Una construcción. Mano de obra esclava. Presos republicanos. No, no estamos hablando de un pantano, ni del Valle de los Caídos. Es una vía férrea en pleno Sáhara.
Cuatro tumbas de españoles en el corazón del desierto. No hay una lápida que recuerde sus nombres. Pero los tenían: Álvarez, Moreno, Pozas y otro Álvarez. Ellos, y los compañeros con los que compartieron un cruel destino, son el origen de Cautivos en la arena, una producción propia de TVE , dirigida en 2006 por Joan Sella y Miguel Mellado y emitida en La 2 esta semana dentro de la programación por los 80 años del fin de la Guerra Civil.
Para encontrar la explicación a que aquellos hombres dieran con sus huesos en la inmensidad del Sáhara hay que viajar hasta el Alicante de 1939. En marzo de ese año, la contienda entre españoles daba sus últimos coletazos. En el puerto de la ciudad, miles de personas se agolpaban en los muelles anhelando subir a algún barco que les permitiera huir de las previsibles represalias de los vencedores. Es allí donde empieza la historia del Stanbrook.
Aquel carguero británico, de 70 metros de eslora, fue la escapatoria para las 3.028 personas que lo atestaron transformándolo en «una gigantesca patera». Así lo describe con acierto el narrador de Cautivos en la arena, que recoge emocionantes y desgarradores testimonios de primera mano.
Una anciana, entonces una niña, recuerda cómo el capitán agarraba la mano a varias personas para ayudarlas a subir al buque. Su nombre era Archibald Dickson y «su corazón se ensanchaba» a medida que veía grupos de gente suplicando subir al barco, como destaca otro testimonio. El capitán falleció varios meses después, cuando un submarino de la Alemania nazi torpedeó el Stanbrook en el mar del Norte.
Con una carga mucho mayor que la que podía soportar, el navío puso proa a Orán, en la Argelia francesa. Atrás quedaron los que no pudieron escapar de la «ratonera». «Aquello de puerto tenía poco», relata otro superviviente. La desesperación de quienes se quedaron en tierra llevó a muchos a dispararse un tiro en la cabeza. Fueron tantos los suicidios que alguien proclamó: «Dos días más y el fascismo no tendrá nada que hacer, porque nos habremos matado todos».
La huida del Stanbrook no supuso la libertad para sus miles de pasajeros. Una vez en la orilla sur del Mediterráneo, las autoridades coloniales francesas les pusieron dos etiquetas: inmigrantes y rojos. El trato inhumano quedó reflejado nada más amarrar en Orán. Las mujeres fueron trasladadas a una antigua cárcel; los hombres, unos 1.500, obligados a permanecer en el buque sin salir durante un mes.
Varias mujeres mayores, niñas cuando ocurrieron los hechos, rememoran el hambre que pasaron una vez obtenida la libertad, con una dieta basada en «pan y plátanos». Lo que los menguados bolsillos de las familias podían permitirse.
Pero, para muchos hombres, el infierno no había hecho más que empezar. La Francia que los maltrataba iba a dejar paso a otra peor: la del mariscal Petain.
El nuevo régimen francés, surgido de la ocupación nazi del país, retomó un proyecto megalómano abandonado dos décadas atrás. Un ferrocarril que uniera el Mediterráneo con el río Níger, atravesando las ardientes arenas del Sáhara.
Trabajando como esclavos, con el desierto como cárcel y a 50 grados de temperatura, los españoles emprendieron la construcción del Transahariano. Varios perdieron la vida en aquella caldera del averno, donde se metían piedras en la boca «para amortiguar la sed» y recibían como alimento «agua con lentejas y piedras, todo revuelto», como detallan varios supervivientes, entre ellos Ignacio López Maroto.
El campo de Hadjerat M’Guil era la peor de las extensiones del infierno. Fue allí donde perecieron los cuatro españoles enterrados en ese rincón del Sáhara. «Nadie saldrá vivo de aquí», les había dicho el teniente Santucci, el despiadado comandante del puesto. Así lo recuerda Juan Alcaraz, uno de los supervivientes.
El cambio del curso de la II Guerra Mundial fue lo que salvó a los supervivientes. El desembarco de los norteamericanos en Argelia, aparte de liberarlos, supuso que muchos de aquellos esclavos lucharan por la liberación de Francia, el país que tan mal los había acogido cinco años antes. Integrados en la 9ª Compañía, La Nueve, fueron los primeros en entrar en París.
Helia González, una niña del Stanbrook, denuncia la falta de reconocimiento y la «condescendencia» con la que se ha tratado a quienes sufrieron aquel cruel exilio. «Se nos acepta, se nos perdona», critica.
Cayetano Zaplana, superviviente de los esclavos del Sáhara, reclama luchar por la memoria: «Lo peor que puede hacer un colectivo es olvidar la historia. La historia es la escuela más grande que se tiene». Los raíles abandonados en el desierto son el último vestigio de aquella infamia.