Adolescentes en el Parlamento

Sí, prometo. O sí, juro. Bastaban esas dos palabras para cumplir su cometido: acatar la Constitución vigente para asumir la condición de representantes en el Parlamento. Pero ayer, tanto en el Congreso de los Diputados como en el Senado se escuchó a unos cuantos adolescentes.

Porque es de adolescentes adornar la promesa o juramento con mensajes políticos que no vienen a cuento o que, en algunos casos, suenan a ocurrencia de crío de 14 años, aunque los pronuncien personas de cuarenta o cincuenta y tantos. Como los de los políticos presos a los que la Democracia española les permite ser candidatos a unas elecciones generales. Sólo alguien con la mente de un púber puede soltar que promete el cargo de diputado o senador como «preso político». ¿No tienen claro que, si sufrieran persecución política, el último lugar donde podrían estar es un escaño del Parlamento del Estado opresor?

Tanto o más adolescentes son los diputados electos que aporreaban sus escaños para que no se oyeran las promesas de los otros imberbes. O los que tomaban la palabra aludiendo a la forma republicana de Gobierno. Que si es democrática, es tan respetable como la monarquía parlamentaria. Pero con esos adornos a su promesa no están haciendo absolutamente nada por traer la República, aunque se autoconvenzan de que sí.

Y otra mención en el mismo sentido para las decenas de diputados que, mientras la presidenta del Congreso, Meritxell Batet, pronunciaba su discurso, se dedicaban a mirar sus teléfonos móviles, pasando olímpicamente del mensaje de la tercera autoridad del Estado. No les vendría mal que, antes de ocupar sus escaños en una sesión de este tipo, los funcionarios de la cámara los trataran como a adolescentes en el instituto y los obligaran a desconectar sus dispositivos. Pero, lamentablemente, eso es mucho pedir. Tanto en los centros educativos como en el Parlamento.

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Relieves del frontispicio del Congreso de los Diputados, obra de Ponzano (foto: Manuel Vega).

La muralla árabe de Madrid

El avance de la Historia no siempre es respetuoso con sus vestigios. Los pueblos que llegan suelen sacar provecho de los que los precedieron. Por ejemplo, en las construcciones. Ahí está el Coliseo, cantera para otros monumentos de Roma que han sido levantados con sus piedras.

En ocasiones, la forma de maltrato que reciben las huellas del pasado es el olvido. Durante siglos, algunas edificaciones han desaparecido sepultadas ante otras nuevas, y es la casualidad la que las ha rescatado de ese anonimato. Algunas excavaciones para el mantenimiento algún edificio, o la construcción de otro, han tenido como resultado el hallazgo de joyas arquitectónicas que en parte han podido ser recuperadas. Es el caso de la muralla árabe de Madrid.

Próximos a la cumbre de la Cuesta de la Vega, a un costado de la catedral de La Almudena, se encuentran estos restos del origen musulmán de la capital. Encajonados entre las edificaciones modernas que se han sido sucediendo, pero felizmente a la vista. La muralla árabe se construyó en el siglo IX y ese es su tramo más visible.

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Un tramo recuperado de la muralla árabe de Madrid, junto a la catedral de La Almudena (fotos: Manuel Vega). 

Junto a ella se inauguró en 2010 el parque de Mohamed I, emir de Córdoba entre los años 852 y 886, a quien se considera fundador de la fortaleza en la que Madrid hunde sus raíces.

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Otra vista de la muralla árabe de la capital. 
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El parque del Emir Mohamed I, con la muralla como parte de sus límites. 

Su cercanía a monumentos como el Palacio de Oriente es una razón más para visitar esta huella de la Alta Edad Media, de gran valor arqueológico.

El caído Josu Ternera

El artículo de hoy no es una crítica periodística, sino una mera curiosidad sobre una palabra utilizada por distintos diarios, tanto nacionales como regionales, para contar la detención ayer en Francia de Josu Ternera, exjefe de la banda terrorista ETA.

El País titula en portada: «El etarra Josu Ternera cae tras una fuga de 17 años». La de Abc dice: «Cae Josu Ternera, faltan otros 30 pistoleros de ETA». El Periódico de Catalunya: «Josu Ternera, el histórico jefe de ETA que anunció el adiós de la banda, cae en Francia tras 17 años huido». Diario de Sevilla: «Josu Ternera, el fugitivo más buscado de ETA, cae en Francia». Sur: «Cae Josu Ternera, jefe de ETA en los años de grandes atentados».

Es cierto que el uso del verbo «caer», que tanto se repite en las primeras páginas de hoy, es correcto. En su acepción séptima, la RAE señala que esa palabra significa «venir o dar en la trampa o engaño dispuestos contra» alguien. Sin embargo, el debate es otro: ¿por qué no utilizar los términos «detener» o «arrestar»? Son vocablos que dan mucha más fuerza al titular.

Desconozco qué motivación tendrán los periódicos citados para optar por la caída en lugar de la detención del histórico dirigente terrorista. Prefiero los titulares de medios como El Diario Vasco, que publica: «La detención de Josu Ternera en los Alpes franceses sella el fin de ETA». O Heraldo de Aragón, que recuerda uno de los crímenes más sanguinarios que se le imputan al arrestado: «Detenido Josu Ternera 31 años después del atentado a la casa cuartel de Zaragoza».

A Sarajevo por las carreteras secundarias de la memoria

En un Citröen BX sin aire acondicionado ni radio. Con su padre al volante y su madre y sus dos hermanas completando la expedición. El calendario marcaba mediados de los ochenta y fue entonces cuando el narrador de Londres-Sarajevo tuvo su primer contacto con los Balcanes. Aunque quizá sea más acertado decir Yugoslavia, el Estado que mejor encarnó el nombre de esa península del sureste europeo.

Esta novela (publicada por Volapük Ediciones) es la primera de Isaak Begoña (Madrid, 1972), autor de un relato con mucho de autobiográfico, pero no sólo de la biografía propia, sino también de ajenas: las de jóvenes procedentes de un país que de la noche a la mañana dejó de existir en los mapas. En Londres se topó con ellos, huidos de una guerra que se contaba en los telediarios, aunque Europa prefiriera mirar para otro lado

El protagonista de Londres-Sarajevo era un adolescente cuando aquel coche con matrícula de Guadalajara cruzaba fronteras. Aquella placa GU-1845-C dejaba «atónitos» a los lugareños, que la observaban «intentando adivinar nuestro país de origen». Era la época en la que las pesetas «no cundían tanto como ahora los euros, ni tan siquiera convertidas en dinares yugoslavos».

No podía imaginar el narrador que pocos años después el país que conoció por carreteras secundarias estallaría en una serie de conflictos atizados por los nacionalismos, que a su vez se venían predicando «en iglesias católicas y ortodoxas, en mezquitas», como evoca en las páginas de esta obra.

«No éramos practicantes, de hecho casi nadie lo era en aquella época, quizá por eso el país estuvo más o menos unido hasta principios de los noventa». Son palabras de Selma, una joven bosnia musulmana con la que el escritor mantiene confidencias en los descansos para fumar un cigarrillo en el callejón junto al hotel donde trabajaban.

Selma, que en las cartas a sus padres, refugiados en Alemania, les confesaba haber olvidado lo que es una carcajada, aunque no se resignaba a decir adiós a su tierra: «Quiero volver para vivir la vida que nos han robado, siento que quedarme en Londres sería una forma de derrota».

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Isaak Begoña, en la presentación de su novela en Sarajevo, por parte de Isabel Torres, de GPress (foto: M. Vega). 

El autor rememora los tiempos felices de la Yugoslavia previa a su desintegración. Cuando sus deportistas cosechaban éxito tras éxito. «Durante los años 89, 90 y 91 fuimos los mejores», recordaba el baloncestista Zarko Paspalj. O cuando el Estrella Roja de Belgrado, con futbolistas serbios, croatas y de cualquier otra parte del país se proclamaba campeón de Europa en 1991. Pocas semanas después, a finales de junio, la guerra incendiaba los Balcanes.

La selección yugoslava de fútbol se había clasificado con brillo para la Eurocopa de 1992. Sin embargo, la FIFA ordenó que el país, o lo que quedaba de él (Serbia y Montenegro) fuera excluido de la competición. Su plaza la ocupó Dinamarca, un «equipo discreto» que, no obstante, acabaría siendo el ganador de un torneo que tal vez debiera haber tenido color plavi.

En ese tiempo fueron muchos los jóvenes talentos del deporte ya exyugoslavo que huyeron del país por el conflicto armado. Como el caso de Sasa, un primo de Selma, que probó fortuna en España. Fracasó en su intento y volvió a la Bosnia en ruinas de la posguerra. «Acabó convirtiéndose en una metáfora del país», subraya quien cuenta la historia.

Isaak Begoña pone también el acento en las similitudes entre las guerras fratricidas de las penínsulas ibérica y balcánica. «Ningún país de Europa ha tenido una guerra civil tan dura, no ha corrido tanto la sangre entre hermanos en ningún sitio del continente como en España y Yugoslavia», concluyen el escritor y su amiga bosnia en otra pausa para tabaco y conversación.

No es descabellado afirmar que las guerras de los años noventa han quedado en las carreteras secundarias de la memoria oficial de Europa, más interesada en ocultar su inacción para frenar aquella sangría. Por ello es tan necesario valorar aquellos viajes en coche, en los que la familia del autor tenía el privilegio de conocer de primera mano los testimonios de gente de a pie. Así los valoraba el padre: «Presta atención, Isaak, viajando se aprende otra historia, una que no viene en los libros».

Por fin en el parque del Capricho

Lo conocía de oídas y de ver algunas imágenes en Internet. Desde hace años, pero no fue hasta ayer cuando por fin lo visité. El parque del Capricho es una maravilla de Madrid que bien podría competir con los monumentos del centro de la capital. Sin embargo, es la larga distancia que lo separa del corazón de la ciudad -está próximo al aeropuerto de Barajas– lo que lo ha mantenido en una especie de anonimato del que tenemos el deber de sacarlo.

Construido entre 1787 y 1839, sirvió como finca de recreo para los duques de Osuna. La duquesa, María Josefa Pimentel, era mecenas de artistas, lo que se refleja en la cantidad de obras de arte que proliferan por los jardines.

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La Exedra, templete con el busto de la duquesa de Osuna en su centro (fotos: Manuel Vega). 

Por su pasillo central se accede a la plaza de los Emperadores, rodeada por bustos de los primeros doce césares romanos. Es ahí donde se halla la Exedra, construcción abierta semicircular en cuyo centro se ubica un busto de la duquesa.

El arte no está sólo en las piedras, sino también en el propio diseño de los jardines. Como el laberinto a la espalda de parte de los emperadores.

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Siguiendo la ruta desde esta plaza, nos topamos con el palacio de los duques de Osuna, precedido de un estanque. El edificio, del siglo XVIII, está actualmente en obras. Junto al mismo, durante la Guerra Civil, el gobierno republicano construyó un búnker que sirvió de cuartel general del Ejército del Centro.

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A partir de ese punto, es mejor perderse por los jardines y sorprenderse con los tesoros que ocultan. Bellezas del patrimonio arquitectónico en perfecta combinación con estanques, riachuelos y arboledas.

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El templete de Baco se encuentra en la cima de una colina. 
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Cisnes negros en el estanque principal del parque del Capricho.
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El Casino de Baile.
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Este edificio se conoce como la casa de la Vieja.
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El Parterre de los Duelistas: dos columnas separadas por 40 pasos, como en los duelos a pistola. 

El acceso al parque del Capricho es gratuito, pero sólo está permitido fines de semana y festivos. En horario de primavera y verano -entre el 1 de abril y el 30 de septiembre-, permanece abierto entre las 9:00 y las 21:00 horas.

Consejo para ciclistas: el parque está próximo al anillo verde de Madrid, por lo que es sencillo llegar en bicicleta hasta su entrada. Sin embargo, no se permiten las bicis dentro del recinto, aunque se pueden atar con candado justo frente a la puerta.

Disfruten de la visita a uno de los tantos tesoros ocultos de Madrid.

 

La Bodega de Carlos III

Los tesoros ocultos de Madrid no se limitan a la villa y corte, sino que en toda la provincia hay secretos que descubrir. Ayer supe de la existencia de uno muy cerca de Aranjuez, que ya de por sí tiene un gran patrimonio que ofrecer.

A unos cinco kilómetros de esta localidad se encuentra Real Cortijo de San Isidro,  una pedanía donde hay una explotación vinícola que fue creada a finales del siglo XVIII: la Bodega de Carlos III.

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Bajo tierra, manteniendo una temperatura de 12 grados y una humedad del 85% durante todo el año para conservar el vino en condiciones óptimas, esta bodega perteneció a la Corona durante cuatro reinados, desde el del mejor alcalde de Madrid hasta el de Isabel II. A partir de entonces ha ido pasando por diferentes manos, públicas o privadas.

Actualmente tiene, entre otras utilidades, además de las propias de la bodega, la celebración de eventos, como el concierto de ayer del Festival de Música Antigua de Aranjuez. En los salones de la bodega, el bailaor Marco Flores brilló fusionando su taconeo flamenco con los sones de piezas de Domenico Scarlatti, interpretadas por Ignacio Prego al clavecín y David Mayoral a la percusión.

Para la crítica artística ya están las publicaciones especializadas. Desde aquí sólo animo a visitar un lugar del que hasta ayer no tuve noticia y que merece la pena conocer.

Los despropósitos urbanísticos en pleno centro de Madrid

Paseaba en bicicleta a la puesta de sol por la plaza de Ramales, próxima al Palacio Real de Madrid. Es ahí donde estuvo la iglesia en la que fue enterrado Velázquez en 1660. Siglo y medio después, José Bonaparte ordenó su demolición por cuestiones urbanísticas. Así, se abrió el espacio que dio lugar a la plaza, pero también se perdió la tumba del genio de nuestra pintura. Una columna rematada por una cruz recuerda al artista que mejor retrató el Madrid de Felipe IV.

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Vista de la plaza de Ramales, con la columna en memoria de Diego Velázquez (fotos: Manuel Vega). 

La belleza del centro de Madrid se ve en ciertas ocasiones -por no decir numerosas- deshonrada por auténticos despropósitos en su urbanismo. En lugar de garantizar la armonía con las construcciones antiguas, el Ayuntamiento ha permitido que la fiebre del ladrillo haya perpetrado verdaderos atentados contra el patrimonio artístico. En la propia plaza de Ramales se observa uno muy claro.

Allí se encuentran bellos edificios de distintas épocas, como es el caso de la casa-palacio de Domingo Trespalacios, del siglo XVIII. En ese espacio convive con otra casa-palacio, la de Ricardo Angustias, que es la que se observa en la foto anterior y cuya apariencia actual data de 1920. Hasta aquí, todo estupendo, pues quien observe ambas construcciones verá que no desentonan en absoluto.

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Casa-palacio de Domingo Trespalacios, del siglo XVIII, también en la plaza de Ramales. 

El disparate llega a la derecha del edificio de Domingo Trespalacios. Vean:

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¿No había forma de construir un inmueble de viviendas que respetara la arquitectura de la plaza? Esta pregunta vale para otros barrios del Madrid castizo, como es el caso de Malasaña o Lavapiés, donde es habitual ver fachadas esperpénticas entre edificios de gran valor artístico. Pero qué se puede esperar de un Ayuntamiento que ha permitido el crimen de la Operación Canalejas.

El parque de Boccherini

Junto al Palacio de Oriente y la Catedral de La Almudena se encuentra la Cuesta de La Vega. Esta carretera baja hacia el parque de Atenas, separado de la calle Bailén por un notable desnivel de unos 50 metros. Para salvar esa pendiente, la Cuesta de la Vega recorre una serie de curvas cerradas que a los aficionados al ciclismo les pueden parecer una versión en miniatura del Alpe D’Huez, una de las cumbres míticas del Tour de Francia.

Casi al final de la escalada, en medio de los caminos de subida y bajada, hay un pequeño parque dedicado a Luigi Boccherini. Este compositor italiano del siglo XVIII fue célebre en el Madrid de Carlos III y Carlos IV, donde residió hasta su muerte en 1805. En su parque hay una placa que permite hacerse una idea de su éxito: «Si Dios quisiera hablar a los hombres, se serviría de la música de Haydn. Pero si quisiera oír música, elegiría sin duda la de Boccherini». Así lo afirmó el violinista francés Jean-Baptiste Cartier.

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El parque de Boccherini, en medio de la madrileña Cuesta de la Vega (foto: Manuel Vega).

A veces me pregunto si este español de la Toscana ha recibido de su país de adopción toda la admiración que merece. ¿Hemos dado a conocer la figura de Boccherini lo suficiente? Su Música nocturna en las calles de Madrid sonó en la ceremonia de apertura de los Juegos Olímpicos de Barcelona 92. Aunque al gran público probablemente le suene más por una película protagonizada por Russell Crowe: Master and Commander. Debemos aprender a ser nosotros los primeros en difundir nuestro vasto patrimonio cultural. Nunca es tarde.

Siete temporadas sin rumbo

Cada vez que me asomo a esta ventana, intento que el uso de la primera persona sea más excepción que regla y que el análisis prime sobre la opinión. A veces lo consigo, a veces no. Y esta madrugada no tengo la menor intención de lograrlo.

Tras el descalabro del Barcelona en el campo del Liverpool (un 4-0 que hizo inútil su victoria por 3-0 en la ida de las semifinales de la Liga de Campeones), me gustaría que el marcador final hubiera sido un 4-1. No porque ese resultado significase que mi equipo se habría clasificado para la final, sino porque incluso de haberse dado esa situación no cambiaría ni una sola coma de lo que viene a continuación.

El Barça lleva siete años sin rumbo, sin jugar absolutamente a nada. Su fútbol ha ido empequeñeciéndose temporada a temporada desde que Pep Guardiola decidió dejar su banquillo. Díganme que tras la marcha del técnico de Santpedor se han ganado muchas Ligas y Copas del Rey, muchísimas. Incluso que con Luis Enrique a los mandos el club logró la Champions de 2015. Otra cosa es quién se acuerda de esa Champions, si la comparamos con las dos que conquistó Pep (2009 y 2011), con un juego que asombraba al mundo, e incluso con la que ganó con gran brillantez Frank Rijkaard en 2006.

La calidad de un equipo grande se mide por sus éxitos europeos. O, al menos, por una imagen honorable en el fútbol continental. Y desde que Guardiola no dirige la nave azulgrana, las actuaciones dignas han sido la rareza y las debacles, la norma. A contar: el global de 0-7 frente al Bayern en 2013, el 3-0 en el campo de la Juventus en 2017, la remontada de la Roma en 2018 (3-0 tras haber encajado un 4-1 en el Camp Nou) y la catástrofe de ayer en Anfield Road.

Ningún sucesor de Pep -a excepción de Tito Vilanova, cuya grave enfermedad lo obligó a retirarse en su primera temporada- ha dado con la tecla que haga funcionar al equipo. No lo consiguió Tata Martino, ni lo hizo Luis Enrique, ni por supuesto Ernesto Valverde, un técnico sin sangre en las venas que, al igual que sus dos predecesores, ha vivido de los destellos de Leo Messi. Que son suficientes para las competiciones domésticas, pero no para un torneo tan exigente como la Champions.

Sin embargo, sería injusto centrar en el preparador la responsabilidad de los fracasos. Como en toda empresa, hay que mirar un poco más arriba. El actual presidente del Barça, Josep Maria Bartomeu, poco tiene de lo que enorgullecerse. Delfín de Sandro Rosell hasta la dimisión de este en 2014 y dirigente desde entonces, ha hecho que el club desembolsara millonadas obscenas en los fichajes de Neymar, Dembelé y Coutinho, jugadores del montón que ni de lejos valen lo que han costado. Sí, del montón. Veamos la comparativa con los fichajes que se hicieron cuando había una dirección sensata.

Joan Laporta presidió el Barça entre 2003 y 2010. Su época fue, de lejos, la mejor de la historia blaugrana. Y eso no es una opinión, sino hechos objetivos. Asumió el mando tras la nefasta presidencia de Joan Gaspart, en la que quedar cuarto en Liga y clasificarse para la Liga de Campeones era visto como un éxito, ante la lamentable ausencia de títulos.

Laporta comprendió que para devolver la grandeza al Barça hacía falta una política acertada de fichajes e impulsar la cantera. Con Rijkaard de entrenador, en sus dos primeras temporadas se trajo, y a precios razonables (ver links), a excelentes futbolistas como Ronaldinho, Eto’o, Deco, MárquezGiuly o Larsson. A ellos se unió una apuesta firme por los canteranos, con Carles Puyol, Xavi Hernández, Andrés Iniesta, Víctor Valdés y Messi como claros ejemplos de que muchas joyas se encuentran en la propia casa.

Tras ganar dos Ligas y una Champions, el Barcelona de Laporta también tuvo sus años de zozobra, pero el presidente supo encauzarlo en 2008 sentando en el banquillo culé a Guardiola, que exprimió el fútbol que aún le quedaba a la plantilla de Rijkaard y le imprimió una personalidad propia que lo convirtió en el mejor Barça de la historia.

Al cumplir Laporta sus dos mandatos, cedió la presidencia en 2010 a Sandro Rosell, quien vivió de Guardiola sus dos primeras temporadas como máximo dirigente del club. Tras el adiós del técnico en 2012, empezó el despropósito de los fichajes multimillonarios de aspirantes a estrellas -que acaban estrellados- y el desmantelamiento de la cantera, que aún continúa. Porque no querrán decirme que Valverde está haciendo algo por ella.

A los que se empeñan en tener los ojos vendados, nada que decirles, pues nada podrá abrírselos. Disfruten de este Barça campeón de Ligas que nadie le disputa. Y rey de Copas que no le llevan a ninguna parte. Y sueñen con otro doblete Liga-Copa que jamás podrá ocultar la vergüenza de ver a un equipo empapado de desidia, que no inquietó al Liverpool en ningún momento y que perdiendo 3-0 y 4-0 se dedicaba a dar toques en el centro del campo, como si tuviera el marcador a favor.

 

La Generalitat baja al nivel de Enric Marco en Mauthausen

Desde que la Justicia ordenó encarcelar a los líderes del procés soberanista catalán, la Generalitat y los partidarios de la independencia no han dejado de gritar a los cuatro vientos que los recluidos son «presos políticos». Esta afirmación suya es falsa, dado que no son sus ideas políticas las que los han llevado a prisión -o a huir del país-, sino que el motivo de su arresto se debe a su quebrantamiento de las leyes vigentes, normas aprobadas por un Estado democrático.

Como opinión personal, es un error mantener entre rejas a los acusados en el juicio por el referéndum ilegal de autodeterminación y la subsiguiente declaración ilegal de independencia. Si se pretende evitar su huida, lo adecuado habría sido retirarles el pasaporte y vigilar eficazmente las fronteras para garantizar su comparecencia ante la Justicia. Con la cárcel, se regala al independentismo una excusa para alimentar su pretendido papel de víctimas y manipular la realidad a su antojo. Y ayer vimos una prueba más de esto.

El 5 de mayo de 1945, tropas norteamericanas liberaban el campo de concentración de Mauthausen, en Austria. En esa fecha, cada año, muchos países celebran actos para no olvidar el horror del exterminio practicado por la Alemania nazi. España se ha unido por primera vez a estas celebraciones oficiales y en la ceremonia de ayer en ese campo estuvo presente la ministra de Justicia, Dolores Delgado.

La noticia, sin embargo, ha estado en el uso partidista que la Generalitat de Cataluña ha hecho del acto que ha organizado ante una placa que inauguró hace dos años su entonces conseller de Exteriores, Raül Romeva, hoy uno de los presos juzgados en el Tribunal Supremo en el juicio al procés.

En su discurso en Mauthausen, la directora general de Memoria Democrática de la Consejería de Justicia de la Generalitat, Gemma Domènech, proclamó: «Romeva ha pasado 440 días en prisión en la triste condición de preso político; triste para la democracia». Estas palabras motivaron que la ministra Delgado, que se había acercado al homenaje del Govern a las víctimas de los nazis, abandonara el acto.

A través de Twitter, el president de la Generalitat, Quim Torra, elogió el discurso de Domènech, especialmente su alusión al exconseller como «preso político de España».

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Llama la atención el calculado uso del término «España» por parte del jefe del Ejecutivo catalán. Lo resalta para lo negativo («preso político de España») y lo omite cuando le conviene. Miles de españoles murieron a manos de los nazis en el infierno de Mauthausen. ¿Qué es eso de «republicanos del Estado»? ¿Tanto reparo le da llamarlos españoles?

Pero centrémonos en las palabras de Gemma Domènech. Traer a colación a Raül Romeva en un acto de homenaje a las víctimas del nazismo es un acto de bajeza que recuerda a otro relacionado con la memoria de aquel campo de exterminio.

Durante décadas, un hombre llamado Enric Marco, nacido en 1921, se presentó ante el mundo como un superviviente de Mauthausen. Llegó incluso a presidir la asociación de deportados españoles a los campos de concentración nazis, la Amical de Mauthausen. Sin embargo, Marco se había inventado su historia. Jamás fue encerrado en ese campo. Así lo demostró en 2005 el investigador Benito Bermejo.

La representante de la Generalitat en el acto de ayer en Mauthausen no pretendió reescribir la Historia, pero sí trató de manipularla en beneficio de su causa. Y eso es muy parecido a lo que hizo Enric Marco con su caso particular: su relato falso no era más que una gota en la tempestad de la Segunda Guerra Mundial. Pero nunca imaginó que alguien se iba a molestar en desenmascararlo.

 

P. D.: Como homenaje a los catalanes y a todos los españoles que sí sufrieron el horror de Mauthausen, la foto de la liberación del campo, con ese cartel en castellano que rezaba: «Los españoles antifascistas saludan a las fuerzas liberadoras».