Regresa la obsesión olímpica

Habían transcurrido cinco años desde los Juegos Olímpicos de Barcelona, los mejores de la historia, que es lo que siempre se dice tras unos Juegos -aquella vez era verdad-. En 1997, alguien en Sevilla había soñado de forma infantil con seguir los pasos de la Ciudad Condal. Pero la carrera para la olimpiada de 2004 le dio una bofetada de realidad a la candidatura hispalense, que no pasó el primer corte. ¿A quién se le puede ocurrir que el Comité Olímpico Internacional elegiría a una ciudad española para la cita de 2004, sólo doce años después de que otra ciudad española fuese sede?

La capital andaluza volvió a intentarlo para los Juegos de 2008, repitiendo el fracaso. Pero lo que realmente dejó ríos de tinta e imágenes a todas horas fue la aspiración de Madrid a ser ciudad olímpica en 2012.

Madrid 2012 sí resultó un proyecto interesante a ojos del COI, que lo incluyó en el quinteto de candidatas finalistas, junto a Nueva York, Moscú, París y Londres. Sin embargo, en julio de 2005, en Singapur, la candidatura española se despeñaba de la nube. La eliminación de Moscú y Nueva York le había dado grandes esperanzas, pero en la delegación de Madrid no se pensó lo suficiente en que su sueño olímpico era un imposible frente a las capitales de Francia y el Reino Unido. ¿Por qué? Porque representaban a países poderosos que llevaban muchas décadas sin organizar unos Juegos: los franceses no lo hacían desde París 1924 y los británicos, que fueron los elegidos para 2012, desde Londres 1948. Habría sido bonito que Madrid fuera olímpico, pero el éxito de Barcelona 92 estaba todavía muy cercano.

Para 2016, el sueño se transformó en obsesión. Una obsesión irresponsable, vistos los precedentes. Esta es una lista que en toda candidatura a unos Juegos Olímpicos hay que tener presente: 1956, Oceanía; 1960, Europa; 1964, Asia; 1968, América; 1972, Europa; 1976, América; 1980, Europa; 1984, América; 1988, Asia; 1992, Europa; 1996, América; 2000, Oceanía; 2004, Europa; 2008, Asia y 2012, Europa. La última vez que un mismo continente acogió dos ediciones consecutivas de los Juegos fue en 1952, cuando Helsinki tomó el testigo de Londres 1948. Desde entonces, siempre ha habido rotación entre continentes.

Es imposible que en la candidatura de Madrid 2016 no se conociera esa regla no escrita. En los medios se afirmó que había sido Jacques Rogge, presidente del COI cuando se procedió a la elección de las sedes de 2012 y 2016, el que animó al entonces alcalde de Madrid, Alberto Ruiz-Gallardón, a una tentativa olímpica consecutiva. Sin embargo, fue el Ayuntamiento de la capital el que se arriesgó a volver a perder, pues los ánimos de Rogge no debían en modo alguno interpretarse como una victoria segura de Madrid, finalmente derrotada por una ciudad no europea: Río de Janeiro.

La obsesión fue a más de cara a los Juegos de 2020, que organizará Tokio. Estas imágenes resumen el último fiasco para Madrid:

Tras el relaxing cup de la que fuera alcaldesa Ana Botella, Madrid parecía haberse convencido de que quizá falten algunas décadas más para que llegue su hora olímpica. Pero hoy, la portada de Abc vuelve a vender humo informando de que el nuevo alcalde de la villa y corte, José Luis Martínez-Almeida, recupera el sueño olímpico para dentro de trece años.

¿Madrid 2032? ¿Cuarenta años después que Barcelona? Puede ser tiempo suficiente. No tanto como el siglo que van a tener que esperar los franceses -de París 1924 a París 2024- ni las más de seis décadas que les tocaron a los ingleses con las citas de Londres -1948 y 2012-. Pero muchos residentes en Madrid podrían plantearse que convertir la ciudad en olímpica parece el único programa de gobierno cuando la derecha asume la alcaldía. Y que los tres precedentes han tenido resultados desastrosos.

Toronto, ¿el primer equipo «no americano» en ganar la NBA?

Me escribe un amigo cabreado -y con razón-, por algo que acaba de escuchar en la radio: «Los Raptors, primer equipo no americano en ganar la NBA».

Parece que lo de llamar a los naturales de los Estados Unidos de América por su gentilicio -estadounidense o norteamericano– es una batalla perdida. Pero, en realidad, quienes la pierden no somos los defensores del buen uso del español, sino los que por comodidad o por influencia gringa los denominan «americanos».

Hace años conversaba en inglés con otro amigo, de nacionalidad estadounidense, sobre la justificación de llamar «América» a su país, que no es más que una parte de ese continente. Su explicación me pareció tirando a surrealista. Según este amigo, América es un país que está dentro del continente de «North America». Luego hay otro continente llamado «South America». Que cada cual saque sus conclusiones, espero que contrarias a esa teoría continental.

Volviendo a la final de la NBA y la victoria del equipo canadiense Toronto Raptors, desconozco si el locutor que lo definió como «equipo no americano» lo hizo así por ahorrarse unas sílabas, siempre valiosas en el mundo de la radio, o por mera ignorancia. Lo que debió decir en su lugar es que el conjunto en el que juegan los baloncestistas españoles Marc Gasol y Serge Ibaka es el primer equipo no estadounidense en ganar la NBA. Esa es la verdad.

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Los Knicks de Nueva York y los Toronto Raptors en un partido en 2008 (foto: Manuel Vega).

Las cuestas en bici

-No te ha cuadrao esta vez.

Venía en bici desde el paseo Rosales. Allí había pasado un rato con uno de mis mejores amigos, su mujer y su hija, que es como mi sobrina. Habían llegado en tren desde León y pararon unas pocas horas en Madrid antes de dirigirse al aeropuerto.

Pedaleaba por la cuesta del túnel de la plaza de España, en la calle Bailén, hacia la plaza de Oriente. El semáforo en rojo cortó el ascenso. Y en la acera, pegado a la calzada, un agente de la Policía Municipal acababa de iniciar la conversación.

-No es problema. Estamos en forma -respondí sonriente.
-Hay que estarlo para subir esta cuesta.
-Bueno. No es de las peores. La Cuesta de la Vega -dije señalando hacia delante-. Esa sí es una buena subida. De Tour.
-Sí, esa es un buen Tourmalet.
-Yo la llamo Alpe D’Huez.

Quise decirle por qué, pero no hizo falta:
-Claro, por las curvas -se adelantó el policía.
-Y la subida de la calle Segovia -continué con los puertos ciclistas-, ni le cuento.

El semáforo se puso en verde. Quería darle las gracias. Por la charla. Por su amabilidad. Pero no sabía cómo empezar. Él me lo puso fácil:

-Suerte -se despidió, mostrándome los metros que me quedaban de ascenso.
-¡Gracias!

Seguí mi ruta pensando en cuántas buenas personas nos podemos encontrar por el camino. También en los empleados públicos, y en lo injustos que somos cuando pensamos que todos son como el señor con pachorra que desde su ventanilla o su teléfono cree hacer esfuerzos sobrehumanos por responder preguntas de su competencia -de estos, por cierto, los hay, y muchos, en empresas privatizadas y privadas, aunque tienen la suerte de que no se los etiquete-. Y pensé también en que me gustaría volver a ver a ese policía, invitarlo a una cerveza y decirle que me ha parecido un tío cojonudo. Como no creo que nos encontremos de nuevo, le dedico esta página.

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La entrada de hoy empieza en un semáforo poco antes de llegar al Palacio Real (foto: Manuel Vega).

Aníbal y Escipión

La anécdota para la Historia venía en un libro de Latín de lo que en los 90 se llamaba 2º de BUP. Publio Cornelio Escipión, el hombre que llevó a Roma a la victoria en su guerra contra Cartago, se reencontraba con su adversario, Aníbal. El cartaginés, que ya tenía su sitio en los anales por haber cruzado los Pirineos y los Alpes con sus elefantes, entrando en Italia con sus tropas y amenazando la propia Roma, vivía exiliado en el Mediterráneo oriental, bajo la protección de Antíoco III, rey del Imperio seléucida.

Los dos protagonistas de la Segunda Guerra Púnica volvieron a verse las caras en Éfeso, en la actual Turquía, donde el romano había sido enviado en misión diplomática para negociar un acuerdo con los seléucidas. Aníbal asistió a esas negociaciones.

Los viejos rivales tuvieron tiempo para entrevistarse y conversar sobre las guerras de antaño. Fue entonces cuando Escipión el Africano le preguntó al cartaginés cuáles habían sido en su opinión los mejores generales de la Historia.

«El primero, Alejandro Magno, el segundo Pirro y el tercero yo», respondió Aníbal. Escipión no se mordió la lengua y se rió de la afirmación de su antagonista: «Pues si me hubieras derrotado a mí…». «Entonces me pondría yo el primero de todos», replicó el vencedor en Cannas y vencido en Zama.

No todas las victorias son grandes, como tampoco todas las derrotas son humillantes. Aníbal perdió la guerra, pero no fue un perdedor. Durante años tuvo en jaque a los romanos, derrotándolos repetidas veces en el corazón de su incipiente imperio, la península itálica. Sólo cuando Roma encontró un líder a la altura de Aníbal pudo vencerlo. De ahí que el supuesto ego de Aníbal por incluirse en la terna de los mejores generales de la historia fuera en realidad un gesto de admiración a quien fue capaz de frenar su brillante carrera militar.

Pienso en Aníbal y Escipión cada vez que oigo a alguien deseoso de evitar retos complicados, creyendo que mejor medirse a oponentes menores, porque ello le permitirá, supuestamente, llegar más lejos. Esa conducta temerosa, muy frecuente en el deporte, no es más que un autoengaño, pues lo que uno vale se mide por la calidad de sus rivales. Por ello, tanto Aníbal como Escipión tienen sus páginas en la Historia.

Exprimiendo noticias falsas

Ante la duda, periodismo. Esa debería ser una máxima para todo aquel que se dedique a este oficio. Por desgracia, son muchos los que desdeñan esos principios y prefieren otros, como los de los titulares morbosos que generarán gran expectación y un jugoso tráfico de lectores a sus páginas web.

Ayer corrió como la pólvora por todo el globo terráqueo una noticia falsa basada en la manipulación de unos hechos ciertos ocurridos en los Países Bajos. Periódicos, radios y televisiones de todas partes, incluida España, difundieron que una adolescente de 17 años llamada Noa Pothoven había muerto «por eutanasia«. Informaban de que la joven la había solicitado tras no haber podido superar las secuelas psíquicas que le causó haber sido víctima de agresiones sexuales. Una de ellas, sufrida con sólo 11 años.

La afirmación de esa eutanasia aplicada a una menor de edad voló a la velocidad de la luz en distintos medios, especialmente de habla inglesa. Y desde ese trampolín saltó a otros que tampoco se molestaron en verificar los hechos. Cuando el nombre de la joven fallecida ya era vox populi planetaria, llegó el periodismo al rescate, personificado en esta ocasión en la reportera irlandesa Naomi O’Leary.

En un hilo en Twitter difundido ayer, O’Leary muestra la total falsedad de la noticia de la eutanasia. Y lo hizo como se debe hacer: contactando con una fuente directa, el periodista neerlandés Paul Bolwerk, quien lleva siguiendo el caso desde 2018 y ha ido publicando distintos artículos en el diario local De Geldenlander.

Lo que realmente ocurrió, y así se publicó en la prensa holandesa, es que Noa Pothoven, tras haber sido hospitalizada varias veces, solicitó que se le aplicase la eutanasia, pero su petición fue rechazada por las autoridades sanitarias. Ante esta negativa, la joven decidió dejar de alimentarse. Sus padres, las principales víctimas del bulo difundido por multitud de medios internacionales, y los médicos se resignaron y no la forzaron a comer. Finalmente, Noa murió el pasado domingo en el hogar familiar, en la ciudad de Arnhem.

Aclarada la historia, sorprende ver hoy algunas portadas de la prensa española exprimiendo la noticia falsa. El Mundo le da un pequeño espacio en su cabecera hablando de Caso Noa, como si la fallecida fuera alguien de quien hubiera estado informando habitualmente a sus lectores. Añade una foto de la chica y la pregunta: «¿Eutanasia también para las enfermedades mentales?». La Razón se une a la «polémica por su suicidio» y arrima el ascua a su sardina agregando: «Y nadie evitó que Noa no se alimentara». Pero el que vuelve a superar a todos es Abc.

«El caso Noa irrumpe en el debate en España», titula este rotativo centenario con foto a página completa de la desdichada joven. A continuación, la prueba de que la verdad sobre esa muerte le importa un rábano, pues lo único que parece servirle a este periódico es atizar al Gobierno, o al partido ahora en el Gobierno, sea como sea: «El PSOE insiste en que su ley no avalaría una muerte como la de la joven holandesa, pero sí recoge la eutanasia si fuera mayor de edad y se determinase un sufrimiento psíquico sin posibilidad de alivio».

Abc debería explicar cómo un día después de que se demostrase que la muerte de Noa no fue por eutanasia, sino que se dejó morir por inanición, mantiene en su web algunos titulares con los que está mintiendo y manipulando:

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Aquí queda el enlace a La eutanasia que no lo fue, el reportaje de la revista Politico en el que Naomi O’Leary narra cómo descubrió el bulo. Como escribe esta periodista, It was a story too horrible to be true. Era una historia demasiado terrible para ser cierta.

A los periodistas que dieron su vida por estar al pie de la noticia

Fueron reporteros que vieron el fin de sus días cumpliendo su deber: estar al pie de la noticia. Dos de ellos encontraron la muerte en la Guerra de Irak, apenas con un día de diferencia. El 7 de abril de 2003, Julio Anguita Parrado, enviado del diario El Mundo, fallecía cuando un misil iraquí alcanzaba la posición de la unidad norteamericana con la que iba empotrado en su avance hacia Bagdad. Una jornada más tarde era el cámara de Telecinco José Couso el que moría víctima de la barbarie, después de que un tanque estadounidense abriera fuego contra el Hotel Palestina. Era en ese edificio donde se alojaba la mayor parte de la prensa extranjera y desde el cual los medios narraban la toma de la capital iraquí durante la invasión del país por las tropas norteamericanas y británicas.

Desde el pasado sábado, un parque del distrito madrileño de Ciudad Lineal lleva el nombre de ambos periodistas. Un monolito de granito los recuerda a ellos y a otros siete españoles que perdieron la vida informando desde lugares arrasados por conflictos armados: Luis Espinal (en Bolivia en 1980), Juantxu Rodríguez (Panamá, 1989), Jordi Pujol (Bosnia, 1992), Luis Valtueña (Ruanda, 1997), Miguel Gil (Sierra Leona, 2000), Julio Fuentes (Afganistán, 2001) y Ricardo Ortega (Haití, 2004).

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Monumento en un parque de Madrid a periodistas españoles muertos en conflictos armados (fotos: Manuel Vega).

El Ayuntamiento de Madrid acordó en 2018, quince años después de las muertes de Couso y Anguita Parrado, rendir homenaje a los periodistas que «ponen en riesgo su integridad y seguridad cuando dan a conocer al mundo lo que sucede en zonas de guerra», según informó el consistorio en un comunicado.

En el monumento se recuerda en primer lugar a Couso y a Anguita Parrado. Bajo sus nombres y sus fechas de nacimiento y óbito, está la frase «asesinados en la Guerra de Irak». Esa afirmación contiene una inexactitud: José Couso sí fue asesinado, pero no fue ese el caso de Julio Anguita Parrado.

Como se ha indicado, el enviado de El Mundo iba empotrado con las tropas norteamericanas. Eso significa que el periodista se encontraba en todo momento con los soldados, lo que implicaba hacer su trabajo periodístico cuando estos avanzan hacia el enemigo. Y ello conlleva el riesgo de sufrir ataques como el que segó su vida y las de otro periodista y dos militares.

La muerte de Couso tuvo otras circunstancias. El cámara de Telecinco estaba grabando desde su habitación del Hotel Palestina los combates entre las tropas estadounidenses que entraban en Bagdad y las fuerzas iraquíes. Fue entonces cuando un tanque norteamericano giró su torreta hacia el hotel y disparó. Couso fallecería más tarde en un hospital, víctima de las heridas que le había causado el impacto.

El alto mando de Estados Unidos era conocedor de que en el Palestina se alojaba la mayor parte de la prensa extranjera. Su propio secretario de Estado, Colin Powell, lo reconoció en una visita a España un mes más tarde. Asimismo, sabía de la ubicación de las televisiones Al Jazeera y Abu Dhabi TV, que fueron también atacadas, con el resultado de un periodista de la primera de ellas muerto. Esos tres ataques a periodistas, más que a errores, siempre han sonado a advertencias de los norteamericanos a la prensa no controlada, los testigos incómodos de las guerras.

La diferencia entre las muertes de Anguita Parrado y Couso también se observa si se comparan las de otros de los periodistas homenajeados en ese parque de Ciudad Lineal. Por ejemplo, las de Miguel Gil y Julio Fuentes.

Gil, camarógrafo de la agencia norteamericana Associated Press, murió cuando la columna del Ejército de Sierra Leona a la que acompañaba sufrió una emboscada por parte de la guerrilla. Sin embargo, Fuentes, enviado especial de El Mundo a la Guerra de Afganistán, fue asesinado junto a otros periodistas por unos salteadores de caminos que interceptaron su vehículo cuando se dirigían a Kabul.

Arturo Pérez-Reverte escribió en su novela Territorio Comanche: «En la guerra a un periodista no lo asesinan casi nunca: lo matan trabajando en un lugar donde la gente pega tiros, y hay un barullo muy grande, y anda suelto mucho hijoputa con escopeta que no tiene tiempo ni ganas de pedirte la documentación». Los reporteros de guerra conocen esas «reglas del juego». Algunos han sido asesinados y otros han muerto en medio de un tiroteo o de un bombardeo. Pero todos tienen algo en común: perdieron la vida cuando hacían su trabajo, el oficio de contar lo que estaba ocurriendo en un conflicto armado. Sirva este artículo para honrar la memoria de todos ellos.

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Ciudadanos observando el monumento a los periodistas españoles muertos cuando cubrían guerras. 

Lo que ocurre si se edita un texto sin conocer el asunto que trata

Una revista distribuida en países del Golfo Pérsico publicaba un artículo que animaba a sus lectores a volar a un lugar donde disfrutar de un viaje inolvidable. En aquella ocasión, difundía un publirreportaje de Granada. La Alhambra ocupaba la foto principal. Lo que no pegaban eran las imágenes de la página contigua. Costas y playas demasiado caribeñas para estar en el mar de Alborán. En realidad, el texto no tenía nada que ver con la capital nazarí y alrededores, sino que pretendía mostrar las bondades de la isla de Granada, una de las pequeñas Antillas.

Si The Oath, el medio que situó al otro lado del Atlántico una de las obras cumbre de la arquitectura de Al-Andalus, tiene clientes tan poco interesados en la geografía y en la historia como el redactor que editó el reportaje, probablemente se esté ganando una reclamación vía judicial: si algún lector ha reservado billetes para la otra Granada, lo más normal es que regrese indignado por no haber encontrado a orillas del Caribe la impresionante fortaleza que admiró impresa en su revista de cabecera.

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Esta semana, era un medio más próximo y prestigioso, el británico The Independent, el que demostraba el peligro que puede tener editar un artículo sin informarse al menos un poco del asunto que está tratando.

El reportaje, también de viajes, nos traslada a Bosnia-Herzegovina y, nada más empezar su lectura, arrojaba una pedrada en la cara al que conozca, presencialmente o a distancia, ese país balcánico.

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Como refleja la instantánea sobre estas líneas, el editor del texto ubica en Sarajevo el célebre Stari Most, un puente que en realidad es el símbolo de otra hermosa ciudad bosnia, Mostar, a la que esa construcción da nombre.

En realidad, el texto original no es de The Independent, sino que este periódico ha debido de comprárselo a The New York Times, pues al final del mismo señala que es el diario norteamericano el que cuenta con los derechos de autor. Lo que no ha hecho el Indie es adquirir las fotografías que ilustran el reportaje en el rotativo neoyorquino. Y es ahí donde empieza el lío, pues ha tenido que ser alguien con muy pocos conocimientos sobre la historia y la geografía bosnias el que se ha encargado de buscarle imágenes al artículo.

El error del puente ya ha sido corregido y su pie de foto lo sitúa donde debe, en Mostar. Pero el resto de fotos y sus descripciones demuestran que el redactor de The Independent no tuvo su día, o que quizá debería ser trasladado a otra sección. A contar: confunde la casa de entrada al Túnel de la Vida de Sarajevo con edificios del centro urbano, traslada a Mostar los funerales por las víctimas de la masacre de Srebrenica y da a entender que Dubrovnik está en Bosnia cuando realmente pertenece a Croacia.

De cierre de esta entrada queda una imagen captada el pasado verano en Mostar.

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El Stari Most (s. XVI) fue destruido en la Guerra de Bosnia en 1993 y reconstruido en 2004 (foto: Manuel Vega).

Rienda suelta al circo del Brexit

Hasta ahora, no habíamos visto nada. El circo del Brexit va a continuar sine die, una vez conocido el resultado de las elecciones europeas en el Reino Unido. Los británicos han dejado claro que no tienen la menor intención de frenar el espectáculo dantesco en el que llevan tres años sumidos y han votado masivamente al Brexit Party del grotesco Nigel Farage. Este histrión metido a político eurófobo, pero que bien ha vivido durante décadas de Europa, ha ganado por goleada (29 parlamentarios, 13 más que la segunda fuerza más votada, los Liberal Demócratas) los comicios a la Eurocámara, presuntamente los últimos que se celebran en su país.

Sí, presuntamente, porque el propio Farage reveló ayer sus intenciones: «Queremos formar parte del nuevo equipo negociador con la UE. Y si no salimos el próximo 31 de octubre, advierto de que este resultado se repetirá en las próximas elecciones generales». Traducción: vamos a seguir rizando el rizo sin fecha límite. A él le sale gratis, pero no a su país, ni a los otros Estados miembros de la Unión.

Es inevitable preguntarse cómo los electores pueden seguir depositando su confianza en un personaje que ha reconocido haberles mentido descaradamente en la campaña sobre la salida o permanencia del Reino Unido en la Unión Europea. Aunque, como ya se indicó en su día en otra entrada de este blog, hay otro responsable del éxito de los eurófobos: el laborista Jeremy Corbyn, que debe de estar orgulloso hundiendo a su partido gracias a su culpable indeterminación sobre el Brexit.

De los conservadores, poco que decir. Fueron ellos los que se metieron en el embolado del referéndum de salida de Europa y, vista su gestión del asunto, con dimisiones incluidas de dos primeros ministros -el que convocó la consulta del Brexit, David Cameron, y su sucesora, Theresa May-, demasiado bien parados han salido obteniendo cuatro de los 70 escaños que su país dispone todavía en Estrasburgo. Pero ese «todavía» seguramente sobre. ¿En serio alguien cree que con las caricaturas de políticos que tienen la responsabilidad de sacar ordenadamente al Reino Unido de la UE puede haber algún avance en los próximos meses?

Como colofón, una imagen de resistencia frente al esperpento.

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Una bandera europea y otra británica en un balcón de la plaza Tirso de Molina, en Madrid (foto: Manuel Vega).

Informar y opinar

Un periódico debe tener claro dónde está la línea que separa la información de la opinión. Cuando se informa del fracaso de alguien, se puede -y se debe- ser duro describiendo la derrota si así lo merece, pero no recrearse con la desdicha del vencido. Veamos ejemplos de una cosa y otra.

De las tres portadas seleccionadas, dos son de medios de Barcelona. Ayer podría pensarse que hoy intentarían edulcorar la derrota del Barça frente al Valencia (1-2) en la final de la Copa del Rey. Pero no lo han hecho. La Vanguardia acierta con el titular «El Barça fracasa también en la Copa» y lo mismo hace El Periódico de Catalunya con «Otra noche de naufragio».

Ambos diarios hacen alusión a otra debacle, la del conjunto culé ante el Liverpool en Liga de Campeones hace unas semanas (como comentario personal, la actitud del Barcelona frente al Valencia fue muy diferente a la mostrada contra los ingleses; ayer, al menos en la segunda parte, buscó continuamente la puerta rival).

En la portada de Abc también subyace la catástrofe blaugrana en Anfield Road, pero con un tono muy diferente al de La Vanguardia y El Periódico. Mientras estos optan por la descripción cruda de la derrota, que la merece, el periódico conservador se desata con un «El Valencia levanta la Copa, el Barça se abona a la depresión”.

En realidad, la noticia llegará cuando las portadas de Abc no confundan la información con la opinión. Curiosidad por ver la de mañana, jornada de resaca electoral, dados los antecedentes.

Apoltronados en WhatsApp

WhatsApp es una forma maravillosa de comunicarse. Rápida, ágil, concreta, cómoda. Permite ir al grano con quienes se tiene confianza y generalmente no requiere demasiados formalismos cuando no hay esa cercanía. Sin embargo, el problema llega cuando algunos usuarios erigen esta aplicación en su principal medio para contactar con otros y esperan que los destinatarios de sus mensajes obren de la misma forma.

Por supuesto que uso WhatsApp, aunque, si tengo que hablar con alguien a quien no conozco personalmente, prefiero llamarlo antes. Si cualquier causa le ha impedido descolgar el móvil y tengo prisa por informarle del motivo de mi llamada, sin duda lo haré a través de esa app. Es una aclaración que suele abrir puertas -no siempre, pero sí muchas veces-. Y sale gratis.

Pero hay gente que parece haber suprimido de su rutina el uso de la palabra hablada por teléfono y recurre continuamente a la comodidad de la mensajería instantánea. Con total independencia del nivel de familiaridad que tenga con el receptor de su mensaje.

Vamos a un ejemplo práctico. Hace casi un año dejé mi trabajo en un periódico de ámbito local. A pesar de ello, sigo recibiendo whatsapps y algunas llamadas -las menos- de personas que creen que sigo en ese puesto. Cuando ocurre esto, intento explicarles amablemente que he cambiado de empleo y de ciudad, y les facilito el correo electrónico del diario por si desean comunicarles algo.

En algunos casos, concretamente de gente que no conozco de nada -a la que alguien les habrá pasado mi número e informado de mi (ex) cargo-, he recibido tiempo después un segundo whatsapp por las mismas razones que el primero. El hombre, deseoso de ver publicadas en prensa unas fotos de su casa regional -o quizá era de su asociación de vecinos-, me enviaba a mi móvil unas cuantas imágenes. Le repetí lo que en su día le dije y le volví a pasar el mail del periódico. Creo recordar que me contestó y que le quedó claro que yo ya no era quien podía ayudarle.

Este martes, mientras estaba trabajando, me llegó otro whatsapp de estos. Era de un número que no tenía registrado, pero por lo visto su emisor tenía bastante confianza conmigo. «¿Necesitas más fotos? Hoy no ha salido ninguna», me reprochaba. Recordé entonces que el día anterior alguien me había enviado otra retahíla de instantáneas, que no me molesté en abrir porque el texto que las acompañaba dejaba claro que se había vuelto a equivocar de destinatario.

Ante la reincidencia, le respondí: «Creo que se ha vuelto a equivocar». Y le mandé de nuevo el correo del periódico antes de bloquear su número, que no es una conducta muy educada por mi parte, pero cada uno tiene sus límites de paciencia. Eso sí, antes de proceder a ese bloqueo, tuve tiempo de recibir un lacónico «Ok» de su parte. Okay. Otra palabra comodín. Habrían sido más adecuadas unas meras disculpas reconociendo el error. Pero no. Ok.

Me pregunto por qué hay personas mayores de edad que dan por enterado de su mensaje a alguien que no conocen y no les ha respondido. ¿No será mejor llamar por teléfono y despejar las dudas? ¿En serio les cuesta tanto pulsar el icono de llamada? ¿Es una cuestión de no querer gastar? ¿O es la comodidad de WhatsApp? Más bien es esto último. Para qué esforzarse en mantener una conversación telefónica si uno puede comunicar -otra cosa es comunicarse- apoltronado en su pantalla táctil.