Portugal, Italia, España y el final diferente de sus dictaduras

El pasado 25 de abril se conmemoraba el levantamiento que hace 47 años, en 1974, trajo la democracia a Portugal tras derribar la dictadura que dominó el país vecino durante casi medio siglo. Un régimen de ultraderecha, el Estado Novo, iniciado oficialmente en 1933 bajo el gobierno del político António de Oliveira Salazar, pero que ya venía de una junta militar formada en 1926. De esta manera, esos 48 años (1926-1974) convierten aquella etapa en la dictadura más larga que existió en Europa occidental durante el siglo XX.

Italia también marca el 25 de abril entre sus fechas más señaladas, pero lo que se festeja en esa jornada es un acontecimiento anterior: la liberación del país de la ocupación nazi y de la dictadura fascista de Benito Mussolini en 1945.

En España, en cambio, no hay ningún día de la liberación que celebrar, puesto que el general Francisco Franco murió en la cama tras casi cuatro décadas de poder absoluto. Lo que muchos sí celebramos es que, una vez desaparecido el dictador en noviembre de 1975, su régimen se hiciera el harakiri y los españoles pudieran votar en unas elecciones libres tan solo año y medio después del óbito del Caudillo.

Sin embargo, no son pocos los españoles que consideran insuficiente la democracia que sucedió al franquismo, a la que incluso llegan a tildar de edulcoración de aquella dictadura. Basan tal afirmación en que no hubo una ruptura con el anterior régimen, sino una transformación del mismo. Eso es cierto en parte, pues el franquismo se ha ido eliminando gradualmente, no se cortó de raíz, como sí ocurrió con las dictaduras de Portugal e Italia. Ahora bien, esos que infravaloran la democracia española ¿se han parado a pensar cómo fue posible que portugueses e italianos se libraran de sus tiranos?

Vamos primero con el caso transalpino, muy encumbrado tanto allí como aquí. No hace mucho, un italiano me dijo: “Nosotros colgamos a Mussolini, pero Franco murió en la cama”. Lo que se olvidó de contar es que el Duce permaneció cómodamente en el poder entre 1922 y 1943. Curiosamente, dejó de estarlo cuando, en el transcurso de la Segunda Guerra Mundial, los Aliados invadieron Italia, que, recordemos, estaba en el bando de los malos, el de la Alemania nazi. Los italianos no se despertaron un día convencidos de que había que derrocar a Mussolini, sino que fue otro hecho lo que empujó al rey Víctor Manuel III a destituir al líder fascista y cambiarse de bando: el avance por Sicilia de cientos de miles de soldados estadounidenses, británicos y de otras nacionalidades -a muchos les sorprenderá la cantidad de países que participaron en la campaña de Italia-.

El cambio de chaqueta, como era de esperar, desató la ira de Hitler, que ordenó a sus ejércitos invadir Italia desde el norte, ocupando territorios incluso al sur de Roma. Los alemanes liberaron a Mussolini, que permanecía encarcelado desde su destitución, y lo colocaron al frente de un gobierno títere en la zona que ocupaban, que paulatinamente fue liberada por los Aliados que avanzaban desde el sur. Finalmente, en la primavera de 1945, los alemanes se rendían.

Muchos italianos, pero también no pocos españoles, tienen la visión romántica de que fueron los partisanos quienes liberaron a su país del yugo fascista y nazi, algo totalmente fuera de la realidad, ya que sin el desembarco de cientos de miles de soldados aliados los italianos hoy no podrían presumir de haber colgado a Mussolini. ¿Se imaginan que esos cientos de miles de soldados hubiesen desembarcado también en España? Entonces, a buen seguro que Franco no habría disfrutado de una larga vida.

Portugal, al contrario que Italia, sí puede proclamar que fue su pueblo el que venció a la tiranía. Pero no es el objeto de este artículo señalar las diferencias entre las caídas de las dictaduras lusa y transalpina, sino resaltar por qué los portugueses pudieron derribar el régimen opresor, justo lo que los españoles no fueron capaces de conseguir. Para ello, hay que resaltar la diferencia fundamental entre los regímenes de Lisboa y Madrid: el Ejército.

La dictadura franquista tenía a los militares como su pilar principal. Si bien es cierto que había otros, incluidas las fuerzas de seguridad, era el Ejército el que apuntalaba el régimen, su apoyo más fiel. No ocurría lo mismo en Portugal, cuyo dictador era civil: primero, el citado Oliveira Salazar, que permaneció en el cargo de primer ministro portugués entre 1932 y 1968; desde entonces, fue otro civil, Marcelo Caetano, quien ejerció el poder… hasta que en 1974 un grupo de jóvenes militares dijo basta.

La Revolución de los Claveles, nombrada así por las flores con las que los soldados que empezaron a traer la democracia a Portugal cubrían los cañones de sus fusiles, fue la respuesta de un pueblo harto de las políticas con las que la dictadura arruinaba al país, especialmente las guerras para mantener sus colonias en África -Mozambique, Angola y la actual Guinea-Bisáu-, conflicto estéril en el que participaron -o se vieron forzados a participar- muchos de los revolucionarios del 25 de abril de 1974. Los desastres derivados de aquellas contiendas fueron un importante caldo de cultivo para que buena parte de las Fuerzas Armadas comprendiera que era necesario un cambio y que sólo la democracia podría solucionar la crisis que atravesaba el país.

Comparemos ahora esa situación con la que España vivía en 1974. Sin guerras coloniales -incluso se había concedido la independencia a Guinea Ecuatorial en 1968 y se había dado por concluido el Protectorado en Marruecos en 1956- y con un Ejército sin fisuras -la Unión Militar Democrática, constituida en septiembre de 1974, tuvo un breve recorrido, al ser pronto arrestados sus principales líderes-, el contexto a este lado de la frontera era muy diferente y quienes deseaban la democracia debieron resignarse a esperar la muerte de Franco para ver cumplidos sus sueños de libertad.

Para comprender hechos históricos es necesario situarlos en su contexto. Y eso es exactamente lo que no hacen quienes por norma desprecian la democracia nacida en España de las elecciones del 15 de junio de 1977 y de la Constitución de 1978.

P. D.: Como homenaje a la Revolución de los Claveles, aquí quedan estas imágenes de la película Capitanes de abril, dirigida en 2000 por la cineasta portuguesa Maria de Medeiros.

El duque de Edimburgo y las traducciones literales en exceso

El pasado viernes 9 fallecía Felipe de Edimburgo, marido de la reina de Gran Bretaña, y rápidamente los distintos medios publicaron perfiles biográficos del finado. Al enterarme de la noticia vía Twitter, despertó mi curiosidad que un periodista de El País recomendase encarecidamente leer el artículo que el corresponsal de su periódico en Londres acababa de enviar.

Comencé a leerlo y me llamó la atención, pero no por su contenido, sino por una traducción excesivamente literal del mensaje en inglés con el que la familia real británica difundió la noticia. “Es con gran pesar que su majestad la reina anuncia la muerte de su amado marido, su Alteza Real el príncipe Felipe, duque de Edimburgo”, señaló el palacio de Buckingham en un comunicado, escribió el corresponsal de El País en el primer párrafo de su texto. Pocas líneas más abajo, continuó traduciendo el mensaje de The Royal Family en Twitter: “Su Alteza Real murió pacíficamente esta mañana en el castillo de Windsor”.

La influencia de la lengua inglesa en la española, y en otras, es tal que aquí no dejamos de comprar anglicismos, bien en forma de palabras en ese idioma añadidas a nuestro vocabulario –parking, mail, marketing…-, bien con términos traducidos al español, como resiliencia -aunque su raíz es latina, no nos engañemos, aquí lo hemos copiado del inglés resilience, y así lo admite la propia RAE.

Por si eso no fuera suficiente, el poder de la lengua de Shakespeare ya es tal que incluso hay quienes emplean en español giros y expresiones calcados del inglés, en lugar de utilizar con propiedad el castellano. Las dos citas entrecomilladas en el segundo párrafo son claros ejemplos. “Es con gran pesar que su majestad la reina anuncia la muerte de su amado marido” no es una expresión correcta. Lo adecuado es decir: “Con gran pesar, su majestad la reina anuncia la muerte de su amado marido”. Lo mismo ocurre con “murió pacíficamente”. Nosotros decimos “murió en paz”, que suena mucho mejor que ese adverbio inglés (peacefully) mal traducido.

Los calcos del inglés en el aludido artículo de El País continuaron con otra deficiente traducción, esta vez de un comunicado del primer ministro británico, Boris Johnson: “Contribuyó a dirigir a la Familia Real y a la monarquía para que permanecieran como instituciones indisputablemente claves para el equilibrio y la felicidad de nuestra vida nacional”. ¿”Indisputablemente”? Indisputably probablemente quede muy bien en inglés, pero aquí decimos “indiscutiblemente”, e incluso así lo traduce la página en español de la BBC.

Si vamos a tirar de traducciones literales del inglés, lo recomendable es reservarlas para el humor y alejarlas de artículos de prensa. Así, podríamos llamar “Calle Panadero” a la vía londinense donde se halla el museo dedicado al personaje literario Sherlock Holmes, Baker Street. O “Piscina del hígado” a la ciudad de Liverpool liver significa hígado y pool, piscina-. Ya que estamos, anímense a buscar en el diccionario inglés-español las dos palabras que forman el término cocktail o la estación de metro Cockfosters.

Barra libre en el debate sobre monarquía o república

Sospecha Pablo Iglesias, vicepresidente segundo del Gobierno, que muchos ciudadanos se van a preguntar esta Nochebuena si son monárquicos o republicanos. Así lo ha dicho él mismo en un vídeo difundido en su cuenta de Twitter, a cuento del discurso que cada año pronuncia en esa fecha el rey de España.

El también líder de Podemos dedica los tres minutos de ese vídeo a enumerar las bondades de la forma republicana de gobierno frente a los numerosos vicios que atribuye a la monárquica. Pero en su alegato incurre en una barra libre de virtudes y defectos que va asignando a república y monarquía según le conviene y no conforme a la realidad, que suele ser tan variada como lo son los propios regímenes republicanos y los monárquicos. A continuación van algunos entrecomillados de Iglesias con la señalación de los errores o falsedades que comete en ellos.

“Creo que cada vez más gente tiene claro que ser republicano no significa sólo querer un país más democrático, en el que se pueda elegir a la jefa o al jefe del Estado y se le pueda juzgar si resulta que comete delitos. Ser republicano es defender los servicios públicos, es defender lo común frente al permanente proyecto privatizador de los partidos monárquicos…”. No hay duda de que la democracia es más perfecta si el jefe del Estado es elegido por sufragio universal en lugar de coronado por derechos sucesorios. Pero eso del “permanente proyecto privatizador de los partidos monárquicos” debería repensárselo el vicepresidente, que por su formación y experiencia tiene que conocer el ejemplo de varias monarquías europeas, como las de los países nórdicos, célebres por su desarrollo del estado del bienestar. Dinamarca, Noruega y Suecia son reinos y sus gobiernos llevan a cabo un importante gasto social que ya querrían para sí ciudadanos de repúblicas como Estados Unidos. Suecia, por cierto, siempre ha sido monarquía y ello no ha significado que sus gobiernos hayan tendido más a la derecha que a la izquierda. Todo lo contrario. Entre 1936 y 1976 gobernó ininterrumpidamente el partido socialdemócrata, que recuperó el poder entre 1982 y 1991 y después de 1994 a 2006 y desde 2014 en adelante. Es decir, en los últimos 84 años, este reino escandinavo ha tenido 67 años de gobiernos de izquierda frente a 17 años dirigido por formaciones de centro o derecha.

Continúa el alegato del vicepresidente: “Ser republicano es apostar por que haya otros sectores empresariales más dinámicos y más comprometidos con su país que también tengan sus oportunidades en España. Frente a un modelo económico que se demostró como base estructural de la corrupción, basado en el ladrillo, en el turismo barato o en la contratación pública, del que la monarquía pues fue uno de sus principales promotores”. Se intuye aquí un recado al anterior monarca, Juan Carlos I, al que otorga un papel principal -merecido, dicho sea de paso- en la cultura del pelotazo que tanto daño ha causado a la economía y la sociedad españolas. Ahora bien, habría que señalar dónde ocultaban el dinero muchos de los que se beneficiaron de la corrupción denunciada. Unos cuantos lo hicieron en bancos de Suiza, una república que no hace ascos a la riqueza de origen oscuro.

Para Iglesias, una España republicana sería “un Estado en el que todo el mundo se sienta incluido, basado en la fraternidad entre los pueblos, que deje atrás de una vez la dinámica de división a la que nos ha llevado un modelo centralista que encarna la monarquía”. Con este desacierto pone en bandeja que se le recuerde la organización de la República Francesa, paradigma de ese modelo centralista que atribuye sin motivo al Estado monárquico español, cuyo régimen autonómico está mucho más cerca del federalismo que del Estado unitario -y muy republicano- francés. Por cierto, otra monarquía europea, Bélgica, está constituida como Estado federal.

Pero el mayor ejemplo de la barra libre que Iglesias aplica al debate llega ahora: “Ser republicano es defender un país laico, que valore más la ciencia y la cultura frente al irracionalismo y al terraplanismo de la extrema derecha monárquica…”. ¿De dónde saca eso de identificar a la monarquía con los mentecatos que en pleno siglo XXI sueltan que la Tierra es plana? Porque esas ocurrencias disparatadas suenan más a Estados Unidos que a cualquier país regido por una corona.

En ese último entrecomillado Iglesias comete el error de enlazar a la monarquía con la derecha, pero, sobre todo, su mayor equivocación es la de identificar a la república con la izquierda. El término república viene del latín res publica, cosa de todos, y esto incluye tanto a la izquierda como a la derecha. La experiencia muestra que la república vino a España cuando tanto izquierda como derecha la desearon. Que recuerde Iglesias aquel 14 de abril de 1931, cuando un gobierno provisional integrado mayoritariamente por partidos de izquierdas, pero presidido por Niceto Alcalá Zamora, líder de Derecha Liberal Republicana, y con Miguel Maura, del mismo partido, como ministro de la Gobernación -lo que hoy llamamos Interior-, proclamó la Segunda República Española. Si Iglesias anhela una república para España, mejor le iría tratar de convencer a los partidos que defienden la monarquía -que en general son de derechas, pero también está uno muy importante de izquierdas, el PSOE– de que se hagan republicanos, en lugar de empujar al PP a que sea cada vez más monárquico -y a que éste cometa el mismo error que Iglesias, pero desde el otro lado: identificar a la monarquía con la derecha.

Ser republicano no tiene por qué implicar odio o desprecio a la monarquía. Un republicano francés puede hablar con respeto, e incluso con admiración, de reyes que impulsaron su país, como fue el caso de Luis XIV, así como un monárquico español puede avergonzarse de soberanos nefastos como Fernando VII, Isabel II o Alfonso XIII. En la historia universal ha habido buenos y malos reyes, al igual que buenos y malos presidentes. Y en la actualidad ocurre lo mismo, con repúblicas y monarquías dignas de elogio -la República Federal de Alemania, la República Francesa, la República de Finlandia, el Reino de Suecia, el Reino de Noruega, el Reino de Dinamarca…- y repúblicas y monarquías cada vez más alejadas de los estándares democráticos -las repúblicas de Bielorrusia, Polonia o Hungría y los reinos de Marruecos o, principalmente, Arabia Saudí.

Y por supuesto un republicano español puede respetar a la monarquía, e incluso hacer suyos ciertos símbolos. Pablo Iglesias, que es tan dado a evocar la Segunda República, debería conocer el nombre que se dio a la última sede del gobierno republicano de Juan Negrín durante la Guerra Civil. Después de haberse trasladado de Madrid a Valencia y luego a Barcelona, el desarrollo del conflicto obligó al ejecutivo republicano a continuar desplazándose por el territorio que aún controlaba. Su último emplazamiento se ubicó en una casa de campo en la provincia de Alicante y se denominó Posición Yuste, en recuerdo al retiro del rey Carlos I de España en ese monasterio de la provincia de Cáceres tras haber abdicado la Corona en 1556.

El debate sobre monarquía o república es sano y necesario, pero no todo vale a la hora de argumentar. Y en los tiempos de pandemia que corren, quizá en las cenas de Nochebuena las conversaciones estén protagonizadas por asuntos más actuales y urgentes que el ejercicio de la jefatura del Estado.

Ábalos y el “asesinado” Besteiro

Comenzamos la entrada de hoy con una falsedad en el titular, pero esas fueron las palabras que el secretario de Organización del PSOE, José Luis Ábalos, pronunció anteayer en el homenaje de su partido al político socialista Julián Besteiro, de cuyo nacimiento se cumplía siglo y medio.

El también ministro de Transportes, Movilidad y Agenda Urbana presentó a Besteiro (hacia el minuto 10:40 del vídeo) como “un hombre fundamentalmente de paz, un hombre pacífico, que luchó por la paz y que enfrentó el odio, y que sin embargo eso no le valió para ser asesinado [sic] también por la dictadura” (en la web del PSOE le añaden el verbo que Ábalos olvidó al transmitir su idea: “que no le valió para evitar ser asesinado por la dictadura”).

En primer lugar, vamos a añadir unos apuntes sobre el homenajeado para poner contexto, y después señalaremos la falsedad en la que Ábalos ha incurrido. Julián Besteiro (1870-1940) fue uno de los principales políticos socialistas durante la Segunda República y también en los años previos. Presidente del PSOE -también de la UGT- entre 1925 y 1931, presidió después las Cortes republicanas entre 1931 y 1933. Tras el estallido en 1936 de la Guerra Civil permaneció alejado de la primera línea política, pero destacó por su oposición al conflicto y por su búsqueda de una solución pacífica a la contienda. El filósofo Julián Marías destaca en su ensayo La guerra civil ¿cómo pudo ocurrir? que el ejemplo de Besteiro fue “el más eminente” entre quienes intentaron que los españoles dejaran de matarse unos a otros.

A comienzos de marzo de 1939, cuando la República vivía una situación desesperada por las conquistas territoriales del ejército sublevado de Franco, Besteiro secundó el golpe con el que el coronel Casado derrocó al gobierno republicano de Juan Negrín, socialista como Besteiro. La intención de los golpistas era establecer negociaciones con los franquistas en busca de una rendición con condiciones del Ejército Popular de la República. Para ello, crearon el Consejo Nacional de Defensa, en el que se integró Besteiro. Sin embargo, Franco sólo aceptó la rendición incondicional, con lo que el golpe contra Negrín resultó estéril, pues causó enfrentamientos armados entre los propios republicanos y sólo sirvió para que los franquistas aceleraran sus conquistas.

Aunque Casado y otros responsables del golpe huyeron de España, Besteiro, anciano y enfermo, permaneció en Madrid, donde fue apresado y encarcelado por los vencedores de la guerra fratricida. Tras ingresar en distintas prisiones, falleció en la cárcel de Carmona (Sevilla) el 27 de septiembre de 1940 como consecuencia de una septicemia derivada de las pésimas condiciones sanitarias que padeció durante su reclusión.

¿Dice lo cierto Ábalos al afirmar que Besteiro fue “asesinado” por el franquismo? No. A los hechos hay que llamarlos por su nombre, y es falso que su muerte fuera por asesinato. Sí se puede y debe subrayar que el político socialista perdió la vida tras un encarcelamiento arbitrario y por las condiciones insalubres en las que lo mantuvieron sus carceleros, pero eso no le da al actual secretario de Organización del PSOE carta blanca para hablar de asesinato. La historia debe contarse como fue y no como conviene al que la cuenta.

¿Federico García Lorca murió en la guerra o fue asesinado en la guerra? Claramente lo segundo. Entonces, el mismo rigor hay que exigirle a Ábalos sobre la muerte de Besteiro, quien falleció en prisión pero no fue asesinado.

Teniendo en cuenta que el Gobierno del que es miembro está preparando una Ley de Memoria Democrática cuyo fin ha de ser proclamar la verdad sobre el conflicto y sus consecuencias, Ábalos debería saber bien de qué habla. Y no olvidar que esa ley sólo supondrá un éxito si se logra un consenso entre izquierda y derecha para su aprobación parlamentaria.

Meter la pata en el primer párrafo por no saber de Historia

El diario El Mundo publica cada domingo una carta del director a sus lectores, en la que trata en profundidad alguno de los asuntos más candentes de la actualidad política. Lo hacía su fundador, Pedro J. Ramírez, y lo continúa haciendo el por ahora último de sus sucesores, Francisco Rosell. El estilo de la misiva no es estrictamente periodístico, sino que añade buenas dosis de literatura para hacer más amena e interesante la lectura. El autor suele enriquecer su texto evocando hechos históricos que reflejan su saber. Sin embargo, en el caso del actual responsable del periódico, lo publicado ayer revela lo pequeño de su talla intelectual en comparación con Ramírez y con cualquier otro de sus predecesores en el cargo.

Bajo el título El bombardeo de la ‘Memoria política’, Rosell criticó a la vicepresidenta del Gobierno y ministra de Memoria Democrática, Carmen Calvo, de quien afirma que “subvierte el carácter académico de la Historia”. Subvertir, según la RAE, significa “trastornar o alterar algo, especialmente el orden establecido”. En esta página no vamos a analizar las acusaciones del periodista a Calvo, sino la subversión de la Historia que ha cometido él mismo en el primer párrafo de su relato.

Como se observa en la imagen que precede a este párrafo, Rosell menciona a personajes históricos procedentes de Cabra, Córdoba, localidad en la que también nació Carmen Calvo. Entre ellos cita al político José Sánchez Guerra (1859-1935), pero lo hace con más pena que gloria, aunque pretendiera sólo lo segundo. La metedura de pata del director de El Mundo está en la presentación del político cordobés: “jefe de Gobierno de una Restauración en declive que dio paso a una fugaz república cantonal en la que su primer presidente, Estanislao Figueras, se despediría casi recién llegado ‘a la francesa’ -escapó a París- tras despacharse a gusto con sus ministros: Señores. Voy a serles franco. Estoy hasta los cojones de todos nosotros”.

Sánchez Guerra fue uno de los jefes de Gobierno en la época de la Restauración borbónica, cierto. Pero hay un error de bulto justo a continuación. La Restauración no dio paso a ninguna “fugaz república cantonal”, sino que fue esa república (1873-1874) la que dio paso a la restauración de los Borbones en el trono en la persona de Alfonso XII, lo que ocurrió en 1875. Por lo tanto, Francisco Rosell cuenta la historia al revés, como si hubiera dicho que el franquismo (1939-1975) dio paso a la Segunda República (1931-1939).

Sólo el director del rotativo madrileño sabrá si su intención era dar lustre a su texto metiendo con calzador las contundentes palabras de Estanislao Figueras. Lo que sí ha quedado manifiesto es su desconocimiento del siglo XIX español y que el tiro le ha salido por la culata. O el calzador por la suela.

Srebrenica, 25 años de una masacre que paraliza Bosnia

“Nos acostumbrábamos con más facilidad a la muerte que a aquello que la traía. La muerte era aceptable, pero no así el miedo a ella”. Este testimonio está extraído de Postales desde la tumba, libro desgarrador del hoy periodista bosnio Emir Suljagic, quien narra los tres años en los que él y otros miles de civiles sufrieron el asedio del enclave de Srebrenica a manos de las fuerzas serbobosnias durante la guerra que destrozó su país entre 1992 y 1995.

Hoy se cumplen 25 años del inicio de la masacre en la que soldados y paramilitares de la República Srpska asesinaron mediante fusilamientos masivos a más de 8.000 varones musulmanes -entre los que había niños y ancianos-, crimen calificado como genocidio por el Tribunal Penal Internacional y por el que su máximo responsable político -el entonces presidente de la entidad serbia de Bosnia, Radovan Karadzic– y el jefe militar que dirigió las ejecuciones -el general Ratko Mladic– han sido condenados a cadena perpetua.

Emir Suljagic, nacido en 1975, tenía sólo 17 años al comenzar el cerco de Srebrenica y 20 cuando concluyó. Su conocimiento del inglés le había facilitado un trabajo de traductor para los cascos azules de Naciones Unidas que protegían -con perdón por este verbo– el enclave y ello fue lo que le permitió escapar de la matanza.

Hace cinco años, justo dos décadas después de aquellos días aciagos, fue una palabra maldita, genocidio, la que causó que el rostro del presidente ruso, Vladimir Putin, empapelara las calles de Potocari, la localidad vecina de Srebrenica en cuyos alrededores se levantó el memorial donde yacen los restos de las víctimas que han podido ser identificadas, unas 7.000. Los periodistas que allí acudimos entonces observamos con nuestros ojos aquellos carteles del líder ruso mientras nos encaminábamos al cementerio.

Aquel 11 de julio de 2015 había que retroceder sólo unas pocas jornadas en el calendario para encontrar una explicación a ese agradecimiento a Putin. Esa misma semana, Rusia, aliada de Serbia, vetaba en la ONU una resolución que llamaba “genocidio” a lo ocurrido cuando el ejército serbobosnio irrumpio en Srebrenica en 1995.

Desde aquel año, el de los Acuerdos de Dayton, que pusieron fin a la Guerra de Bosnia, el escarpado país balcánico está dividido en dos entidades: la Federación de Bosnia y Herzegovina, poblada mayoritariamente por musulmanes y en menor medida por croatas, y la República Srpska, en la que los serbios son mayoría. Srebrenica y su entorno quedaron en el territorio de esta última, y la limpieza étnica aplicada por los serbios -los más de 8.000 fusilados tras la toma del enclave son su sangrienta prueba- convirtió a esta nacionalidad en la más numerosa en la zona.

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El cementerio de Potocari, junto a Srebrenica, en 2015, 20 años después de la masacre (fotos: Manuel Vega).

Cada año, el 11 de julio es la fecha de los actos oficiales en honor a las víctimas de la masacre, y también el día fijado para dar sepultura en el cementerio de Potocari a los restos de víctimas que siguen identificándose a día de hoy, un cuarto de siglo después de que los aledaños de Srebrenica fueran transformados en un gigantesco paredón donde los pelotones de ejecución disparaban sin cesar.

En 2015, llamó mi atención una pancarta desplegada sobre una de las lomas que rodean el camposanto. Me aproximé a un joven y le pregunté por su significado. “Por cada serbio muerto, cien musulmanes muertos”, me respondió, y me aclaró quién era el autor de tan despiadadas palabras: Aleksandar Vucic, actual presidente de Serbia, que hace un lustro era primer ministro de ese país y durante la guerra de los años 90 ya estaba metido en política a pesar de su juventud.

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“Por cada serbio muerto, cien musulmanes muertos”, frase atribuida durante la guerra al hoy presidente serbio.

En un día como hoy, suelen concentrarse en Srebrenica miles de personas venidas de distintos puntos de Bosnia para rendir homenaje a las víctimas. Sin embargo, este año la pandemia de coronavirus que afecta a todo el planeta ha causado importantes restricciones de acceso para garantizar la distancia de seguridad y evitar contagios.

Veinticinco años después de la guerra, Bosnia sigue en conflicto. No hay batallas ni matanzas, pero la sociedad permanece dividida y el frágil Estado continúa mal gobernado por una presidencia rotatoria entre musulmanes, serbios y croatas que favorecen sus propios intereses cuando detentan el poder y persisten en resaltar las diferencias entre comunidades, en una constante mirada a los odios del pasado que deja paralizado el país.

Para tener más presente lo ocurrido hace 25 años, conozcamos el testimonio de un superviviente de la matanza. Emir Suljagic lo recoge en Postales desde la tumba y es estremecedor: “El más joven de los supervivientes de las ejecuciones ocurridas entre el 14 y el 16 de julio tenía sólo 17 años. Cuando lo bajaron del camión con un grupo de varones, los ojos vendados y las manos atadas, no pedía más que un poco de agua. ‘No quería morir sediento’, dijo al testificar ante el Tribunal de La Haya, años más tarde. Los soldados serbios abrieron fuego”.

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Oración por una de las víctimas de la masacre en el funeral celebrado en 2018.

Morricone, la batuta del cine

Ennio Morricone ha fallecido hoy y las muestras de dolor en todo el mundo sólo pueden ser superadas por las de admiración y gratitud al hombre que con su batuta puso banda sonora al cine -ningún otro como él- y con ello a nuestras vidas. “El compositor del siglo”, escriben numerosos medios italianos en sus portadas digitales, justa descripción del artista cuya música ha acompañado a tantas generaciones de amantes del séptimo arte.

Nacido en Roma en 1928, su carrera empezó a hacerse inmortal a mediados de la década de los 60 de la mano de un antiguo compañero de colegio, Sergio Leone, director de aquella Trilogía del dólarPor un puñado de dólares, La muerte tenía un precio y El bueno, el feo y el malo– que situó al spaghetti western en la historia de la cinematografía.

Grandes cineastas se dejaron seducir por las composiciones de Morricone. Pasolini, Bertolucci, Malick, De Palma, Joffé, Polanski, Almodóvar, Tornatore y Tarantino fueron sólo algunos de los que aumentaron el prestigio de sus películas gracias a la música que las hizo -más- reconocibles.

Morricone fue el hombre de las quinientas bandas sonoras, las que su larga vida de trabajo -no se retiró hasta 2019, ya con noventa años- le permitió firmar. No es posible resumir en una modesta entrada de este blog tan extensa filmografía musical, pero vaya a continuación este agradecimiento en forma de secuencias.

Gracias por poner sonido a aquella carrera de Eli Wallach buscando una tumba en el cementerio de Sad Hill bajo la mirada de Clint Eastwood (El bueno, el feo y el malo). Gracias por musicar la tensión de la Guerra de Independencia de Argelia en La batalla de Argel. Por el romanzo de Novecento. Por la luz que Jeremy Irons le hizo ver a Robert de Niro en La misión. Por el homenaje continuo y perpetuo al cine de Cinema Paradiso. Por Los intocables de Eliot Ness, por Malena, por Sostiene Pereira, por Malditos Bastardos y Django y por tantas, tantas obras maestras.

Y como homenaje personal, la música de un filme menos conocido, Il mercenario, en la que la trompeta, instrumento que el maestro comenzó a tocar de niño, tiene un protagonismo fundamental. Grazie mille per tutto.

Frases de cine en #FrasesDeCine

En la vida hay proyectos personales y/o profesionales que merecen la pena aunque no generen beneficios económicos -o no lo hagan a corto o medio plazo-. Basta con que esas ideas resulten gratificantes para quien las lleva a término. En mi caso, una de mis pasiones es el cine, y hace hoy justo un año emprendí una aventura que no imaginé que podría continuar durante tanto tiempo.

Desde el 3 de junio de 2019, cada día, sin faltar uno solo, he publicado en mi cuenta de Twitter una frase o diálogo de alguna película que haya visto. A ser posible, acompañado de un vídeo que muestre la secuencia aludida y siempre coronando el texto con el hashtag #FrasesDeCine. Ahora sólo pienso en mantener el compromiso adquirido conmigo mismo y que los 367 filmes que llevo hasta hoy -ya estamos en el año II de mis frases y el 2020 es bisiesto- sean sólo el principio de un largo y fascinante viaje por la historia del séptimo arte.

Charles Laughton fue el actor que dio voz a mi primera #frasedecine. Lo hizo encarnando al senador Graco en Espartaco (Stanley Kubrick, 1960), una película que mantiene su vigencia pese a las seis décadas que lleva a cuestas. “Roma es una viuda rica a la que los romanos queremos como a una madre. Pero Craso no la quiere como madre. La quiere como mujer”, fueron sus palabras, admirables y certeras.

Reproduzco a continuación otros momentos de película que he ido poniendo en contexto jornada a jornada durante todo un año. Espero alcanzar así las mil #FrasesDeCine. O muchas más:

“En Italia, en treinta años de dominación de los Borgia, no hubo más que terror, guerras, matanzas, pero surgieron Miguel Ángel, Leonardo da Vinci y el Renacimiento. En Suiza, por el contrario, tuvieron quinientos años de amor, democracia y paz. ¿Y cuál fue el resultado? El reloj de cuco”.

Harry Lime (Orson Welles), ofreciendo a su amigo Holly Martins (Joseph Cotten) participar en sus negocios turbios en la Viena de posguerra en El tercer hombre (Carol Reed, 1949).

-Y mamá que estaba tan contenta porque había llegado la paz.
-Es que no ha llegado la paz, Luis. Ha llegado la victoria.

Luis (Agustín González) le confiesa a su hijo Luisito (Gabino Diego) su temor a ser detenido por los franquistas tras su entrada en Madrid en Las bicicletas son para el verano (Jaime Chávarri, 1984).

-No hay ningún problema, Jules. Esta mierda está controlada. Vuelve con ellos, tranquiliza a esos chicos y espera al Lobo, que va a llegar enseguida.
-¿Me envías al Lobo?
-¿Te encuentras mejor, cabronazo?
-Joder, negro, ¡eso es todo lo que tenías que decir!

Jules Winnfield (Samuel L. Jackson), eufórico tras contarle su jefe (Ving Rhames) que le enviará al profesional Señor Lobo (Harvey Keitel) para deshacerse de un cadáver en Pulp Fiction (Quentin Tarantino, 1994).

“Señor Rusk… No lleva usted corbata”.

El inspector Oxford (Alec McCowen) caza al violador y estrangulador de varias mujeres en Frenesí (Alfred Hitchcock, 1972).

“Elige tu futuro. Elige la vida. Pero ¿por qué iba yo a querer hacer algo así? Yo elegí no elegir la vida. Yo elegí otra cosa. ¿Y las razones? No hay razones. ¿Quién necesita razones cuando tienes heroína?”.

Declaración de principios de Renton (Ewan McGregor) en Trainspotting (Danny Boyle, 1996).

“No tengo ni la más remota idea de qué coño cantaban aquellas dos italianas. Y lo cierto es que no quiero saberlo. Las cosas buenas no hace falta entenderlas. Supongo que cantaban algo tan hermoso que no podía expresarse con palabras”.

El recluso Red (Morgan Freeman) cuenta cómo otro preso, su amigo Andy (Tim Robbins), hizo sonar un disco de ópera por los altavoces de la prisión en Cadena perpetua (Frank Darabont, 1994).

“Vamos, ¡riégueme! No se corte, ¡riégueme!”.

Tina (Carmen Maura) pide a un operario de limpieza que la refresque con su manguera en una tórrida noche de verano en La ley del deseo (Pedro Almodóvar, 1987).

“Me gusta el olor del napalm por la mañana. Una vez, durante doce horas, bombardeamos una colina y al final, subimos. No encontramos ni un cadáver de esos amarillos de mierda. Qué pestazo el de la gasolina quemada. Aquella colina olía… a victoria”.

El teniente coronel Kilgore (Robert Duvall) hace un macabro alegato mientras la aviación norteamericana arrasa con napalm las posiciones norvietnamitas en Apocalypse now (Francis Ford Coppola, 1979).

“La división de América en nacionalidades inciertas e ilusorias es completamente ficticia. Constituimos una sola raza mestiza desde México hasta el Estrecho de Magallanes. Así que, tratando de librarme de cualquier carga de provincialismo, brindo por Perú, y por América unida”.

Un joven Ernesto ‘Che’ Guevara (Gael García Bernal) celebra su cumpleaños con el personal sanitario de una colonia de leprosos en Perú, donde ha parado en su viaje en moto por América en Diarios de motocicleta (Walter Salles, 2004).

-Usted es Norma Desmond. Salía en el cine mudo. Usted era grande. 
-Yo soy grande. Son las películas las que se han hecho pequeñas.

Norma Desmond (Gloria Swanson), antigua diva de Hollywood, le deja claro quién es al guionista Joe Gillis (William Holden) en El crepúsculo de los dioses (Billy Wilder, 1950).

-Me odias, ¿verdad, Johnny?
-No tienes idea de hasta qué punto.
-El odio es una emoción muy intensa. ¿No lo has notado? Muy intensa. Yo también te odio, de tal modo que creo que voy a morir, cariño… Creo que voy a morir de odio. 

Gilda (Rita Hayworth) y su antiguo amante, Johnny (Glenn Ford), quien ahora trabaja para su marido, reviven su pasión en Gilda (Charles Vidor, 1946).

-¿Cuánto quiere?
-Medio millón.

-¿Cómo?
-En efectivo. La mitad por adelantado, la otra mitad después del trabajo.
-¿Medio millón de francos?
-De dólares.

El asesino a sueldo Chacal (Edward Fox) le deja claro a los terroristas de la OAS lo caro que sale matar a Charles de Gaulle en Chacal (Fred Zinnemann, 1973).

“Caballeros miembros del tribunal, hay ocasiones en las que siento vergüenza de pertenecer a la raza humana y ésta es una de ellas”.

El coronel Dax (Kirk Douglas), abogado defensor de soldados franceses acusados sin pruebas de cobardía ante el enemigo, se dirige al tribunal en Senderos de gloria (Stanley Kubrick, 1957)

-Ahora le diré yo quién es ese hombre. ¡Es un subversivo, un ateo, un enemigo suyo!
-Yo soy un sacerdote católico y creo que quien combate por la justicia y la libertad camina por los senderos del Señor. Y los caminos del Señor son infinitos.

Don Pietro (Aldo Fabrizi) se niega a obedecer al mayor de las SS Bergmann (Harry Feist), quien le está exigiendo que colabore en la identificación de dirigentes partisanos en Roma, ciudad abierta (Roberto Rossellini, 1945).

“Padre… padre… Eres mi padre y yo soy tu hijo, y te quiero. Siempre te he querido y siempre te querré. Pero lo que ocurre es que tú te consideras un hombre de color, y yo me considero un hombre”.

John (Sidney Poitier), que ha anunciado a su familia su intención de casarse con una mujer blanca, intenta que su padre (Roy Glenn) supere sus prejuicios raciales y acepte la relación en Adivina quién viene esta noche (Stanley Kramer, 1967).

De aristócratas y terroristas

Domingo Moriones usaba el título de marqués de Oroquieta y fue un militar que luchó en la Guerra Civil. Los que aplican la etiqueta rápida y dictan sentencia sin tener la menor idea de los asuntos sobre los que sientan cátedra lo tendrán muy claro: sangre azul + uniforme = un fascista en toda regla. Sin embargo, resulta que, a pesar de su título nobiliario, fue uno de los jefes del Ejército Popular de la República, en el que alcanzó el grado de coronel. Llegó a mandar el Ejército de Andalucía y, finalizado el conflicto, los vencedores franquistas lo condenaron a muerte, pena que finalmente le fue conmutada por treinta años de prisión, de los que cumplió diez

El vicepresidente segundo del Gobierno y líder de Podemos, Pablo Iglesias, menciona con frecuencia el conflicto fratricida de nuestro siglo XX y su afinidad con el bando derrotado. Lo que no se sabe es si tiene noticia del coronel republicano Moriones y del marquesado que ostentaba, algo que, vista su alergia a la aristocracia -o, al menos, a la aristócrata Cayetana Álvarez de Toledo, marquesa de Casa Fuerte y portavoz del PP en el Congreso-, sería interesante que aclarara.

Pertenecer a la nobleza no tiene por qué significar algo negativo, aunque Iglesias dé a entender que sí. No todos los de alta alcurnia han de estar cortados por el patrón del señorito andaluz o el pijo del Barrio de Salamanca. Ahí tiene el ejemplo de ese militar que, cuando otros compañeros de armas se rebelaron contra la legalidad republicana, se mantuvo fiel al Gobierno de Madrid y combatió a los sublevados, quienes sí manifestaron una conducta reprobable alzándose contra el Estado constitucional al que habían jurado obediencia.

Pero este miércoles, la diputada Álvarez de Toledo replicó de forma injustificable -e impresentable- a una mofa que el vicepresidente segundo hizo de su título nobiliario. Con su exabrupto“usted es el hijo de un terrorista. A esa aristocracia pertenece usted, a la del crimen político”-, reaccionó como si sintiera que ser de la nobleza es algo malo. Si no, ¿a qué viene responder a una burla contra la aristocracia echando en cara al otro una actividad criminal como el terrorismo? 

Ofende el que puede, no el que quiere. La portavoz parlamentaria del Grupo Popular pudo haber despachado a Iglesias elegantemente, incluso ridiculizándolo por esa aversión de él a quienes lucen apellidos lustrosos en el DNI. Pero ella no fue capaz de responder cabalmente y prefirió injuriar al enemigo -ojalá se trataran como adversarios– de forma repugnante, atacando a un familiar.

Justifica la parlamentaria popular su embestida contra el vicepresidente segundo -o contra el padre del vicepresidente segundo para dañar a éste- en que Javier Iglesias fue militante del Frente Revolucionario Antifascista y Patriótico (FRAP) y que eso es argumento suficiente para llamarlo “terrorista”. Como muestra, un tuit en el que reafirma sus palabras:

cayetanat

Ya que pregunta “¿cómo se llama al que milita en una organización terrorista?”, que tenga en cuenta que el padre de Iglesias “militó”, no “milita”. Ahí ha arrimado demasiado el ascua a su sardina la diputada para intentar que se acepte lo inaceptable.

A estas alturas de la Historia, no se puede ocultar que el FRAP ejecutaba acciones terroristas -miembros de la banda asesinaron a agentes de Policía y Guardia Civil-. Ahora bien, a Javier Iglesias lo condenó la dictadura franquista por repartir propaganda de ese grupo, no por delitos de sangre, y no está de más subrayar que el columnista y hoy eurodiputado de Vox Hermann Tertsch fue condenado en 2019 a indemnizar a Iglesias padre con 15.000 euros por haberlo relacionado con el asesinato de un policía en 1973, cuando en realidad en ese tiempo Javier Iglesias se encontraba en prisión.

No hay que olvidar que el FRAP atentó contra una dictadura, no contra una democracia. No puede afirmarse lo mismo de los GRAPO (Grupos de Resistencia Antifascista Primero de Octubre), que continuaron su actividad homicida hasta varios años después de las elecciones democráticas de 1977. En esa banda terrorista, por cierto, militó durante el franquismo el escritor Pío Moa, entonces marxista y hoy en las antípodas ideológicas. Tendría su aquel saber si Cayetana Álvarez de Toledo se referiría a Moa como “terrorista”.

Lo mismo que de los GRAPO, pero multiplicada su furia asesina varias veces, cabe decir de ETA, que no cesó de derramar sangre ajena hasta bien entrado el siglo XXI. A la señora Álvarez de Toledo habría que recordarle que hubo etarras que abandonaron las armas tras la muerte de Franco. Uno de ellos fue Mario Onaindia, que pasó de ser terrorista a ser objetivo de los terroristas por su rechazo a la lucha armada y su entrada en la política de la mano de Euskadiko Ezkerra y después en el Partido Socialista de Euskadi. De ETA al constitucionalismo, esa palabra de la que tanto gusta apropiarse la marquesa de Casa Fuerte. El político vasco falleció de cáncer en 2003, y también se impone esta pregunta: ¿le espetaría la portavoz popular a los hijos de Onaindia que su padre era un terrorista?

Miremos más allá de nuestras fronteras y viajemos por el pasado de otros países, algo que Cayetana Álvarez de Toledo debe de conocer, siendo como señala en su currículum doctora en Historia por la Universidad de Oxford. Sabrá entonces que Irlanda obtuvo su independencia de Gran Bretaña bajo el liderazgo de Michael Collins, cuyos hombres ejecutaban actos terroristas contra policías y soldados británicos. Así los calificaban los ingleses, aunque obviamente los irlandeses los llamen luchadores por la independencia de su patria.

Aunque hay un caso aún más llamativo del terrorismo empleado para lograr objetivos políticos. Protagonizado, por cierto, por gente que acabó en un partido muy próximo ideológicamente a la portavoz del PP en el Parlamento. Ocurrió en el Mandato Británico de Palestina en la década de 1940, cuando grupos terroristas judíos atentaban contra la potencia que administraba el territorio. La meta de los que atacaban a los británicos no era otra que la implantación de un Estado judío en ese suelo, lo que finalmente lograron. Y haciendo pagar a inocentes un alto precio en sangre.

Una de esas organizaciones terroristas, Irgún, perpetró en 1946 un salvaje atentado con bomba en Jerusalén contra el Hotel Rey David, cuartel general del Ejército británico. El ataque se saldó con 91 muertos, entre los que había personal militar y civil británico, aparte de judíos y árabes que se encontraban en el lugar en el momento de la explosión. El líder de Irgún entonces era Menajem Beguin, quien ejercería el cargo de primer ministro de Israel entre 1977 y 1983 como miembro del partido derechista Likud.

Sucedió a Beguin en la jefatura del Gobierno israelí Isaac Shamir, del mismo partido y con igual pasado terrorista. En su caso perteneció al Lehi, una escisión de Irgún cuyo sangriento historial incluye el asesinato en 1948 del conde Folke Bernadotte, un aristócrata y diplomático sueco enviado por Naciones Unidas a Palestina para mediar entre los bandos contendientes en la primera guerra árabe-israelí.

Si la marquesa de Casa Fuerte acudiera a alguna recepción en la Embajada de Israel en España, ¿le recordaría a la embajadora que su país tuvo un par de primeros ministros terroristas? Y uno de ellos integrante de un grupo que asesinó a sangre fría al portador de un título nobiliario, detalle que no se puede pasar por alto, ya que ha sido una controversia sobre el abolengo de esta política lo que ha derivado en un nuevo circo en el hemiciclo.

La victoria aliada y la realidad

“¡El 8 de mayo de 1945, América [Estados Unidos] y Gran Bretaña lograron la victoria sobre los nazis! El espíritu americano siempre vencerá. Al final es lo que ocurre”.

Así de ancho se quedó el encargado de redes sociales de la Casa Blanca que escribió tal despropósito de tuit. Desconozco desde cuándo algunos, o muchos, estadounidenses y británicos empezaron a creerse que la victoria de los Aliados en la Segunda Guerra Mundial fue cosa sólo de ellos, hasta el punto de llegar al ridículo de intentar negarle a los soviéticos todo protagonismo en el desenlace de la contienda que marcó un antes y un después en la Historia de la humanidad. A buen seguro no fue en 1945, cuando el Ejército Rojo -así se llamaba entonces a las Fuerzas Armadas de la URSS- ocupaba toda Europa oriental y buena parte de la central.

Ayer se cumplieron tres cuartos de siglo del final del conflicto en suelo europeo -el frente del Pacífico se mantuvo activo hasta septiembre del 45-. Una fecha que los vencedores deberían conmemorar unidos, pero las diferencias ideológicas/geopolíticas entre los que contribuyeron a la victoria -que, por lo visto, 75 años después se están queriendo mantener muy vivas- lo están impidiendo.

La afirmación del tuit de la Casa Blanca es fácil de desarmar. Algunos anglosajones que no se dejan llevar por la euforia nacionalista respondieron con argumentos que reproducimos a continuación: “Absolutamente falso: fue la Unión Soviética la que derrotó a la Alemania nazi, no Estados Unidos ni Reino Unido. A lo largo de la mayor parte de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos y Reino Unido se enfrentaron entre ambos a diez divisiones alemanas. Los soviéticos lucharon solos contra más de 200 divisiones alemanas“, respondió el periodista Ben Norton.

Berlín

Acompañaba su réplica con una de las imágenes que mejor resumen lo que fue aquella lucha: la bandera soviética ondeando sobre el Reichstag de Berlín.

Desde aquí no vamos a recurrir a algo tan infantil como jugar a quién la tiene más grande, sino a contar la verdad.  Y lo cierto en la guerra de 1939-1945 es que la tenaza formada de un lado por los soviéticos y del otro por los norteamericanos -con apoyo de los británicos- fue lo que consiguió decapitar a la bestia nazi.

Por ello, no vamos a negar la existencia de un bando que concede a los soviéticos todo el mérito de la victoria aliada, algo que es tan falso como el tuit de la Casa Blanca que ha abierto esta entrada. No fueron los soviéticos los que desembarcaron en Marruecos y Argelia para atacar en Túnez al Afrika Korps de Rommel, sino los norteamericanos y británicos -la llamada Operación Torch, decisiva para expulsar a los alemanes del norte de África-. Y tampoco fueron los rusos los que derrotaron a Japón en el frente del Pacífico, sino los estadounidenses -ahí los ingleses fueron meros comparsas-.

Lo que sí cabe destacar de la URSS frente a Estados Unidos es que sufrió la guerra en su territorio y que fueron su población civil y sus tropas las que más padecieron los horrores del conflicto, con 27 millones de muertos. Las bajas norteamericanas fueron muy escasas en comparación, con algo más de 400.000 víctimas. Razón de más para que se la envainen quienes desean dar a EEUU un protagonismo que no merece y silencian el esfuerzo soviético por ganar la guerra al bando del Eje.