Alicia Gómez Montano a través de sus compañeros periodistas

Hay homenajes que te permiten conocer a una persona aunque nunca la hayas visto en persona, valga esta redundancia. La vida de Alicia Gómez Montano se apagó el pasado 18 de enero, pero ayer, en la Casa de América, sus compañeros periodistas demostraron que quienes se nos han ido permanecen vivos mientras nos acordemos de ellos. Y en el caso de esta reportera sin fronteras de RTVE, su memoria, llena de cariño y admiración, siempre estará presente.

En un acto conducido por Rosa María Calaf, otro símbolo de la televisión pública en España, amigos, compañeros, familiares y alumnos rememoraron los grandes momentos que Montano nos regaló ejerciendo el oficio de periodista. Desde sus reportajes en Informe Semanal hasta los de En portada, claras muestras de lo que debe ser un medio de comunicación de servicio público.

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Foto de “familias”, las muchas que tuvo Alicia Gómez Montano, ayer en la Casa de América (foto: M. Vega).

En esta ceremonia organizada por Reporteros Sin Fronteras, a cuya directiva pertenecía la homenajeada, fueron muchos los que tomaron el micrófono para evocar su memoria. A través de esos compañeros periodistas, conocimos a Alicia Gómez Montano quienes no tuvimos la suerte de hacerlo, o sólo pudimos saber de ella contemplándola y escuchándola desde el otro lado de la pantalla.

Para concluir este breve homenaje personal, una frase de ella sobre los espectadores para los que trabajaba: “Ese público al que hemos procurado tratar siempre como ciudadano, nunca como consumidor”. Pero mejor escucharla de su propia voz en la pieza que el Telediario emitió tras conocerse su fallecimiento.

Y también uno de sus reportajes de En portada. Emitido ya hace varios años, La guerra que sí nos contaron es un recuerdo a los periodistas que presenciaron la Guerra de Vietnam, la última que pudo narrarse antes de que la censura se convirtiera en un enconado enemigo del reporterismo bélico y de la libertad de prensa. La libertad por la que Alicia Gómez Montano tanto luchó.

El centenario de Galdós y la señora del Instituto Cervantes

-No sabe cuánto se lo agradezco.

No me respondió con palabras. Bastó un gesto amable de quien sabe que ha hecho algo bueno por otra persona y que ésta lo ha apreciado enormemente.

Sería cerca de la una de este mediodía y acababa de entrar en un edificio de la calle de Alcalá. Ayer había oído que en la sede de la Consejería de Cultura de la Comunidad de Madrid y en la del Instituto Cervantes se repartirían gratuitamente mil ejemplares -en cada una de ellas- de El 19 de marzo y el 2 de mayo, tercera novela de los Episodios nacionales de Benito Pérez Galdós.

Y allí estaba, en el Cervantes, casi dos horas después de la fijada para que los interesados empezaran a recoger una de las obras más importantes del novelista español por excelencia del siglo XIX y uno de los mayores símbolos de nuestra literatura. Tal día como hoy, hace cien años, Galdós fallecía en la capital, y qué mejor efeméride para acercarnos a su figura que esta fecha.

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‘El 19 de marzo y el 2 de mayo’, uno de los ‘Episodios nacionales’ de Benito Pérez Galdós (fotos: Manuel Vega).

A las once había empezado a acudir la gente y bien pasado el mediodía ya se habían agotado las existencias del tercer episodio nacional en el Cervantes. Buena y mala noticia al mismo tiempo. Lo primero, porque un reclamo cultural había funcionado estupendamente; y lo segundo, algo estrictamente personal: me había quedado sin un ejemplar.

Una funcionaria del Cervantes me animó entonces a presentarme en la Consejería de Cultura, donde quizá les quedasen algunos libros. Pero no fue necesario gracias a una señora que oyó la conversación.

No recuerdo cuáles fueron sus palabras exactas, pero sí que me hizo saber que ella y el señor que la acompañaba tenían en sus manos dos libros, y que estaban dispuestos a cederme uno. Yo estaba decidido a probar suerte en la Consejería de Cultura y le agradecí su gesto, pero no podía aceptar su ofrecimiento. Si ellos tenían dos libros, por alguna razón sería, y no quería privarles de ello. Pero la señora insistió y le respondí con la frase que ha abierto este relato.

Una de mis novelas preferidas es La guerra del general Escobar, de José Luis Olaizola. Narra una época que Galdós no vivió, aunque sí conoció otras parecidas. Hablo de la Guerra Civil. La del siglo XX, porque en el XIX se libraron las carlistas, otro conflicto entre hermanos.

Escobar fue uno de los jefes del Ejército Popular de la República durante la contienda. La novela está escrita en primera persona y Escobar, desde la prisión de Montjuïch, donde espera la sentencia de muerte que los vencedores han dictado, narra su lucha contra los franquistas desde el 19 de julio de 1936 en Barcelona hasta marzo del 39, cuando estaba al mando del ejército republicano de Extremadura.

En los últimos coletazos de la guerra, tuvo que ordenar la detención de militares de sus tropas que habían desobedecido órdenes suyas. Algunos de ellos eran militantes del PCE. Escobar envió a uno de sus oficiales a practicar los arrestos. Este hombre cumplió la orden, no sin antes informar a su superior de su filiación comunista. La misma de los insubordinados que detuvo.

“Me corre rápido la pluma al escribir de tan noble gente”, evoca el narrador de la novela sobre el militar que cumplió la orden recibida.

Mis circunstancias son muy diferentes a aquellas, pero también he tecleado rápido recordando la nobleza de esa mujer a la que la fortuna puso en mi camino este mediodía en el Instituto Cervantes.

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La entrada de la sede en Madrid del Instituto Cervantes, en la calle de Alcalá. 

Los héroes del 7 de julio

Hablábamos de aniversarios en la última entrada del año pasado y comenzaremos de la misma forma el nuevo año. Porque en este primer día de 2020 se cumplen dos siglos del levantamiento de Rafael del Riego en la localidad sevillana de Las Cabezas de San Juan, donde se alzó al mando de sus tropas para poner fin al régimen absolutista de Fernando VII y forzar al monarca a aceptar un Estado liberal basado en la Constitución  de 1812. Aquel 1 de enero de 1820 fue el origen de un periodo que pasó a la Historia de España bajo el nombre de Trienio Liberal.

Los soldados que mandaba Riego iban a embarcarse rumbo al otro lado del Atlántico para combatir el proceso de emancipación de América. Sin embargo, en la metrópoli había demasiados problemas que resolver, derivados del terror que el Rey Felón había impuesto desde su regreso a España en 1814, que conllevó la abolición de la Constitución de Cádiz y la persecución a los liberales.

La chispa encendida por Riego prendió en otras partes del territorio nacional y, ya en marzo de 1820, al monarca no le quedó más remedio que jurar la Carta Magna que él mismo había derogado seis años antes: “Marchemos francamente, y yo el primero, por la senda constitucional”, proclamó sin franqueza Fernando VII, que no cesó de conspirar contra el nuevo orden liberal hasta que tres años más tarde los Cien Mil Hijos de San Luis le restituyeron su poder absoluto en el trono y sumieron a la nación en la Década Ominosa.

En el bicentenario que hoy se cumple está también la explicación al título de esta entrada. Se trata de un hecho histórico ocurrido en 1822, en pleno Trienio Liberal. Un episodio que da nombre a una calle de Madrid por la que se accede a la Plaza Mayor, que fue el escenario de los acontecimientos evocados.

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Placa en la calle del 7 de Julio, una de las vías de acceso a la Plaza Mayor de Madrid (fotos: Manuel Vega).

En aquella fecha, la Guardia Real se sublevó contra el poder constitucional con la intención de restaurar a Fernando VII como monarca absoluto. Los guardias se dirigieron hacia la Plaza Mayor, pero en su camino fueron derrotados por aquellos héroes del 7 de julio: los hombres de la Milicia Nacional, fieles al gobierno liberal.

Estos sucesos no están entre los más conocidos de la Historia de España, pero no por ello son menos importantes. Benito Pérez Galdós dedica uno de sus Episodios nacionales a lo acaecido aquella jornada de 1822. Quien quiera profundizar en los hechos, puede hacerlo de una forma más rápida que leyendo las novelas, que es escuchar las dramatizaciones radiofónicas de esta obra, disponibles en la web de RTVE.

La calle del 7 de Julio lleva su nombre desde 1840. Antes era conocida como la de la Amargura. Según la tradición, porque era el camino que seguían los reos antes de ser ajusticiados en la Plaza Mayor.

Los dos siglos del arranque del Trienio Liberal nos han llevado a otro aniversario a conmemorar este 2020. Galdós, narrador de la Historia de España y testigo de buena parte de ella, se despedía de la vida el 4 de enero de 1920. Que la página de hoy sirva también de homenaje a don Benito. Feliz 2020.

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La calle del 7 de Julio comunica la Calle Mayor con la Plaza Mayor.

Los aniversarios de 2019

Se agota 2019, año en el que se han cumplido importantísimos aniversarios. Algunos han tenido notable eco en los medios. Los 80 años del final de la Guerra Civil española, los otros tantos del estallido de la Segunda Guerra Mundial o los 75 del Desembarco de Normandía. Las seis décadas de la Revolución Cubana o las cuatro de la islámica en Irán. Y, por supuesto, un centenario: el del Tratado de Versalles, que rubricó el fin de lo que fue la Primera Guerra Mundial -aunque más bien la cerró en falso.

El año que hoy termina ha sido también el del medio siglo de aquel pequeño paso para una persona, pero un gran salto para la humanidad, que supuso la llegada del hombre a la Luna. Justo cuarenta años antes, un dibujante belga, Hergé, creaba un héroe que conquistaría el satélite en la ficción antes de que lo hicieran Armstrong y Aldrin. Fue Tintín, cuyas aventuras llevan 90 años haciéndonos viajar por este mundo y fuera de él. Y ya que hemos dado el salto al cómic, no podemos olvidar a Astérix, cuyos seis decenios de existencia han sido igualmente uno de los aniversarios fundamentales de 2019.

Otros hechos históricos ocurridos en el siglo XX tuvieron gran repercusión, que se prolongó durante años e incluso décadas. La crisis económica de 1929, de la que se han cumplido 90 años, fue un claro ejemplo. También la creación de la OTAN en 1949.

El año 1989 fue uno de los primordiales de la pasada centuria. La caída del Muro de Berlín puso fin a la era de la Guerra Fría, aunque este conflicto dio más coletazos, los últimos, justo cuando aquel año tocaba a su fin, con la revolución rumana que derrocó a Ceausescu, el último dictador al otro lado del Telón de Acero. En fechas paralelas, soldados norteamericanos invadían Panamá y deponían al general Noriega, al que años antes habían llevado al poder. Sin salir del nuevo continente, en el 89 tuvo lugar otro hecho violento de gran repercusión: el asesinato del padre Ellacuría y otros cinco jesuitas españoles en la Universidad Católica de El Salvador a manos de un comando militar.

También se han cumplido 30 años de un acontecimiento alejado de la violencia y de la política. El Tour de Francia del monumental despiste de Perico Delgado -quedó tercero en una carrera que llevaba su nombre-, noticia que quedó en segundo plano cuando Greg Lemond le arrebató a Laurent Fignon el maillot amarillo en los Campos Elíseos en una contrarreloj que le dio la victoria en la Grande Boucle por sólo ocho segundos de diferencia.

Tras el paréntesis deportivo, regresamos a la tragedia. El año que expira es el del cuarto de siglo del genocidio de Ruanda y el de los 20 años de la guerra de Kosovo y los bombardeos de la OTAN en Yugoslavia, un conflicto que, pese a haber cesado el ruido de las armas, continúa latente en la provincia serbia autoproclamada independiente en 2008.

Hasta aquí, unos cuantos aniversarios de sucesos que marcaron el siglo XX. Pero 2019 ha sido además un número redondo para conmemorar hechos históricos mucho más antiguos. Los 150 años del Canal de Suez, los 200 de la apertura del Museo del Prado, los 250 del nacimiento de Napoleón, los 500 de la elección como emperador de Carlos V y, sobre todo, los 500 del inicio de la conquista de México por Hernán Cortés y los otros cinco siglos de la partida de la expedición de Magallanes, que Juan Sebastián Elcano completaría tres años más tarde con la que fue la primera vuelta al mundo. Para el que escribe estas líneas, el último de los narrados ha sido el acontecimiento más importante de los conmemorados en este año al que le quedan unas pocas horas de existencia.

El escuálido favor de Elvira Roca Barea a la Historia de España

“Los franceses van por la quinta república, señal de que les han fracasado cuatro y con las correspondientes reposiciones monárquicas”. Quien esto afirma es la escritora Elvira Roca Barea, y lo hizo en una entrevista con El Español en agosto del año pasado. La autora del ensayo Imperiofobia y leyenda negra. Roma, Rusia, Estados Unidos y el Imperio español, un superventas que lleva más de una veintena de ediciones desde su primera publicación en 2016, comete en ese entrecomillado un error que ningún ensayista de asuntos relacionados con la Historia se puede permitir.

Es cierto que en Francia llevan cinco repúblicas y, obviamente, que las cuatro primeras fracasaron. Pero con la aseveración que pasamos a diseccionar, Roca Barea demuestra desconocer qué régimen sucedió a la III República Francesa, así como a la IV. Y también que usa un término inadecuado -“reposición”- para describir lo ocurrido después de la I y de la II. Comencemos por la primera que hemos citado, la del medio.

La III República Francesa, la que más tiempo ha durado, se proclamó en 1870 y se disolvió en 1940. Este régimen sucedió al II Imperio Francés, desaparecido tras la derrota gala en la batalla de Sedán y el apresamiento del emperador Napoleón III por la potencia vencedora, Prusia. La Guerra franco-prusiana continuaría hasta bien entrado 1871, y no haría más que confirmarse la debacle de Francia, que había iniciado el conflicto bajo una monarquía, pero lo había concluido como una república.

En 1940, la ocupación del país por las tropas de la Alemania nazi significó el fin de la III República francesa. En su lugar quedó un régimen dictatorial y títere de la fuerza ocupante, con el mariscal Pétain al mando. Por lo tanto, no hubo “reposición monárquica” alguna.

La Segunda Guerra Mundial siguió su curso y Francia no fue liberada por los Aliados hasta 1944. Un gobierno provisional -republicano- rigió los destinos del país hasta que en 1946 se constituyó la IV República Francesa, que se mantuvo hasta 1958. Y tampoco fue sucedida por una monarquía, sino por otra forma republicana de gobierno, la V República Francesa hoy vigente. La inestabilidad derivada de la Guerra de Argelia fue lo que causó que cayera una república para sustituirla por otra que diera más poder al presidente. En definitiva, no hubo un rey, ni nada que se le pareciese, entre la versión cuarta y la quinta de la República Francesa.

Vayamos ahora a los albores republicanos del Hexágono. A la I República Francesa, proclamada en 1792, la siguió un Estado monárquico, el I Imperio Francés, pero no está de más aclarar que el primer cónsul de aquella república, Napoleón Bonaparte, se autocoronó emperador en 1804, con lo que no es razonable hablar de reposición monárquica, al no haberse restaurado a los reyes anteriores a la Revolución Francesa. Lo ocurrido fue la transformación de un régimen republicano en uno monárquico encarnado por la misma persona.

Exactamente lo mismo ocurrió con el paso de la II República al II Imperio. Esta vez fue el ya mencionado Napoleón III, sobrino de Bonaparte, el que cambió su título de presidente de la República por el de emperador de los franceses.

En la citada entrevista, Roca Barea había señalado antes de su equivocada afirmación sobre los cambios de forma de gobierno en Francia, que los republicanos de la Guerra Civil española “no fueron vencidos”. En las siguientes preguntas, sin embargo, no dio la menor explicación a tan excéntrica tesis y, entre otras cosas, recurrió al caso francés, con sus monarquías y repúblicas, como ejemplo de país convulso, lo contrario a lo que, a su juicio, es España: “…al no ser un país cainita, las victorias simplemente se limitan a neutralizar al enemigo, dejarlo quieto y hasta intentar reconciliarte con él. Eso es una tradición en España”.

Es muy osado hablar tan a la ligera de reconciliación tras un conflicto civil en España. El más reciente, la guerra de 1936-1939, tuvo una posguerra con 50.000 fusilados por los vencedores, según historiadores como Julián Casanova. Esa es una neutralización demasiado sangrienta del enemigo.

También sorprenden, por infundados, otros asertos de Roca Barea, como que a los afrancesados, tras perder la Guerra de Independencia, “no les pasó absolutamente nada”. De tanto llenarse la boca con esa falta de cainismo en España, olvida que el reinado de Fernando VII, que asumió el poder tras la victoria contra los invasores franceses, fue un régimen de terror, caracterizado por la persecución a los liberales… y a los afrancesados, que también tenían ideas liberales, aunque militaban en el bando colaboracionista y perdedor de la guerra de 1808-1814.

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Vista de la plaza de la Armería del Palacio Real de Madrid (fotos: Manuel Vega).

Quien escribe ensayos históricos debe mostrar seriedad en todo momento y no hacer afirmaciones a la ligera cuando concede una entrevista. Sólo así gozará de credibilidad. Y en todos los casos señalados en este artículo, Elvira Roca Barea muestra un desconocimiento claro de importantes etapas de la Historia.

En un nuevo encuentro con El Español, de hace dos días, la autora de Imperiofobia y leyenda negra vuelve a replicar con evasivas a lo de que los republicanos no fueron los vencidos en la Guerra Civil. La contestación a la pregunta 24 no responde a lo que se le ha preguntado, con lo que vuelve a quedar en entredicho su credibilidad.

En esta entrevista responde a Arturo Pérez-Reverte, quien en una reciente columna en XL Semanal la acusa de haber publicado una obra donde “mezcla hechos irrefutables con turbios escamoteos y desvergonzados autoelogios”. Roca Barea responde al escritor acusándole de escribir novelas en las que “falsea la Historia de España para empeorarla”. Cita las de la saga de Alatriste, protagonizadas por un soldado de los Tercios en la España del siglo XVII, y Hombres buenos, ambientada en la época de la Ilustración.

Quien haya leído las novelas de Alatriste, sabrá que cuenta nuestra Historia con sus luces -muchas- y sombras -también las hubo-. Eso no es empeorarla, sino relatarla.

Antes que Pérez-Reverte, un artículo de El País indicó una serie de citas “imprecisas, tergiversadas y apócrifas” de Roca Barea en su Imperiofobia y leyenda negra. El escrutinio de este periódico es muy exhaustivo y no vamos a analizar cada caso, pero sí uno en el que la ensayista queda retratada en su conocimiento parcial de la Historia. Tratando el “antiamericanismo en España”, la autora escribe en su libro: “Recuérdese que desde la invasión de la Santa Alianza en 1823, Estados Unidos es el único país con el que España ha estado en guerra, excepto alguna escaramuza colonial en Marruecos”.

El texto de El País la corrige recordando que “España se enfrentó en la guerra Hispano-Sudamericana, entre 1865 y 1866, contra una alianza formada por Chile, Perú, Bolivia y Ecuador”.

Aparte, es de utilidad precisar que lo que Roca Barea define como “alguna escaramuza colonial con Marruecos” fue mucho más que eso, y por partida doble. En primer lugar, en la Guerra de África de 1859-60, en la que las tropas españolas vencieron a las marroquíes -los leones del Congreso de los Diputados se esculpieron con el bronce fundido de los cañones arrebatados al enemigo-. En segundo, la Guerra de Ifni de 1957-58, otro conflicto en toda regla.

Casos como los narrados en esta entrada no dejan en buen lugar a Elvira Roca Barea como defensora de la Historia de España. Sus libros pueden contener aciertos, pero con sus sonados errores hace un escuálido favor -flaco se queda corto- al relato histórico de nuestro país.

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Los leones del Congreso se esculpieron con el bronce fundido de cañones tomados a los marroquíes en 1860.

De Madrid a Sarajevo por algunos lugares comunes

Hace algunos meses hablamos en este blog de la novela Londres-Sarajevo (Volapük Ediciones), del escritor Isaak Begoña. El libro, que ya ha alcanzado su segunda edición, ha sido presentado en diversos puntos de la geografía española, e incluso de la extranjera, como fue el caso de la segunda ciudad a la que alude su título, la capital de Bosnia-Herzegovina. Aquí informamos de ello el pasado abril, cuando tuvo lugar el viaje a las raíces de esta historia.

Aunque esta obra ha sido presentada varias veces en Madrid, siempre se aporta algo nuevo en cada ocasión. Ayer, la sede elegida fue la céntrica librería Sin Tarima, en la calle Magdalena, muy próxima a la plaza de Antón Martín.

Lo más particular de la que por ahora ha sido la última presentación de Londres-Sarajevo es precisamente haberse efectuado en el sótano de la librería, que sirvió de refugio antiaéreo durante la Guerra Civil. Es mejor observarlo in situ, pero las dos siguientes imágenes permiten hacerse una idea del búnker que fue:

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Sobre estas líneas, la escalera de bajada al antiguo búnker bajo la librería Sin Tarima (fotos: Manuel Vega).

Esos refugios en ocasiones no eran suficientes ante los estragos que causaban las bombas de la aviación franquista, como explicó Esther García, de la asociación Frente de Madrid, que presentó el acto junto con María Melones, doctora en Filología Hispánica y compañera de facultad del autor.

Esther García mostró mediante un proyector filmaciones y fotografías de los bombardeos sufridos por la población de Madrid durante el asedio que la ciudad sufrió a manos de las tropas del general Franco desde el otoño de 1936 hasta el invierno de 1939, que fueron especialmente despiadados en los comienzos de la batalla por la capital, en noviembre del 36.

En esta ocasión, Isaak Begoña centro su charla en el paralelismo entre urbes sitiadas y blanco de la barbarie. El existente entre Madrid, cercada durante casi dos años y medio, y Sarajevo, cuyo sitio se mantuvo entre 1992 y 1996, en las guerras que siguieron a la desmembración de Yugoslavia. Así, cobra más sentido haber mantenido este coloquio con los lectores en lo que fue un refugio contra los ataques aéreos y la artillería.

“Dos ciudades abiertas”, destacó el escritor del carácter de las gentes de Madrid y Sarajevo, víctimas en su día de la intolerancia y la crueldad.

A modo de posdata, un apunte personal. Entre los múltiples defectos del que escribe estas líneas está el no haber leído todavía El principito, la célebre novela corta de Antoine de Saint-Exupéry. Ayer, al entrar en Sin Tarima, llamó mi atención una edición bilingüe del libro, que no dudé en adquirir para poner fin a mi culpable escaso conocimiento -recuerdo algún comentario en clase de lengua cuando cursaba EGB- de esa obra. También celebro haber conocido a la escritora Leila Nachawati, presente entre el público, quien me animó a iniciar pronto la lectura de El principito y tuvo el detalle de no hacerme ningún spoiler. E incluso algo mucho mejor: me invitó a defender el buen uso del español y renunciar a ese manido anglicismo sustituyéndolo por la expresión adecuada: “destripar” la novela.

Ciudadanos “constitucionalistas”

Mitad más uno. La hipotética suma cumplía holgadamente la norma. 123+57=180. Cuatro más que la cantidad requerida, 176. Pero el líder del segundo sumando había vetado cualquier acuerdo con el del primero, a quien tampoco le hacía gracia pactar con aquel: “Con Rivera, no”.

Aquellas elecciones del pasado 28 de abril le dieron un buen resultado a ambos. El de los 123 diputados, Pedro Sánchez, fue claramente el más votado. Muy lejos de esos aludidos 176 que dan la mayoría absoluta, pero muy por delante del segundo clasificado, al que casi dobló en escaños (66). El de los 57 asientos, Albert Rivera, se sintió -o quiso hacer ver que se sentía- eufórico por aumentar en 25 su número de representantes en el Parlamento, hasta el punto de autoproclamarse “líder de la oposición”, cuando salta a la vista que Pablo Casado, el de los 66, por muy derrotado que estuviera, tenía nueve más que él.

El socialista Sánchez no logró el apoyo del Podemos de Pablo Iglesias, quien con sus 42 diputados podía aproximarle a esa mayoría necesaria para continuar gobernando España, y prefirió volver a las urnas. Y Rivera, entonces al mando de Ciudadanos, no quería pactar con Sánchez, pero tampoco quería repetición electoral. Un considerable cacao mental que acabó pasándole una factura letal: de 57 parlamentarios en el Congreso a sólo 10 tras las -por ahora- últimas elecciones, el pasado 10 de noviembre.

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El Congreso de los Diputados, en la Carrera de San Jerónimo de Madrid (foto: Manuel Vega).

La estrategia del frente anti-Sánchez y la sobrevaloración de sus propias fuerzas significó  para Ciudadanos un tiro por la culata. Lo segundo lo demostró no sólo cuando Rivera se coronó mandamás de la oposición, sino también cuando, tras quedar el partido tercero en las elecciones andaluzas de 2018, se postuló para gobernar la región y pidió al primero (PSOE) y al segundo (PP) que lo apoyaran.

Evidentemente, Ciudadanos no obtuvo la presidencia de la Junta de Andalucía y se tuvo que conformar -la cursiva, en honor a sus altas pretensiones- con la vicepresidencia para su candidato, Juan Marín, mientras la presidencia se reservaba para el popular Juanma Moreno. Y fue ahí donde empezó a gestarse la otra razón de la debacle de Rivera y su formación el 10-N: el acuerdo con la extrema derecha de Vox.

Ese coqueteo con los ultras pudo ser comprensible -no justificable- en Andalucía, donde el PSOE llevaba 37 años en el poder y el apoyo de los 12 diputados de Vox era fundamental para que PP y Ciudadanos pudieran desalojar a los socialistas del gobierno autonómico. Casos como el de los ERE, cuya reciente sentencia ha condenado a varios altos cargos de la Junta bajo los mandatos del PSOE, dan pie a la decisión de Rivera y los suyos de taparse los ojos y aceptar el apoyo parlamentario de la formación dirigida por Santiago Abascal con tal de lograr un cambio en el Ejecutivo andaluz. Cuatro décadas con el mismo partido al mando de una comunidad autónoma son demasiadas.

Ahora bien, ese acercamiento de Ciudadanos a la ultraderecha debió tener ahí su punto y final. Pero Rivera siguió sembrando vientos. Lo hizo después de las elecciones municipales y autonómicas del pasado mayo, un mes después de las generales. Entonces, normalizó en el Ayuntamiento y la Comunidad de Madrid y en la Región de Murcia lo que debió haber sido la excepción andaluza.

Manuel Valls, candidato de Ciudadanos a la alcaldía de Barcelona, con amplia experiencia política en Francia por su doble nacionalidad, advirtió al dirigente naranja de los males de acercarse a la extrema derecha, pero sus palabras cayeron en saco roto. No sólo eso, sino que además Rivera rompió con el hispanofrancés tras apoyar éste a Ada Colau, de Barcelona en Comú, en el Ayuntamiento de la Ciudad Condal con el fin de impedir que los independentistas de ERC se hicieran con el bastón de mando.

Si su partido puede pactar con Vox, pero no con la izquierda radical -lo que en Ciudadanos llaman “populistas”-, cuando ese acuerdo es además para evitar un alcalde independentista en la segunda ciudad de España, nadie debería extrañarse de lo ocurrido a la formación naranja el 10-N.

La composición del Congreso de los Diputados derivada de las últimas elecciones generales, con la extrema derecha disparada hasta los 52 escaños -casi los mismos que tenía Ciudadanos antes de esa cita electoral- ha apremiado a PSOE y Podemos a alcanzar un pacto de gobierno. Sin embargo, la suma de los representantes de ambos -120 los socialistas y 35 los de Iglesias- queda muy lejana de la mayoría absoluta, lo que está causando que Sánchez tenga que negociar con los independentistas catalanes y otras formaciones incómodasBildu, CUP, BNG– su abstención para desbloquear la formación de un Ejecutivo.

La dimisión de Rivera tras su debacle el 10-N ha dejado a Inés Arrimadas, portavoz parlamentaria de Ciudadanos, como líder de facto del partido, a falta de un congreso que elija a la nueva cúpula. Y esta política parece empeñada en repetir los mismos errores de su predecesor.

Ciudadanos, en un nuevo alarde de narcisismo, ha planteado la Vía Arrimadas para impedir que el Gobierno central dependa de cómo respiren los independentistas y también frenar que el PSOE pacte con Podemos. Esa idea consiste en sumar a los 120 diputados socialistas y a los 10 naranjas los 89 del PP de Casado y los dos de Navarra Suma. Un gobierno de concentración con 221 apoyos parlamentarios que Sánchez ha rechazado y también ha hecho lo propio el líder popular.

Arrimadas acierta al no desear que el Gobierno de España dependa de partidos que hace dos años apostaron por la ruptura unilateral con España. Pero falla con estrépito creyendo que puede exigir a los dos partidos mayoritarios que hagan lo que propone el suyo, que cuenta con 110 parlamentarios menos que los socialistas y 78 menos que el PP. Los populares, por cierto, pueden y deben ser oposición, porque su situación es muy diferente.

Está en manos de Ciudadanos dar estabilidad a este país. Si no ha tenido reparo para aceptar el apoyo de Vox en ayuntamientos y gobiernos regionales, no tiene ni pies ni cabeza que rechace allanar la investidura de un Ejecutivo de coalición entre PSOE y Podemos. Esto no significa en modo alguno un cheque en blanco para una legislatura, sino un avance para desbloquear la situación y evitar unas terceras elecciones que sólo favorecerían a la extrema derecha, no a ellos.

Si a los 120 del PSOE y los 35 de Podemos se añaden los 10 de Ciudadanos, se estaría a once de la mayoría absoluta. Sumemos los tres de Más País y los seis del PNV, con los que ya habría 174. Para los dos restantes, está el escaño de los regionalistas cántabros y el otro de Teruel Existe, e incluso se podrían agregar los dos de los regionalistas canarios. De esta forma, no haría falta negociar nada con los indepes.

Ciudadanos se ha erigido en adalid del “constitucionalismo”. Si quiere serlo de verdad, haría bien en preguntarse qué hay de inconstitucional en apoyar esta fórmula. La respuesta es nada, por mucho que se empeñe en buscar razones para vetar a Podemos… y al PNV, que ya no es el de los tiempos de Ibarretxe.

Si Ciudadanos facilitara la investidura, demostraría sentido de Estado. Y, como ya se ha indicado, después de ello tendría manos libres para rechazar las políticas gubernamentales cuando así lo considere. Pero lo que no le va a funcionar, ni a ellos ni a España, es continuar haciendo lo mismo. A no ser que prefiera otras elecciones y que el Congreso acabe como los parlamentos de Andalucía, Murcia y Madrid, pero con los naranjas de comparsas.