El buen doblaje y la versión original pueden coexistir

La semana pasada, el espacio Días de cine clásico, en La 2 de TVE, emitió una película de culto, Tiburón (Steven Spielberg, 1975). Sorprendentemente, el doblaje de la cinta correspondía a una nueva versión, con lo que perdía gran parte de su interés. Las voces nuevas no suelen dar resultado en una película que por derecho propio ya es un clásico. ¿Por qué cambiar lo que ha funcionado durante décadas?

Puede haber varias respuestas a esa pregunta. La más habitual suele ser que se le hayan añadido a la película escenas no incluidas cuando se estrenó y, al no estar disponibles los actores que las doblaron en su día, se opta por una solución drástica: doblarla por completo de nuevo.

Tiburón tiene una secuencia fundamental que el nuevo doblaje ha destrozado sin paliativos. Tres hombres embarcados en un pequeño bote con la meta de dar caza al escualo que está sembrando el terror en las playas de Amity Island. Ha caído la noche y los tres se animan contándose historias que los hacen estallar en carcajadas. Pero, en un momento, Quint (Robert Shaw) recuerda su pasado y los ánimos se congelarán. El veterano lobo de mar revela que es uno de los supervivientes del hundimiento del Indianápolis, buque norteamericano torpedeado por los japoneses en la Segunda Guerra Mundial. Quint relata cómo cientos de náufragos fueron devorados por los tiburones en una escena que forma parte de la historia del cine.

El monólogo de Quint pierde todo su interés con la nueva voz. Y lo mismo ocurre con otras obras maestras del celuloide. Quizá el mayor sacrilegio haya sido cambiar el doblaje de El Padrino (Francis Ford Coppola, 1972). Las modernas voces españolas de Marlon Brando, Al Pacino, Robert Duvall o James Caan son infinitamente peores, y lo son por un motivo muy claro: porque las primeras funcionaban. Nunca se debe tocar lo que está dando resultado. En el siguiente vídeo se puede comprobar el estrago causado.

Otro clásico ultrajado por el redoblaje es Reservoir Dogs. La ópera prima de Quentin Tarantino, estrenada en 1992, fue víctima de las nuevas tendencias ni siquiera dos décadas más tarde, en 2008. El resultado sólo puede serle indiferente a quienes no hayan escuchado el primer doblaje. Que lo hagan ahora y juzguen.

Si la razón para proceder a renovar todas las voces es el añadido de nuevas secuencias a la película, las productoras deberían seguir el ejemplo de otro símbolo cinematográfico, el Espartaco de Stanley Kubrick.

Cuando se estrenó este filme en 1960, la moral imperante causó que se censurara una escena con connotaciones homosexuales. La del famoso diálogo de las ostras y los caracoles. Este interesante artículo de La voz de Jos evoca cómo se incluyó treinta años después esa secuencia, tanto en la versión original en inglés como en la doblada al español.

En 1991 se halló esa parte del metraje, pero el paso del tiempo había dañado su sonido. Se optó por doblarla, pero sólo uno de los dos actores que interpretaron esa parte, Tony Curtis, permanecía con vida entonces. El otro, Lawrence Olivier, había fallecido en 1989. Así las cosas, Curtis se dobló a sí mismo, mientras que la voz que corresponde a Olivier la aportó Anthony Hopkins.

A la hora de incluir esa escena doblada al español, tampoco estaban disponibles los actores que la doblaron en 1960. Uno había fallecido y el otro estaba retirado. Pero, al menos, en esa ocasión se puso en práctica la única solución correcta: otros dos actores doblaron la secuencia y se mantuvo el doblaje original en el resto de la película. Los responsables de las versiones para España de El Padrino, Tiburón y Reservoir Dogs deberían haber tomado nota de ello. Quienes modifican arbitrariamente todas las voces de una película no hacen más que destruir mitos a generaciones de amantes del cine.

Ahora bien, este artículo no va a olvidar otra controversia importante: la de la versión original subtitulada frente al cine doblado. No cabe duda de que el producto original es mejor, pero ello no quita que haya joyas en el doblaje. Como muestra, las aludidas voces de Don Corleone, los gángsters de Reservoir Dogs o el monólogo de Quint en sus primeras versiones traducidas al español.

En ciertos supuestos, el doblaje ayuda a mantener el interés. En una comedia o cualquier otro filme con situaciones delirantes, las expresiones utilizadas en la versión original pueden no tener una correspondencia adecuada en castellano. Un ejemplo claro es La jungla de cristal, que gana con la voz de Ramón Langa sobre la de Bruce Willis, pero pierde gran parte de su gracia -para el espectador español- en su inglés original. Las películas de argumento más ligero suelen ganar dobladas.

También debe considerarse dónde está arraigado el doblaje y dónde no. La versión original prima en los países de habla inglesa, pero hay una razón muy clara que lo explica: el cine que ven mayoritariamente en Estados Unidos, Reino Unido, Canadá o Australia es en su propia lengua. Es escaso el que ven en otros idiomas, lo que no hace rentable invertir en doblaje.

Debe quedar claro que en otras naciones de habla no inglesa, como Portugal o Países Bajos, la versión original marca igualmente la pauta. No lo hace, sin embargo, en Francia, Italia ni Alemania, donde está muy asentado el doblaje, como sucede en España. Una causa de su triunfo en estos países puede encontrarse perfectamente en que cuentan con numerosos habitantes. Italia y Francia superan los 60 millones de personas, y Alemania, los 80. Sin embargo, la población de Portugal ronda los 10 millones y la de Países Bajos, los 17. Es un hecho a tener en cuenta.

El buen doblaje y la versión original pueden coexistir sin problemas. Se debe incluso impulsar la segunda en los países donde las películas dobladas son la norma. Pero no intentar anular el doblaje, que es lo que buscan muchos defensores a ultranza de la versión original. Traducir las películas es algo que tiene sus ventajas. Que se lo cuenten a quienes trabajan en programas radiofónicos sobre cine. Perderían muchísima miga si los diálogos que reproducen no estuvieran bien doblados al español. A falta de imágenes, no hay subtítulos que valgan. La voz lo es todo y la radio es un excelente medio para difundir el cine. Compruébenlo quienes no lo crean.

La fiebre de las series: ¿contar una historia o hacer temporadas?

En los tiempos que corren, no ser aficionado a las series de televisión es casi sinónimo de rareza. Si eso es así, estoy entre los raros. No he visto Juego de Tronos, ni Narcos, ni Los Soprano ni la mayoría de las creaciones para la pequeña pantalla que son consideradas mainstream (perdón por el anglicismo facilón, pero viene muy al caso) por los puristas que son capaces de meterse cinco o seis capítulos seguidos -o más- entre pecho y espalda.

Por el contrario, sí veo mucho cine. No voy a las salas todo lo que me gustaría -la última entrada que pagué fue por la magnífica Érase una vez en Hollywood, no hará ni un mes-, pero sí veo películas con bastante frecuencia -intento que una o dos por semana-. Las que dan en la tele o los DVD que saco prestados de bibliotecas públicas de Madrid, donde se encuentra de todo.

Esto no quiere decir que rechace ver series. De hecho, he seguido varias recientes. Mi rareza en este caso es que no estoy suscrito a Netflix ni a HBO, los templos de los seriéfilos empedernidos. Lo que he hecho es aficionarme a algunas de las que han emitido o siguen en antena en canales tradicionales, especialmente TVE. Pocos podrán ser más fans de El Ministerio del Tiempo que yo -estoy ansioso por que llegue la cuarta temporada-. También disfruté cuando Cuatro emitió Roma, tanto que incluso conseguí por internet su segunda y última temporada.

Incluso he visto series de Movistar+, como Vergüenza -una comedia ácida que logra su objetivo: que te rías y a la vez sientas vergüenza ajena por las situaciones bochornosas que viven sus protagonistas- y Conquistadores Adventum, una visión crítica de las tres primeras décadas de expediciones españolas en la Era de los Descubrimientos.

Con todo esto quiero decir que no estoy en contra de la fiebre de las series, pero sí de que su temperatura suba a más de 40 grados. Hay personas que no hacen más que hablar de series, que se han convertido prácticamente en su único entretenimiento. Los hay con sobredosis de temporadas.

A este respecto, a veces me pregunto si los guionistas buscan contar una historia o rodar temporadas. Ayer pensaba en ello mientras veía en TVE el primer capítulo de la tercera entrega de Estoy vivo, una serie de ciencia-ficción protagonizada por Javier Gutiérrez que ha disfrutado de un gran éxito desde su estreno en 2017.

Hace un par de años me enganché a esa historia de un policía muerto en acto de servicio que llega a otra dimensión, desde la cual se le devuelve a la Tierra en el cuerpo de otro hombre para cumplir una misteriosa misión. Si esa trama captó mi atención fue gracias a su excelente primer capítulo, un prodigio de escenas impactantes y admirables interpretaciones. Sin embargo, conforme avanzaban las semanas -solía verla en rtve.es de madrugada, al volver del trabajo- tuve la impresión de que el argumento iba de más a menos y que no se estaba sabiendo concluir la narración.

Personalmente, no me convenció que la trama se pareciera tanto a la de Terminator, con un malvado que llega del futuro para cambiarlo. La misión del inspector Manuel Márquez, –reencarnación, para entendernos, del inspector Andrés Vargas– es impedir que el malo triunfe.

El relato concluye de una forma abierta, un medio para dar pie a una segunda temporada que también tuvo un atractivo primer capítulo. En esta ocasión, en vez de mirar solamente al futuro, la trama se sumergió en el pasado. Un crimen perpetrado en una casa de Madrid durante la Guerra Civil es ahora el vínculo con la misión que Márquez ha de cumplir. Esta vez el relato parecía muy bien construido, pero no tuvo un final a su altura. La única intención de los guionistas pareció ser la de prepararlo todo para una nueva entrega, la que empezó a emitirse ayer.

La tercera temporada ha comenzado con una apuesta muy fuerte: el accidente mortal de tres de las principales protagonistas. En unos meses, quienes estén dispuestos a esperar -yo he empezado a perder la ilusión ante los arranques impactantes sin finales  igual de contundentes- sabrán si la intención para esta serie es contar una historia o hacer temporadas.

Las cien mejores películas: lo subjetivo vence a lo objetivo

El periódico británico The Guardian publicó la semana pasada un listado de las que sus críticos de cine consideran las cien mejores películas de lo que va de siglo XXI. Después de conocer el centenar de cintas escogidas, la conclusión que saco es que en un asunto como este lo subjetivo siempre se impone a lo objetivo.

He visto la número 100 (Érase una vez en Hollywood), magnífica, pero no la primera (Pozos de ambición). En total, sólo puedo opinar de quince de las elegidas por The Guardian. Las otras catorce son Gladiator, Gomorra, No es país para viejos, La habitación del hijo, Persépolis, Ocean’s eleven, Lost in translation, Vals con Bashir, Amores perros, Volver, La cinta blanca, La gran belleza, El hijo de Saúl y Mulholland Drive.

La mayoría de ellas me han encantado, pero otras me parecieron flojas o sobrevaloradas. No es momento de hacer una crítica, pero sí de recordar grandes películas que perfectamente podrían estar en esa antología cinéfila del casi quinto de siglo en curso que llevamos.

Desde el pasado 3 de junio, cada mañana escribo en mi cuenta de Twitter una frase o diálogo de alguna película, para a continuación hilarlo con otro tuit en el que se explica qué filme es y el contexto -con el hashtag #FrasesDeCine-. Ya han pasado más de cien días y entre las que he elegido hay varias de las dos últimas décadas. Coincido con The Guardian en La gran belleza. Pero he incluido otras tres decenas de películas estrenadas en lo que va de centuria, de las que varias pueden estar perfectamente en la lista de las cien mejores.

Siendo un medio británico, sorprende que The Guardian no haya elegido para su filmografía el relato sobre la suerte y el crimen perfecto de Match Point. O los intensos diálogos de amor, traición y venganza de Closer. El homenaje al voluntarioso Jorge VI de Gran Bretaña en El discurso del rey. El humor bien aplicado al romanticismo en las historias de Love Actually. O la valentía al denunciar un crimen de Estado en Domingo Sangriento.

También debería apreciarse en el Reino Unido la narración de la noche que pudo cambiar la Primera Guerra Mundial en Feliz Navidad. Las mafias de Londres en Promesas del este. La adolescencia robada de Felices dieciséis. La historia de superación de Billy Elliot. Y la posibilidad de rehacer tu vida en la vejez que refleja El exótico Hotel Marigold.

Abriendo ya la ventana al mundo, no pueden faltar cantos al buen periodismo como Buenas noches, y buena suerte, The Bang Bang ClubSpotlight y Los archivos del Pentágono.

La supervivencia en las violentas favelas de Río de Janeiro en Ciudad de Dios. La trinchera que plasma lo que fue la Guerra de Bosnia en En tierra de nadie. El acecho constante de la Stasi en La vida de los otros. La soledad y la incomunicación de Hable con ella. La violencia transformada en comicidad de Relatos salvajes. La naturaleza esplendorosa y feroz de Camino a la libertad. El retrato psicológico de los terroristas suicidas de Paradise Now. La crónica política y sentimental de cuatro décadas de Italia en La mejor juventud. La indefensión de la población civil frente a la barbarie de un ejército invasor en Ciudad de vida y muerte. La resistencia de personas anónimas contra la sinrazón del yihadismo en Timbuktu. La búsqueda de la verdad frente a un poder corrompido en El Cairo confidencial. La angustia de un judío ocultándose de los nazis en El pianista. La lucha por su vida de una mujer maltratada en Te doy mis ojos. El combate sin armas de una mujer frente al Estado ocupante que expropia sus tierras en Los limoneros. O la recreación de las últimas horas del Berlín nazi en El hundimiento.

La espectacular fotografía de La novia. La nostalgia bien contada de Good bye, Lenin!. La encarnación casi real de Giulio Andreotti en Il Divo. El Tarantino en estado puro de Malditos Bastardos y Django desencadenado. La doble moral de la Iglesia en El crimen del padre Amaro. La comedia negra de La comunidad. El viaje en busca de sí misma de una joven en My Blueberry Nights. La realidad de la comunidad turca en Alemania en Contra la pared y Al otro lado. El eterno buen estado de la comedia italiana con Las vacaciones de Ferragosto, Manuale d’Amore y Mi familia italiana. Y también de su cine dramático, con el retrato de la mafia rural en Calabria, los años de plomo de las Brigadas Rojas en Buenos días, noche y la reinserción de presos a través de la cultura en César debe morir. Y dentro de la cárcel, es obligatorio hacerle un hueco al motín de Celda 211.

Contando las quince películas que he visto de la lista de The Guardian, llegaremos a las cien con las siguientes. Sólo son parte del excelente cine de lo que llevamos de siglo. Por supuesto, faltan muchas. Pero sí son grandes todas las que están: Diarios de motocicletaKatyn, Mis hijosEl séptimo díaTraining Day, Los lunes al sol, Entre copas, Kandahar, El Niño, Enemigo a las puertasEl capitán Abu Raed, Bajo la arena, PrincesasUna historia de violenciaLa clase, El último rey de Escocia, El secreto de Esma, La isla mínima, El cumpleaños de Leila, Tiempo sin aire, Comanchería, Grupo 7, Metro Manila, Tarde para la ira, Tropa de élite, Blancanieves, Locas de alegría, Truman, Sin retorno, Felices 140, No, El Rey, La carga, Pa negreUn día más con vidaArrugasBowling for ColumbineRoad to Guantánamo y Cinema Komunisto. Sí, muchas de ellas son españolas. La subjetividad.

El auténtico Tarantino

El cine de Quentin Tarantino tiene tantos fans que entre ellos hay una tremenda, a veces enconada, diversidad de opiniones sobre cuáles son sus mejores películas y cuáles están lejos de esa categoría. Si algo ha dejado claro el director norteamericano con Érase una vez en… Hollywood es que en este regreso a la gran pantalla vuelve a ser él mismo. Porque en su anterior trabajo, Los odiosos ocho, había dejado de serlo.

Las grandes películas de Tarantino se caracterizan por ser largas pero no hacerse largas. A excepción de su aclamada ópera prima, Reservoir Dogs, que no llega a la hora y cuarenta minutos, todos sus clásicos se acercan o rebasan las dos horas y media: Pulp Fiction, Malditos Bastardos, Django desencadenado… Sin embargo, el tiempo suele pasar volando, porque el ritmo que el de Tennessee le imprime a sus historias, en forma de diálogos con ingenio, una tensión constante o una narración desestructurada pero siempre con sentido, acaba venciendo a los peros que en principio sugiere un prolongado metraje.

Los 161 minutos de Érase una vez en… Hollywood no contienen un prodigio de diálogos vibrantes, pero sí son un intenso recorrido a modo de homenaje al cine de una época, finales de los 60, a través de tres personajes. Dos de ellos son ficticios, los interpretados por Leonardo di Caprio y Brad Pitt, quienes dan vida respectivamente a un actor de películas y series -de serie B- y a su doble en las escenas de riesgo; el otro, real, lo encarna Margot Robbie, que se mete en la piel de la actriz Sharon Tate (1943-1969), tristemente más conocida por su brutal asesinato a manos de una horda de descerebrados que por su breve carrera cinematográfica.

Los guiños a la historia del cine son constantes en esta obra que nos devuelve al auténtico Tarantino. Ello puede causar que los poco amantes del séptimo arte no disfruten viendo la extraordinaria ambientación del Hollywood de 1969, pero a buen seguro sí lo harán los que reconozcan los carteles de películas de entonces, las famosas y las no tan famosas, como El mercenario, célebre por la banda sonora que Ennio Morricone compuso. Pero mejor que el espectador descubra, o no, esos guiños (personalmente, he observado uno al Paul Newman de El golpe, aunque esta cinta sea de 1973, es decir, posterior al momento que Tarantino relata).

El amor de Sharon Tate y Roman Polanski y las vidas de otras estrellas del momento como Steve McQueen y Bruce Lee se introducen, y sin calzador, en la trama de Érase una vez en… Hollywood, una película que hace buena esa frase atribuida al propio Tarantino: “No fui a ninguna escuela de cine, fui al cine”.

Si a lo largo de su carrera este realizador ha sido un rescatador e impulsor de viejas glorias a un paso de caer en el olvido –John Travolta en Pulp Fiction, David Carradine en Kill Bill o Don Johnson en Django desencadenado– y un experto en conseguir cameos memorables –Rod Taylor en los Bastardos o Franco Nero en Django-, su Érase una vez será un trampolín para descendientes de artistas consagrados. Observen el elenco y verán en papeles cortos, pero con mucha miga, a Margaret Qualley, hija de Andie MacDowell. O a Rumer Willis, hija de Bruce Willis y Demi Moore. Y también a Maya Hawke, hija de Ethan Hawke y Uma Thurman, musa de Tarantino.

La música de antaño es otro sello de identidad del universo tarantiniano. Como despedida, es momento de subirse al Coupe de Ville que conduce Brad Pitt y encender la radio para disfrutar de los éxitos de entonces. Como este Bring a little lovin’ de Los Bravos. Pocos grupos españoles han sido tan internacionales como este quinteto que Tarantino reivindica en su, por ahora, última obra maestra.

La Viena de ‘El tercer hombre’

Las grandes películas son aquellas que puedes ver una y otra vez con la misma ilusión -o incluso más- que la primera. Esta semana, gracias al espacio Días de cine clásico, en La 2 de TVE, pude volver a disfrutar de El tercer hombre, una de las obras maestras del séptimo arte, dirigida por el británico Carol Reed.

No me ha coincidido verla muchas veces -creo que era la tercera o la cuarta-, pero la volvería a ver sin problema dentro de unos pocos días o semanas. No sólo por su argumento, una cruda historia en la Viena de posguerra, dividida entre las potencias vencedoras de la Segunda Guerra Mundial -la Historia es una de mis pasiones-, sino también porque esa ciudad es una de las primeras grandes capitales europeas que visité y guardo un grato recuerdo de aquel viaje.

El tercer hombre se estrenó en 1949 y su trama es contemporánea al momento de su estreno. Eso implica que en muchas imágenes se contemplen edificios emblemáticos de Viena dañados por los bombardeos que la ciudad soportó durante el conflicto.

La banda sonora de esta película es otro de sus grandes atractivos. Esta última vez que la he visto, mientras escuchaba su pegadiza melodía principal, tuve el impulso de agarrar mi guitarra y sacar sus notas. Ahora, cada vez que ensayo en mi casa, es inevitable tocarla.

Tengo la debilidad de coleccionar jarras de cerveza de países que he visitado, y me traje una de la capital austriaca, de la marca Gösser. De hecho, inauguré mi pequeña colección con ella. No era consciente entonces de que un cartel publicitario de esa empresa cervecera aparecía en una de las secuencias más memorables de El tercer hombre: la de la Noria del Prater. Lo advertí la segunda vez que vi la película, y desde entonces le tengo un cariño especial a esa jarra. Me ha acompañado a todas las casas en las que he vivido en Madrid, e incluso fue la única de la colección que me llevé a Melilla, donde residí tres años.

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Mi jarra de Gösser y mi guitarra, un pequeño homenaje a ‘El tercer hombre’ (foto: Manuel Vega).

La publicidad de Gösser aparece tras Harry Lime (Orson Welles) cuando está intentando convencer a Holly Martins (Joseph Cotten) de que colabore con él en sus turbios negocios de contrabando. Lime se despide con las que quizá son las mejores frases de la película y también de las más impactantes de la historia del cine: “En Italia, en 30 años de dominación de los Borgia, no hubo más que terror, guerras, matanzas, pero surgieron Miguel Ángel, Leonardo da Vinci y el Renacimiento. En Suiza, por el contrario, tuvieron 500 años de amor, democracia y paz. ¿Y cuál fue el resultado? El reloj de cuco”.