En los tiempos que corren, no ser aficionado a las series de televisión es casi sinónimo de rareza. Si eso es así, estoy entre los raros. No he visto Juego de Tronos, ni Narcos, ni Los Soprano ni la mayoría de las creaciones para la pequeña pantalla que son consideradas mainstream (perdón por el anglicismo facilón, pero viene muy al caso) por los puristas que son capaces de meterse cinco o seis capítulos seguidos -o más- entre pecho y espalda.
Por el contrario, sí veo mucho cine. No voy a las salas todo lo que me gustaría -la última entrada que pagué fue por la magnífica Érase una vez en Hollywood, no hará ni un mes-, pero sí veo películas con bastante frecuencia -intento que una o dos por semana-. Las que dan en la tele o los DVD que saco prestados de bibliotecas públicas de Madrid, donde se encuentra de todo.
Esto no quiere decir que rechace ver series. De hecho, he seguido varias recientes. Mi rareza en este caso es que no estoy suscrito a Netflix ni a HBO, los templos de los seriéfilos empedernidos. Lo que he hecho es aficionarme a algunas de las que han emitido o siguen en antena en canales tradicionales, especialmente TVE. Pocos podrán ser más fans de El Ministerio del Tiempo que yo -estoy ansioso por que llegue la cuarta temporada-. También disfruté cuando Cuatro emitió Roma, tanto que incluso conseguí por internet su segunda y última temporada.
Incluso he visto series de Movistar+, como Vergüenza -una comedia ácida que logra su objetivo: que te rías y a la vez sientas vergüenza ajena por las situaciones bochornosas que viven sus protagonistas- y Conquistadores Adventum, una visión crítica de las tres primeras décadas de expediciones españolas en la Era de los Descubrimientos.
Con todo esto quiero decir que no estoy en contra de la fiebre de las series, pero sí de que su temperatura suba a más de 40 grados. Hay personas que no hacen más que hablar de series, que se han convertido prácticamente en su único entretenimiento. Los hay con sobredosis de temporadas.
A este respecto, a veces me pregunto si los guionistas buscan contar una historia o rodar temporadas. Ayer pensaba en ello mientras veía en TVE el primer capítulo de la tercera entrega de Estoy vivo, una serie de ciencia-ficción protagonizada por Javier Gutiérrez que ha disfrutado de un gran éxito desde su estreno en 2017.
Hace un par de años me enganché a esa historia de un policía muerto en acto de servicio que llega a otra dimensión, desde la cual se le devuelve a la Tierra en el cuerpo de otro hombre para cumplir una misteriosa misión. Si esa trama captó mi atención fue gracias a su excelente primer capítulo, un prodigio de escenas impactantes y admirables interpretaciones. Sin embargo, conforme avanzaban las semanas -solía verla en rtve.es de madrugada, al volver del trabajo- tuve la impresión de que el argumento iba de más a menos y que no se estaba sabiendo concluir la narración.
Personalmente, no me convenció que la trama se pareciera tanto a la de Terminator, con un malvado que llega del futuro para cambiarlo. La misión del inspector Manuel Márquez, –reencarnación, para entendernos, del inspector Andrés Vargas– es impedir que el malo triunfe.
El relato concluye de una forma abierta, un medio para dar pie a una segunda temporada que también tuvo un atractivo primer capítulo. En esta ocasión, en vez de mirar solamente al futuro, la trama se sumergió en el pasado. Un crimen perpetrado en una casa de Madrid durante la Guerra Civil es ahora el vínculo con la misión que Márquez ha de cumplir. Esta vez el relato parecía muy bien construido, pero no tuvo un final a su altura. La única intención de los guionistas pareció ser la de prepararlo todo para una nueva entrega, la que empezó a emitirse ayer.
La tercera temporada ha comenzado con una apuesta muy fuerte: el accidente mortal de tres de las principales protagonistas. En unos meses, quienes estén dispuestos a esperar -yo he empezado a perder la ilusión ante los arranques impactantes sin finales igual de contundentes- sabrán si la intención para esta serie es contar una historia o hacer temporadas.


