El buen doblaje y la versión original pueden coexistir

La semana pasada, el espacio Días de cine clásico, en La 2 de TVE, emitió una película de culto, Tiburón (Steven Spielberg, 1975). Sorprendentemente, el doblaje de la cinta correspondía a una nueva versión, con lo que perdía gran parte de su interés. Las voces nuevas no suelen dar resultado en una película que por derecho propio ya es un clásico. ¿Por qué cambiar lo que ha funcionado durante décadas?

Puede haber varias respuestas a esa pregunta. La más habitual suele ser que se le hayan añadido a la película escenas no incluidas cuando se estrenó y, al no estar disponibles los actores que las doblaron en su día, se opta por una solución drástica: doblarla por completo de nuevo.

Tiburón tiene una secuencia fundamental que el nuevo doblaje ha destrozado sin paliativos. Tres hombres embarcados en un pequeño bote con la meta de dar caza al escualo que está sembrando el terror en las playas de Amity Island. Ha caído la noche y los tres se animan contándose historias que los hacen estallar en carcajadas. Pero, en un momento, Quint (Robert Shaw) recuerda su pasado y los ánimos se congelarán. El veterano lobo de mar revela que es uno de los supervivientes del hundimiento del Indianápolis, buque norteamericano torpedeado por los japoneses en la Segunda Guerra Mundial. Quint relata cómo cientos de náufragos fueron devorados por los tiburones en una escena que forma parte de la historia del cine.

El monólogo de Quint pierde todo su interés con la nueva voz. Y lo mismo ocurre con otras obras maestras del celuloide. Quizá el mayor sacrilegio haya sido cambiar el doblaje de El Padrino (Francis Ford Coppola, 1972). Las modernas voces españolas de Marlon Brando, Al Pacino, Robert Duvall o James Caan son infinitamente peores, y lo son por un motivo muy claro: porque las primeras funcionaban. Nunca se debe tocar lo que está dando resultado. En el siguiente vídeo se puede comprobar el estrago causado.

Otro clásico ultrajado por el redoblaje es Reservoir Dogs. La ópera prima de Quentin Tarantino, estrenada en 1992, fue víctima de las nuevas tendencias ni siquiera dos décadas más tarde, en 2008. El resultado sólo puede serle indiferente a quienes no hayan escuchado el primer doblaje. Que lo hagan ahora y juzguen.

Si la razón para proceder a renovar todas las voces es el añadido de nuevas secuencias a la película, las productoras deberían seguir el ejemplo de otro símbolo cinematográfico, el Espartaco de Stanley Kubrick.

Cuando se estrenó este filme en 1960, la moral imperante causó que se censurara una escena con connotaciones homosexuales. La del famoso diálogo de las ostras y los caracoles. Este interesante artículo de La voz de Jos evoca cómo se incluyó treinta años después esa secuencia, tanto en la versión original en inglés como en la doblada al español.

En 1991 se halló esa parte del metraje, pero el paso del tiempo había dañado su sonido. Se optó por doblarla, pero sólo uno de los dos actores que interpretaron esa parte, Tony Curtis, permanecía con vida entonces. El otro, Lawrence Olivier, había fallecido en 1989. Así las cosas, Curtis se dobló a sí mismo, mientras que la voz que corresponde a Olivier la aportó Anthony Hopkins.

A la hora de incluir esa escena doblada al español, tampoco estaban disponibles los actores que la doblaron en 1960. Uno había fallecido y el otro estaba retirado. Pero, al menos, en esa ocasión se puso en práctica la única solución correcta: otros dos actores doblaron la secuencia y se mantuvo el doblaje original en el resto de la película. Los responsables de las versiones para España de El Padrino, Tiburón y Reservoir Dogs deberían haber tomado nota de ello. Quienes modifican arbitrariamente todas las voces de una película no hacen más que destruir mitos a generaciones de amantes del cine.

Ahora bien, este artículo no va a olvidar otra controversia importante: la de la versión original subtitulada frente al cine doblado. No cabe duda de que el producto original es mejor, pero ello no quita que haya joyas en el doblaje. Como muestra, las aludidas voces de Don Corleone, los gángsters de Reservoir Dogs o el monólogo de Quint en sus primeras versiones traducidas al español.

En ciertos supuestos, el doblaje ayuda a mantener el interés. En una comedia o cualquier otro filme con situaciones delirantes, las expresiones utilizadas en la versión original pueden no tener una correspondencia adecuada en castellano. Un ejemplo claro es La jungla de cristal, que gana con la voz de Ramón Langa sobre la de Bruce Willis, pero pierde gran parte de su gracia -para el espectador español- en su inglés original. Las películas de argumento más ligero suelen ganar dobladas.

También debe considerarse dónde está arraigado el doblaje y dónde no. La versión original prima en los países de habla inglesa, pero hay una razón muy clara que lo explica: el cine que ven mayoritariamente en Estados Unidos, Reino Unido, Canadá o Australia es en su propia lengua. Es escaso el que ven en otros idiomas, lo que no hace rentable invertir en doblaje.

Debe quedar claro que en otras naciones de habla no inglesa, como Portugal o Países Bajos, la versión original marca igualmente la pauta. No lo hace, sin embargo, en Francia, Italia ni Alemania, donde está muy asentado el doblaje, como sucede en España. Una causa de su triunfo en estos países puede encontrarse perfectamente en que cuentan con numerosos habitantes. Italia y Francia superan los 60 millones de personas, y Alemania, los 80. Sin embargo, la población de Portugal ronda los 10 millones y la de Países Bajos, los 17. Es un hecho a tener en cuenta.

El buen doblaje y la versión original pueden coexistir sin problemas. Se debe incluso impulsar la segunda en los países donde las películas dobladas son la norma. Pero no intentar anular el doblaje, que es lo que buscan muchos defensores a ultranza de la versión original. Traducir las películas es algo que tiene sus ventajas. Que se lo cuenten a quienes trabajan en programas radiofónicos sobre cine. Perderían muchísima miga si los diálogos que reproducen no estuvieran bien doblados al español. A falta de imágenes, no hay subtítulos que valgan. La voz lo es todo y la radio es un excelente medio para difundir el cine. Compruébenlo quienes no lo crean.

Anuncios

El Drogas se columpia hablando de la Guardia Civil en la guerra

El periódico El Español publica hoy una entrevista con El Drogas, seudónimo del músico Enrique Villarreal, quien lideró durante décadas la mítica banda de rock Barricada y ahora triunfa en solitario. Su éxito se ciñe a lo musical, que conste. Porque en Historia de España cojea bastante, como demuestra su limitado conocimiento de la sublevación militar contra la Segunda República en julio de 1936.

eldrogas

La Guardia Civil apoyó el golpe de estado del 36, asegura. Eso es cierto… sólo en parte. Y las verdades a medias son siempre mentiras. La Guardia Civil se mantuvo fiel al gobierno republicano en gran parte del territorio español, y su postura fue clave para el fracaso de la rebelión desatada por los generales del Ejército Franco, Mola, Goded o Millán Astray, entre otros conspiradores.

El Drogas se ha columpiado -en el sentido del número 4 de su definición en el DRAE-. Es lo que ocurre cuando un entrevistado no conoce bien el tema del que opina. Ridículo que comparte con su entrevistadora, Lorena G. Maldonado, que se limitó a reproducir lo dicho por su interlocutor sin comprobar si ello era cierto. Una práctica tristemente extendida en el periodismo actual, poco dado a repreguntar o a corregir cuando la respuesta del entrevistado así lo exige.

Tanto El Drogas como muchos opinadores de etiqueta rápida, muy cómodos en su identificación de la Guardia Civil con el franquismo, demuestran no tener ni idea de que al estallar la Guerra Civil el 18 de julio de 1936, los seis generales de la Benemérita se mantuvieron leales a la República, como recuerda este artículo de El Plural.  También les sonará a chino que el entonces inspector jefe de la Guardia Civil, el general Sebastián Pozasexiliado en México tras la contienda-, ordenase a las unidades del Cuerpo que obedecieran las órdenes del gobierno republicano guardando “con absoluta lealtad el precepto reglamentario de permanecer fieles a su deber por el honor de la institución”.

A la entrevistadora de El Español le habría sido de gran ayuda documentarse con un artículo publicado en su medio sobre Antonio Escobar, coronel de la Guardia Civil cuya decidida actuación permitió frenar el golpe militar en Barcelona el 19 de julio del 36. Fue Escobar quien mandaba a los guardias que redujeron a los oficiales y soldados insurrectos en el Hotel Colón, que habían tomado. El escritor José Luis Olaizola narró con detalle su historia en La guerra del general Escobar -fue ascendido a ese rango en el Ejército Popular de la República-, una novela que debería ser de lectura obligatoria en los institutos de Secundaria y Bachillerato, para que los estudiantes aprendan sobre nuestro pasado.

El superior de Escobar aquellos días en la Ciudad Condal era el general José Aranguren, otro guardia civil fiel a la República cuya memoria pisotean los ignorantes. Tanto Aranguren como Escobar fueron fusilados por orden de Franco al finalizar el conflicto. Quien quiera saber algo de este jefe del Instituto Armado, que empiece leyendo este artículo de El País. Quizá se anime a leer a continuación la novela Recordarán tu nombre, en la que Lorenzo Silva cuenta el papel de Aranguren en la guerra contra los militares sublevados en el 36.

A otros les dolerá enterarse de que otro guardia civil defensor de la Segunda República era un vasco llamado Juan Ibarrola, capitán de la Benemérita cuando se produjo el levantamiento militar. Ascendido a comandante, y después a teniente coronel, Ibarrola  y sus hombres participaron en la defensa del frente del Norte, que abarcaba parte de su Euskadi natal, además de Cantabria y Asturias. Hundido ese frente, consiguió llegar a otras zonas controladas por la República y continuó combatiendo a los franquistas. El título de este texto de El Correo deja bien claro de qué parte estaba Ibarrola: El guardia civil alavés que mandó a los gudaris.

Lo mejor queda para el final. Enrique Villareal, El Drogas, es natural de Pamplona. Allí nació en 1959. Si supiera de algo que pasó en su ciudad natal 23 años antes de que él viniera al mundo, no habría metido la pata de forma tan grotesca. En la capital navarra fue asesinado el 18 de julio de 1936 el comandante de la Guardia Civil José Rodríguez-Medel. Era el jefe de la Benemérita en ese territorio, y la causa de que lo acribillaran por la espalda fue oponerse al “glorioso alzamiento” que el siniestro general Mola lideraba en Navarra. En esta columna de opinión publicada por el político Fernando Ayala en Diario 16 hace año y medio, El Drogas y los miles que lo jalean quedan retratados en su culpable ignorancia.

La fiebre de las series: ¿contar una historia o hacer temporadas?

En los tiempos que corren, no ser aficionado a las series de televisión es casi sinónimo de rareza. Si eso es así, estoy entre los raros. No he visto Juego de Tronos, ni Narcos, ni Los Soprano ni la mayoría de las creaciones para la pequeña pantalla que son consideradas mainstream (perdón por el anglicismo facilón, pero viene muy al caso) por los puristas que son capaces de meterse cinco o seis capítulos seguidos -o más- entre pecho y espalda.

Por el contrario, sí veo mucho cine. No voy a las salas todo lo que me gustaría -la última entrada que pagué fue por la magnífica Érase una vez en Hollywood, no hará ni un mes-, pero sí veo películas con bastante frecuencia -intento que una o dos por semana-. Las que dan en la tele o los DVD que saco prestados de bibliotecas públicas de Madrid, donde se encuentra de todo.

Esto no quiere decir que rechace ver series. De hecho, he seguido varias recientes. Mi rareza en este caso es que no estoy suscrito a Netflix ni a HBO, los templos de los seriéfilos empedernidos. Lo que he hecho es aficionarme a algunas de las que han emitido o siguen en antena en canales tradicionales, especialmente TVE. Pocos podrán ser más fans de El Ministerio del Tiempo que yo -estoy ansioso por que llegue la cuarta temporada-. También disfruté cuando Cuatro emitió Roma, tanto que incluso conseguí por internet su segunda y última temporada.

Incluso he visto series de Movistar+, como Vergüenza -una comedia ácida que logra su objetivo: que te rías y a la vez sientas vergüenza ajena por las situaciones bochornosas que viven sus protagonistas- y Conquistadores Adventum, una visión crítica de las tres primeras décadas de expediciones españolas en la Era de los Descubrimientos.

Con todo esto quiero decir que no estoy en contra de la fiebre de las series, pero sí de que su temperatura suba a más de 40 grados. Hay personas que no hacen más que hablar de series, que se han convertido prácticamente en su único entretenimiento. Los hay con sobredosis de temporadas.

A este respecto, a veces me pregunto si los guionistas buscan contar una historia o rodar temporadas. Ayer pensaba en ello mientras veía en TVE el primer capítulo de la tercera entrega de Estoy vivo, una serie de ciencia-ficción protagonizada por Javier Gutiérrez que ha disfrutado de un gran éxito desde su estreno en 2017.

Hace un par de años me enganché a esa historia de un policía muerto en acto de servicio que llega a otra dimensión, desde la cual se le devuelve a la Tierra en el cuerpo de otro hombre para cumplir una misteriosa misión. Si esa trama captó mi atención fue gracias a su excelente primer capítulo, un prodigio de escenas impactantes y admirables interpretaciones. Sin embargo, conforme avanzaban las semanas -solía verla en rtve.es de madrugada, al volver del trabajo- tuve la impresión de que el argumento iba de más a menos y que no se estaba sabiendo concluir la narración.

Personalmente, no me convenció que la trama se pareciera tanto a la de Terminator, con un malvado que llega del futuro para cambiarlo. La misión del inspector Manuel Márquez, –reencarnación, para entendernos, del inspector Andrés Vargas– es impedir que el malo triunfe.

El relato concluye de una forma abierta, un medio para dar pie a una segunda temporada que también tuvo un atractivo primer capítulo. En esta ocasión, en vez de mirar solamente al futuro, la trama se sumergió en el pasado. Un crimen perpetrado en una casa de Madrid durante la Guerra Civil es ahora el vínculo con la misión que Márquez ha de cumplir. Esta vez el relato parecía muy bien construido, pero no tuvo un final a su altura. La única intención de los guionistas pareció ser la de prepararlo todo para una nueva entrega, la que empezó a emitirse ayer.

La tercera temporada ha comenzado con una apuesta muy fuerte: el accidente mortal de tres de las principales protagonistas. En unos meses, quienes estén dispuestos a esperar -yo he empezado a perder la ilusión ante los arranques impactantes sin finales  igual de contundentes- sabrán si la intención para esta serie es contar una historia o hacer temporadas.

Franco, fuera de su mausoleo ¿con cuatro décadas de retraso?

Es inevitable hablar hoy de la decisión del Tribunal Supremo de avalar el plan del Gobierno para exhumar los restos del dictador Francisco Franco del Valle de los Caídos, donde llevan enterrados desde su muerte en 1975. Sus huesos serán trasladados a otro lugar que no constituya un monumento de exaltación al bando vencedor de la Guerra Civil española y al régimen dictatorial y represor nacido de aquel conflicto entre hermanos. Pues eso es precisamente el Valle de los Caídos: un homenaje a los vencedores de una contienda fratricida, cuando una guerra civil es lo peor que le puede pasar a un país.

Son muchos los que opinan que lo que queda del dictador ha permanecido demasiado tiempo en ese mausoleo mantenido con dinero de los impuestos de todos los españoles. Esa anomalía democrática ha durado, a ojos de personajes públicos y de a pie, cuatro décadas. Entre los primeros, así lo considera, por ejemplo, el presidente de la Junta de Extremadura, Guillermo Fernández Vara, quien en 2018 afirmó que lo de la exhumación de Franco “tenía que estar arreglado hace 40 años”.

De los anónimos, llama la atención, entre muchos otros, un comentario a un artículo publicado por El Diario. Su autor, que firma como Nirvak888, dice esto: “Triste, patético, que haya habido que esperar 44 años después de la muerte del dictador para retirar sus restos de ese santuario siniestro en el Valle de los Caídos”. Esta persona reprocha al expresidente del Gobierno Felipe González que no procediera a la retirada de los restos de Franco a pesar de que “gozó de una mayoría absoluta en el Congreso durante años”. También considera que otro mandatario socialista, José Luis Rodríguez Zapatero, “dejó pasar la ocasión”. No se olvida de los gobiernos del PP, “herederos espirituales del franquismo”, para los cuales la exhumación del cadáver del dictador “no era un asunto pertinente”. Por último, estima que el actual jefe del Ejecutivo, Pedro Sánchez, ha tomado por fin la decisión “porque de alguna manera tiene que demostrar que es de izquierdas”.

Todos los que se muestran convencidos de que retirar los restos mortales del general que gobernó España con mano de hierro entre 1939 y 1975 es un acto que se lleva a cabo con cuatro décadas de retraso deberían plantearse si hace cuatro décadas era posible tal gesto. En 1977, cuando se celebraron las primeras elecciones democráticas tras la Guerra Civil, y en 1978, al promulgarse la Constitución vigente, los militares afectos al franquismo todavía eran muchos y el ruido de sables y las conspiraciones contra el Gobierno de Adolfo Suárez, el primer presidente de la Democracia, eran una constante. Y qué decir de lo ocurrido el 23 de febrero de 1981. ¿Creen sinceramente que durante la Transición se daban las circunstancias para sacar a Franco del Valle de los Caídos?

Tampoco deberían olvidar -o desconocer- que en 1985, cuando González gobernaba con mayoría absoluta, fue desarticulada una trama de militares ultras para volar la tribuna de autoridades durante el desfile del día de las Fuerzas Armadas en La Coruña. De haber tenido éxito ese complot, los conspiradores habrían asesinado al rey Juan Carlos y a toda la familia real, así como al presidente González y al ministro de Defensa, aparte de a varios jefes del Ejército.

El conservador José María Aznar tampoco dio el paso de afrontar la exhumación de Franco cuando fue jefe del Gobierno. Estarán de acuerdo en que si no lo hizo González, menos lo iba a hacer él. En cuanto a Zapatero, es ridículo acusarlo de que los restos del Caudillo permanecieran en su cripta faraónica de Cuelgamuros, cuando precisamente fue el presidente bajo cuyo mandato se aprobó la Ley de Memoria Histórica, norma que tenía un objetivo infinitamente más importante: sentar las bases para que los represaliados por el franquismo, miles de ellos enterrados en cunetas desde la guerra y la posguerra, puedan tener una sepultura digna.

Como ha señalado de forma muy acertada el periodista Álvaro Corazón Rural en su cuenta de Twitter, “liquidar los vestigios de una dictadura criminal era una misión de las generaciones actuales, no de las que hicieron la Transición”. El mismo periodista formula asimismo otra pregunta a tener bien presente: si sacar al dictador de su mausoleo se lo planteó alguien en aquella época” de los primeros compases de la Democracia.

El paso para retirar por fin la financiación pública a un monumento de exaltación al dictador ya se ha dado. Y no es tarde para hacerlo, aunque así lo crean quienes desprecian las cuatro décadas de libertad que llevamos definiéndolas como “Régimen del 78”.

Ansu Fati y las nacionalizaciones precipitadas de futbolistas

Al titular le falta el adjetivo “jóvenes” para completar el nombre “futbolistas”, pero no vamos a ponerle otra línea y descuadrarlo. La idea a transmitir es que convocar para la selección española a jóvenes prometedores para evitar que puedan hacerlo equipos de otros países con los que tienen vínculos suele resultar contraproducente. Tanto para el combinado nacional como -especialmente- para el propio jugador, que más pronto que tarde desaparecerá de las convocatorias y, encima, se habrá cerrado la puerta a ser internacional con otro país.

Una de las sensaciones del arranque de la Liga 2019-2020 es el canterano del FC Barcelona Ansu Fati, un chaval de 16 años cuya calidad le está dando muchos minutos en el once de Ernesto Valverde. A este jugador, nacido en Guinea-Bissau, se le acaba de conceder la nacionalidad española por carta de naturaleza, de manera que podrá defender la camiseta de España en el próximo Mundial sub-17.

En las dos últimas décadas ha habido varios casos de jóvenes, incluso adolescentes, con doble nacionalidad a los que el seleccionador de turno ha llamado con el único fin de evitar que el equipo del país de origen de uno de sus progenitores haga lo propio. La normativa vigente impide que un futbolista juegue con una selección si ya lo ha hecho antes con otra, de ahí las prisas para evitar que otros se lleven las perlas de la cantera patria.

Entre los internacionales preventivos con España destaca el caso de Bojan Krkic. Nacido en Linyola (Lleida) en 1990, de padre serbio y madre española, este canterano del Barça despuntó cuando en la temporada 2007-2008 Frank Rijkaard lo subió al primer equipo. Sus actuaciones despertaron la atención del entonces seleccionador nacional, Luis Aragonés, que lo convocó para un encuentro amistoso contra Francia en febrero de 2008. Sin embargo, el hispano-serbio no llegó a debutar en esa ocasión por una gastroenteritis que se achacó a los nervios previos al debut.

El técnico español quiso convocarlo para la Eurocopa de ese año, que finamente ganaría La Roja. Sin embargo, Bojan declinó acudir a la cita por problemas de “ansiedad”, como reveló en una entrevista años después. Finalmente, con 18 años ya cumplidos, Vicente del Bosque, sustituto de Luis tras el éxito europeo, hizo debutar al delantero el 10 de septiembre de 2008 en un España-Armenia de clasificación para el Mundial 2010. Fue la primera y la última vez que se vistió de corto con la selección.

El resto de la carrera de Bojan ya se conoce y no es lo que se esperaba de él. Suplente habitual en el Barça de Pep Guardiola, que logró el sextete en 2009, el hispano-serbio no logró afianzarse en el equipo y en 2011 fue traspasado a la Roma. Desde entonces, ha ido vagando de club en club sin encontrar su sitio. Tras pasar por Milan, Ajax, Stoke City y Alavés, el futbolista milita a día de hoy en el Montreal Impact canadiense.

Otro caso similar es el del también canterano del Barcelona Munir. De origen marroquí, nació en El Escorial en 1995. Munir brilló en las primeras jornadas de la temporada 2014-2015 en el Barça de Luis Enrique. Tanto que Del Bosque se apresuró a convocarlo y lo mandó al terreno de juego en un encuentro contra Macedonia de las eliminatorias hacia la Eurocopa 2016. Entró en la segunda parte y sólo disputó 13 minutos. Al igual que Bojan, los primeros y últimos con España.

La carrera del atacante hispano-marroquí ha dado menos tumbos que la de Bojan -salió del Barça, estuvo cedido en el Valencia y ahora milita en el Sevilla- pero, al ver que ya no cuenta en la selección española, ha optado por intentar que la FIFA le permita jugar con Marruecos, lo que no ha conseguido.

No obstante, el caso más contundente de cómo puede cambiarle la vida a una joven promesa la temprana convocatoria por la selección es el de Thomas Christiansen. De padre danés y madre española, nació en el país de su progenitor en 1973. El suyo es otra muestra de talento prematuro en La Masía. Y nunca mejor dicho, porque fue convocado en 1993 por el entonces técnico español, Javier Clemente, cuando jugaba en el Barcelona B. De hecho, este delantero nunca llegó a debutar con el primer equipo del Barça de Johan Cruyff, pero sí lo hizo con la selección absoluta. Ocurrió en dos ocasiones: en un amistoso frente a México y en un duelo de clasificación para el Mundial de 1994 frente a Lituania, en el que incluso marcó un gol. A partir de entonces, no volvió a ser internacional.

La falta de oportunidades en el Barça lo llevó cedido a Sporting, Osasuna y Racing. Finalmente, tras desvincularse del club azulgrana, fichó por el Oviedo, donde, como en los anteriores, tampoco cuajó. Su carrera parecía hundida, pero después de intentarlo en otros equipos españoles de Primera y Segunda División con igual pena y la misma inexistente gloria, probó suerte en distintas ligas extranjeras. Finalmente, el VfL Bochum alemán confió en él y llegó incluso a ser máximo goleador de la Bundesliga en la temporada 2002-2003.

Las expectativas creadas por el talento precoz de jóvenes futbolistas con doble nacionalidad crea en ellos una presión difícil de soportar, que acaba destrozando sus carreras -caso de Bojan- o reduciéndolos a jugadores de medio pelo -ejemplo de Munir-. O dejándolos fuera de juego durante unas cuantas temporadas, como a Christiansen, aunque finalmente pudo remontar el vuelo. Pero la losa de no poder volver a ser internacional siguió pesando sobre él. Qué menos que un pichichi de la liga alemana tenga la oportunidad de jugar un Mundial o una Eurocopa. Si España no contaba con él, quizá lo hubiera querido Dinamarca de haber estado autorizada.

La FIFA debería establecer algún mecanismo para evitar esa lucha preventiva entre países por los jóvenes valores del fútbol. Sería más justo y eficaz flexibilizar las normas y permitir que un futbolista convocado por un combinado nacional pueda ser seleccionable por otro en determinadas circunstancias.

España pudo contar en la Eurocopa 2008 con Marcos Senna -que completó una gran actuación- porque nunca había jugado un partido oficial con su país de origen, Brasil. Lo mismo ocurre con Diego Costa, que ha estado con La Roja en los Mundiales de 2014 y 2018 -en este hizo tres goles-.

Como sugerencia, podría ampliarse el margen para que la FIFA delimite hasta cuándo un jugador podrá cambiar de selección. Si ahora está en el hecho de que dispute un solo partido oficial -o unos minutos, como le ha pasado a Bojan y a Munir-, se podría establecer un límite más amplio, consistente en que se permita cambiar de chaqueta, en lenguaje demasiado coloquial, a todos aquellos que no hayan disputado con una selección determinada la fase final de alguna competición internacional absoluta. Es decir, Mundial, Eurocopa, Copa América o cualquier torneo continental. Pero que no se cierre de forma definitiva la puerta de otro equipo nacional a un joven, o a un veterano, que sólo haya disputado un partido contra Islas Feroe -o incluso contra Italia- valedero para equis campeonato oficial.

Como conclusión, viene como anillo al dedo recordar que Ferenc Puskas fue subcampeón del Mundo con Hungría en Suiza 54, pero ocho años después vistió la camiseta de España en Chile 62. Y que Luis Monti perdió jugando para Argentina la final de Uruguay 30, pero en 1934 fue campeón como local con Italia. No es que haya que volver a eso, pero se puede alcanzar una solución intermedia. Ansu Fati seguramente lo agradecería.

La absurda acusación de racismo que Trudeau ha reconocido

La revista norteamericana Time se ha colgado, por lo visto, una medalla con una foto que le han pasado del actual primer ministro canadiense, Justin Trudeau, disfrazado de Aladino y con su rostro coloreado de negro, durante una fiesta en una escuela privada donde él trabajaba en 2001. En Canadá y en Estados Unidos no está bien visto eso de pintarse la cara de un color de piel diferente al propio. Allí se considera un acto racista.

Este artículo de El País explica por qué tiene esa consideración en la América anglosajona. “Disfrazarse pintándose la cara de negro deshumaniza, denigra y desprecia a todo un colectivo a la vez que alimenta los peores estereotipos atribuidos a los afroamericanos, aseguran activistas y expertos”, escribe Yolanda Monge, corresponsal en Washington de este periódico. Y añade que “en Estados Unidos hace cerca de 200 años que los artistas empezaron a pintarse la cara de negro para imitar y reírse de los esclavos negros en los espectáculos musicales de la época”

Quienes opinen que Trudeau tuvo hace 18 años -14 antes de ser elegido jefe del gobierno canadiense- un comportamiento racista con su atuendo, deberían preguntarse qué puede haber en común entre la fiesta de disfraces a la que asistió ataviado de Aladino -la temática del festejo era Las mil y una noches, por cierto- y esos espectáculos musicales en los que se ridiculizaba a los esclavos negros en el siglo XIX. Si no se está contaminado por los prejuicios y/o los intereses, la respuesta es muy clara: nada.

Sin embargo, en esta era de la corrección llevada al extremo en lo político, cualquier gesto menor -el de Trudeau lo es- puede ser susceptible de utilización como arma arrojadiza contra su protagonista. Y el propio primer ministro canadiense ha cometido el error de dar alas a los dictadores de lo políticamente correcto reconociendo que su disfraz y su cara pintada representaron un acto racista.

Como apunta acertadamente el periodista Jorge Benítez en un reportaje en El Mundo, “este político no ha tenido en cuenta en sus disculpas que las imágenes fueran dentro de un contexto lúdico e informal -una fiesta de disfraces- o que su trayectoria sea ejemplo de respeto a las minorías y a los inmigrantes”.

Sobre esto último, cabe destacar que si se teclea “Justin Trudeau” en Google, las primeras noticias que aparecen nos llevarán a toda esta absurda acusación de racismo, en lugar de a informaciones que muestran que durante su mandato ha adoptado políticas diametralmente opuestas al racismo, la intolerancia y la xenofobia. Como que Canadá abrirá las puertas a un millón de inmigrantes en los próximos tres años. O decirle “al millón de musulmanes canadienses: esta es su casa”. Frase que no es moco de pavo, teniendo en cuenta que la pronunció después de un atentado contra una mezquita en Quebec, en el que fueron asesinadas seis personas.

Los cruzados del correctismo político podrían pararse a pensar que ellos tampoco están libres de una imagen o un acto del pasado que se pueda malinterpretar o manipular. Tendrán suerte si no se topan en el camino con otros guardianes de la moral cortados por el mismo patrón.

Las cien mejores películas: lo subjetivo vence a lo objetivo

El periódico británico The Guardian publicó la semana pasada un listado de las que sus críticos de cine consideran las cien mejores películas de lo que va de siglo XXI. Después de conocer el centenar de cintas escogidas, la conclusión que saco es que en un asunto como este lo subjetivo siempre se impone a lo objetivo.

He visto la número 100 (Érase una vez en Hollywood), magnífica, pero no la primera (Pozos de ambición). En total, sólo puedo opinar de quince de las elegidas por The Guardian. Las otras catorce son Gladiator, Gomorra, No es país para viejos, La habitación del hijo, Persépolis, Ocean’s eleven, Lost in translation, Vals con Bashir, Amores perros, Volver, La cinta blanca, La gran belleza, El hijo de Saúl y Mulholland Drive.

La mayoría de ellas me han encantado, pero otras me parecieron flojas o sobrevaloradas. No es momento de hacer una crítica, pero sí de recordar grandes películas que perfectamente podrían estar en esa antología cinéfila del casi quinto de siglo en curso que llevamos.

Desde el pasado 3 de junio, cada mañana escribo en mi cuenta de Twitter una frase o diálogo de alguna película, para a continuación hilarlo con otro tuit en el que se explica qué filme es y el contexto -con el hashtag #FrasesDeCine-. Ya han pasado más de cien días y entre las que he elegido hay varias de las dos últimas décadas. Coincido con The Guardian en La gran belleza. Pero he incluido otras tres decenas de películas estrenadas en lo que va de centuria, de las que varias pueden estar perfectamente en la lista de las cien mejores.

Siendo un medio británico, sorprende que The Guardian no haya elegido para su filmografía el relato sobre la suerte y el crimen perfecto de Match Point. O los intensos diálogos de amor, traición y venganza de Closer. El homenaje al voluntarioso Jorge VI de Gran Bretaña en El discurso del rey. El humor bien aplicado al romanticismo en las historias de Love Actually. O la valentía al denunciar un crimen de Estado en Domingo Sangriento.

También debería apreciarse en el Reino Unido la narración de la noche que pudo cambiar la Primera Guerra Mundial en Feliz Navidad. Las mafias de Londres en Promesas del este. La adolescencia robada de Felices dieciséis. La historia de superación de Billy Elliot. Y la posibilidad de rehacer tu vida en la vejez que refleja El exótico Hotel Marigold.

Abriendo ya la ventana al mundo, no pueden faltar cantos al buen periodismo como Buenas noches, y buena suerte, The Bang Bang ClubSpotlight y Los archivos del Pentágono.

La supervivencia en las violentas favelas de Río de Janeiro en Ciudad de Dios. La trinchera que plasma lo que fue la Guerra de Bosnia en En tierra de nadie. El acecho constante de la Stasi en La vida de los otros. La soledad y la incomunicación de Hable con ella. La violencia transformada en comicidad de Relatos salvajes. La naturaleza esplendorosa y feroz de Camino a la libertad. El retrato psicológico de los terroristas suicidas de Paradise Now. La crónica política y sentimental de cuatro décadas de Italia en La mejor juventud. La indefensión de la población civil frente a la barbarie de un ejército invasor en Ciudad de vida y muerte. La resistencia de personas anónimas contra la sinrazón del yihadismo en Timbuktu. La búsqueda de la verdad frente a un poder corrompido en El Cairo confidencial. La angustia de un judío ocultándose de los nazis en El pianista. La lucha por su vida de una mujer maltratada en Te doy mis ojos. El combate sin armas de una mujer frente al Estado ocupante que expropia sus tierras en Los limoneros. O la recreación de las últimas horas del Berlín nazi en El hundimiento.

La espectacular fotografía de La novia. La nostalgia bien contada de Good bye, Lenin!. La encarnación casi real de Giulio Andreotti en Il Divo. El Tarantino en estado puro de Malditos Bastardos y Django desencadenado. La doble moral de la Iglesia en El crimen del padre Amaro. La comedia negra de La comunidad. El viaje en busca de sí misma de una joven en My Blueberry Nights. La realidad de la comunidad turca en Alemania en Contra la pared y Al otro lado. El eterno buen estado de la comedia italiana con Las vacaciones de Ferragosto, Manuale d’Amore y Mi familia italiana. Y también de su cine dramático, con el retrato de la mafia rural en Calabria, los años de plomo de las Brigadas Rojas en Buenos días, noche y la reinserción de presos a través de la cultura en César debe morir. Y dentro de la cárcel, es obligatorio hacerle un hueco al motín de Celda 211.

Contando las quince películas que he visto de la lista de The Guardian, llegaremos a las cien con las siguientes. Sólo son parte del excelente cine de lo que llevamos de siglo. Por supuesto, faltan muchas. Pero sí son grandes todas las que están: Diarios de motocicletaKatyn, Mis hijosEl séptimo díaTraining Day, Los lunes al sol, Entre copas, Kandahar, El Niño, Enemigo a las puertasEl capitán Abu Raed, Bajo la arena, PrincesasUna historia de violenciaLa clase, El último rey de Escocia, El secreto de Esma, La isla mínima, El cumpleaños de Leila, Tiempo sin aire, Comanchería, Grupo 7, Metro Manila, Tarde para la ira, Tropa de élite, Blancanieves, Locas de alegría, Truman, Sin retorno, Felices 140, No, El Rey, La carga, Pa negreUn día más con vidaArrugasBowling for ColumbineRoad to Guantánamo y Cinema Komunisto. Sí, muchas de ellas son españolas. La subjetividad.