10-N: la España del ‘y tú más’, nunca la del ‘yo también’

Las elecciones que nadie -o casi nadie- deseaba han resultado ser lo que amenazaban: un despropósito. La participación este 10 de noviembre cayó al 69,8%, lo que se traduce en 24,3 millones de votos y 10,5 millones de abstenciones. En los pasados comicios de abril, el número de españoles que sí acudieron a las urnas fue de 26,3 millones (75,7% de participación) frente a los 8,4 millones que prefirieron no ejercer su derecho al voto.

El PSOE de Pedro Sánchez protagonizó el domingo la victoria más pírrica en 42 años de elecciones desde que la democracia retornó a España. El 10-N perdió unos 700.000 votos respecto a su resultado en la cita electoral del 28-A (de 7,4 millones bajó a 6,7). Aunque se ha quedado en 120 diputados, sólo tres menos que en los anteriores comicios, los socialistas harán mal en engañarse: sólo habrán ganado las elecciones si logran formar gobierno. Si no fueron capaces cuando obtuvieron mejor resultado, a ver cómo esperan conseguirlo ahora.

El PP, que continuó con Pablo Casado al frente a pesar de su debacle en abril (entonces se quedó en 66 escaños), recupera terreno ganando 700.000 votos (de los 4,3 millones del 28-A a los 5 millones de ayer), lo que sitúa al partido con 88 asientos en el Congreso. La nueva convocatoria electoral ha supuesto para el dirigente popular un balón de oxígeno, pero no un éxito.

La peor noticia de esta repetición electoral es un nuevo ascenso de la ultraderecha de Vox. Parte del electorado ha asumido como normal el discurso retrógrado de Santiago Abascal, que con sus soflamas contra la inmigración y el independentismo, entre otras motos que ha conseguido vender, ha subido de los 2,6 millones de votos de abril a los 3,6 millones de anoche. Ese millón de sufragios ganados le hace incrementar en más del doble su representación en el Parlamento (de 24 a 52 escaños).

Unidas Podemos paga su negativa a apoyar la investidura de Sánchez el pasado verano. La coalición liderada por Pablo Iglesias consiguió ayer tres millones de votos, con lo que pierde 700.000 en comparación con el 28-A y baja de los 42 a los 35 parlamentarios en la Carrera de San Jerónimo. En manos de Iglesias está si apoya un gobierno socialista o prefiere seguir esperando a que el presidente en funciones lo valore como cree que merece, a riesgo de una enésima repetición electoral.

El 10-N no ha habido un ganador, pero sí un claro derrotado: Albert Rivera, que este mediodía presentó su dimisión al frente de Ciudadanos. De los 4,1 millones de apoyos que cosechó en las anteriores elecciones, que le dieron 57 escaños, ha pasado a ser el elegido por sólo 1,6 millones de votantes, con lo que se desploma hasta los 10 diputados. Rivera ha dejado todos sus cargos, lo que algunos dicen que le honra, pero hizo cero autocrítica en su despedida: habló de no dividir a los españoles en “rojos y azules”, pero eludió reconocer que él ha contribuido a esa división.

El debutante Más País se estrena con medio millón de votos y tres diputados. Íñigo Errejón haría bien en plantearse que España no es un reflejo del Ayuntamiento de Madrid, como tampoco lo fue su parlamento regional.

En cuanto a los partidos independentistas catalanes, suman entre todos 23 escaños (13 ERC, 8 JxCAT y 2 las CUP), pero deben tener en cuenta que no son la mayoría tan aplastante que pretenden ser: la suma de PSC (12), En Comú Podem (7), PP, C’s y Vox (2 cada uno) totaliza más representantes en Madrid (25). En votos, la opción secesionista está debajo de la que prefiere que Cataluña no rompa con España. No, el caso catalán está muy lejano al de Eslovenia al que tanto aluden. En 1990, un 88% de votantes eslovenos (de una participación del 90% de su censo electoral) eligió que su país se independizara de Yugoslavia. Si los independentistas catalanes continúan soñando con alguna similaridad con el caso balcánico, necesitan gafas.

Si alguna lectura se puede extraer del 10-N es que a río revuelto, ganancia de la ultraderecha. Por ello, es fundamental que los demás partidos de ámbito estatal dejen de tirarse los trastos a la cabeza y entre todos, junto con los regionalistas y nacionalistas dispuestos a salir de esta situación de preocupante estancamiento, acuerden la formación de un Gobierno estable. En otras palabras, que cada cual deje de culpar al otro profiriendo el repetido hasta la saciedad y tú más y que reconozca los errores propios entonando un sincero yo también.

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Vista del Congreso de los Diputados, cuya composición cada vez está más atomizada. (foto: Manuel Vega).

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