

Si vamos a tirar de traducciones literales del inglés, lo recomendable es reservarlas para el humor y alejarlas de artículos de prensa. Así, podríamos llamar «Calle Panadero» a la vía londinense donde se halla el museo dedicado al personaje literario Sherlock Holmes, Baker Street. O «Piscina del hígado» a la ciudad de Liverpool liver significa hígado y pool, piscina-. Ya que estamos, anímense a buscar en el diccionario inglés-español las dos palabras que forman el término cocktail o la estación de metro Cockfosters.

Barra libre en el debate sobre monarquía o república

Sospecha Pablo Iglesias, vicepresidente segundo del Gobierno, que muchos ciudadanos se van a preguntar esta Nochebuena si son monárquicos o republicanos. Así lo ha dicho él mismo en un vídeo difundido en su cuenta de Twitter, a cuento del discurso que cada año pronuncia en esa fecha el rey de España.

El también líder de Podemos dedica los tres minutos de ese vídeo a enumerar las bondades de la forma republicana de gobierno frente a los numerosos vicios que atribuye a la monárquica. Pero en su alegato incurre en una barra libre de virtudes y defectos que va asignando a república y monarquía según le conviene y no conforme a la realidad, que suele ser tan variada como lo son los propios regímenes republicanos y los monárquicos. A continuación van algunos entrecomillados de Iglesias con la señalación de los errores o falsedades que comete en ellos.

«Creo que cada vez más gente tiene claro que ser republicano no significa sólo querer un país más democrático, en el que se pueda elegir a la jefa o al jefe del Estado y se le pueda juzgar si resulta que comete delitos. Ser republicano es defender los servicios públicos, es defender lo común frente al permanente proyecto privatizador de los partidos monárquicos…». No hay duda de que la democracia es más perfecta si el jefe del Estado es elegido por sufragio universal en lugar de coronado por derechos sucesorios. Pero eso del «permanente proyecto privatizador de los partidos monárquicos» debería repensárselo el vicepresidente, que por su formación y experiencia tiene que conocer el ejemplo de varias monarquías europeas, como las de los países nórdicos, célebres por su desarrollo del estado del bienestar. Dinamarca, Noruega y Suecia son reinos y sus gobiernos llevan a cabo un importante gasto social que ya querrían para sí ciudadanos de repúblicas como Estados Unidos. Suecia, por cierto, siempre ha sido monarquía y ello no ha significado que sus gobiernos hayan tendido más a la derecha que a la izquierda. Todo lo contrario. Entre 1936 y 1976 gobernó ininterrumpidamente el partido socialdemócrata, que recuperó el poder entre 1982 y 1991 y después de 1994 a 2006 y desde 2014 en adelante. Es decir, en los últimos 84 años, este reino escandinavo ha tenido 67 años de gobiernos de izquierda frente a 17 años dirigido por formaciones de centro o derecha.

Continúa el alegato del vicepresidente: «Ser republicano es apostar por que haya otros sectores empresariales más dinámicos y más comprometidos con su país que también tengan sus oportunidades en España. Frente a un modelo económico que se demostró como base estructural de la corrupción, basado en el ladrillo, en el turismo barato o en la contratación pública, del que la monarquía pues fue uno de sus principales promotores». Se intuye aquí un recado al anterior monarca, Juan Carlos I, al que otorga un papel principal -merecido, dicho sea de paso- en la cultura del pelotazo que tanto daño ha causado a la economía y la sociedad españolas. Ahora bien, habría que señalar dónde ocultaban el dinero muchos de los que se beneficiaron de la corrupción denunciada. Unos cuantos lo hicieron en bancos de Suiza, una república que no hace ascos a la riqueza de origen oscuro.

Para Iglesias, una España republicana sería «un Estado en el que todo el mundo se sienta incluido, basado en la fraternidad entre los pueblos, que deje atrás de una vez la dinámica de división a la que nos ha llevado un modelo centralista que encarna la monarquía». Con este desacierto pone en bandeja que se le recuerde la organización de la República Francesa, paradigma de ese modelo centralista que atribuye sin motivo al Estado monárquico español, cuyo régimen autonómico está mucho más cerca del federalismo que del Estado unitario -y muy republicano- francés. Por cierto, otra monarquía europea, Bélgica, está constituida como Estado federal.

Pero el mayor ejemplo de la barra libre que Iglesias aplica al debate llega ahora: «Ser republicano es defender un país laico, que valore más la ciencia y la cultura frente al irracionalismo y al terraplanismo de la extrema derecha monárquica…». ¿De dónde saca eso de identificar a la monarquía con los mentecatos que en pleno siglo XXI sueltan que la Tierra es plana? Porque esas ocurrencias disparatadas suenan más a Estados Unidos que a cualquier país regido por una corona.

En ese último entrecomillado Iglesias comete el error de enlazar a la monarquía con la derecha, pero, sobre todo, su mayor equivocación es la de identificar a la república con la izquierda. El término república viene del latín res publica, cosa de todos, y esto incluye tanto a la izquierda como a la derecha. La experiencia muestra que la república vino a España cuando tanto izquierda como derecha la desearon. Que recuerde Iglesias aquel 14 de abril de 1931, cuando un gobierno provisional integrado mayoritariamente por partidos de izquierdas, pero presidido por Niceto Alcalá Zamora, líder de Derecha Liberal Republicana, y con Miguel Maura, del mismo partido, como ministro de la Gobernación -lo que hoy llamamos Interior-, proclamó la Segunda República Española. Si Iglesias anhela una república para España, mejor le iría tratar de convencer a los partidos que defienden la monarquía -que en general son de derechas, pero también está uno muy importante de izquierdas, el PSOE– de que se hagan republicanos, en lugar de empujar al PP a que sea cada vez más monárquico -y a que éste cometa el mismo error que Iglesias, pero desde el otro lado: identificar a la monarquía con la derecha.

Ser republicano no tiene por qué implicar odio o desprecio a la monarquía. Un republicano francés puede hablar con respeto, e incluso con admiración, de reyes que impulsaron su país, como fue el caso de Luis XIV, así como un monárquico español puede avergonzarse de soberanos nefastos como Fernando VII, Isabel II o Alfonso XIII. En la historia universal ha habido buenos y malos reyes, al igual que buenos y malos presidentes. Y en la actualidad ocurre lo mismo, con repúblicas y monarquías dignas de elogio -la República Federal de Alemania, la República Francesa, la República de Finlandia, el Reino de Suecia, el Reino de Noruega, el Reino de Dinamarca…- y repúblicas y monarquías cada vez más alejadas de los estándares democráticos -las repúblicas de Bielorrusia, Polonia o Hungría y los reinos de Marruecos o, principalmente, Arabia Saudí.

Y por supuesto un republicano español puede respetar a la monarquía, e incluso hacer suyos ciertos símbolos. Pablo Iglesias, que es tan dado a evocar la Segunda República, debería conocer el nombre que se dio a la última sede del gobierno republicano de Juan Negrín durante la Guerra Civil. Después de haberse trasladado de Madrid a Valencia y luego a Barcelona, el desarrollo del conflicto obligó al ejecutivo republicano a continuar desplazándose por el territorio que aún controlaba. Su último emplazamiento se ubicó en una casa de campo en la provincia de Alicante y se denominó Posición Yuste, en recuerdo al retiro del rey Carlos I de España en ese monasterio de la provincia de Cáceres tras haber abdicado la Corona en 1556.

El debate sobre monarquía o república es sano y necesario, pero no todo vale a la hora de argumentar. Y en los tiempos de pandemia que corren, quizá en las cenas de Nochebuena las conversaciones estén protagonizadas por asuntos más actuales y urgentes que el ejercicio de la jefatura del Estado.

Ábalos y el «asesinado» Besteiro

Comenzamos la entrada de hoy con una falsedad en el titular, pero esas fueron las palabras que el secretario de Organización del PSOE, José Luis Ábalos, pronunció anteayer en el homenaje de su partido al político socialista Julián Besteiro, de cuyo nacimiento se cumplía siglo y medio.

El también ministro de Transportes, Movilidad y Agenda Urbana presentó a Besteiro (hacia el minuto 10:40 del vídeo) como «un hombre fundamentalmente de paz, un hombre pacífico, que luchó por la paz y que enfrentó el odio, y que sin embargo eso no le valió para ser asesinado [sic] también por la dictadura» (en la web del PSOE le añaden el verbo que Ábalos olvidó al transmitir su idea: «que no le valió para evitar ser asesinado por la dictadura»).

En primer lugar, vamos a añadir unos apuntes sobre el homenajeado para poner contexto, y después señalaremos la falsedad en la que Ábalos ha incurrido. Julián Besteiro (1870-1940) fue uno de los principales políticos socialistas durante la Segunda República y también en los años previos. Presidente del PSOE -también de la UGT- entre 1925 y 1931, presidió después las Cortes republicanas entre 1931 y 1933. Tras el estallido en 1936 de la Guerra Civil permaneció alejado de la primera línea política, pero destacó por su oposición al conflicto y por su búsqueda de una solución pacífica a la contienda. El filósofo Julián Marías destaca en su ensayo La guerra civil ¿cómo pudo ocurrir? que el ejemplo de Besteiro fue «el más eminente» entre quienes intentaron que los españoles dejaran de matarse unos a otros.

A comienzos de marzo de 1939, cuando la República vivía una situación desesperada por las conquistas territoriales del ejército sublevado de Franco, Besteiro secundó el golpe con el que el coronel Casado derrocó al gobierno republicano de Juan Negrín, socialista como Besteiro. La intención de los golpistas era establecer negociaciones con los franquistas en busca de una rendición con condiciones del Ejército Popular de la República. Para ello, crearon el Consejo Nacional de Defensa, en el que se integró Besteiro. Sin embargo, Franco sólo aceptó la rendición incondicional, con lo que el golpe contra Negrín resultó estéril, pues causó enfrentamientos armados entre los propios republicanos y sólo sirvió para que los franquistas aceleraran sus conquistas.

Aunque Casado y otros responsables del golpe huyeron de España, Besteiro, anciano y enfermo, permaneció en Madrid, donde fue apresado y encarcelado por los vencedores de la guerra fratricida. Tras ingresar en distintas prisiones, falleció en la cárcel de Carmona (Sevilla) el 27 de septiembre de 1940 como consecuencia de una septicemia derivada de las pésimas condiciones sanitarias que padeció durante su reclusión.

¿Dice lo cierto Ábalos al afirmar que Besteiro fue «asesinado» por el franquismo? No. A los hechos hay que llamarlos por su nombre, y es falso que su muerte fuera por asesinato. Sí se puede y debe subrayar que el político socialista perdió la vida tras un encarcelamiento arbitrario y por las condiciones insalubres en las que lo mantuvieron sus carceleros, pero eso no le da al actual secretario de Organización del PSOE carta blanca para hablar de asesinato. La historia debe contarse como fue y no como conviene al que la cuenta.

¿Federico García Lorca murió en la guerra o fue asesinado en la guerra? Claramente lo segundo. Entonces, el mismo rigor hay que exigirle a Ábalos sobre la muerte de Besteiro, quien falleció en prisión pero no fue asesinado.

Teniendo en cuenta que el Gobierno del que es miembro está preparando una Ley de Memoria Democrática cuyo fin ha de ser proclamar la verdad sobre el conflicto y sus consecuencias, Ábalos debería saber bien de qué habla. Y no olvidar que esa ley sólo supondrá un éxito si se logra un consenso entre izquierda y derecha para su aprobación parlamentaria.

Meter la pata en el primer párrafo por no saber de Historia

El diario El Mundo publica cada domingo una carta del director a sus lectores, en la que trata en profundidad alguno de los asuntos más candentes de la actualidad política. Lo hacía su fundador, Pedro J. Ramírez, y lo continúa haciendo el por ahora último de sus sucesores, Francisco Rosell. El estilo de la misiva no es estrictamente periodístico, sino que añade buenas dosis de literatura para hacer más amena e interesante la lectura. El autor suele enriquecer su texto evocando hechos históricos que reflejan su saber. Sin embargo, en el caso del actual responsable del periódico, lo publicado ayer revela lo pequeño de su talla intelectual en comparación con Ramírez y con cualquier otro de sus predecesores en el cargo.

Bajo el título El bombardeo de la ‘Memoria política’, Rosell criticó a la vicepresidenta del Gobierno y ministra de Memoria Democrática, Carmen Calvo, de quien afirma que «subvierte el carácter académico de la Historia». Subvertir, según la RAE, significa «trastornar o alterar algo, especialmente el orden establecido». En esta página no vamos a analizar las acusaciones del periodista a Calvo, sino la subversión de la Historia que ha cometido él mismo en el primer párrafo de su relato.

Como se observa en la imagen que precede a este párrafo, Rosell menciona a personajes históricos procedentes de Cabra, Córdoba, localidad en la que también nació Carmen Calvo. Entre ellos cita al político José Sánchez Guerra (1859-1935), pero lo hace con más pena que gloria, aunque pretendiera sólo lo segundo. La metedura de pata del director de El Mundo está en la presentación del político cordobés: «jefe de Gobierno de una Restauración en declive que dio paso a una fugaz república cantonal en la que su primer presidente, Estanislao Figueras, se despediría casi recién llegado ‘a la francesa’ -escapó a París- tras despacharse a gusto con sus ministros: Señores. Voy a serles franco. Estoy hasta los cojones de todos nosotros».

Sánchez Guerra fue uno de los jefes de Gobierno en la época de la Restauración borbónica, cierto. Pero hay un error de bulto justo a continuación. La Restauración no dio paso a ninguna «fugaz república cantonal», sino que fue esa república (1873-1874) la que dio paso a la restauración de los Borbones en el trono en la persona de Alfonso XII, lo que ocurrió en 1875. Por lo tanto, Francisco Rosell cuenta la historia al revés, como si hubiera dicho que el franquismo (1939-1975) dio paso a la Segunda República (1931-1939).

Sólo el director del rotativo madrileño sabrá si su intención era dar lustre a su texto metiendo con calzador las contundentes palabras de Estanislao Figueras. Lo que sí ha quedado manifiesto es su desconocimiento del siglo XIX español y que el tiro le ha salido por la culata. O el calzador por la suela.

Srebrenica, 25 años de una masacre que paraliza Bosnia

«Nos acostumbrábamos con más facilidad a la muerte que a aquello que la traía. La muerte era aceptable, pero no así el miedo a ella». Este testimonio está extraído de Postales desde la tumba, libro desgarrador del hoy periodista bosnio Emir Suljagic, quien narra los tres años en los que él y otros miles de civiles sufrieron el asedio del enclave de Srebrenica a manos de las fuerzas serbobosnias durante la guerra que destrozó su país entre 1992 y 1995.

Hoy se cumplen 25 años del inicio de la masacre en la que soldados y paramilitares de la República Srpska asesinaron mediante fusilamientos masivos a más de 8.000 varones musulmanes -entre los que había niños y ancianos-, crimen calificado como genocidio por el Tribunal Penal Internacional y por el que su máximo responsable político -el entonces presidente de la entidad serbia de Bosnia, Radovan Karadzic– y el jefe militar que dirigió las ejecuciones -el general Ratko Mladic– han sido condenados a cadena perpetua.

Emir Suljagic, nacido en 1975, tenía sólo 17 años al comenzar el cerco de Srebrenica y 20 cuando concluyó. Su conocimiento del inglés le había facilitado un trabajo de traductor para los cascos azules de Naciones Unidas que protegían -con perdón por este verbo– el enclave y ello fue lo que le permitió escapar de la matanza.

Hace cinco años, justo dos décadas después de aquellos días aciagos, fue una palabra maldita, genocidio, la que causó que el rostro del presidente ruso, Vladimir Putin, empapelara las calles de Potocari, la localidad vecina de Srebrenica en cuyos alrededores se levantó el memorial donde yacen los restos de las víctimas que han podido ser identificadas, unas 7.000. Los periodistas que allí acudimos entonces observamos con nuestros ojos aquellos carteles del líder ruso mientras nos encaminábamos al cementerio.

Aquel 11 de julio de 2015 había que retroceder sólo unas pocas jornadas en el calendario para encontrar una explicación a ese agradecimiento a Putin. Esa misma semana, Rusia, aliada de Serbia, vetaba en la ONU una resolución que llamaba «genocidio» a lo ocurrido cuando el ejército serbobosnio irrumpio en Srebrenica en 1995.

Desde aquel año, el de los Acuerdos de Dayton, que pusieron fin a la Guerra de Bosnia, el escarpado país balcánico está dividido en dos entidades: la Federación de Bosnia y Herzegovina, poblada mayoritariamente por musulmanes y en menor medida por croatas, y la República Srpska, en la que los serbios son mayoría. Srebrenica y su entorno quedaron en el territorio de esta última, y la limpieza étnica aplicada por los serbios -los más de 8.000 fusilados tras la toma del enclave son su sangrienta prueba- convirtió a esta nacionalidad en la más numerosa en la zona.

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El cementerio de Potocari, junto a Srebrenica, en 2015, 20 años después de la masacre (fotos: Manuel Vega).

Cada año, el 11 de julio es la fecha de los actos oficiales en honor a las víctimas de la masacre, y también el día fijado para dar sepultura en el cementerio de Potocari a los restos de víctimas que siguen identificándose a día de hoy, un cuarto de siglo después de que los aledaños de Srebrenica fueran transformados en un gigantesco paredón donde los pelotones de ejecución disparaban sin cesar.

En 2015, llamó mi atención una pancarta desplegada sobre una de las lomas que rodean el camposanto. Me aproximé a un joven y le pregunté por su significado. «Por cada serbio muerto, cien musulmanes muertos», me respondió, y me aclaró quién era el autor de tan despiadadas palabras: Aleksandar Vucic, actual presidente de Serbia, que hace un lustro era primer ministro de ese país y durante la guerra de los años 90 ya estaba metido en política a pesar de su juventud.

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«Por cada serbio muerto, cien musulmanes muertos», frase atribuida durante la guerra al hoy presidente serbio.

En un día como hoy, suelen concentrarse en Srebrenica miles de personas venidas de distintos puntos de Bosnia para rendir homenaje a las víctimas. Sin embargo, este año la pandemia de coronavirus que afecta a todo el planeta ha causado importantes restricciones de acceso para garantizar la distancia de seguridad y evitar contagios.

Veinticinco años después de la guerra, Bosnia sigue en conflicto. No hay batallas ni matanzas, pero la sociedad permanece dividida y el frágil Estado continúa mal gobernado por una presidencia rotatoria entre musulmanes, serbios y croatas que favorecen sus propios intereses cuando detentan el poder y persisten en resaltar las diferencias entre comunidades, en una constante mirada a los odios del pasado que deja paralizado el país.

Para tener más presente lo ocurrido hace 25 años, conozcamos el testimonio de un superviviente de la matanza. Emir Suljagic lo recoge en Postales desde la tumba y es estremecedor: «El más joven de los supervivientes de las ejecuciones ocurridas entre el 14 y el 16 de julio tenía sólo 17 años. Cuando lo bajaron del camión con un grupo de varones, los ojos vendados y las manos atadas, no pedía más que un poco de agua. ‘No quería morir sediento’, dijo al testificar ante el Tribunal de La Haya, años más tarde. Los soldados serbios abrieron fuego».

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Oración por una de las víctimas de la masacre en el funeral celebrado en 2018.