Un amigo me dice que nunca hace viajes largos solo en coche. Que si no tiene que llevar a su pareja e hijos, o a quienes sea, pone un aviso en BlaBlaCar y siempre se apunta alguien. No lo hace por negarse a viajar en solitario, sino porque se acostumbró a usar a diario esa especie de red social motorizada durante los años que trabajaba a casi 200 kilómetros de su lugar de residencia. Gracias a llevar pasajeros que pagan por el trayecto, su notable gasto en gasolina quedó amortizado.
Ahora que trabaja en la ciudad donde vive, Valencia, ya no se pega tantas palizas en la carretera pero, si le toca alguna, vuelve a publicitar su ruta en BlaBlaCar. Aunque ahorrar en combustible no es la única razón que lo empuja a viajar acompañado. Según me cuenta, en tantos recorridos que ha hecho en compañía de extraños ha conocido gente muy interesante, por ejemplo, en el plano profesional. Personas en su misma situación, a veces de su mismo ámbito laboral, que tienen que desplazarse a diario por motivos de trabajo y no quieren depender de los horarios de un tren o un autobús.
Alguna vez he pensado en hacerle caso a mi amigo. Por la reducción de los costes de la gasolina y por conocer gente que generalmente es sociable, como él afirma, y que quizá pueda facilitarme contactos profesionales. Pero siempre me he echado para atrás. Y es que viajar solo también tiene sus momentos impagables.
Si hubiera tenido que recoger a gente, no habría disfrutado hace unos días de un estupendo itinerario a mi aire por la ruta de los castillos y atalayas de Madrid. Salí de Pedrezuela, a unos 40 kilómetros al norte de la capital, y me dirigía a Ponferrada. Para alcanzar la autovía de La Coruña tenía dos opciones: bajar de nuevo a Madrid para acceder a la A-6 desde la M-40 o dirigirme al oeste por una carretera secundaria y alcanzar la autovía del Noroeste a la altura de Collado Villalba. Lo tuve claro.
Si no hubiera elegido este derrotero, no habría tenido la suerte de toparme con el castillo de Manzanares el Real. Y cuando te encuentras con algo así por el camino, tienes la obligación de pararte.

No me habría detenido en caso de ir acompañado y con un horario que respetar. Tampoco me habría deleitado con las espléndidas vistas del cercano embalse de Santillana. Ni habría disfrutado recordando viejos tiempos al observar a un grupo de ciclistas veteranos, entre los que había alguno vistiendo el maillot del mítico Reynolds que en su día se enfundaron los legendarios Ángel Arroyo, José Luis Laguía, Julián Gorospe, Perico Delgado y Miguel Indurain. Mientras, la radio me daba otra alegría cuando en Rock FM pincharon el Dolores se llamaba Lola de Los Suaves. La vida no sería tal sin esos momentos de felicidad.




























