Golpe de Boris Johnson a la democracia del Reino Unido

“Golpe de efecto” de Boris Johnson. Esta mañana, una presentadora del Canal 24 horas de TVE se ha referido así al cierre del Parlamento británico por parte del primer ministro del Reino Unido, decisión arbitraria para evitar que la oposición plantee medidas para evitar que ese país salga de la Unión Europea sin alcanzar un acuerdo con Bruselas.

La RAE explica que golpe de efecto es una “acción por la que se sorprende al público, se causa en él una impresión inesperada o se provoca su risa”. Esa definición deja claro que la expresión se refiere a un lance de teatro. Ojalá todo el esperpento del Brexit fuera un teatro. Pero, por desgracia, es la vida real.

Boris Johnson obtuvo ayer de la reina de Gran Bretaña e Irlanda del Norte su autorización para suspender la actividad parlamentaria entre los próximos 10 de septiembre y 14 de octubre.

El presidente de la Cámara de los Comunes, John Bercow, calificó la decisión de Johnson de “escándalo constitucional“. Esta descripción sí define acertadamente el hecho de que un primer ministro que no ha sido elegido en las urnas -su predecesora, Theresa May, sí lo fue- y que lideró la campaña por la salida del Reino Unido de la UE basándose en mentiras ahora se saque de la chistera la suspensión de la actividad parlamentaria para que sus adversarios políticos no puedan hacer frente a la locura de un Brexit sin acuerdo, mucho más disparatada que el Brexit en sí.

La portada del diario británico The Guardian habla de “escándalo“. Aunque quizá la que mejor define la situación es la de The Independent, que opta por una primera página sin fotos, con fondo en blanco y el titular “The Johnson coup” (“El golpe de Johnson”). Bajo el mismo, este texto: “A sólo 63 días del plazo del 31 de octubre, un primer ministro no electo ha decidido no rendir cuentas ante los parlamentarios durante cinco semanas. La líder de su partido en Escocia anuncia su dimisión. Los eurodiputados piden a Bruselas que intervenga. Un exdiputado estudia acciones legales. El portavoz [de los Comunes] llama a la suspensión parlamentaria “un escándalo constitucional”. Boris Johnson no sólo quiere negar a los votantes su última palabra, también está silenciando a sus representantes. Todo en nombre de la democracia. ¿Qué será lo próximo para el Brexit, y para Gran Bretaña?”.

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Portadas de los principales diarios del Reino Unido correspondientes al día de hoy. 

Alexander Boris de Pfeffel Johnson es de esos británicos que creen ciegamente en las medias verdades -es decir, mentiras- de la Historia de su país, al que consideran vencedor de todos los conflictos sin contar con la ayuda de nadie. Ya hablamos de ellos en otra entrada, especialmente en sus últimos párrafos. Por ello, no resulta extraño que gente tan acostumbrada a la manipulación de la realidad no vea en la suspensión de la actividad parlamentaria un golpe a la democracia del Reino Unido.

Arrepentidos del Brexit: demasiado tarde para llorar

Buscaba trabajo en Inglaterra. En uno de mis intentos, entré en un hotel de la localidad de Watford -muy próxima a Londres-, donde viví aquel año 2004 . En recepción, pedí a un joven empleado -representaba poco más de 20 años- que me facilitara lo que allí llaman application form, es decir, un formulario de solicitud de empleo que debía rellenar con mis datos.

Terminé de cubrirlo y se lo entregué. Pero el chaval me dijo que me faltaban algunos datos, y me señaló una casilla que decía algo parecido a “non-EU citizens”. Le mostré mi pasaporte y le respondí que soy ciudadano de la Unión Europea, por lo que no tenía que rellenar nada de esa parte del formulario. No contento con mi explicación, levantó el auricular y telefoneó a alguien que le aclarara las cosas.

“He comes from Spain”, escuché que le decía a su interlocutor, quien lo despachó rápidamente. Tras colgar, el recepcionista admitió que yo estaba en lo cierto y que no era necesario que escribiera dato alguno en aquella casilla reservada a los solicitantes de empleo que no eran originarios de países de la UE.

Recuerdo esto porque, de cuando en cuando, en la prensa y en las redes sociales se difunden testimonios de británicos que el 23 de junio de 2016 votaron a favor del Brexit, la irresponsable salida del Reino Unido de la Unión Europea, y ahora se arrepienten del sentido de su voto.

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Una jornada con el cielo encapotado sobre el Palacio de Buckingham de Londres (foto: Manuel Vega).

Ayer fue el Financial Times el que publicó la carta de un británico asustado por el rumbo que está tomando su país con Boris Johnson, partidario de un Brexit sin acuerdo con Bruselas, de inquilino del número 10 de Downing Street.

“Voté salida”, explica este ciudadano, “porque veía un problema en la gobernación de la UE como institución, y su movimiento general hacia una unificación política. Pero no voté para romper las relaciones razonables con Europa“. E insiste en que confiaba en que esa salida “no tendría un efecto adverso en nuestras relaciones comerciales” con el continente.

Ahora, horrorizado por la conducta de los defensores del abandono de la UE por las bravas –“si no apoyas un Brexit duro, te etiquetarán como traidor”, reconoce-, piensa en la angustia de quienes votaron por la permanencia al ver que “no sólo estamos abandonando Europa, sino encaminándonos a ser un enemigo de Europa, incumpliendo nuestras obligaciones”.

Concluye este lector del Financial Times proclamando: “Si el Brexit es este extremismo, ¿me pueden devolver mi voto? La creación de la UE fue un proyecto fabuloso y merecedor de nuestro apoyo, incluso si no queremos estar políticamente encerrados en ella”.

Muchos verán en este alegato a un votante arrepentido por haber comprado las mentiras de los promotores de la campaña pro Brexit, con Nigel Farage y el propio Johnson como estrafalarios e irresponsables abanderados. En cambio, yo veo lo mismo que observé en aquel joven recepcionista: un sorprendente desconocimiento y pasotismo hacia la UE, algo impensable en otros países con varias décadas de pertenencia a las instituciones comunitarias.

Tuve noticia de esta carta gracias a la periodista de TVE Anna Bosch, buena conocedora del Reino Unido -fue corresponsal en Londres-, a quien sigo en Twitter. En esta red social aportó algunos testimonios que ha recabado de británicos que conoce. Alguno le confesó: “Es que nadie nos dijo que hacía falta un acuerdo de salida, creía que nos íbamos de la UE y ya está”. La reportera añadió que las personas que hicieron declaraciones similares son “gente sosegada y que lee”.

Está claro que entre los votantes a favor del Brexit había gente moderada que consideraba de corazón que a su país le iría mejor fuera de las instituciones europeas. El problema quizá no sean -o no se deba sólo a- las mentiras de los impulsores de la salida, sino a la creencia ciega por parte de muchos británicos, desde hace siglos, en una realidad que no es cierta, o lo es sólo en parte. Y una verdad a medias suele ser una mentira.

Hay varios ejemplos en la Historia de Europa en los que los británicos se han creído -y siguen creyéndose- los artífices de las más grandes hazañas, cuando sólo contribuyeron en parte a ellas, correspondiendo el mayor peso a otros. Ocurrió en Waterloo, cuando la victoria sobre Napoleón no habría sido posible si Wellington no hubiera recibido la ayuda de los prusianos del mariscal Von Blücher. También en la Primera Guerra Mundial, pues sin la entrada de Estados Unidos en el conflicto los ingleses -y los franceses- difícilmente habrían hecho retroceder a los alemanes. Y no digamos en la Segunda Guerra Mundial, dado que fueron también los norteamericanos quienes llevaron la iniciativa en el Desembarco de Normandía. Y, para el que lo desconozca -posiblemente millones de oriundos de la isla de Gran Bretaña-, en 1942, los británicos intentaron desembarcar en la Francia ocupada por la Alemania nazi. Su tentativa se saldó con un rotundo fracaso en la costa de Dieppe.

Pese a todo, la creencia en las glorias pasadas del Imperio británico sigue arraigada en buena parte de la sociedad inglesa -hay que destacar que en Escocia y en Irlanda del Norte ganó con claridad el voto por la permanencia en la UE-. Mitología que tiene su reflejo en el fútbol.

La selección inglesa sólo ha ganado un Mundial, y con un gol que no entró en la portería rival. Sin embargo, muchos ingleses responderán ciegamente “it was in!” (“fue dentro”) cuando se les mencione la polémica que rodea al que es su único título: no olvidemos que nunca han sido campeones de Europa. España ha ganado la Eurocopa tres veces, aparte de un Mundial, por citar un ejemplo que ilustra el escaso éxito de Inglaterra en un deporte que inventó. Para no retratar más a los pross, mejor no citaremos el palmarés de Brasil, Italia, Alemania, Argentina, Uruguay y Francia, los otros campeones del Mundo.

Después del referéndum del Brexit, se estrenaron dos películas británicas de mucho éxito. Una fue El instante más oscuro (2017), centrada en el papel de Winston Churchill en la lucha contra Hitler. La otra, del mismo año, y ambientada en la misma época, fue Dunkerque, un filme que confirma la distorsión con la que muchos británicos ven la realidad: escapar del enemigo nazi y abandonar a tu aliado francés es una derrota, no una victoria.

Para concluir, recordemos la campaña del Brexit de Boris Johnson, quien tuvo la desvergüenza de comparar a la UE con Hitler. Ahora es demasiado tarde para llorar por el voto entregado a los insensatos que impulsaron la ruptura con Europa.

La rojigualda y el ‘no pasarán’

“¡No pasarán! El fascismo quiere conquistar Madrid. Madrid será la tumba del fascismo”. Este era el mensaje de una pancarta instalada en la calle Toledo, junto a la Plaza Mayor, en el Madrid asediado por las tropas del general Franco durante la Guerra Civil. Si hay alguna bandera a la que se pueda asociar ese lema, esa es la tricolor de la República Española.

Pocos podrían imaginar que la rojigualda, la actual enseña de España, podría relacionarse con aquella consigna republicana. En Belgrado, la capital de Serbia, no han dudado en hacerlo para visibilizar una situación que lleva lastrando las relaciones internacionales de este país balcánico desde febrero de 2008.

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Pancarta frente al Parlamento serbio que rechaza la posible entrada de Kosovo en la UE (foto: Manuel Vega). 

Fue entonces cuando Kosovo, una provincia serbia, pero poblada mayoritariamente por albaneses, y que llevaba desde 1999 ocupada por fuerzas de la OTAN, se autoproclamó independiente. Su declaración fue reconocida inmediatamente por su principal valedor, Estados Unidos, y por la mayoría de Estados miembros de la Unión Europea, entre ellos Reino Unido, Alemania, Francia e Italia, así como varias decenas de países entre los que se cuentan Canadá y Australia.

Dentro de la UE, solamente cinco miembros rechazaron la proclamación unilateral de la independencia de Kosovo, y lo siguen haciendo a día de hoy: Eslovaquia, Rumania, Grecia, Chipre y España.

Cada uno de esos cinco Estados de la UE tiene sus razones para no sumarse al despropósito de reconocer una independencia no pactada por las partes afectadas. Por ejemplo, en los casos de Rumania y Eslovaquia, dentro de sus respectivos territorios hay importantes comunidades de población húngara, y sus respectivos gobiernos han interpretado, con un criterio más que razonable, que un hipotético apoyo a la independencia kosovar podría dar alas a sus ciudadanos de origen húngaro para reclamar para sí lo mismo que han hecho los albaneses de la que fuera la provincia serbia de Kosovo (que sigue siéndolo a ojos de la ONU, pues son muchos los países que no reconocen esa independencia, entre ellos, dos miembros del Consejo de Seguridad: Rusia y China).

Las razones de España para no reconocer Kosovo también están claras: apoyar su independencia supondría dar a los separatistas catalanes y vascos razones para reclamar las de sus respectivos territorios. Los serbios lo agradecen y de ahí el motivo de la pancarta fotografiada para este artículo. Mientras haya miembros de la UE que no acepten a Kosovo como un Estado independiente, los kosovares no entrarán en las instituciones de Bruselas. De ahí ese ‘no pasarán’ junto a la bandera rojigualda.

Nada hace presagiar que el problema de Kosovo vaya a tener solución. O, al menos, una solución a corto o medio plazo. Pero esto supondrá no sólo que Kosovo se quede fuera de la UE, sino también Serbia, pues, mientras no normalice su relación con su díscolo vecino, Bruselas no parece dispuesta a abrirle la puerta.

El contencioso entre Serbia y Kosovo exige un análisis más en profundidad. Pero, de momento, esa imagen de la rojigualda con el lema antifascista de la Guerra Civil merece su protagonismo aparte.

 

Corbyn, culpable del Brexit

En el circo que tienen montado en el Reino Unido a cuento del Brexit, su alocada e innecesaria salida de la Unión Europea, hay unos cuantos responsables. Los primeros, los que promovieron de la manera más insensata un referéndum para consultar a los británicos por la permanencia de su país en la UE o el abandono de la misma. En esta categoría entra David Cameron, primer ministro hasta julio de 2016, cuando presentó su dimisión al perder el plebiscito que había convocado. También la facción euroescéptica -o directamente eurófoba- de su partido, el conservador, liderada por el extravagante Boris Johnson. Y, por supuesto, los antieuropeos del United Kingdom Independence Party (UKIP), próximos a la extrema derecha, que durante la campaña y la votación tuvieron al frente al inefable Nigel Farage

El 23 de junio de 2016, los ciudadanos de la isla y sus posesiones de ultramar dijeron, por estrecho margen, no a Europa. Un 51,9% optaron por la papeleta del leave (irse), frente al 48,1% de partidarios del remain (quedarse). Empezaba entonces el espectáculo en el que su país lleva inmerso hasta ahora y hasta quién sabe cuándo. Que se lo digan a la actual premier británica, Theresa May, incapaz de poner orden en la jaula de grillos en la que se ha convertido el Palacio de Westminster

Pero lo peor del Brexit no es sólo la estulticia de quienes siguen apoyando la ruptura con el continente habiendo votado la salida basándose en mentiras. Lo peor también está en el líder del principal partido de la oposición, el laborista, que se instaló en la ambigüedad sobre la permanencia en la UE y ahí sigue con la misma indeterminación: Jeremy Corbyn

El dirigente de este partido de centroizquierda fue durante décadas un férreo opositor a la UE, a la que consideraba “un obstáculo para el socialismo”. Aunque afirma que en su día votó remain, su campaña estuvo muy lejos de ser un alegato a favor de la permanencia en las instituciones comunitarias. 

Los conservadores enviaron un mensaje más o menos claro a sus votantes en el referéndum del Brexit. Había representantes que defendían -con tibieza- el vínculo con Europa -Cameron- y otros que se oponían con fiereza -Johnson-. Los militantes y simpatizantes del partido tendrían que elegir en cuál de sus cabezas visibles confiaban más para decidir su voto. 

Sin embargo, Corbyn, con su culpable ambigüedad, envió a sus electores el mensaje más confuso posible: sí a la UE, no a la UE y no sabe/no contesta.

No es descabellado creer que con un líder laborista que hubiera apostado claramente por quedarse en Europa, la votación de julio de 2016 hubiera tenido otro resultado y hubiera ahorrado a su país y a los Estados miembros de la UE este cuento de nunca acabar.