‘Abc’ hace propaganda a Vox como defensor de las diputadas

En su portada de hoy, Abc hace propaganda al partido ultraderechista Vox, y de una forma rocambolesca: presentándolo como defensor de las mujeres, en este caso de las diputadas en el Congreso, a cuenta de una visita a la Cámara Baja por parte de una delegación del gobierno de Irán, encabezada por el embajador de ese país.

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«Vox evita que Irán humille a las diputadas españolas», titula el rotativo. Y añade a modo de explicación: «La presidenta del Congreso había aceptado que la delegación de Teherán no saludara a las mujeres en su visita al Parlamento y sólo la protesta de Abascal logra impedirlo«.

No aclara Abc en su primera página -y no será por falta de espacio- qué es lo que ha impedido Santiago Abascal, presidente de Vox. Hay que irse a su web para enterarse: la protesta de Abascal causó que el Congreso rectificara y retirase el saludo protocolario a los representantes de Teherán para «esquivar así la prohibición a las diputadas de saludar a la delegación iraní».

Es de dominio público que en Irán las mujeres son tratadas como ciudadanas de segunda. No sólo se las obliga a cubrir su cabeza con un velo, sino que además no está permitido saludarlas -dándoles la mano, por ejemplo-, en público. Al suspenderse el saludo protocolario, se ha evitado también una escena en la que los diplomáticos iraníes no estrecharían la mano a las diputadas presentes, pero sí a los parlamentarios varones.

Ahora bien, es necesario preguntarse a qué viene esta propaganda de Abc a un gesto de Vox cuando hace unos cuantos años el diario monárquico no tuvo el menor problema en aceptar que un presidente de Irán no estrechara la mano a la reina Sofía durante una visita oficial a España. Ocurrió en octubre de 2002, y esta fue entonces la portada del periódico:

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El pie de foto destaca: «La mano a los hombres, sonrisa a las mujeres«. Y describe la imagen de los entonces rey de España, Juan Carlos I, y presidente iraní, Mohamed Jatami, acompañados por doña Sofía, con este resumen: «El presidente de Irán, Mohamed Jatami, llegó ayer a España en visita oficial, la primera de un máximo mandatario de aquel país tras la revolución de 1979. Sus Majestades los Reyes le dieron la bienvenida en el Palacio de El Pardo. Jatami dio a Don Juan Carlos un apretón de manos y saludó a Doña Sofía con una sonrisa cortés, al igual que había hecho minutos antes, en el Aeropuerto de Barajas, con la ministra de Exteriores, Ana Palacio«.

Las hemerotecas suelen traer quebraderos de cabeza a los periódicos, y más cuando se intenta, y a toda página, hacer pasar a un partido de ultraderecha por defensor de las mujeres.

El auténtico Tarantino

El cine de Quentin Tarantino tiene tantos fans que entre ellos hay una tremenda, a veces enconada, diversidad de opiniones sobre cuáles son sus mejores películas y cuáles están lejos de esa categoría. Si algo ha dejado claro el director norteamericano con Érase una vez en… Hollywood es que en este regreso a la gran pantalla vuelve a ser él mismo. Porque en su anterior trabajo, Los odiosos ocho, había dejado de serlo.

Las grandes películas de Tarantino se caracterizan por ser largas pero no hacerse largas. A excepción de su aclamada ópera prima, Reservoir Dogs, que no llega a la hora y cuarenta minutos, todos sus clásicos se acercan o rebasan las dos horas y media: Pulp Fiction, Malditos Bastardos, Django desencadenado… Sin embargo, el tiempo suele pasar volando, porque el ritmo que el de Tennessee le imprime a sus historias, en forma de diálogos con ingenio, una tensión constante o una narración desestructurada pero siempre con sentido, acaba venciendo a los peros que en principio sugiere un prolongado metraje.

Los 161 minutos de Érase una vez en… Hollywood no contienen un prodigio de diálogos vibrantes, pero sí son un intenso recorrido a modo de homenaje al cine de una época, finales de los 60, a través de tres personajes. Dos de ellos son ficticios, los interpretados por Leonardo di Caprio y Brad Pitt, quienes dan vida respectivamente a un actor de películas y series -de serie B- y a su doble en las escenas de riesgo; el otro, real, lo encarna Margot Robbie, que se mete en la piel de la actriz Sharon Tate (1943-1969), tristemente más conocida por su brutal asesinato a manos de una horda de descerebrados que por su breve carrera cinematográfica.

Los guiños a la historia del cine son constantes en esta obra que nos devuelve al auténtico Tarantino. Ello puede causar que los poco amantes del séptimo arte no disfruten viendo la extraordinaria ambientación del Hollywood de 1969, pero a buen seguro sí lo harán los que reconozcan los carteles de películas de entonces, las famosas y las no tan famosas, como El mercenario, célebre por la banda sonora que Ennio Morricone compuso. Pero mejor que el espectador descubra, o no, esos guiños (personalmente, he observado uno al Paul Newman de El golpe, aunque esta cinta sea de 1973, es decir, posterior al momento que Tarantino relata).

El amor de Sharon Tate y Roman Polanski y las vidas de otras estrellas del momento como Steve McQueen y Bruce Lee se introducen, y sin calzador, en la trama de Érase una vez en… Hollywood, una película que hace buena esa frase atribuida al propio Tarantino: «No fui a ninguna escuela de cine, fui al cine».

Si a lo largo de su carrera este realizador ha sido un rescatador e impulsor de viejas glorias a un paso de caer en el olvido –John Travolta en Pulp Fiction, David Carradine en Kill Bill o Don Johnson en Django desencadenado– y un experto en conseguir cameos memorables –Rod Taylor en los Bastardos o Franco Nero en Django-, su Érase una vez será un trampolín para descendientes de artistas consagrados. Observen el elenco y verán en papeles cortos, pero con mucha miga, a Margaret Qualley, hija de Andie MacDowell. O a Rumer Willis, hija de Bruce Willis y Demi Moore. Y también a Maya Hawke, hija de Ethan Hawke y Uma Thurman, musa de Tarantino.

La música de antaño es otro sello de identidad del universo tarantiniano. Como despedida, es momento de subirse al Coupe de Ville que conduce Brad Pitt y encender la radio para disfrutar de los éxitos de entonces. Como este Bring a little lovin’ de Los Bravos. Pocos grupos españoles han sido tan internacionales como este quinteto que Tarantino reivindica en su, por ahora, última obra maestra.

Paisajes ciclistas (IV): camino hacia la puerta de Somosaguas

El título de este post engaña un poco, porque no supe hasta hoy de esa puerta que pone uno de sus límites a la Casa de Campo. Si salimos del lago por uno de los caminos asfaltados en dirección al Parque de Atracciones, un desvío por un camino de tierra nos lleva hasta la puerta de Somosaguas, urbanización que sólo conocía de oídas y de la que desconocía que estaba cercada, al menos por ese lado, como muestra esta foto.

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Puerta de Somosaguas, en la Casa de Campo. Del otro lado de la verja, la urbanización (fotos: Manuel Vega).

Si se gira a la izquierda, se alcanzará otra carretera de regreso al lago de la Casa de Campo, un paseo muy agradable en bicicleta, todo cuesta abajo. Además de pedalear entre arboledas, las vistas de bajada, con el Edificio España y la Torre de Madrid de fondo, hacen más atractivo el camino.

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La Viena de ‘El tercer hombre’

Las grandes películas son aquellas que puedes ver una y otra vez con la misma ilusión -o incluso más- que la primera. Esta semana, gracias al espacio Días de cine clásico, en La 2 de TVE, pude volver a disfrutar de El tercer hombre, una de las obras maestras del séptimo arte, dirigida por el británico Carol Reed.

No me ha coincidido verla muchas veces -creo que era la tercera o la cuarta-, pero la volvería a ver sin problema dentro de unos pocos días o semanas. No sólo por su argumento, una cruda historia en la Viena de posguerra, dividida entre las potencias vencedoras de la Segunda Guerra Mundial -la Historia es una de mis pasiones-, sino también porque esa ciudad es una de las primeras grandes capitales europeas que visité y guardo un grato recuerdo de aquel viaje.

El tercer hombre se estrenó en 1949 y su trama es contemporánea al momento de su estreno. Eso implica que en muchas imágenes se contemplen edificios emblemáticos de Viena dañados por los bombardeos que la ciudad soportó durante el conflicto.

La banda sonora de esta película es otro de sus grandes atractivos. Esta última vez que la he visto, mientras escuchaba su pegadiza melodía principal, tuve el impulso de agarrar mi guitarra y sacar sus notas. Ahora, cada vez que ensayo en mi casa, es inevitable tocarla.

Tengo la debilidad de coleccionar jarras de cerveza de países que he visitado, y me traje una de la capital austriaca, de la marca Gösser. De hecho, inauguré mi pequeña colección con ella. No era consciente entonces de que un cartel publicitario de esa empresa cervecera aparecía en una de las secuencias más memorables de El tercer hombre: la de la Noria del Prater. Lo advertí la segunda vez que vi la película, y desde entonces le tengo un cariño especial a esa jarra. Me ha acompañado a todas las casas en las que he vivido en Madrid, e incluso fue la única de la colección que me llevé a Melilla, donde residí tres años.

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Mi jarra de Gösser y mi guitarra, un pequeño homenaje a ‘El tercer hombre’ (foto: Manuel Vega).

La publicidad de Gösser aparece tras Harry Lime (Orson Welles) cuando está intentando convencer a Holly Martins (Joseph Cotten) de que colabore con él en sus turbios negocios de contrabando. Lime se despide con las que quizá son las mejores frases de la película y también de las más impactantes de la historia del cine: «En Italia, en 30 años de dominación de los Borgia, no hubo más que terror, guerras, matanzas, pero surgieron Miguel Ángel, Leonardo da Vinci y el Renacimiento. En Suiza, por el contrario, tuvieron 500 años de amor, democracia y paz. ¿Y cuál fue el resultado? El reloj de cuco».

¿Unanimidad?

Pleno extraordinario del Congreso de los Diputados. Comparece la vicepresidenta del Gobierno, Carmen Calvo, para explicar la conducta del Ejecutivo al que pertenece en la crisis del Open Arms, barco dedicado a rescatar personas de pateras a la deriva en el mar Mediterráneo.

La socialista Calvo recibe su réplica de parte de cada uno de los grupos parlamentarios. El periódico Abc lo resume hoy en su primera página con un titular bajo su cabecera que emplea una sola palabra: «Unanimidad”. Bajo el mismo, siete declaraciones de distintos parlamentarios que ayer ejercieron de portavoces de sus grupos. Todas las intervenciones, muy críticas con la política del Gobierno de Pedro Sánchez respecto a la mencionada crisis.

Veamos las dos primeras declaraciones plasmadas por Abc en su portada:

María Carvalho (ERC): «Negar un puerto para desembarcar a gente que ha arriesgado su vida no es solo miserable, sino ilegal».

Santiago Abascal (Vox): «Este caso no es nuevo sino un capítulo más de la avalancha migratoria. Una que todos ustedes promocionan, con las consecuencias para nuestra seguridad y nuestra soberanía».

¿Realmente creen en Abc que estas dos declaraciones son unánimes? Una critica al Gobierno por «negar un puerto para desembarcar a gente que ha arriesgado su vida». La otra también lo reprueba, pero por considerar que desde el Gabinete de Sánchez «promocionan» una «avalancha migratoria» hacia Europa.

Si sólo se habla de «unanimidad», se transmite la idea que todos los grupos parlamentarios que intervinieron piensan lo mismo, cuando lo cierto es que entre ellos hay polos opuestos en el asunto de la inmigración, que es lo que les ocupaba ayer en el Congreso. Por lo tanto, para que esa «unanimidad» sea válida, hay que ponerle un apellido: Unanimidad en el rechazo a Sánchez, unanimidad contra la gestión de la crisis del Open Arms, o cualquier otro ejemplo que deje claro dónde está la coincidencia entre todos los que replicaron al Gobierno.

Golpe de Boris Johnson a la democracia del Reino Unido

«Golpe de efecto» de Boris Johnson. Esta mañana, una presentadora del Canal 24 horas de TVE se ha referido así al cierre del Parlamento británico por parte del primer ministro del Reino Unido, decisión arbitraria para evitar que la oposición plantee medidas para evitar que ese país salga de la Unión Europea sin alcanzar un acuerdo con Bruselas.

La RAE explica que golpe de efecto es una «acción por la que se sorprende al público, se causa en él una impresión inesperada o se provoca su risa». Esa definición deja claro que la expresión se refiere a un lance de teatro. Ojalá todo el esperpento del Brexit fuera un teatro. Pero, por desgracia, es la vida real.

Boris Johnson obtuvo ayer de la reina de Gran Bretaña e Irlanda del Norte su autorización para suspender la actividad parlamentaria entre los próximos 10 de septiembre y 14 de octubre.

El presidente de la Cámara de los Comunes, John Bercow, calificó la decisión de Johnson de «escándalo constitucional«. Esta descripción sí define acertadamente el hecho de que un primer ministro que no ha sido elegido en las urnas -su predecesora, Theresa May, sí lo fue- y que lideró la campaña por la salida del Reino Unido de la UE basándose en mentiras ahora se saque de la chistera la suspensión de la actividad parlamentaria para que sus adversarios políticos no puedan hacer frente a la locura de un Brexit sin acuerdo, mucho más disparatada que el Brexit en sí.

La portada del diario británico The Guardian habla de «escándalo«. Aunque quizá la que mejor define la situación es la de The Independent, que opta por una primera página sin fotos, con fondo en blanco y el titular «The Johnson coup» («El golpe de Johnson»). Bajo el mismo, este texto: «A sólo 63 días del plazo del 31 de octubre, un primer ministro no electo ha decidido no rendir cuentas ante los parlamentarios durante cinco semanas. La líder de su partido en Escocia anuncia su dimisión. Los eurodiputados piden a Bruselas que intervenga. Un exdiputado estudia acciones legales. El portavoz [de los Comunes] llama a la suspensión parlamentaria «un escándalo constitucional». Boris Johnson no sólo quiere negar a los votantes su última palabra, también está silenciando a sus representantes. Todo en nombre de la democracia. ¿Qué será lo próximo para el Brexit, y para Gran Bretaña?».

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Portadas de los principales diarios del Reino Unido correspondientes al día de hoy. 

Alexander Boris de Pfeffel Johnson es de esos británicos que creen ciegamente en las medias verdades -es decir, mentiras- de la Historia de su país, al que consideran vencedor de todos los conflictos sin contar con la ayuda de nadie. Ya hablamos de ellos en otra entrada, especialmente en sus últimos párrafos. Por ello, no resulta extraño que gente tan acostumbrada a la manipulación de la realidad no vea en la suspensión de la actividad parlamentaria un golpe a la democracia del Reino Unido.

El español del aeropuerto de Múnich, carnaza para el clickbait

Ayer fue noticia el caso de un español que provocó de forma involuntaria una alarma de seguridad en el aeropuerto de Múnich. Según han publicado distintos medios, el joven aterrizó en ese aeropuerto alemán procedente de Bangkok y tenía previsto tomar un vuelo a Madrid. Sin embargo, tras haberse detenido en un cuarto de baño, se equivocó de dirección al salir y se encaminó hacia una zona de acceso restringido, pulsando un botón para abrir sus puertas de entrada.

Esa acción causó que sonase una alarma y que las fuerzas de seguridad desalojasen parte del edificio hasta dar con el pasajero, a quien detuvieron e interrogaron.

El digital El Español titula así la historia del español en el aeropuerto bávaro:

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Este medio subraya la «culpa» del viajero, a pesar de haber publicado en su texto que el joven se había equivocado de camino (tercer párrafo). Por otra parte, eso de «aprieta un botón y cancela 130 vuelos» suena muy peliculero y a muchas ganas de que el desdichado turista sea carnaza para el famoso clickbait.

Nadie dice que haya que ocultar que el causante involuntario de esa alarma fuera un joven español, pero hay otras formas más acertadas, o menos amarillas, de expresarlo por escrito:

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El titular sobre estas líneas, correspondiente a El País, destaca en primer lugar que ha habido una equivocación por parte del protagonista anónimo de la noticia. No es que la redacción de esa frase no busque el clic fácil de los lectores, pero al menos no le carga con la culpa, como hace El Español.

Aunque también hay otros titulares que se las traen, como «Un turista español la lía parda en el aeropuerto de Múnich», de Periodista Digital; «Un joven español provoca el caos en el aeropuerto de Múnich» (20 Minutos) o «Un español obliga a cancelar 130 vuelos en el aeropuerto de Múnich» (La Vanguardia). La cultura del clic fácil ya está demasiado arraigada, lamentablemente.

Dios, no dios: no es una cuestión de religión, sino de ortografía

Entre algunos periodistas se ha puesto de moda escribir sólo con minúsculas un sustantivo que, utilizado en el sentido en el que ellos lo hacen, debe ir siempre con mayúscula inicial:

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En el caso señalado, no se está hablando de un dios egipcio, griego o romano -el dios Ra, el dios Hermes o el dios Mercurio-, sino del Dios de los judíos, cristianos y musulmanes. Como estas religiones son monoteístas, sus fieles sólo creen en un Dios, por lo que lo único válido es poner la d en mayúscula.

La RAE, en su primera acepción, deja claro cuándo hay que escribir «Dios»: «Ser supremo que en las religiones monoteístas es considerado hacedor del universo».

Para el refrán empleado en el artículo analizado hoy, la academia también es muy explícita: Dios va en mayúscula y diablo, en minúscula.

El hecho de que quienes escriban «dios» sean ateos o agnósticos no les da barra libre para saltarse la ortografía. Usar la minúscula en referencia a la deidad cristiana es tan incorrecto como testigo de jehová, en lugar de Jehová, o por alá en vez de «por Alá”. No se es más librepensador por negarse a usar esa mayúscula.

In memoriam: homenaje a las carcajadas más contagiosas

«No sé si lo sabes, pero esta mañana ha fallecido César”.

El whatsapp de mi amigo Pablo me había llegado un cuarto de hora antes, pero estaba cenando con otros amigos y tardé en consultar el móvil. No lo llamé -pasaba de medianoche y a Pablo es más habitual localizarlo fuera de España que dentro-, pero sí respondí a su mensaje. Me recomendó que contactara con Julio, otro amigo común.

Un tumor cerebral. A César se lo habían detectado a comienzos de este año, pero la familia había preferido mantenerlo en secreto y que sólo los más allegados lo supieran, me explicó Julio. César luchó durante estos meses contra la enfermedad, hasta que hace diez días su cuerpo dijo basta.

Mientras escuchaba a Julio al otro lado del teléfono, me costaba hacerme a la idea de que ya no volvería a ver esa sonrisa tan contagiosa ni a oír aquellas carcajadas cada vez que gastaba alguna broma, en lo que César era todo un artista.

Yo no era amigo de César, si por amigo entendemos su círculo más cercano. Pero hice dos viajes divertidísimos con él y coincidimos en varias cenas de Navidad en León -y otras salidas de fiesta- con su grupo y el mío. Aunque hacía años que no nos veíamos, le tenía un gran aprecio y se hace muy duro asumir que ya no está entre nosotros.

César era un emprendedor. Lo llevaba en la sangre. Pero la faceta que más destaco de su carácter es el buen humor. Era imposible aburrirse en su compañía.

No recuerdo bien cuándo lo conocí. Seguramente fuera en Ponferrada, hará unos once o doce años, en compañía de Charles, Miki y Rober, otros tipos estupendos. Pero cuando más confianza adquirí con él fue en el primer viaje que hicimos juntos, una escapada de apenas tres días a Alemania, donde quedamos con Julio -que venía de Irlanda y pasó en territorio germano un día menos que nosotros.

En el avión de Madrid a Frankfurt-Hahn coincidimos con una chica alemana sentada a nuestro lado. No recuerdo su nombre, ni su cara, pero sí que hablaba muy bien español y que se interesó por nuestro viaje. Vivía en Colonia, nuestro destino principal, y nos preguntó qué planes teníamos allí, por si podía hacernos alguna recomendación.

Yo llevaba impreso un mail que me había enviado Pablo, quien había vivido en esa ciudad pocos años atrás. Se lo mostré a la joven, que lo leyó con detenimiento. Recomendaciones sobre qué monumentos visitar, dónde comer y a qué zonas ir de fiesta. Parecía que daba su aprobación a todo, pero justo al llegar al párrafo donde Pablo nos aconsejaba un bar de copas, ella nos miró y dijo, medio en serio y medio sonriente: «Ahí, no». No contenta con ello, cogió un boli y tachó el nombre del papel.

En ese momento, noté que César estaba mirándome. Y con una sonrisa de oreja a oreja, de cabroncete, de cabronazo, dicho con todo el cariño, que tenía una única traducción posible. Se plasmaba en tres palabras: «Hay que ir».

Julio nos esperaba en Frankfurt-Hahn. Tras despedirnos de nuestra compañera de vuelo, le contamos la anécdota. Por supuesto, estuvo de acuerdo en que había que ir. Era sábado y pasamos una noche de fiesta y de muchas risas. Al día siguiente, apenas sin dormir -el albergue tenía una hora demasiado temprana de salida- visitamos la magnífica catedral de Colonia, entre otros planes.

Como no conocí a César hasta tener yo unos 30 años, me perdí muchas de sus anécdotas más divertidas. Pero me eran familiares. Algunas me las contó él, y otras, los amigos. Él mismo me narró en aquel viaje una putada muy graciosa que les había hecho a varios amigos, quienes cancelaron una reserva en un hotel de Sitges porque él los había convencido -retocando la portada de una web- de que justo en esas fechas se organizaba allí una macrofiesta gay y no iban a tener muchas ocasiones de conocer chicas con las que ligar -desde entonces, si alguna vez oigo o veo la palabra Sitges, automáticamente recuerdo la sonrisa de cabronazo de César.

Otros me contaron que en el colegio, en clase de Sociales, una profesora tenía por costumbre preguntar a los alumnos las capitales del mundo, pero al revés: en lugar de decir el país y que el estudiante respondiera con el nombre de la capital, la maestra nombraba la ciudad y los chavales debían replicar en qué nación estaba.

«Bucarest», dijo la profe mirando a César. Y el muy granuja no se lo pensó dos veces: «Steaua». Me hubiera encantado estar ahí para escuchar las carcajadas de toda la clase, profesora incluida.

El ingenio y las ganas de divertirse de César lo llevaban a inventarse motes que no reproduzco porque son un secreto que tenemos unos pocos. O a tomarle el pelo a un tipo en Colonia, preguntándole si era alemán sólo para soltarle que él era «from Spain» y que hacía unos pocos meses les habíamos ganado la Eurocopa con un gol de Fernando Torres, atlético como él.

Desde aquí, querido César, mi homenaje a aquellas sonrisas y carcajadas. Las tuyas y las que nos contagiabas con esa chispa al alcance de muy pocos. Allá donde estés, te mando un fuerte abrazo. Y te aseguro que siempre te recordaré con una sonrisa en la cara.

España en la liberación de París

Un breve mensaje publicado anteayer en Twitter por la cuenta del Ministerio de Justicia ha desatado una ola de correcciones a esta afirmación realizada desde esa cartera del Gobierno: «España tuvo un papel crucial en la liberación de París hace 75 años. Los soldados españoles de La Nueve fueron los primeros en entrar en París y su contribución a este hecho histórico fue fundamental».

Las reacciones al tuit de Justicia no se han hecho esperar. Periodistas, políticos y tuiteros de a pie le afean al ministerio que emplee la palabra «España», dado que la España oficial entonces -el 25 de agosto de 1944 se completó la liberación de la capital francesa de las fuerzas de ocupación de Hitler– era la de la dictadura de Franco, que colaboraba y simpatizaba con la Alemania nazi, ocupante de Francia

Nadie en su sano juicio puede ocultar que el Estado español en esa época era un régimen totalitario afín al bando del Eje en la Segunda Guerra Mundial. Ni que esa España franquista represaliaba a los perdedores de la Guerra Civil. No en vano, la mayoría de los componentes de La Nueve, la Novena Compañía de Reconocimiento de la II División Blindada de la Francia Libre, eran republicanos españoles que consiguieron huir de la persecución que padecían en nuestro país, el suyo, tras la victoria sublevada en el conflicto patrio.

Sin embargo, el uso de la palabra «España» por parte de Justicia no tiene por qué significar una manipulación de la historia, puesto que su intención no es referirse a la España franquista. Sólo quienes interpretan en ese tuit el término «España» de forma exageradamente estricta -si esa es siempre su forma de hacer las cosas, tienen razón- no serán capaces de entender que el nombre de nuestro país se refiere en ese caso concreto a los españoles que luchaban contra la Alemania nazi.

Los que se han lanzado a corregir el mensaje del ministerio deberían por lo menos admitir que decir «España» en el caso que nos ocupa es algo que da lugar a interpretación. Para ellos, el nombre del país sólo puede aludir al del Estado que lo gobierna, de acuerdo. Pero que no le nieguen a los que huyeron de casa y siguieron combatiendo al fascismo su condición de españoles, de ser también España. Y, por favor, que no recurran al argumento de que Franco les había privado de la nacionalidad española: la decisión injusta de un dictador no te priva de ser lo que eres.

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Una visita al Jardín de los Combatientes de La Nueve, en Ciudad Lineal, Madrid (foto: Manuel Vega).