La fiebre de las series: ¿contar una historia o hacer temporadas?

En los tiempos que corren, no ser aficionado a las series de televisión es casi sinónimo de rareza. Si eso es así, estoy entre los raros. No he visto Juego de Tronos, ni Narcos, ni Los Soprano ni la mayoría de las creaciones para la pequeña pantalla que son consideradas mainstream (perdón por el anglicismo facilón, pero viene muy al caso) por los puristas que son capaces de meterse cinco o seis capítulos seguidos -o más- entre pecho y espalda.

Por el contrario, sí veo mucho cine. No voy a las salas todo lo que me gustaría -la última entrada que pagué fue por la magnífica Érase una vez en Hollywood, no hará ni un mes-, pero sí veo películas con bastante frecuencia -intento que una o dos por semana-. Las que dan en la tele o los DVD que saco prestados de bibliotecas públicas de Madrid, donde se encuentra de todo.

Esto no quiere decir que rechace ver series. De hecho, he seguido varias recientes. Mi rareza en este caso es que no estoy suscrito a Netflix ni a HBO, los templos de los seriéfilos empedernidos. Lo que he hecho es aficionarme a algunas de las que han emitido o siguen en antena en canales tradicionales, especialmente TVE. Pocos podrán ser más fans de El Ministerio del Tiempo que yo -estoy ansioso por que llegue la cuarta temporada-. También disfruté cuando Cuatro emitió Roma, tanto que incluso conseguí por internet su segunda y última temporada.

Incluso he visto series de Movistar+, como Vergüenza -una comedia ácida que logra su objetivo: que te rías y a la vez sientas vergüenza ajena por las situaciones bochornosas que viven sus protagonistas- y Conquistadores Adventum, una visión crítica de las tres primeras décadas de expediciones españolas en la Era de los Descubrimientos.

Con todo esto quiero decir que no estoy en contra de la fiebre de las series, pero sí de que su temperatura suba a más de 40 grados. Hay personas que no hacen más que hablar de series, que se han convertido prácticamente en su único entretenimiento. Los hay con sobredosis de temporadas.

A este respecto, a veces me pregunto si los guionistas buscan contar una historia o rodar temporadas. Ayer pensaba en ello mientras veía en TVE el primer capítulo de la tercera entrega de Estoy vivo, una serie de ciencia-ficción protagonizada por Javier Gutiérrez que ha disfrutado de un gran éxito desde su estreno en 2017.

Hace un par de años me enganché a esa historia de un policía muerto en acto de servicio que llega a otra dimensión, desde la cual se le devuelve a la Tierra en el cuerpo de otro hombre para cumplir una misteriosa misión. Si esa trama captó mi atención fue gracias a su excelente primer capítulo, un prodigio de escenas impactantes y admirables interpretaciones. Sin embargo, conforme avanzaban las semanas -solía verla en rtve.es de madrugada, al volver del trabajo- tuve la impresión de que el argumento iba de más a menos y que no se estaba sabiendo concluir la narración.

Personalmente, no me convenció que la trama se pareciera tanto a la de Terminator, con un malvado que llega del futuro para cambiarlo. La misión del inspector Manuel Márquez, –reencarnación, para entendernos, del inspector Andrés Vargas– es impedir que el malo triunfe.

El relato concluye de una forma abierta, un medio para dar pie a una segunda temporada que también tuvo un atractivo primer capítulo. En esta ocasión, en vez de mirar solamente al futuro, la trama se sumergió en el pasado. Un crimen perpetrado en una casa de Madrid durante la Guerra Civil es ahora el vínculo con la misión que Márquez ha de cumplir. Esta vez el relato parecía muy bien construido, pero no tuvo un final a su altura. La única intención de los guionistas pareció ser la de prepararlo todo para una nueva entrega, la que empezó a emitirse ayer.

La tercera temporada ha comenzado con una apuesta muy fuerte: el accidente mortal de tres de las principales protagonistas. En unos meses, quienes estén dispuestos a esperar -yo he empezado a perder la ilusión ante los arranques impactantes sin finales  igual de contundentes- sabrán si la intención para esta serie es contar una historia o hacer temporadas.

Franco, fuera de su mausoleo ¿con cuatro décadas de retraso?

Es inevitable hablar hoy de la decisión del Tribunal Supremo de avalar el plan del Gobierno para exhumar los restos del dictador Francisco Franco del Valle de los Caídos, donde llevan enterrados desde su muerte en 1975. Sus huesos serán trasladados a otro lugar que no constituya un monumento de exaltación al bando vencedor de la Guerra Civil española y al régimen dictatorial y represor nacido de aquel conflicto entre hermanos. Pues eso es precisamente el Valle de los Caídos: un homenaje a los vencedores de una contienda fratricida, cuando una guerra civil es lo peor que le puede pasar a un país.

Son muchos los que opinan que lo que queda del dictador ha permanecido demasiado tiempo en ese mausoleo mantenido con dinero de los impuestos de todos los españoles. Esa anomalía democrática ha durado, a ojos de personajes públicos y de a pie, cuatro décadas. Entre los primeros, así lo considera, por ejemplo, el presidente de la Junta de Extremadura, Guillermo Fernández Vara, quien en 2018 afirmó que lo de la exhumación de Franco «tenía que estar arreglado hace 40 años”.

De los anónimos, llama la atención, entre muchos otros, un comentario a un artículo publicado por El Diario. Su autor, que firma como Nirvak888, dice esto: «Triste, patético, que haya habido que esperar 44 años después de la muerte del dictador para retirar sus restos de ese santuario siniestro en el Valle de los Caídos». Esta persona reprocha al expresidente del Gobierno Felipe González que no procediera a la retirada de los restos de Franco a pesar de que «gozó de una mayoría absoluta en el Congreso durante años». También considera que otro mandatario socialista, José Luis Rodríguez Zapatero, «dejó pasar la ocasión». No se olvida de los gobiernos del PP, «herederos espirituales del franquismo», para los cuales la exhumación del cadáver del dictador «no era un asunto pertinente». Por último, estima que el actual jefe del Ejecutivo, Pedro Sánchez, ha tomado por fin la decisión «porque de alguna manera tiene que demostrar que es de izquierdas».

Todos los que se muestran convencidos de que retirar los restos mortales del general que gobernó España con mano de hierro entre 1939 y 1975 es un acto que se lleva a cabo con cuatro décadas de retraso deberían plantearse si hace cuatro décadas era posible tal gesto. En 1977, cuando se celebraron las primeras elecciones democráticas tras la Guerra Civil, y en 1978, al promulgarse la Constitución vigente, los militares afectos al franquismo todavía eran muchos y el ruido de sables y las conspiraciones contra el Gobierno de Adolfo Suárez, el primer presidente de la Democracia, eran una constante. Y qué decir de lo ocurrido el 23 de febrero de 1981. ¿Creen sinceramente que durante la Transición se daban las circunstancias para sacar a Franco del Valle de los Caídos?

Tampoco deberían olvidar -o desconocer- que en 1985, cuando González gobernaba con mayoría absoluta, fue desarticulada una trama de militares ultras para volar la tribuna de autoridades durante el desfile del día de las Fuerzas Armadas en La Coruña. De haber tenido éxito ese complot, los conspiradores habrían asesinado al rey Juan Carlos y a toda la familia real, así como al presidente González y al ministro de Defensa, aparte de a varios jefes del Ejército.

El conservador José María Aznar tampoco dio el paso de afrontar la exhumación de Franco cuando fue jefe del Gobierno. Estarán de acuerdo en que si no lo hizo González, menos lo iba a hacer él. En cuanto a Zapatero, es ridículo acusarlo de que los restos del Caudillo permanecieran en su cripta faraónica de Cuelgamuros, cuando precisamente fue el presidente bajo cuyo mandato se aprobó la Ley de Memoria Histórica, norma que tenía un objetivo infinitamente más importante: sentar las bases para que los represaliados por el franquismo, miles de ellos enterrados en cunetas desde la guerra y la posguerra, puedan tener una sepultura digna.

Como ha señalado de forma muy acertada el periodista Álvaro Corazón Rural en su cuenta de Twitter, «liquidar los vestigios de una dictadura criminal era una misión de las generaciones actuales, no de las que hicieron la Transición». El mismo periodista formula además otra pregunta a tener bien presente: si sacar al dictador de su mausoleo «se lo planteó alguien en aquella época» de los primeros compases de la Democracia.

El paso para retirar por fin la financiación pública a un monumento de exaltación al dictador ya se ha dado. Y no es tarde para hacerlo, aunque así lo crean quienes desprecian las cuatro décadas de libertad que llevamos definiéndolas como «Régimen del 78».

Ansu Fati y las nacionalizaciones precipitadas de futbolistas

Al titular le falta el adjetivo «jóvenes» para completar el nombre «futbolistas», pero no vamos a ponerle otra línea y descuadrarlo. La idea a transmitir es que convocar para la selección española a jóvenes prometedores para evitar que puedan hacerlo equipos de otros países con los que tienen vínculos suele resultar contraproducente. Tanto para el combinado nacional como -especialmente- para el propio jugador, que más pronto que tarde desaparecerá de las convocatorias y, encima, se habrá cerrado la puerta a ser internacional con otro país.

Una de las sensaciones del arranque de la Liga 2019-2020 es el canterano del FC Barcelona Ansu Fati, un chaval de 16 años cuya calidad le está dando muchos minutos en el once de Ernesto Valverde. A este jugador, nacido en Guinea-Bissau, se le acaba de conceder la nacionalidad española por carta de naturaleza, de manera que podrá defender la camiseta de España en el próximo Mundial sub-17.

En las dos últimas décadas ha habido varios casos de jóvenes, incluso adolescentes, con doble nacionalidad a los que el seleccionador de turno ha llamado con el único fin de evitar que el equipo del país de origen de uno de sus progenitores haga lo propio. La normativa vigente impide que un futbolista juegue con una selección si ya lo ha hecho antes con otra, de ahí las prisas para evitar que otros se lleven las perlas de la cantera patria.

Entre los internacionales preventivos con España destaca el caso de Bojan Krkic. Nacido en Linyola (Lleida) en 1990, de padre serbio y madre española, este canterano del Barça despuntó cuando en la temporada 2007-2008 Frank Rijkaard lo subió al primer equipo. Sus actuaciones despertaron la atención del entonces seleccionador nacional, Luis Aragonés, que lo convocó para un encuentro amistoso contra Francia en febrero de 2008. Sin embargo, el hispano-serbio no llegó a debutar en esa ocasión por una gastroenteritis que se achacó a los nervios previos al debut.

El técnico español quiso convocarlo para la Eurocopa de ese año, que finamente ganaría La Roja. Sin embargo, Bojan declinó acudir a la cita por problemas de «ansiedad», como reveló en una entrevista años después. Finalmente, con 18 años ya cumplidos, Vicente del Bosque, sustituto de Luis tras el éxito europeo, hizo debutar al delantero el 10 de septiembre de 2008 en un España-Armenia de clasificación para el Mundial 2010. Fue la primera y la última vez que se vistió de corto con la selección.

El resto de la carrera de Bojan ya se conoce y no es lo que se esperaba de él. Suplente habitual en el Barça de Pep Guardiola, que logró el sextete en 2009, el hispano-serbio no logró afianzarse en el equipo y en 2011 fue traspasado a la Roma. Desde entonces, ha ido vagando de club en club sin encontrar su sitio. Tras pasar por Milan, Ajax, Stoke City y Alavés, el futbolista milita a día de hoy en el Montreal Impact canadiense.

Otro caso similar es el del también canterano del Barcelona Munir. De origen marroquí, nació en El Escorial en 1995. Munir brilló en las primeras jornadas de la temporada 2014-2015 en el Barça de Luis Enrique. Tanto que Del Bosque se apresuró a convocarlo y lo mandó al terreno de juego en un encuentro contra Macedonia de las eliminatorias hacia la Eurocopa 2016. Entró en la segunda parte y sólo disputó 13 minutos. Al igual que Bojan, los primeros y últimos con España.

La carrera del atacante hispano-marroquí ha dado menos tumbos que la de Bojan -salió del Barça, estuvo cedido en el Valencia y ahora milita en el Sevilla- pero, al ver que ya no cuenta en la selección española, ha optado por intentar que la FIFA le permita jugar con Marruecos, lo que no ha conseguido.

No obstante, el caso más contundente de cómo puede cambiarle la vida a una joven promesa la temprana convocatoria por la selección es el de Thomas Christiansen. De padre danés y madre española, nació en el país de su progenitor en 1973. El suyo es otra muestra de talento prematuro en La Masía. Y nunca mejor dicho, porque fue convocado en 1993 por el entonces técnico español, Javier Clemente, cuando jugaba en el Barcelona B. De hecho, este delantero nunca llegó a debutar con el primer equipo del Barça de Johan Cruyff, pero sí lo hizo con la selección absoluta. Ocurrió en dos ocasiones: en un amistoso frente a México y en un duelo de clasificación para el Mundial de 1994 frente a Lituania, en el que incluso marcó un gol. A partir de entonces, no volvió a ser internacional.

La falta de oportunidades en el Barça lo llevó cedido a Sporting, Osasuna y Racing. Finalmente, tras desvincularse del club azulgrana, fichó por el Oviedo, donde, como en los anteriores, tampoco cuajó. Su carrera parecía hundida, pero después de intentarlo en otros equipos españoles de Primera y Segunda División con igual pena y la misma inexistente gloria, probó suerte en distintas ligas extranjeras. Finalmente, el VfL Bochum alemán confió en él y llegó incluso a ser máximo goleador de la Bundesliga en la temporada 2002-2003.

Las expectativas creadas por el talento precoz de jóvenes futbolistas con doble nacionalidad crea en ellos una presión difícil de soportar, que acaba destrozando sus carreras -caso de Bojan- o reduciéndolos a jugadores de medio pelo -ejemplo de Munir-. O dejándolos fuera de juego durante unas cuantas temporadas, como a Christiansen, aunque finalmente pudo remontar el vuelo. Pero la losa de no poder volver a ser internacional siguió pesando sobre él. Qué menos que un pichichi de la liga alemana tenga la oportunidad de jugar un Mundial o una Eurocopa. Si España no contaba con él, quizá lo hubiera querido Dinamarca de haber estado autorizada.

La FIFA debería establecer algún mecanismo para evitar esa lucha preventiva entre países por los jóvenes valores del fútbol. Sería más justo y eficaz flexibilizar las normas y permitir que un futbolista convocado por un combinado nacional pueda ser seleccionable por otro en determinadas circunstancias.

España pudo contar en la Eurocopa 2008 con Marcos Senna -que completó una gran actuación- porque nunca había jugado un partido oficial con su país de origen, Brasil. Lo mismo ocurre con Diego Costa, que ha estado con La Roja en los Mundiales de 2014 y 2018 -en este hizo tres goles-.

Como sugerencia, podría ampliarse el margen para que la FIFA delimite hasta cuándo un jugador podrá cambiar de selección. Si ahora está en el hecho de que dispute un solo partido oficial -o unos minutos, como le ha pasado a Bojan y a Munir-, se podría establecer un límite más amplio, consistente en que se permita cambiar de chaqueta, en lenguaje demasiado coloquial, a todos aquellos que no hayan disputado con una selección determinada la fase final de alguna competición internacional absoluta. Es decir, Mundial, Eurocopa, Copa América o cualquier torneo continental. Pero que no se cierre de forma definitiva la puerta de otro equipo nacional a un joven, o a un veterano, que sólo haya disputado un partido contra Islas Feroe -o incluso contra Italia- valedero para equis campeonato oficial.

Como conclusión, viene como anillo al dedo recordar que Ferenc Puskas fue subcampeón del Mundo con Hungría en Suiza 54, pero ocho años después vistió la camiseta de España en Chile 62. Y que Luis Monti perdió jugando para Argentina la final de Uruguay 30, pero en 1934 fue campeón como local con Italia. No es que haya que volver a eso, pero se puede alcanzar una solución intermedia. Ansu Fati seguramente lo agradecería.

La absurda acusación de racismo que Trudeau ha reconocido

La revista norteamericana Time se ha colgado, por lo visto, una medalla con una foto que le han pasado del actual primer ministro canadiense, Justin Trudeau, disfrazado de Aladino y con su rostro coloreado de negro, durante una fiesta en una escuela privada donde él trabajaba en 2001. En Canadá y en Estados Unidos no está bien visto eso de pintarse la cara de un color de piel diferente al propio. Allí se considera un acto racista.

Este artículo de El País explica por qué tiene esa consideración en la América anglosajona. «Disfrazarse pintándose la cara de negro deshumaniza, denigra y desprecia a todo un colectivo a la vez que alimenta los peores estereotipos atribuidos a los afroamericanos, aseguran activistas y expertos», escribe Yolanda Monge, corresponsal en Washington de este periódico. Y añade que «en Estados Unidos hace cerca de 200 años que los artistas empezaron a pintarse la cara de negro para imitar y reírse de los esclavos negros en los espectáculos musicales de la época”

Quienes opinen que Trudeau tuvo hace 18 años -14 antes de ser elegido jefe del gobierno canadiense- un comportamiento racista con su atuendo, deberían preguntarse qué puede haber en común entre la fiesta de disfraces a la que asistió ataviado de Aladino -la temática del festejo era Las mil y una noches, por cierto- y esos espectáculos musicales en los que se ridiculizaba a los esclavos negros en el siglo XIX. Si no se está contaminado por los prejuicios y/o los intereses, la respuesta es muy clara: nada.

Sin embargo, en esta era de la corrección llevada al extremo en lo político, cualquier gesto menor -el de Trudeau lo es- puede ser susceptible de utilización como arma arrojadiza contra su protagonista. Y el propio primer ministro canadiense ha cometido el error de dar alas a los dictadores de lo políticamente correcto reconociendo que su disfraz y su cara pintada representaron un acto racista.

Como apunta acertadamente el periodista Jorge Benítez en un reportaje en El Mundo, «este político no ha tenido en cuenta en sus disculpas que las imágenes fueran dentro de un contexto lúdico e informal -una fiesta de disfraces- o que su trayectoria sea ejemplo de respeto a las minorías y a los inmigrantes”.

Sobre esto último, cabe destacar que si se teclea «Justin Trudeau» en Google, las primeras noticias que aparecen nos llevarán a toda esta absurda acusación de racismo, en lugar de a informaciones que muestran que durante su mandato ha adoptado políticas diametralmente opuestas al racismo, la intolerancia y la xenofobia. Como que Canadá abrirá las puertas a un millón de inmigrantes en los próximos tres años. O decirle «al millón de musulmanes canadienses: esta es su casa». Frase que no es moco de pavo, teniendo en cuenta que la pronunció después de un atentado contra una mezquita en Quebec, en el que fueron asesinadas seis personas.

Los cruzados de la corrección política podrían pararse a pensar que ellos tampoco están libres de una imagen o un acto del pasado que se pueda malinterpretar o manipular. Tendrán suerte si no se topan en el camino con otros guardianes de la moral cortados por el mismo patrón.

Las cien mejores películas: lo subjetivo vence a lo objetivo

El periódico británico The Guardian publicó la semana pasada un listado de las que sus críticos de cine consideran las cien mejores películas de lo que va de siglo XXI. Después de conocer el centenar de cintas escogidas, la conclusión que saco es que en un asunto como este lo subjetivo siempre se impone a lo objetivo.

He visto la número 100 (Érase una vez en Hollywood), magnífica, pero no la primera (Pozos de ambición). En total, sólo puedo opinar de quince de las elegidas por The Guardian. Las otras catorce son Gladiator, Gomorra, No es país para viejos, La habitación del hijo, Persépolis, Ocean’s eleven, Lost in translation, Vals con Bashir, Amores perros, Volver, La cinta blanca, La gran belleza, El hijo de Saúl y Mulholland Drive.

La mayoría de ellas me han encantado, pero otras me parecieron flojas o sobrevaloradas. No es momento de hacer una crítica, pero sí de recordar grandes películas que perfectamente podrían estar en esa antología cinéfila del casi quinto de siglo en curso que llevamos.

Desde el pasado 3 de junio, cada mañana escribo en mi cuenta de Twitter una frase o diálogo de alguna película, para a continuación hilarlo con otro tuit en el que se explica qué filme es y el contexto -con el hashtag #FrasesDeCine-. Ya han pasado más de cien días y entre las que he elegido hay varias de las dos últimas décadas. Coincido con The Guardian en La gran belleza. Pero he incluido otras tres decenas de películas estrenadas en lo que va de centuria, de las que varias pueden estar perfectamente en la lista de las cien mejores.

Siendo un medio británico, sorprende que The Guardian no haya elegido para su filmografía el relato sobre la suerte y el crimen perfecto de Match Point. O los intensos diálogos de amor, traición y venganza de Closer. El homenaje al voluntarioso Jorge VI de Gran Bretaña en El discurso del rey. El humor bien aplicado al romanticismo en las historias de Love Actually. O la valentía al denunciar un crimen de Estado en Domingo Sangriento.

También debería apreciarse en el Reino Unido la narración de la noche que pudo cambiar la Primera Guerra Mundial en Feliz Navidad. Las mafias de Londres en Promesas del este. La adolescencia robada de Felices dieciséis. La historia de superación de Billy Elliot. Y la posibilidad de rehacer tu vida en la vejez que refleja El exótico Hotel Marigold.

Abriendo ya la ventana al mundo, no pueden faltar cantos al buen periodismo como Buenas noches, y buena suerte, The Bang Bang ClubSpotlight y Los archivos del Pentágono.

La supervivencia en las violentas favelas de Río de Janeiro en Ciudad de Dios. La trinchera que plasma lo que fue la Guerra de Bosnia en En tierra de nadie. El acecho constante de la Stasi en La vida de los otros. La soledad y la incomunicación de Hable con ella. La violencia transformada en comicidad de Relatos salvajes. La naturaleza esplendorosa y feroz de Camino a la libertad. El retrato psicológico de los terroristas suicidas de Paradise Now. La crónica política y sentimental de cuatro décadas de Italia en La mejor juventud. La indefensión de la población civil frente a la barbarie de un ejército invasor en Ciudad de vida y muerte. La resistencia de personas anónimas contra la sinrazón del yihadismo en Timbuktu. La búsqueda de la verdad frente a un poder corrompido en El Cairo confidencial. La angustia de un judío ocultándose de los nazis en El pianista. La lucha por su vida de una mujer maltratada en Te doy mis ojos. El combate sin armas de una mujer frente al Estado ocupante que expropia sus tierras en Los limoneros. O la recreación de las últimas horas del Berlín nazi en El hundimiento.

La espectacular fotografía de La novia. La nostalgia bien contada de Good bye, Lenin!. La encarnación casi real de Giulio Andreotti en Il Divo. El Tarantino en estado puro de Malditos Bastardos y Django desencadenado. La doble moral de la Iglesia en El crimen del padre Amaro. La comedia negra de La comunidad. El viaje en busca de sí misma de una joven en My Blueberry Nights. La realidad de la comunidad turca en Alemania en Contra la pared y Al otro lado. El eterno buen estado de la comedia italiana con Las vacaciones de Ferragosto, Manuale d’Amore y Mi familia italiana. Y también de su cine dramático, con el retrato de la mafia rural en Calabria, los años de plomo de las Brigadas Rojas en Buenos días, noche y la reinserción de presos a través de la cultura en César debe morir. Y dentro de la cárcel, es obligatorio hacerle un hueco al motín de Celda 211.

Contando las quince películas que he visto de la lista de The Guardian, llegaremos a las cien con las siguientes. Sólo son parte del excelente cine de lo que llevamos de siglo. Por supuesto, faltan muchas. Pero sí son grandes todas las que están: Diarios de motocicletaKatyn, Mis hijosEl séptimo díaTraining Day, Los lunes al sol, Entre copas, Kandahar, El Niño, Enemigo a las puertasEl capitán Abu Raed, Bajo la arena, PrincesasUna historia de violenciaLa clase, El último rey de Escocia, El secreto de Esma, La isla mínima, El cumpleaños de Leila, Tiempo sin aire, Comanchería, Grupo 7, Metro Manila, Tarde para la ira, Tropa de élite, Blancanieves, Locas de alegría, Truman, Sin retorno, Felices 140, No, El Rey, La carga, Pa negreUn día más con vidaArrugasBowling for ColumbineRoad to Guantánamo y Cinema Komunisto. Sí, muchas de ellas son españolas. La subjetividad.

No había valla en Melilla cuando llegó la madre de Iñaki Williams

La semana pasada tuvieron repercusión en varios medios unas declaraciones del futbolista del Athletic de Bilbao Iñaki Williams en el programa radiofónico El Larguero. El delantero, español de padres ghaneses, relató a preguntas del periodista que sus progenitores llegaron a España por Melilla tras haber atravesado el desierto del Sáhara en su camino desde su país de origen.

El jugador subrayó que su madre había llegado a Melilla embarazada de él y que saltó la valla que rodea la ciudad. Esta afirmación ya la había hecho unos meses antes, el pasado mayo, en el programa La Resistencia, de Movistar+, que presenta David Broncano. Por eso el conductor de El Larguero trajo a colación el tema.

Iñaki Williams nació en Bilbao en 1994. Siendo así, es imposible que sus padres saltaran la valla de Melilla, que no existía entonces, porque esa barrera empezó a instalarse en 1998.

De hecho, en la entrevista, al contar el futbolista el periplo de sus padres hasta la ciudad autónoma y destacar que «saltaron la valla», Broncano le respondió: «¿Había ya valla?». Y continuó: «Más pequeña que la de ahora», a lo que Williams replicó: «Sí, sí, joder, pa que la salte mi madre…».

No olvidemos que La Resistencia es un programa de humor y no tiene por qué ponerse a indagar sobre la exactitud de las declaraciones de sus entrevistados. Pero quienes sí tienen obligación de hacer comprobaciones son los medios dedicados a la información. Por ello, no es aceptable que en webs como las de La Vanguardia y El Diario se hayan limitado a reproducir las declaraciones del delantero del Athletic, en busca del titular llamativo, y sin aclarar que esa valla no existía cuando los padres del futbolista llegaron a Melilla.

En su sección Desalambre, El Diario publica artículos relacionados con la defensa de los Derechos Humanos. Es ahí donde se incluye este texto, en cuyo segundo párrafo se señala bien claro que la valla de Melilla «comenzó a levantarse en 1998». Por lo tanto, este medio publica, y en la misma sección, dos informaciones contradictorias.

Nadie pone en duda las penalidades que tuvieron que sufrir los padres de Iñaki Williams en su camino hacia Melilla. Y a buen seguro que fue muy complicado para ellos entrar en la ciudad, aunque todavía no hubiera valla. Pero los diarios tienen el deber de poner las cosas en su contexto. Aunque ello implique rectificar a los protagonistas de la historia cuando así corresponda.

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La valla de Melilla, en una imagen captada el 9 de septiembre de 2019 (foto: Manuel Vega).

‘Descojoneterapia’: homenaje eterno a Rajadores del Fútbol

El artículo de hoy comienza con una petición de disculpas por el palabro y palabrota del titular, pero a ver cómo te conformas con un insulso risoterapia si lo que has hecho es descojonarte como nunca antes en tu vida ante tamaño derroche de humor creativo, gamberro y, encima, perfectamente redactado.

Este hilo en Twitter de la cuenta Rajadores del Fútbol es lo mejor que he leído en lo que va de 2019. Lo descubrí ayer y sí, ha sido mi mejor lectura de este año incluyendo todos los formatos que se nos ocurran: novela, ensayo, libro de memorias, noticias, crónicas, reportajes, mensajes de Facebook, whatsapps de tus amigos más piezas o lo que nos dé la gana. No uso sombrero, pero me lo he quitado igual. Sólo cabe descubrirse ante el genio o genios que está/están detrás de decenas de obras maestras como algunas de las que se reproducen a continuación. Y lo mejor de todo es que no hace falta conocer al protagonista de cada tuit -hay algunos de los que nunca había oído- para que te partas la caja torácica:

-«Dicen que desayuna ligamentos cruzados. Más tabiques destrozados que la cocaína. La muerte le tiene miedo. Con él no hubiésemos perdido Filipinas en 1898. Los carteles de peligro llevan su cara…» (sobre Javi Navarro, un defensa central con tal fama que Vinnie Jones y sus patibularios del Wimbledon bajarían la cabeza y aprenderían español sólo para tratarlo de usted).

-«Nació al rato de ocurrir el Big Bang. Intercalaba el fútbol con su papel de Frutero en la serie ‘7 vidas’. Realmente impactante verle jugar en este cromo. Tengo familiares por encima de los 90 años que parecen más jóvenes que él» (presentación del Tato Abadía, posiblemente el único futbolista de la historia que es más famoso que su club).

-«Este cabrón tenía clase, pero tiene pinta de que salía más noches que la Luna. Con diez cubatas por banda viento en popa a toda vela» (es que además rinden homenaje a los clásicos de la literatura universal para sacar a la palestra a los protagonistas, Antoñito en este caso).

Hasta ayer, había para mí una élite inalcanzable del humor: Los tuits de @norcoreano. Las noticias de El Mundo Today. La letra de Hombre despechado. Los subtítulos de Cachitos. Pérez-Reverte narrando cómo unos contrabandistas de La Línea, comandados por unos tales Seisdedos y Mediopeo, invadieron Gibraltar. Otro tal Ambrossini, que tras presenciar una caída masiva en la Vuelta a España, se subió a la bici de un corredor escoñao «por el cachondeo» («no quería robarle la bici, no soy carajote», aclaró). Varias anécdotas que Chechu Biriukov contó en su histórica entrevista con Jot Down. Ver cuatrocientas veces El gran Lebowski y seguir descuajaringándote de la risa como la primera. O un juicio por menudeo de droga que cubrí en Melilla, en el que un fumeta que declaraba como testigo le espetó a la juez: «Señoría -quizá dijo «señorita»-, no me interrumpa, que me va a pillar en la mentira».

Desde hoy, Rajadores del Fútbol los ha adelantado a todos. Por la izquierda, los ha doblado -como hacía Indurain en una contrarreloj larga- y luego los ha adelantado por la derecha. Las carcajadas que me han causado sus tuits triplican en decibelios a las risotadas que me despertaron todos los anteriores. Y esto es mucho afirmar cuando antes de conocer ese perfil proclamaba que si sólo estuviera autorizado para seguir a un usuario de Twitter, ese sería @norcoreano. Que el Gran Líder me perdone, pero le ha salido un duro adversario en la III Guerra Mundial del humor.

«Asegurarse la plata», una expresión de perdedores

Suena a tópico, pero está muy próximo a la realidad. España es un país de extremos. O mucho o poco. O todo o nada. En la prensa deportiva hay numerosos ejemplos: por un lado, gente que lo da todo por ganado antes de jugarlo; por otro, gente que en lugar de andar con pies de plomo, lleva un elefante encima de cada pie.

Los dos casos son igual de reprobables. Uno por exceso y otro por defecto. Hoy vamos a centrarnos en el segundo.

Cada vez que hay alguna competición, ya sea unos Juegos Olímpicos o cualquier otro campeonato en el que se reconozca con medallas a los tres primeros clasificados, es frecuente escuchar que tal equipo o tal deportista «se asegura la medalla de plata« cuando alcanza una final. Anoche, en la sección de Deportes del telediario de TVE, hubo otra muestra de ello.

Ayer, la selección española de baloncesto firmó uno de sus mejores partidos al derrotar a una complicada Australia (95-88) en las semifinales del Mundial que se celebra en China.  Los nuestros se enfrentarán en la final a Argentina, que venció a Francia en la otra semifinal.

En el telediario, Sergio Sauca destacó los éxitos del equipo nacional desde que Sergio Scariolo ejerce de seleccionador. El periodista subrayó que el técnico ha llevado a la ÑBA a ganar tres oros europeos (2009, 2011 y 2015) y un bronce (2017), así como una plata y un bronce olímpicos (2012 y 2016, respectivamente). En cuanto a sus participaciones en el Mundial, esta es la primera vez que el italiano conseguirá una medalla para España. Falta por saber de qué metal.

En la pantalla proyectada en el telediario con la imagen de Scariolo y sus medallas, en el apartado «Mundial» (minuto 42 de este vídeo) pone: «oro o plata». ¿Por qué no decir luchará por el oro? Es una expresión correcta, a la par que respetuosa con el rival y, lo más importante, refleja la verdad. Si se dice «oro o plata», se está dando la impresión de que las dos valen lo mismo, que lo importante es ganar una medalla, sea cual sea. Y cuando se está en condiciones de ser los campeones -España lo demostró ayer- no es ninguna vanidad decir que se aspira a serlo. Tanto España como Argentina -otra magnífica selección- lucharán por el oro.

Nunca hay que conformarse con menos cuando se puede hacer más. En un pasado no muy lejano, España se conformó con una plata en casa ante una Rusia que en modo alguno era superior a los españoles. Por ello, es lamentable que uno de los líderes de la ÑBA, José Manuel Calderón, afirmara poco después de la debacle en aquella final del Europeo 2007 que «cuando pasen los días, la medalla de plata del Eurobasket nos sabrá a gloria«.

Por fortuna, ahora la actitud del equipo español es otra: sólo con mentalidad ganadora se puede ganar los duros partidos que ha afrontado en el presente Mundobasket frente a rivales de la talla de Italia, Serbia y Australia. Mañana, los nuestros podrán ganar o perder, pero a buen seguro que van a luchar duro por lo primero. Asegurarse la plata es de perdedores.

A modo de posdata, una aclaración importante a Sergio Sauca: mientras informaba del rival de España en la final, subrayó que el pívot argentino Luis Scola (de 39 años) participó en la final del Mundial 2002, «que ganó Argentina» (minuto 45). Aquel Mundobasket de 2002 Argentina fue plata. El oro se lo llevó Yugoslavia.

Momentos

Un amigo me dice que nunca hace viajes largos solo en coche. Que si no tiene que llevar a su pareja e hijos, o a quienes sea, pone un aviso en BlaBlaCar y siempre se apunta alguien. No lo hace por negarse a viajar en solitario, sino porque se acostumbró a usar a diario esa especie de red social motorizada durante los años que trabajaba a casi 200 kilómetros de su lugar de residencia. Gracias a llevar pasajeros que pagan por el trayecto, su notable gasto en gasolina quedó amortizado.

Ahora que trabaja en la ciudad donde vive, Valencia, ya no se pega tantas palizas en la carretera pero, si le toca alguna, vuelve a publicitar su ruta en BlaBlaCar. Aunque ahorrar en combustible no es la única razón que lo empuja a viajar acompañado. Según me cuenta, en tantos recorridos que ha hecho en compañía de extraños ha conocido gente muy interesante, por ejemplo, en el plano profesional. Personas en su misma situación, a veces de su mismo ámbito laboral, que tienen que desplazarse a diario por motivos de trabajo y no quieren depender de los horarios de un tren o un autobús.

Alguna vez he pensado en hacerle caso a mi amigo. Por la reducción de los costes de la gasolina y por conocer gente que generalmente es sociable, como él afirma, y que quizá pueda facilitarme contactos profesionales. Pero siempre me he echado para atrás. Y es que viajar solo también tiene sus momentos impagables.

Si hubiera tenido que recoger a gente, no habría disfrutado hace unos días de un estupendo itinerario a mi aire por la ruta de los castillos y atalayas de Madrid. Salí de Pedrezuela, a unos 40 kilómetros al norte de la capital, y me dirigía a Ponferrada. Para alcanzar la autovía de La Coruña tenía dos opciones: bajar de nuevo a Madrid para acceder a la A-6 desde la M-40 o dirigirme al oeste por una carretera secundaria y alcanzar la autovía del Noroeste a la altura de Collado Villalba. Lo tuve claro.

Si no hubiera elegido este derrotero, no habría tenido la suerte de toparme con el castillo de Manzanares el Real. Y cuando te encuentras con algo así por el camino, tienes la obligación de pararte.

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El castillo de los Mendoza, en Manzanares el Real (Madrid), data del siglo XV (foto: Manuel Vega).

No me habría detenido en caso de ir acompañado y con un horario que respetar. Tampoco me habría deleitado con las espléndidas vistas del cercano embalse de Santillana. Ni habría disfrutado recordando viejos tiempos al observar a un grupo de ciclistas veteranos, entre los que había alguno vistiendo el maillot del mítico Reynolds que en su día se enfundaron los legendarios Ángel Arroyo, José Luis Laguía, Julián Gorospe, Perico Delgado y Miguel Indurain. Mientras, la radio me daba otra alegría cuando en Rock FM pincharon el Dolores se llamaba Lola de Los Suaves. La vida no sería tal sin esos momentos de felicidad.

Las lágrimas de mi padre por Blanca Fernández Ochoa

Mi padre amaba el esquí. Tanto que aprendió a esquiar de forma autodidacta, y cuando no había en el noroeste español la menor infraestructura para su práctica. «Yo empecé a esquiar con 29 años. Ya era muy mayor», me contó, siendo yo un niño. Con esa edad, se está en la flor de la vida, pero no para lo que a él le habría gustado: ser un profesional de ese deporte.

En 1949 Manolo Vega empezó a subir montes con esquís de madera a hombros. Al llegar a lo más alto, se los calzaba y comenzaba el descenso. Eran unos pocos minutos de placer después de una hora, o quizá varias, de escalada a pie. Pero si tu pasión es el esquí, valía mucho la pena el esfuerzo.

Mi padre se echó al monte con los esquís al hombro muchas veces. En Peña Trevinca, en Leitariegos, o donde fuera. Pero fue el Morredero lo que marcó su vida para siempre. Porque fue él -junto a un amigo cuyo nombre, lamentablemente, no recuerdo- quien descubrió que esas montañas tan próximas a Ponferrada, que en los inviernos de entonces quedaban cubiertas por abundante nieve, eran un lugar idóneo para levantar una estación invernal. Corría el año 1962, pero el sueño de llevar un telesquí a esos montes aún tardaría más de dos décadas en cumplirse.

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Manolo Vega Díaz, con los esquís al hombro, en el Morredero en 1962 (archivo Manolo Vega Díaz).

Si la pasión de mi padre era bajar esquiando una montaña, no lo era menos ver por la tele las competiciones más importantes. Pero sufría al ser tan pocos los españoles en la élite del esquí alpino. Sólo su admirado Paco Fernández Ochoa -a quien llegó a conocer en persona-, en los Juegos Olímpicos de Sapporo 1972, le había dado una gran alegría con su oro en eslalon.

En febrero de 1988, era una joven esquiadora la que reunía las condiciones para lograr algo grande. Blanca Fernández Ochoa estaba dispuesta a tomar el testigo de su hermano. Aquel año, la Olimpiada invernal se celebraba en Calgary, Canadá. Entonces, hacía unos pocos meses que mi padre se había jubilado, y estaba volcado en impulsar la Asociación de Amigos del Morredero, que presidía, y que tenía la meta de hacer realidad esa estación de esquí a poco más de 20 kilómetros de su ciudad natal.

La diferencia horaria con Calgary hizo que estuviéramos cenando mientras contemplábamos la sonrisa de Blanca después de haber marcado el mejor tiempo en la primera manga del eslalon gigante. Casi tenía el oro olímpico en su bolsillo. Pero, en la segunda manga, todo se torció. Y fue entonces, al observar a Blanca derrotada sobre la nieve, cuando vi llorar a mi padre.

Pasaron cuatro años y la de Cercedilla tuvo una nueva oportunidad olímpica. Esta vez en Albertville, en los Alpes franceses. En aquel invierno de 1992, mi padre estaba a punto de cumplir 72 años, pero aún se mantenía en forma -lo recuerdo yendo a esquiar a Sierra Nevada con varios compañeros de la asociación de esquí-.

Volvimos a ver juntos el descenso de Blanca. Esta vez no hubo lágrimas, y sí muchas sonrisas. No fue la campeona, pero sí obtuvo un meritorio bronce que supuso además la primera medalla olímpica para una mujer española.

El pasado miércoles, al tener noticia del hallazgo del cadáver de Blanca Fernández Ochoa en la Sierra de Guadarrama, fue inevitable recordar las lágrimas de mi padre por aquella caída en una pista de Calgary. Y el jueves sentí indignación al ver ciertas portadas de periódicos ávidos de carnaza, hablando de «dolorosas caídas sentimentales y económicas» de la fallecida o poniendo una foto indignante en primera plana y especulando sobre las causas de la muerte, en lugar de informar de la aparición del cuerpo de Blanca, que esa es la noticia que tenían que dar.

También pienso, mientras escribo estas líneas, en la tristeza que sentiría mi padre si viera cómo se van a desmantelar los remontes del Morredero. Pero espero que en las pistas de esquí del más allá esté echando carreras con Paco Fernández Ochoa. Unas carreras a las que Blanca Fernández Ochoa se unirá antes de tiempo. Descanse en paz.