Vuelta de los Balcanes

Qué duro es retomar las rutas en bici cuando llevas dos semanas sin subirte a una. Justo el tiempo que has estado atiborrándote de carnes, pescados, dulces e incluso ensaladas, todo ello regado con cervezas, vinos y licores locales, por el antiguo Imperio bizantino.

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Ruta en bici ayer por la Casa de Campo de Madrid (fotos: Manuel Vega).

En realidad, esto no es cierto. O no es la única verdad. Viajamos por lo que después fue el Imperio otomano. Y mucho antes había sido el romano. Y en el siglo XIX, siguiendo con los saltos en el tiempo, una olla a presión que acabó estallando a comienzos del XX, tras el magnicidio de Sarajevo de 1914. Y que volvería a estar en llamas dos décadas y media después. Finalizado ese incendio, empezaba otro conflicto, frío esta vez. Y cuando el segundo milenio se aproximaba a su fin, los cañones volvieron a rugir.

Esta es una presentación muy adornada en lo histórico de la última ruta balcánica en la que he participado. Comenzó a orillas del Danubio en Belgrado. Continuó cruzando la frontera entre Serbia y Bulgaria y llegando a Sofía, su capital, y de ahí a Plovdiv, una de sus ciudades milenarias. Desde allí, a la vecina Macedonia del Norte, aunque ese apellido pactado con -más bien exigido por- Grecia no esté muy a la vista en las calles de Skopje, quizá porque sus mastodónticas esculturas evitan que te fijes en otros detalles que no sean la obsesión de este país por ser la cuna de Alejandro Magno. Y después, a la carretera otra vez, pero camino de vuelta a Madrid, no sin antes parar en el sur de Francia y contemplar cómo una embarcación remonta las esclusas del Canal du Midi.

Han pasado muchas cosas en el viaje para resumirlas en una sola entrada. No sólo en lugares que visitamos, sino también en el largo camino hacia ellos. Por el momento, aquí quedan algunas imágenes. Más adelante llegarán los relatos.

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Parlamento de Serbia, en Belgrado.
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Catedral de Alexander Nevski, en Sofía, la capital búlgara.
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Teatro romano de Plovdiv (Bulgaria).
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Esculturas modernas de hoplitas griegos en el centro de Skopje, Macedonia (del Norte).

Baloncesto yugoslavo (y serbio)

Hoy toca escribir un artículo totalmente subjetivo, pero con grandes dosis de objetividad, dado cuál es su protagonista: el baloncesto yugoslavo y, por extensión, el de su sucesor más aventajado, el serbio.

Belgrado es una de las capitales europeas del baloncesto, si no la capital. La cultura del deporte de la canasta se respira en el orgullo que sus ciudadanos sienten por glorias pasadas y presentes.

En mi primera visita a la capital de Serbia, he conocido a Maja y Marija, dos amigas nacidas a finales de la década de los 80, cuando todavía existía Yugoslavia y su selección de baloncesto empezaba a arrebatarle a la de la Unión Soviética la hegemonía continental. En un breve viaje en furgoneta desde Belgrado a la cercana localidad de Obrenovac, junto con nuestros amigos comunes Javier e Isabel, disfruté de una charla con ellas en la que salieron varios nombres de leyendas de este deporte.

Maja y Marija eran muy niñas cuando ellos triunfaban, en los 90, pero los recuerdan muy bien. Hablamos de mi admirado Aleksandar Djordjevic, el líder que cualquier equipo grande necesita. Y de otros compañeros con los que la selección yugoslava -que tras la desintegración del país en 1991 sólo estaba formada por serbios, principalmente, y montenegrinos- recobró el dominio del baloncesto europeo tras haber sido excluida entre 1992 y 1994 de las competiciones deportivas internacionales a causa de la guerra. Vlade Divac, Zarko Paspalj, Dejan Bodiroga, Predrag Danilovic o Zeljko Rebraca fueron otros de los jugadores que devolvieron a los plavi a lo más alto.

Aquellos baloncestistas sabían que eran los mejores de Europa, y se aplicaban en demostrarlo. Entre 1995 y 2002, Yugoslavia (Serbia + Montenegro) ganó  tres Eurobasket (1995, 1997 y 2001), una plata olímpica (1996) y dos Mundobasket (1998 y 2002). Fueron muchos los momentos que dejaron para la historia, pero yo me quedo por encima de todos con uno: la final contra la Lituania de Sabonis y Marciulonis en Atenas 95:

La conversación con Maja y Marija no se centró sólo en el baloncesto de antaño, sino también en la selección serbia de los últimos años, con Milos Teodosic, Nemanja Bjelica, Miroslav Raduljica -a quién Maja suele encontrar en una cafetería cercana a su casa en Belgrado-, Stefan Markovic o Nikola Kalinic como ejemplos de que la cantera balcánica no deja de producir talento y competitividad.

La casualidad quiso que mientras departíamos sobre momentos estelares del basket estuviéramos en la misma ciudad en la que se vivía otro: era el sábado pasado, cuando la Selección española derrotaba a la anfitriona Serbia en las semifinales del Eurobasket femenino. Un día después, las nuestras se coronaban campeonas tras vencer a Francia en la final. Una razón más para afirmar que la magia del baloncesto envuelve Belgrado.

La rojigualda y el ‘no pasarán’

“¡No pasarán! El fascismo quiere conquistar Madrid. Madrid será la tumba del fascismo”. Este era el mensaje de una pancarta instalada en la calle Toledo, junto a la Plaza Mayor, en el Madrid asediado por las tropas del general Franco durante la Guerra Civil. Si hay alguna bandera a la que se pueda asociar ese lema, esa es la tricolor de la República Española.

Pocos podrían imaginar que la rojigualda, la actual enseña de España, podría relacionarse con aquella consigna republicana. En Belgrado, la capital de Serbia, no han dudado en hacerlo para visibilizar una situación que lleva lastrando las relaciones internacionales de este país balcánico desde febrero de 2008.

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Pancarta frente al Parlamento serbio que rechaza la posible entrada de Kosovo en la UE (foto: Manuel Vega). 

Fue entonces cuando Kosovo, una provincia serbia, pero poblada mayoritariamente por albaneses, y que llevaba desde 1999 ocupada por fuerzas de la OTAN, se autoproclamó independiente. Su declaración fue reconocida inmediatamente por su principal valedor, Estados Unidos, y por la mayoría de Estados miembros de la Unión Europea, entre ellos Reino Unido, Alemania, Francia e Italia, así como varias decenas de países entre los que se cuentan Canadá y Australia.

Dentro de la UE, solamente cinco miembros rechazaron la proclamación unilateral de la independencia de Kosovo, y lo siguen haciendo a día de hoy: Eslovaquia, Rumania, Grecia, Chipre y España.

Cada uno de esos cinco Estados de la UE tiene sus razones para no sumarse al despropósito de reconocer una independencia no pactada por las partes afectadas. Por ejemplo, en los casos de Rumania y Eslovaquia, dentro de sus respectivos territorios hay importantes comunidades de población húngara, y sus respectivos gobiernos han interpretado, con un criterio más que razonable, que un hipotético apoyo a la independencia kosovar podría dar alas a sus ciudadanos de origen húngaro para reclamar para sí lo mismo que han hecho los albaneses de la que fuera la provincia serbia de Kosovo (que sigue siéndolo a ojos de la ONU, pues son muchos los países que no reconocen esa independencia, entre ellos, dos miembros del Consejo de Seguridad: Rusia y China).

Las razones de España para no reconocer Kosovo también están claras: apoyar su independencia supondría dar a los separatistas catalanes y vascos razones para reclamar las de sus respectivos territorios. Los serbios lo agradecen y de ahí el motivo de la pancarta fotografiada para este artículo. Mientras haya miembros de la UE que no acepten a Kosovo como un Estado independiente, los kosovares no entrarán en las instituciones de Bruselas. De ahí ese ‘no pasarán’ junto a la bandera rojigualda.

Nada hace presagiar que el problema de Kosovo vaya a tener solución. O, al menos, una solución a corto o medio plazo. Pero esto supondrá no sólo que Kosovo se quede fuera de la UE, sino también Serbia, pues, mientras no normalice su relación con su díscolo vecino, Bruselas no parece dispuesta a abrirle la puerta.

El contencioso entre Serbia y Kosovo exige un análisis más en profundidad. Pero, de momento, esa imagen de la rojigualda con el lema antifascista de la Guerra Civil merece su protagonismo aparte.