Paseando hace unos días por el centro de Madrid vi la imagen que me ha empujado a escribir hoy. Una curiosa muestra de la llamada España de los balcones.
Banderas rojigualdas y tricolores compartiendo la fachada del mismo edificio (foto: Manuel Vega).
Vaya por delante mi respeto a las dos enseñas porque ambas representan a regímenes democráticos de España: la del piso superior, a la Segunda República (1931-1939), y la de los inferiores, a la monarquía constitucional vigente desde 1978 -dos aclaraciones para evitar lecturas equivocadas: 1) la monarquía se proclamó en 1975, pero la Constitución se aprobó tres años después; y 2) el diseño de la bandera actual, liberada del águila franquista, es de 1981.
Pero el debate que abro no es sobre monarquía o república ni tiene relación alguna con la guerra de banderas, sino que trata de la identificación del color morado con lo republicano, algo que rechazo.
Muchos de los que llaman «bandera republicana» a la tricolor olvidan -o desconocen- que en la Primera República (1873-1874) la insignia nacional era rojigualda. Lo que desligaba a esa bandera de cualquier vínculo con la monarquía era la ausencia de una corona en su escudo, en el que únicamente estaban representados los emblemas de Castilla y León.
Es la corona lo que convierte a un símbolo en monárquico, no un color añadido. Un morado al que algunos quieren dartal envergadura que les lleva a la exageración de diseñar camisetas republicanas de la selección española de fútbol, en las que el tono violeta roba casi por completo el protagonismo al rojo. Este último color, por cierto, fue el de la única selección que representó a la República Española en un Mundial: el de 1934.
Dicen que uno de los mayores atractivos de Madrid es su cielo. Si a la hora del crepúsculo se pasea por el centro de la capital, el dicho tiene más papeletas para convertirse en hecho.
Contemplar desde la plaza de Oriente cómo el sol se despedía y continuaba su rumbo hacia el oeste fue ayer un placer que hacía tiempo que no disfrutaba, con nubes teñidas de rojo y gris sobrevolando el Palacio Real y los Jardines de Sabatini.
A lo largo de la historia electoral de España desde 1977 ha habido varias victorias muy claras. La de los socialistas en 1982 (202 diputados en el Congreso frente a los 107 del segundo más votado, Alianza Popular); la siguiente del PSOE en 1986 (184 escaños, por los 105 de Coalición Popular); el nuevo triunfo socialista en 1989 (175 parlamentarios, 107 para el Partido Popular); el éxito del PP en 2000 (183 asientos frente a los 121 del PSOE) y la victoria de los populares en 2011, con 186 diputados sobre los 110 socialistas. Si algo caracteriza la victoria cosechada ayer por Pedro Sánchez, aparte de su claridad (123 escaños del PSOE frente a los 66 del PP),es lo lejos que está de la mayoría absoluta: a 53 diputados de la misma.
La derrota del PP de Pablo Casado era esperada, pero no tal debacle. Comprar el discurso de la extrema derecha de Vox le ha pasado una carísima factura. Renunció al centro y giró demasiado a la derecha. El resultado, con diferencia, el peor de la historia de su partido: 39 parlamentarios menos que los que obtuvo Manuel Fraga en 1986.
Ciudadanos sube y queda como tercera fuerza, con 57 escaños. Su candidato, Albert Rivera, llegó a autoproclamarse ayer líder de la oposición. Pese a su ascenso, no ha de olvidar que otro partido de la oposición está por delante del suyo. Y que quizá no hubiera ocurrido eso si no hubiera competido con PP y Vox por ver quién es más de derecha.
Podemos baja a la cuarta posición, aunque salva los muebles (42 diputados). Pablo Iglesias pretende entrar en un gobierno de coalición con los socialistas, pero debería tener algo presente: ha perdido casi 30 parlamentarios, mientras que el PSOE ha ganado casi 40. Si no entró en el Ejecutivo cuando los socialistas tenían 84 diputados y la formación morada atesoraba 71, menos sentido tiene que lo haga ahora.
Vox entra en el Congreso con 24 escaños. Por primera vez en cuatro décadas de democracia, la extrema derecha obtiene representación parlamentaria. Menos de la que esperaba el partido de Santiago Abascal, pero muy a tener en cuenta, al venir de cero. La dialéctica de su cabeza visible, tan previsible como preocupante: calificó la mayoría de izquierdas de «Frente Popular».
Cataluña: la victoria de ERC, con un millón de votos del total de 4,1 millones emitidos en esa comunidad autónoma, hace prever que la situación no se soluciona a golpe de 155. Pero el 28-A deja también otra cosa clara a este respecto: sin la derecha en el poder en Madrid, los independentistas van a tener mucho más complicado alimentar su discurso victimista.
Como posdata, algo relacionado con el Frente Popular aludido por Abascal: los «no pasarán» escuchados en sedes como las del PSOE y ERC. Dejemos atrás de una vez por todas la dialéctica de la Guerra Civil. Todos.
Ayer recorrí los 64 kilómetros del anillo ciclista de Madrid. Se le conoce como anillo verde aunque, curiosamente, los pivotes que señalan el trayecto son de color naranja.
Es la primera vez que hago esta ruta ciclista desde mi regreso a la capital. La completé en otras dos ocasiones hace unos cuatro años.
El anillo rodea gran parte de la ciudad, ejerciendo como una especie de carretera de circunvalación sólo para ciclistas. Aunque en algunas partes -pocas- hay que meterse en carretera. Poco transitadas, eso sí. En mi caso, al menos tuve que hacerlo en el llamado tramo 6, el que se ubica entre las carreteras A-6 y A-1. Alrededor del kilómetro 59 del anillo, no encontré la continuación de este carril bici y callejeé hasta reencontrarlo hacia el kilómetro 62, en la zona de Las Tablas.
Empecé el recorrido en la Casa de Campo, a la que accedí desde Madrid Río. Al abandonar esta zona verde se halla una de las vistas más particulares de este recorrido: el puente de San Fernando, del que ya hemos hablado en este blog.
Pocos kilómetros más adelante empieza el que quizá es el recorrido más duro, por la cantidad de cuestas. Aunque, en realidad, la dureza de cada zona depende de los kilómetros acumulados. Es decir, de donde hayas iniciado la andadura. Por ello, para mí esta parte no fue la más complicada, sino que lo que se me hizo más cuesta arriba fue una zona más bien llana, pero a la que llegué tras cuarenta y tantos kilómetros en las piernas: la de Carabanchel.
Finalmente, el lago de la Casa de Campo ejerció de meta de mi ruta ciclista. O, dicho más claro, de mi ruta por el anillo ciclista. Porque después había que volver a casa desde allí. Por suerte, es un recorrido agradable por Madrid Río.
Hoy es el último día de la campaña de cara a las elecciones generales del domingo. Cada periódico tiene sus preferencias a la hora de recomendar a sus lectores a qué partido votar. Y tres de los principales diarios de tirada nacional lo hacen mediante sendas entrevistas a los candidatos que apoyan. La diferencia entre ellos es que uno no respeta el hecho de encontrarnos en periodo electoral.
En este enlace pueden consultarse las primeras páginas de los medios, por fecha. Hoy, 26 de abril de 2019, El País incluye una entrevista con el actual presidente del Gobierno y candidato del PSOE, Pedro Sánchez. Sin embargo, el titular de la misma no es el principal de la portada. No sólo eso, sino que además va incluido dentro de otra noticia: la que habla en general del cierre de campaña. Su protagonismo en la presentación del diario es menor, con lo cual el medio evita -o al menos reduce- lecturas partidistas.
El Mundo entrevista a Albert Rivera, líder de Ciudadanos y aspirante a sentarse en Moncloa. En su portada sí es la noticia más resaltada -y con foto incluida en el despacho del político-, pero ello no quita que se informe de otros asuntos de actualidad. Al igual que El País con Sánchez, El Mundo no rompe ninguna regla con el tratamiento dado a su exclusiva con Rivera.
La diferencia llega con ABCy su encuentro con Pablo Casado, presidente del PP y candidato de este partido a la jefatura del Gobierno. Es habitual en este medio conservador hacer una portada con una única noticia y una foto a toda página. Esta práctica es aceptable, pero no la imagen elegida: un primerísimo plano de Casado que, más que una instantánea de la entrevista, parece un cartel electoral.
Si ABC quiere hacer un trabajo periodístico, debió haber elegido una fotografía de su entrevistado durante la conversación con el periódico. En su despacho o donde tuviera lugar el diálogo. Pero con ese rostro enorme del candidato popular, la diferencia entre su portada y un cartel electoral es mínima, o nula.
P. D.: No olvidemos que ABC no respetó la jornada reflexión en las pasadas elecciones catalanas del 21-D publicando el día antes de la cita electoral una entrevista con Inés Arrimadas, candidata de Ciudadanos a la Generalitat. Y con un formato exacto al usado hoy con Casado. El medio fue multado por la Junta Electoral Central.
Hay periodistas con una gran capacidad para retener en su mente lo que están escuchando. Sin embargo, siempre es necesario tener a mano cuaderno y bolígrafo para tomar nota de lo más importante que se escucha. Y si no se quiere perder ningún pormenor de lo que nos cuentan, la grabadora es esencial. Especialmente cuando la entrevista es una conversación muy prolongada y jugosa.
El viernes pasado me encontraba con unos compañeros entrevistando a un superviviente del sitio de Sarajevo. Nos explicó con todo detalle sus recuerdos de aquella guerra, que estalló cuando él sólo tenía 17 años. Siendo un adolescente, de la noche a la mañana se vio obligado a combatir para defender la ciudad asediada. Casi en cada una de sus frases había algo interesante que guardar en la memoria.
Al volver al hotel, me puse los auriculares para escuchar la entrevista y transcribirla. Recordaba que había sido larga, pero no comprobé el tiempo exacto de duración. Al encender el aparato, observé que sus dígitos marcaban menos de cuarenta minutos. La recordaba un poco más extensa, pero no le di importancia a ese desajuste, fruto, probablemente, de algún error mío de cálculo.
Pero no era así. Tras haber transcurrido esos treinta y pico minutos, la grabadora había dejado de hacer su función. No sé cuánta parte del diálogo había quedado sin registrar. Quizá diez minutos, o puede que sólo cinco. Pero sabía que faltaba algo que me había parecido importante. Y no había en mi memoria la menor pista que me llevara a ello.
Edis Kolar, el entrevistado, en el museo del Túnel de la Vida, en Sarajevo (foto: Manuel Vega).
Dos jornadas después, regresaba con mis compañeros a Madrid en furgoneta. Un largo trayecto que habíamos iniciado el sábado en Sarajevo, haciendo parada esa noche en Monteforte d’Alpone, Italia, donde ya habíamos pernoctado a la ida. El último día de viaje, con sus más de 1.700 kilómetros, nos llevó muchas, demasiadas horas. Tiempo en el que se combate el tedio -cuando no es tu turno para conducir- conversando con los compañeros, escuchando música o durmiendo. Aunque hay otras salidas, como apuntar tus observaciones en un cuaderno o leer lo que tengas a mano.
Me gusta el fútbol, aunque probablemente me atrae más la historia de los grandes momentos de este deporte. Por eso leo con asiduidad la revista Panenka. Y en el periplo rumbo a España -en una autopista italiana, o puede que ya estuviéramos en el sur de Francia-, di con un artículo que captó enseguida mi atención.
Lo firmaba el periodista de origen holandés Simon Kuper y narraba una de las grandes rivalidades del fútbol europeo, la existente entre las selecciones de Alemania y los Países Bajos. Y, en concreto, el punto álgido de aquel antagonismo: su choque en las semifinales de la Eurocopa de 1988, en el que los germanos, que ejercían como anfitriones, fueron derrotados por los neerlandeses con un gol de Marco van Bastencuando todo apuntaba a que habría prórroga.
«En 1988, yo tenía 18 años. El partido fue un martes, en la última semana de exámenes de mi escuela secundaria», escribe Simon Kuper. Fue eso lo que me recordó lo que deseaba recordar. En 1992, cuando se desencadenó la Guerra de Bosnia, Edis Kolar, mi entrevistado, pasó de ser estudiante de instituto a soldado de la Armija. Una de las últimas preguntas que le había formulado, entre las que la mala fortuna dejó sin grabar, fue si antes del conflicto soñaba con ir la Universidad.
«Después de la guerra, lo intenté, pero abandoné pronto los estudios. Tenía que trabajar y llevar dinero a casa», relata el excombatiente. Edis trabajó en una tienda, pero su gran obra fue, y sigue siendo, el mantenimiento del Túnel de la Vida, por el cual pasaban miles de habitantes del Sarajevo asediado camino a zonas controladas por el gobierno bosnio. Por allí podían proveerse de lo necesario para subsistir y volver a la ciudad cercada. «Este túnel ha sido mi universidad», proclama Edis.
Sarajevo sufrió un cerco de casi cuatro años durante la Guerra de Bosnia. Tras un año de asedio por parte de los serbobosnios, en la primavera de 1993, los sitiados construyeron un túnel para comunicar la ciudad con zonas controladas por los bosnios y poder así abastecerse de bienes de primera necesidad.
El camino bajo tierra era duro y en muchos tramos había que desplazarse encorvado, pero al menos durante esos 800 metros se permanecía fuera del alcance de los disparos de los atacantes.
Hoy, el Túnel de la Vida es un museo que evoca la situación límite que vivieron los asediados a lo largo del conflicto. Ahora está gestionado por el gobierno bosnio, pero durante 17 años Edis Kolar y su familia fueron los únicos en ocuparse de su mantenimiento.
Los padres de Edis cedieron los terrenos de su casa, próxima al aeropuerto de Sarajevo, para que se excavase el túnel y se uniese al tramo que se había iniciado desde la capital bosnia. Edis, que era un jovencísimo soldado de la Armija entonces, afirma haberlo cruzado «unas quinientas veces» durante el cerco.
Hoy, este hombre de 43 años recibe al creciente número de viajeros y turistas que acuden a conocer estas instalaciones. Y me comenta una de las visitas que mejor recuerda.
MirzaDelibasic fue un baloncestista yugoslavo que jugó en el Real Madrid a comienzos de los 80. Al retirarse, regresó a su Bosnia natal y fue uno de los miles de personas que permanecieron en Sarajevo mientras la artillería serbia arrasaba la ciudad.
Delibasic falleció en 2001, con sólo 47 años, tras una larga enfermedad. Poco antes de morir, recibió una visita de varios compañeros de su etapa en el Madrid, entre los que estaba JuanAntonioCorbalán.
«Es la foto más curiosa que me he hecho aquí», señala sonriente Edis Kolar al recordar la visita que Delibasic y sus invitados hicieron al Túnel de la Vida. «Creo que nunca había visto a un tipo tan alto». Este excombatiente de la Guerra de Bosnia sonríe aún más cuando se le recuerda el nombre del jugador del que claramente está hablando: FernandoRomay. «Imagínatelo entrando en el túnel».
EmirKusturica es un director yugoslavo de cine. El gentilicio puede sonar a anacronismo al no existir ya el Estado que le da origen. Pero el cineasta ha dicho en alguna ocasión algo que justifica la primera frase de esta entrada: «Nací yugoslavo y moriré yugoslavo».
Aunque tiene raíces bosnias, Kusturica se hanacionalizadoserbio, algo que le debe de hacer sentir más cerca de aquella Yugoslavia que añora. Y es en dos territorios serbios donde ha decidido dejar su huella en forma de lugares que localizar en el mapa.
Aclaremos lo de esos dos territorios serbios. Uno está en Serbia, claro; el otro, en suelo perteneciente a Bosnia-Herzegovina, pero de población mayoritariamente serbia y costumbres tan serbias que da a quien lo visita la impresión de estar en un país diferente al que tiene a Sarajevo como capital. Hablamos de la RepúblicaSrpska, una de las consecuencias de los acuerdos de Dayton, que pusieron fin al conflicto armado que desangró Bosnia entre 1992 y 1995.
La ciudad de Visegrado se encuentra en la República Srpska y es allí donde Kusturica ideó Andricgrad. Esta construcción es una miniciudad que homenajea al autor de Un puente sobre el Drina, aunque sin embargo parece más un parque temático de la cultura serbia ortodoxa, aderezada con toques del director de Underground. Si no, que alguien explique la presencia de un enorme mosaico que representa a GavriloPrincip, el autor del magnicidio de Sarajevo en 1914. O el contiguo, en el que aparecen el tenista NovakDjokovic y el propio Kusturica con un grupo que se lo pasa de miedo jugando a la soga-tira. Son muchos los que le roban protagonismo a Ivo Andric en su ciudad, donde los textos en alfabeto cirílico son la norma.
Gavrilo Princip, autor del asesinato del archiduque Francisco Fernando de Austria (fotos: Manuel Vega).En primer plano, Milorad Dodik, presidente de la República Srpska, con Kusturica detrás y Djokovic al fondo.Ivo Andric, autor de ‘Un puente sobre el Drina’, en la ciudad-museo que se le ha dedicado en Visegrado.
De Andricgrad viajamos a otra aportación de Kusturica a la particular geografía balcánica. Es ahora cuando toca cruzar la frontera y penetrar unos pocos kilómetros en Serbia, donde el realizador ha levantado una más que pintoresca ciudad de madera. Precisamente así se denomina en serbio: Drvengrad.
Este pueblo étnico serbio también es conocido como Küstendorf y, además de exaltar la cultura local, también rinde homenaje al cine -no hay más que ver los nombres de sus calles- y a los ídolos de Kusturica. Entre ellos, el de la última foto. Una pista para leer el cirílico: cuando era deportista, llevaba el 10 en la espalda.
Casas de madera en Drvengrad, con una dedicatoria al director de cine Stanley Kubrick.
Cada 11 de julio, una pequeña localidad de Bosnia se llena de periodistas que vienen a cubrir un funeral multitudinario. Fue aquel día, en 1995, cuando las tropas serbobosnias del general RatkoMladic iniciaron ejecuciones masivas de varones musulmanes. En los días siguientes, los verdugos asesinaron a más de ocho mil prisioneros, entre los que había niños y ancianos. Aquel episodio pasó a la historia como la masacre de Srebrenica.
Ayer visitamos el cementerio de Potocari, donde han sido inhumados los restos de las miles de víctimas que han podido ser identificadas. Es allí donde cada 11 de julio se procede a nuevos enterramientos que den una sepultura digna a quienes permanecían en fosas comunes.
Conocía Srebrenica, pero ayer fue la primera vez que la vi fuera de los focos. Sin cámaras por todas partes ni políticos tratando de buscar un protagonismo que sólo deberían tener las víctimas.
Los nombres de víctimas de la masacre de Srebrenica en el memorial de Potocari (fotos: Manuel Vega).Miles de estelas islámicas en el cementerio de Potocari.
Ivo Andric fue el único yugoslavo en obtener el Premio Nobel de Literatura. Ayer cruzamos el puente que le inspiró para contar cuatro siglos de la historia de los Balcanes y plasmarlo en la obra que dio renombre internacional tanto al monumento como al escritor.
Son muchos los puentes que unen ambas orillas del Drina, pero el de Visegrado es el puente. Lo ordenó construir el visir Mehmed Pasa Sokolovic en el último tercio del siglo XVI y es un majestuoso ejemplo de la arquitectura del Imperio otomano.
Andric, serbio nacido en Bosnia, vino al mundo en 1892. Entonces, la tierra en la que nació pertenecía al Imperio austro-húngaro. El escritor fallecería en Belgrado en 1975, cuando esa ciudad era la capital de Yugoslavia.
El Nobel nació, vivió y murió en Estados diferentes: Austria-Hungría, Reino de los Serbios, Croatas y Eslovenos y Yugoslavia. Todos ellos dejaron de existir. Quizá nadie más indicado que él para contar la convulsa historia de aquellas tierras desde los tiempos de la dominación otomana.
Su imagen, junto a la de Mehmet Pasa Sokolovic, contempla desde la orilla derecha del Drina el puente que ambos hicieron eterno y del que los dos recibieron la eternidad.