Momentos

Un amigo me dice que nunca hace viajes largos solo en coche. Que si no tiene que llevar a su pareja e hijos, o a quienes sea, pone un aviso en BlaBlaCar y siempre se apunta alguien. No lo hace por negarse a viajar en solitario, sino porque se acostumbró a usar a diario esa especie de red social motorizada durante los años que trabajaba a casi 200 kilómetros de su lugar de residencia. Gracias a llevar pasajeros que pagan por el trayecto, su notable gasto en gasolina quedó amortizado.

Ahora que trabaja en la ciudad donde vive, Valencia, ya no se pega tantas palizas en la carretera pero, si le toca alguna, vuelve a publicitar su ruta en BlaBlaCar. Aunque ahorrar en combustible no es la única razón que lo empuja a viajar acompañado. Según me cuenta, en tantos recorridos que ha hecho en compañía de extraños ha conocido gente muy interesante, por ejemplo, en el plano profesional. Personas en su misma situación, a veces de su mismo ámbito laboral, que tienen que desplazarse a diario por motivos de trabajo y no quieren depender de los horarios de un tren o un autobús.

Alguna vez he pensado en hacerle caso a mi amigo. Por la reducción de los costes de la gasolina y por conocer gente que generalmente es sociable, como él afirma, y que quizá pueda facilitarme contactos profesionales. Pero siempre me he echado para atrás. Y es que viajar solo también tiene sus momentos impagables.

Si hubiera tenido que recoger a gente, no habría disfrutado hace unos días de un estupendo itinerario a mi aire por la ruta de los castillos y atalayas de Madrid. Salí de Pedrezuela, a unos 40 kilómetros al norte de la capital, y me dirigía a Ponferrada. Para alcanzar la autovía de La Coruña tenía dos opciones: bajar de nuevo a Madrid para acceder a la A-6 desde la M-40 o dirigirme al oeste por una carretera secundaria y alcanzar la autovía del Noroeste a la altura de Collado Villalba. Lo tuve claro.

Si no hubiera elegido este derrotero, no habría tenido la suerte de toparme con el castillo de Manzanares el Real. Y cuando te encuentras con algo así por el camino, tienes la obligación de pararte.

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El castillo de los Mendoza, en Manzanares el Real (Madrid), data del siglo XV (foto: Manuel Vega).

No me habría detenido en caso de ir acompañado y con un horario que respetar. Tampoco me habría deleitado con las espléndidas vistas del cercano embalse de Santillana. Ni habría disfrutado recordando viejos tiempos al observar a un grupo de ciclistas veteranos, entre los que había alguno vistiendo el maillot del mítico Reynolds que en su día se enfundaron los legendarios Ángel Arroyo, José Luis Laguía, Julián Gorospe, Perico Delgado y Miguel Indurain. Mientras, la radio me daba otra alegría cuando en Rock FM pincharon el Dolores se llamaba Lola de Los Suaves. La vida no sería tal sin esos momentos de felicidad.

Paisajes ciclistas (III): camino hacia el monasterio de Montes

Con esta entrada continúo otra que dejé a medias hace cuatro meses. Quedó sin terminar porque mi ruta ciclista quedó de la misma forma. No tenía tiempo ni fuerzas para completar el recorrido que me había propuesto. Hoy, he salido más pronto de casa -y más entrenado- y sí he podido llegar donde quería: el monasterio de San Pedro de Montes, en las proximidades de Ponferrada.

Aunque su primera construcción data del siglo VII, en plena época visigoda, lo que está a la vista hoy es un compendio de distintas épocas entre el siglo IX y el XVIII. En el XIX, con la desamortización, fue abandonado y quedó en estado ruinoso, pero recientemente ha sido objeto de obras de restauración que hacen que merezca mucho la pena la escalada en bici -o mejor subir en coche por la carretera vieja hacia Peñalba de Santiago, cuyo firme ha sido arreglado y se encuentra en buen estado, a pesar de lo estrecho de algunos tramos, por los que sólo cabe un coche-.

Por 2,5 euros pueden recorrerse sus recovecos, y hay visitas guiadas disponibles. Aquí quedan algunas imágenes tomadas este mediodía:

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Panorámica de los Montes Aquilanos, captada en las proximidades del monasterio (fotos: Manuel Vega). 
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Vista exterior del monasterio. 
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Fachada de la iglesia del monasterio. 
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Una de las galerías del edificio, de camino hacia el claustro. 
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Detalle de uno de los arcos, con el monte al fondo. 
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Parte de los arcos del claustro. 

 

Vuelta de los Balcanes

Qué duro es retomar las rutas en bici cuando llevas dos semanas sin subirte a una. Justo el tiempo que has estado atiborrándote de carnes, pescados, dulces e incluso ensaladas, todo ello regado con cervezas, vinos y licores locales, por el antiguo Imperio bizantino.

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Ruta en bici ayer por la Casa de Campo de Madrid (fotos: Manuel Vega).

En realidad, esto no es cierto. O no es la única verdad. Viajamos por lo que después fue el Imperio otomano. Y mucho antes había sido el romano. Y en el siglo XIX, siguiendo con los saltos en el tiempo, una olla a presión que acabó estallando a comienzos del XX, tras el magnicidio de Sarajevo de 1914. Y que volvería a estar en llamas dos décadas y media después. Finalizado ese incendio, empezaba otro conflicto, frío esta vez. Y cuando el segundo milenio se aproximaba a su fin, los cañones volvieron a rugir.

Esta es una presentación muy adornada en lo histórico de la última ruta balcánica en la que he participado. Comenzó a orillas del Danubio en Belgrado. Continuó cruzando la frontera entre Serbia y Bulgaria y llegando a Sofía, su capital, y de ahí a Plovdiv, una de sus ciudades milenarias. Desde allí, a la vecina Macedonia del Norte, aunque ese apellido pactado con -más bien exigido por- Grecia no esté muy a la vista en las calles de Skopje, quizá porque sus mastodónticas esculturas evitan que te fijes en otros detalles que no sean la obsesión de este país por ser la cuna de Alejandro Magno. Y después, a la carretera otra vez, pero camino de vuelta a Madrid, no sin antes parar en el sur de Francia y contemplar cómo una embarcación remonta las esclusas del Canal du Midi.

Han pasado muchas cosas en el viaje para resumirlas en una sola entrada. No sólo en lugares que visitamos, sino también en el largo camino hacia ellos. Por el momento, aquí quedan algunas imágenes. Más adelante llegarán los relatos.

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Parlamento de Serbia, en Belgrado.
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Catedral de Alexander Nevski, en Sofía, la capital búlgara.
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Teatro romano de Plovdiv (Bulgaria).
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Esculturas modernas de hoplitas griegos en el centro de Skopje, Macedonia (del Norte).

Baloncesto yugoslavo (y serbio)

Hoy toca escribir un artículo totalmente subjetivo, pero con grandes dosis de objetividad, dado cuál es su protagonista: el baloncesto yugoslavo y, por extensión, el de su sucesor más aventajado, el serbio.

Belgrado es una de las capitales europeas del baloncesto, si no la capital. La cultura del deporte de la canasta se respira en el orgullo que sus ciudadanos sienten por glorias pasadas y presentes.

En mi primera visita a la capital de Serbia, he conocido a Maja y Marija, dos amigas nacidas a finales de la década de los 80, cuando todavía existía Yugoslavia y su selección de baloncesto empezaba a arrebatarle a la de la Unión Soviética la hegemonía continental. En un breve viaje en furgoneta desde Belgrado a la cercana localidad de Obrenovac, junto con nuestros amigos comunes Javier e Isabel, disfruté de una charla con ellas en la que salieron varios nombres de leyendas de este deporte.

Maja y Marija eran muy niñas cuando ellos triunfaban, en los 90, pero los recuerdan muy bien. Hablamos de mi admirado Aleksandar Djordjevic, el líder que cualquier equipo grande necesita. Y de otros compañeros con los que la selección yugoslava -que tras la desintegración del país en 1991 sólo estaba formada por serbios, principalmente, y montenegrinos- recobró el dominio del baloncesto europeo tras haber sido excluida entre 1992 y 1994 de las competiciones deportivas internacionales a causa de la guerra. Vlade Divac, Zarko Paspalj, Dejan Bodiroga, Predrag Danilovic o Zeljko Rebraca fueron otros de los jugadores que devolvieron a los plavi a lo más alto.

Aquellos baloncestistas sabían que eran los mejores de Europa, y se aplicaban en demostrarlo. Entre 1995 y 2002, Yugoslavia (Serbia + Montenegro) ganó  tres Eurobasket (1995, 1997 y 2001), una plata olímpica (1996) y dos Mundobasket (1998 y 2002). Fueron muchos los momentos que dejaron para la historia, pero yo me quedo por encima de todos con uno: la final contra la Lituania de Sabonis y Marciulonis en Atenas 95:

La conversación con Maja y Marija no se centró sólo en el baloncesto de antaño, sino también en la selección serbia de los últimos años, con Milos Teodosic, Nemanja Bjelica, Miroslav Raduljica -a quién Maja suele encontrar en una cafetería cercana a su casa en Belgrado-, Stefan Markovic o Nikola Kalinic como ejemplos de que la cantera balcánica no deja de producir talento y competitividad.

La casualidad quiso que mientras departíamos sobre momentos estelares del basket estuviéramos en la misma ciudad en la que se vivía otro: era el sábado pasado, cuando la Selección española derrotaba a la anfitriona Serbia en las semifinales del Eurobasket femenino. Un día después, las nuestras se coronaban campeonas tras vencer a Francia en la final. Una razón más para afirmar que la magia del baloncesto envuelve Belgrado.

Lo que ocurre si se edita un texto sin conocer el asunto que trata

Una revista distribuida en países del Golfo Pérsico publicaba un artículo que animaba a sus lectores a volar a un lugar donde disfrutar de un viaje inolvidable. En aquella ocasión, difundía un publirreportaje de Granada. La Alhambra ocupaba la foto principal. Lo que no pegaban eran las imágenes de la página contigua. Costas y playas demasiado caribeñas para estar en el mar de Alborán. En realidad, el texto no tenía nada que ver con la capital nazarí y alrededores, sino que pretendía mostrar las bondades de la isla de Granada, una de las pequeñas Antillas.

Si The Oath, el medio que situó al otro lado del Atlántico una de las obras cumbre de la arquitectura de Al-Andalus, tiene clientes tan poco interesados en la geografía y en la historia como el redactor que editó el reportaje, probablemente se esté ganando una reclamación vía judicial: si algún lector ha reservado billetes para la otra Granada, lo más normal es que regrese indignado por no haber encontrado a orillas del Caribe la impresionante fortaleza que admiró impresa en su revista de cabecera.

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Esta semana, era un medio más próximo y prestigioso, el británico The Independent, el que demostraba el peligro que puede tener editar un artículo sin informarse al menos un poco del asunto que está tratando.

El reportaje, también de viajes, nos traslada a Bosnia-Herzegovina y, nada más empezar su lectura, arrojaba una pedrada en la cara al que conozca, presencialmente o a distancia, ese país balcánico.

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Como refleja la instantánea sobre estas líneas, el editor del texto ubica en Sarajevo el célebre Stari Most, un puente que en realidad es el símbolo de otra hermosa ciudad bosnia, Mostar, a la que esa construcción da nombre.

En realidad, el texto original no es de The Independent, sino que este periódico ha debido de comprárselo a The New York Times, pues al final del mismo señala que es el diario norteamericano el que cuenta con los derechos de autor. Lo que no ha hecho el Indie es adquirir las fotografías que ilustran el reportaje en el rotativo neoyorquino. Y es ahí donde empieza el lío, pues ha tenido que ser alguien con muy pocos conocimientos sobre la historia y la geografía bosnias el que se ha encargado de buscarle imágenes al artículo.

El error del puente ya ha sido corregido y su pie de foto lo sitúa donde debe, en Mostar. Pero el resto de fotos y sus descripciones demuestran que el redactor de The Independent no tuvo su día, o que quizá debería ser trasladado a otra sección. A contar: confunde la casa de entrada al Túnel de la Vida de Sarajevo con edificios del centro urbano, traslada a Mostar los funerales por las víctimas de la masacre de Srebrenica y da a entender que Dubrovnik está en Bosnia cuando realmente pertenece a Croacia.

De cierre de esta entrada queda una imagen captada el pasado verano en Mostar.

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El Stari Most (s. XVI) fue destruido en la Guerra de Bosnia en 1993 y reconstruido en 2004 (foto: Manuel Vega).

A Sarajevo por las carreteras secundarias de la memoria

En un Citröen BX sin aire acondicionado ni radio. Con su padre al volante y su madre y sus dos hermanas completando la expedición. El calendario marcaba mediados de los ochenta y fue entonces cuando el narrador de Londres-Sarajevo tuvo su primer contacto con los Balcanes. Aunque quizá sea más acertado decir Yugoslavia, el Estado que mejor encarnó el nombre de esa península del sureste europeo.

Esta novela (publicada por Volapük Ediciones) es la primera de Isaak Begoña (Madrid, 1972), autor de un relato con mucho de autobiográfico, pero no sólo de la biografía propia, sino también de ajenas: las de jóvenes procedentes de un país que de la noche a la mañana dejó de existir en los mapas. En Londres se topó con ellos, huidos de una guerra que se contaba en los telediarios, aunque Europa prefiriera mirar para otro lado

El protagonista de Londres-Sarajevo era un adolescente cuando aquel coche con matrícula de Guadalajara cruzaba fronteras. Aquella placa GU-1845-C dejaba «atónitos» a los lugareños, que la observaban «intentando adivinar nuestro país de origen». Era la época en la que las pesetas «no cundían tanto como ahora los euros, ni tan siquiera convertidas en dinares yugoslavos».

No podía imaginar el narrador que pocos años después el país que conoció por carreteras secundarias estallaría en una serie de conflictos atizados por los nacionalismos, que a su vez se venían predicando «en iglesias católicas y ortodoxas, en mezquitas», como evoca en las páginas de esta obra.

«No éramos practicantes, de hecho casi nadie lo era en aquella época, quizá por eso el país estuvo más o menos unido hasta principios de los noventa». Son palabras de Selma, una joven bosnia musulmana con la que el escritor mantiene confidencias en los descansos para fumar un cigarrillo en el callejón junto al hotel donde trabajaban.

Selma, que en las cartas a sus padres, refugiados en Alemania, les confesaba haber olvidado lo que es una carcajada, aunque no se resignaba a decir adiós a su tierra: «Quiero volver para vivir la vida que nos han robado, siento que quedarme en Londres sería una forma de derrota».

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Isaak Begoña, en la presentación de su novela en Sarajevo, por parte de Isabel Torres, de GPress (foto: M. Vega). 

El autor rememora los tiempos felices de la Yugoslavia previa a su desintegración. Cuando sus deportistas cosechaban éxito tras éxito. «Durante los años 89, 90 y 91 fuimos los mejores», recordaba el baloncestista Zarko Paspalj. O cuando el Estrella Roja de Belgrado, con futbolistas serbios, croatas y de cualquier otra parte del país se proclamaba campeón de Europa en 1991. Pocas semanas después, a finales de junio, la guerra incendiaba los Balcanes.

La selección yugoslava de fútbol se había clasificado con brillo para la Eurocopa de 1992. Sin embargo, la FIFA ordenó que el país, o lo que quedaba de él (Serbia y Montenegro) fuera excluido de la competición. Su plaza la ocupó Dinamarca, un «equipo discreto» que, no obstante, acabaría siendo el ganador de un torneo que tal vez debiera haber tenido color plavi.

En ese tiempo fueron muchos los jóvenes talentos del deporte ya exyugoslavo que huyeron del país por el conflicto armado. Como el caso de Sasa, un primo de Selma, que probó fortuna en España. Fracasó en su intento y volvió a la Bosnia en ruinas de la posguerra. «Acabó convirtiéndose en una metáfora del país», subraya quien cuenta la historia.

Isaak Begoña pone también el acento en las similitudes entre las guerras fratricidas de las penínsulas ibérica y balcánica. «Ningún país de Europa ha tenido una guerra civil tan dura, no ha corrido tanto la sangre entre hermanos en ningún sitio del continente como en España y Yugoslavia», concluyen el escritor y su amiga bosnia en otra pausa para tabaco y conversación.

No es descabellado afirmar que las guerras de los años noventa han quedado en las carreteras secundarias de la memoria oficial de Europa, más interesada en ocultar su inacción para frenar aquella sangría. Por ello es tan necesario valorar aquellos viajes en coche, en los que la familia del autor tenía el privilegio de conocer de primera mano los testimonios de gente de a pie. Así los valoraba el padre: «Presta atención, Isaak, viajando se aprende otra historia, una que no viene en los libros».

Crepúsculo en la plaza de Oriente

Dicen que uno de los mayores atractivos de Madrid es su cielo. Si a la hora del crepúsculo se pasea por el centro de la capital, el dicho tiene más papeletas para convertirse en hecho.

Contemplar desde la plaza de Oriente cómo el sol se despedía y continuaba su rumbo hacia el oeste fue ayer un placer que hacía tiempo que no disfrutaba, con nubes teñidas de rojo y gris sobrevolando el Palacio Real y los Jardines de Sabatini. 

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Recordar con otros recuerdos

Hay periodistas con una gran capacidad para retener en su mente lo que están escuchando. Sin embargo, siempre es necesario tener a mano cuaderno y bolígrafo para tomar nota de lo más importante que se escucha. Y si no se quiere perder ningún pormenor de lo que nos cuentan, la grabadora es esencial. Especialmente cuando la entrevista es una conversación muy prolongada y jugosa.

El viernes pasado me encontraba con unos compañeros entrevistando a un superviviente del sitio de Sarajevo. Nos explicó con todo detalle sus recuerdos de aquella guerra, que estalló cuando él sólo tenía 17 años. Siendo un adolescente, de la noche a la mañana se vio obligado a combatir para defender la ciudad asediada. Casi en cada una de sus frases había algo interesante que guardar en la memoria.

Al volver al hotel, me puse los auriculares para escuchar la entrevista y transcribirla. Recordaba que había sido larga, pero no comprobé el tiempo exacto de duración. Al encender el aparato, observé que sus dígitos marcaban menos de cuarenta minutos. La recordaba un poco más extensa, pero no le di importancia a ese desajuste, fruto, probablemente, de algún error mío de cálculo.

Pero no era así. Tras haber transcurrido esos treinta y pico minutos, la grabadora había dejado de hacer su función. No sé cuánta parte del diálogo había quedado sin registrar. Quizá diez minutos, o puede que sólo cinco. Pero sabía que faltaba algo que me había parecido importante. Y no había en mi memoria la menor pista que me llevara a ello.

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Edis Kolar, el entrevistado, en el museo del Túnel de la Vida, en Sarajevo (foto: Manuel Vega).

Dos jornadas después, regresaba con mis compañeros a Madrid en furgoneta. Un largo trayecto que habíamos iniciado el sábado en Sarajevo, haciendo parada esa noche en Monteforte d’Alpone, Italia, donde ya habíamos pernoctado a la ida. El último día de viaje, con sus más de 1.700 kilómetros, nos llevó muchas, demasiadas horas. Tiempo en el que se combate el tedio -cuando no es tu turno para conducir- conversando con los compañeros, escuchando música o durmiendo. Aunque hay otras salidas, como apuntar tus observaciones en un cuaderno o leer lo que tengas a mano.

Me gusta el fútbol, aunque probablemente me atrae más la historia de los grandes momentos de este deporte. Por eso leo con asiduidad la revista Panenka. Y en el periplo rumbo a España -en una autopista italiana, o puede que ya estuviéramos en el sur de Francia-, di con un artículo que captó enseguida mi atención.

Lo firmaba el periodista de origen holandés Simon Kuper y narraba una de las grandes rivalidades del fútbol europeo, la existente entre las selecciones de Alemania y los Países Bajos. Y, en concreto, el punto álgido de aquel antagonismo: su choque en las semifinales de la Eurocopa de 1988, en el que los germanos, que ejercían como anfitriones, fueron derrotados por los neerlandeses con un gol de Marco van Basten cuando todo apuntaba a que habría prórroga.

«En 1988, yo tenía 18 años. El partido fue un martes, en la última semana de exámenes de mi escuela secundaria», escribe Simon Kuper. Fue eso lo que me recordó lo que deseaba recordar. En 1992, cuando se desencadenó la Guerra de Bosnia, Edis Kolar, mi entrevistado, pasó de ser estudiante de instituto a soldado de la Armija. Una de las últimas preguntas que le había formulado, entre las que la mala fortuna dejó sin grabar, fue si antes del conflicto soñaba con ir la Universidad.

«Después de la guerra, lo intenté, pero abandoné pronto los estudios. Tenía que trabajar y llevar dinero a casa», relata el excombatiente. Edis trabajó en una tienda, pero su gran obra fue, y sigue siendo, el mantenimiento del Túnel de la Vida, por el cual pasaban miles de habitantes del Sarajevo asediado camino a zonas controladas por el gobierno bosnio. Por allí podían proveerse de lo necesario para subsistir y volver a la ciudad cercada. «Este túnel ha sido mi universidad», proclama Edis.

Gracias, Panenka, por ayudarme a recordarlo.

El Túnel de la Vida

Sarajevo sufrió un cerco de casi cuatro años durante la Guerra de Bosnia. Tras un año de asedio por parte de los serbobosnios, en la primavera de 1993, los sitiados construyeron un túnel para comunicar la ciudad con zonas controladas por los bosnios y poder así abastecerse de bienes de primera necesidad.

El camino bajo tierra era duro y en muchos tramos había que desplazarse encorvado, pero al menos durante esos 800 metros se permanecía fuera del alcance de los disparos de los atacantes.

Hoy, el Túnel de la Vida es un museo que evoca la situación límite que vivieron los asediados a lo largo del conflicto. Ahora está gestionado por el gobierno bosnio, pero durante 17 años Edis Kolar y su familia fueron los únicos en ocuparse de su mantenimiento.

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Los padres de Edis cedieron los terrenos de su casa, próxima al aeropuerto de Sarajevo, para que se excavase el túnel y se uniese al tramo que se había iniciado desde la capital bosnia. Edis, que era un jovencísimo soldado de la Armija entonces, afirma haberlo cruzado «unas quinientas veces» durante el cerco.

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Hoy, este hombre de 43 años recibe al creciente número de viajeros y turistas que acuden a conocer estas instalaciones. Y me comenta una de las visitas que mejor recuerda.

Mirza Delibasic fue un baloncestista yugoslavo que jugó en el Real Madrid a comienzos de los 80. Al retirarse, regresó a su Bosnia natal y fue uno de los miles de personas que permanecieron en Sarajevo mientras la artillería serbia arrasaba la ciudad.

Delibasic falleció en 2001, con sólo 47 años, tras una larga enfermedad. Poco antes de morir, recibió una visita de varios compañeros de su etapa en el Madrid, entre los que estaba Juan Antonio Corbalán.

«Es la foto más curiosa que me he hecho aquí», señala sonriente Edis Kolar al recordar la visita que Delibasic y sus invitados hicieron al Túnel de la Vida. «Creo que nunca había visto a un tipo tan alto». Este excombatiente de la Guerra de Bosnia sonríe aún más cuando se le recuerda el nombre del jugador del que claramente está hablando: Fernando Romay. «Imagínatelo entrando en el túnel».

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Geografía de Kusturica

Emir Kusturica es un director yugoslavo de cine. El gentilicio puede sonar a anacronismo al no existir ya el Estado que le da origen. Pero el cineasta ha dicho en alguna ocasión algo que justifica la primera frase de esta entrada: «Nací yugoslavo y moriré yugoslavo».

Aunque tiene raíces bosnias, Kusturica se ha nacionalizado serbio, algo que le debe de hacer sentir más cerca de aquella Yugoslavia que añora. Y es en dos territorios serbios donde ha decidido dejar su huella en forma de lugares que localizar en el mapa.

Aclaremos lo de esos dos territorios serbios. Uno está en Serbia, claro; el otro, en suelo perteneciente a Bosnia-Herzegovina, pero de población mayoritariamente serbia y costumbres tan serbias que da a quien lo visita la impresión de estar en un país diferente al que tiene a Sarajevo como capital. Hablamos de la República Srpska, una de las consecuencias de los acuerdos de Dayton, que pusieron fin al conflicto armado que desangró Bosnia entre 1992 y 1995.

La ciudad de Visegrado se encuentra en la República Srpska y es allí donde Kusturica ideó Andricgrad. Esta construcción es una miniciudad que homenajea al autor de Un puente sobre el Drina, aunque sin embargo parece más un parque temático de la cultura serbia ortodoxa, aderezada con toques del director de Underground. Si no, que alguien explique la presencia de un enorme mosaico que representa a Gavrilo Princip, el autor del magnicidio de Sarajevo en 1914. O el contiguo, en el que aparecen el tenista Novak Djokovic y el propio Kusturica con un grupo que se lo pasa de miedo jugando a la soga-tira. Son muchos los que le roban protagonismo a Ivo Andric en su ciudad, donde los textos en alfabeto cirílico son la norma.

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Gavrilo Princip, autor del asesinato del archiduque Francisco Fernando de Austria (fotos: Manuel Vega).
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En primer plano, Milorad Dodik, presidente de la República Srpska, con Kusturica detrás y Djokovic al fondo.
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Ivo Andric, autor de ‘Un puente sobre el Drina’, en la ciudad-museo que se le ha dedicado en Visegrado.

De Andricgrad viajamos a otra aportación de Kusturica a la particular geografía balcánica. Es ahora cuando toca cruzar la frontera y penetrar unos pocos kilómetros en Serbia, donde el realizador ha levantado una más que pintoresca ciudad de madera. Precisamente así se denomina en serbio: Drvengrad.

Este pueblo étnico serbio también es conocido como Küstendorf y, además de exaltar la cultura local, también rinde homenaje al cine -no hay más que ver los nombres de sus calles- y a los ídolos de Kusturica. Entre ellos, el de la última foto. Una pista para leer el cirílico: cuando era deportista, llevaba el 10 en la espalda.

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Casas de madera en Drvengrad, con una dedicatoria al director de cine Stanley Kubrick.

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